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ERRICO… VÍSTETE DE BLANCO
 
Enrico Caruso desembarcó en La Habana el 5 de mayo de 1920. Tenía cuarenta y siente años, padecía de jaqueca crónica, fumaba un mínimo de cincuenta cigarrillos diarios, y cada mañana de su vida despertaba con punzadas en el hígado y amargor de boca.


Mayra Montero

 


Enrico Caruso al desembarcar en La Habana

Enrico Caruso desembarcó en La Habana el 5 de mayo de 1920, con dolor de muelas y con ganas de darse vuelta y regresar de inmediato a Nueva York. Tenía cuarenta y siente años, padecía de jaqueca crónica, fumaba un mínimo de cincuenta cigarrillos diarios, y cada mañana de su vida despertaba con punzadas en el hígado y amargor de boca.

Cuando le pidió diez mil dólares por función al empresario que le propuso ir a cantar a Cuba, estaba convencido de que el hombre le diría que era imposible. Aquella era una cifra de locos, un número de miedo, más de lo que le habían pagado nunca en ninguna otra ciudad del mundo, y más de lo que ni siquiera hubiera soñado con ganar otro tenor. Pero para su sorpresa, Adolfo Bracale aceptó: diez mil por función, ocho funciones. Ochenta mil dólares que Enrico Caruso exigió que le fueran depositados en su cuenta de Nueva York un mes antes de emprender el viaje. Bracale solo le pidió un favor: que le cantara dos matinés al cincuenta por ciento. El tenor respondió que no tenía por costumbre hacer descuentos, pero le sugirió al empresario que incluyera en el contrato otra función: oficialmente serían nueve, y él cantaría esas dos matinés, a cinco mil dólares cada una.

En el muelle de La Habana lo esperaba un grupo de italianos residentes en Cuba, un emisario del presidente de la República, una banda de música que tocaba Vesti la giubba, el empresario Bracale y la soprano Gabriella Besanzoni, a la que no hubo que rogarle mucho para que acudiera a recibirlo, tomando en cuenta el gran número de fotógrafos y periodistas que desde muy temprano se congregó frente al vapor Miami.

Caruso descendió el primero, seguido por su secretario, Bruno Zirato; su valet, Mario Fantini; otro valet que en tiempos fue cantante, un hombre pálido al que llamaban Punzo; y su répétiteur y director musical, Salvatore Fucito. Posó para las cámaras con Bracale y con el emisario del presidente, respondió a las preguntas de los periodistas, aceptó contentísimo un habano que luego le regaló al pintor Pieretto Bianco, y, sobre todo, sudó. Durante los dos meses que duró su estancia en Cuba, Caruso no dejó de sudar un solo instante, ni siquiera cuando dormía. Los sudores de La Habana se convirtieron en una obsesión, otra que venía a sumarse a las dos grandes obsesiones que lo atormentaban por aquella época.
 

Por un lado, le preocupaba la reacción del público cubano, ricos hacendados que ya se habían dado el lujo de escucharlo en sus mejores años, en Milán o Nueva York, y que estaban dispuestos a pagar los altísimos precios de las localidades, pero también dispuestos a exigir. Por el otro, le preocupaba su seguridad. Años atrás, la Mano Negra siciliana lo había amenazado de muerte, a menos que él entregara quince mil dólares a la organización. La policía de Nueva York detuvo a dos italianos relacionados con el caso, quienes fueron juzgados y enviados a la cárcel de Sing Sing, de donde más tarde serían deportados. Para la época en que llegó a Cuba, Caruso aún vivía con el temor de una represalia, temor que se recrudeció cuando le entregaron un anónimo en el vapor que lo llevaba a La Habana. Se trataba de una nota pueril, y por eso la tomó en cuenta. En pocas palabras, lo acusaban de engañar al público cubano y le exigían que renunciara a las funciones del Teatro Nacional, so pena de que le ocurriera una desgracia. La nota la firmaba un “Grupo de Amigos de Hipólito Lázaro”, y él tuvo la corazonada de que la Mano Negra había estado esperando esa oportunidad. Entregó el anónimo al capitán del barco y se lo comentó a Bracale tan pronto subieron al Ford que los llevó al hotel. Bracale le aseguró que en el Sevilla se habían tomado precauciones, y que varios guardianes velarían por la seguridad de sus seis habitaciones. Por otra parte, el presidente Menocal había ordenado que policías de civil custodiaran el Teatro Nacional. También había ofrecido una escolta para que lo acompañara en sus paseos por La Habana, pero Caruso le advirtió que, fuera de sus compromisos profesionales, no tenía intenciones de salir más de lo estrictamente necesario: la visita al presidente, dos cenas que ya habían sido anunciadas en su honor, y un baile–subasta a beneficio de los mutilados de la guerra, al que finalmente no asistió.

Tan pronto ocuparon sus habitaciones, y en lo que Caruso tomaba un baño, Mario, su valet, le ordenó a una camarera que sustituyera las sábanas de algodón de la cama del tenor, por unas sábanas de lino que no le quiso entregar a la mujer hasta que estas se hubo lavado las manos. Mario supervisó el cambio de sábanas, mientras que Punzo se ocupaba de acercarle toallas a Caruso, quien tenía por norma no utilizar jamás las del hotel.

El secretario, Bruno Zirato, esperaba en la salida con un puñado de telegramas que se habían adelantado a la llegada del cantante. Varios de ellos procedían de Nueva Orleáns y Atlantic City, ciudades en las que el tenor tenía representaciones pendientes; otros dos telegramas que dejó aparte eran de carácter personal: uno de su hijo Mimmí, quien a la sazón cursaba estudios en la Culver Military Academy, en Indiana; y el otro de Dorothy, su mujer. Zirato se los iba leyendo mientras Punzo lo ayudaba a vestirse, pero a mitad de la lectura, el secretario no pudo por menos de cruzar una mirada de preocupación con el valet: Caruso tosió y se quejó dos veces al levantar los brazos. Antes de leerle el telegrama de Dorothy Zirato le sugirió que descansara un rato, pero Caruso se negó: Bracale lo esperaba para llevarlo al Teatro Nacional. Antes de los ensayos, le gustaba examinar personalmente los escenarios que no conocía.

Mario le entregó el agua de colonia, Acqua di Parma, y Caruso se mojó las manos y palmoteó sus mejillas sudadas. Le preguntó al valet si había traído sábanas suficientes, ya que era previsible que aquellos calores tuvieran que cambiarlas varias veces al día. Mario respondió que no, pero que de inmediato iría a comprarlas. Caruso hizo un gesto de contrariedad y abandonó la habitación seguido de Zirato, quien se percató de otro detalle: su patrón inclinaba el hombro al caminar, como si tratara de compensar una molestia, o algún dolor en el costado. Fucito y Bracale los esperaban en el vestíbulo, y los cuatro abordaron el Ford que los condujo hasta el teatro. Zirato llevaba pañuelos adicionales en su maletín, pero al poco de haber salido, Caruso los había empapado todos. Bracale le ofreció el suyo, advirtiéndole que estaba limpio. Caruso rechazó el ofrecimiento.

Pasadas las dos de la tarde volvieron al hotel para tomar el almuerzo. El pintor Pieretto Bianco ya estaba en la mesa, y también la mayoría de los italianos que en la mañana habían acudido a recibirlo. Caruso pidió papel y se entretuvo haciéndoles caricaturas, que fue regalando una tras otra, excepto la de una joven rubia que almorzaba en una mesa cercana. Ella le pidió el autógrafo y Caruso le preguntó su nombre. Sobre la servilleta dibujó una taza y puso la dedicatoria en español: “Para la bella Lydia Cabrera”. Cuando la muchacha regresó a su mesa, Caruso le hizo la caricatura, que fue sin duda la más celebrada de todas, y el doctor Castelli, otro de los italianos, le sugirió que la donara para el baile–subasta a beneficio de los mutilados de guerra.

Por lo demás, el cantante se mostró de buen humor y comió con apetito –solomillo y pasta–, bebió tres vasos del espumante italiano que descorchó Pieretto Bianco, y brindó por el buen fin de las presentaciones. Bracale aprovechó para comentarle que quizá habría que aplazar el debut del diez de mayo para el día doce, porque una de las cajas que contenía las partituras de la ópera Marta se había extraviado en los ferrocarriles de La Florida. El conde Tamburini, que estaba sentado junto al divo, intentó bromear con el asunto y exclamó que Marta estaría flotando en los pantanos. Bracale sonrió, pero Caruso agregó de mal talante que no toleraría otro aplazamiento.

Se retiró a su habitación a las cuatro de la tarde, y a las siete en punto estaba listo para acudir a la cita con el presidente Menocal. Al salir del hotel para subir al auto, una mujer lo detuvo en la acera: era una negra con las mejillas grises y la frente hundida. Por alguna razón tenía los párpados en carne viva. Ella trató de tocarlo, pero Bracale se interpuso, y por encima del hombro de Bracale la negra le gritó su nombre de los días de Nápoles:

–¡Errico!

Uno de los guardias asignados al hotel se acercó a la carrera y apartó a la negra, que escupió y maldijo antes de gritar el nombre por segunda vez:

–Errico… vístete de blanco.

Tomado de Como un mensajero tuyo. Editorial Letras Cubanas, 2000.
 

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