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CARTAS DESDE CUBA (Fragmento)
Las
damas criollas, o sea, nacidas en la isla, no se
defienden del sol ni del viento; no lo necesitan
tampoco. Después del mediodía, cuando la brisa llega del
mar, el aire no está caliente, ni el sol quema aquí como
en el continente. La piel de las criollas es pálida,
pero no enfermiza: tiene un color de olivo claro que,
junto con los bellos ojos negros, pero dulces, ofrece un
aspecto muy agradable.
Fredrika
Bremer
Mi día ha transcurrido hasta ahora de la
siguiente manera: a las siete y media de la mañana entre
la señora Mary con una taza de café y un poco de pan
blanco que parece muy apetitoso. Y la señora Mary es
irlandesa; una de las mujeres más agradable, más
bondadosa, más solícitas, de mejor carácter y de mejor
corazón que se pueda imaginar, y es el mayor tesoro del
hotel, al menos para mí. El buen humor y los cuidados de
la señora Mary hacen que yo tenga la sensación de estar
en una casa propia y que me encuentre muy a gusto;
continuaría largo tiempo sintiéndome bien aquí, si el
lugar no fuese tan terriblemente caro.
Después de haber tomado mi café y de haber comido mi
pan, salgo primero a la plaza de Armas, donde el
gobernador, el intendente y el almirante, los tres
grandes dignatarios de la isla, tienen sus palacios, los
cuales ocupan los tres lados de la plaza. El cuarto lado
lo constituye un cercado plantado de árboles, a través
de cuyas rejas se ve un busto de mármol en un pedestal,
y tras él una capilla. Es el lugar donde Colón, por
primera vez, hizo celebrar una misa católica en la isla.
El busto es suyo y, junto con la capilla, ha sido
erigido en recuerdo de ese primer servicio divino. En
medio de la plaza hay una gran estatua de mármol blanco
de Carlos V, según creo, y alrededor de ella hay algunas
magníficas palmeras reales, verdaderos reyes entre
árboles; y además hay, en torno, pequeños canteros con
otros árboles y arbustos. Entre estos he notado un árbol
que tiene hojas y copas muy parecidas a las de nuestros
tilos, aunque no tan grandes, y flores de un rojo
encendido, no muy diferentes de las de nuestro berro
silvestre, pero más oscuras, así como algunos otros
arbustos que tienen la misma clase de flores, y por
cuyos troncos discurren pequeñas lagartijas verdes que
me miran tranquilamente cuando yo las miro. Aquí hay
gran cantidad de mármol blanco, en los cuales se sienta
una a la sombra de las palmeras. Aunque estas no dan
mucha sombra, y hay que vigilar el momento y el lugar en
que sus soberbias copas ofrecen por un instante refugio
contra el sol. Es un gusto ver agitarse sus ramas
susurrando al viento, pues sus movimientos son a las vez
majestuosos y llenos de gracia.
Después voy a una explanada o terraza alta, llamada “la
Cortina de Valdés”, construida a lo largo del puerto en
el lado opuesto del Morro. Es un paseo limitado, pero
con la vista más bella posible. Por allí camino
aspirando el aire del mar, y observando las olas, que,
aunque haya calma, rompen en altas espumas blancas
contra las rocas del Morro, las cuales protegen el
puerto de la agitación del océano y le brindan quietud.
Por la boca del puerto veo las blancas velas tocar
ligeramente el mar azul; miro las lagartijas correr de
un lado a otro y tomar el sol sobre el largo muro, que
avanza a lo largo de la explanada, mientras las blancas
palomas bajan a beber en el estanque de mármol, al pie
del bello monumento en honor a Valdés que da término al
paseo. Un claro chorro de agua surge del muro del
monumento y va a caer sobre el estanque.
A las diez estoy otra vez de vuelta en el hotel, y hago
un segundo desayuno, acompañada por muchas gentes,
sentada a una mesa ricamente servida, en la clara sala
de mármol; pero, aparte del café, me sirvo solamente mi
querido arroz de Carolina y un huevo. Después me voy a
mi cuarto y escribo cartas, dibujo o pinto, hasta la
hora de la comida. Por la tarde viene a buscarme alguno
de mis nuevos amigos con su “volanta”, pues este es el
nombre de los carruajes en Cuba, para hacer una
excursión por las afueras de la ciudad, a través de unos
bellos y magníficos lugares de paseo. Y por la noche,
después del té, subo al techado de la casa, que es plano
(como todos los techos aquí), se llama azotea y está
rodeado de un bajo parapeto, sobre el cual hay urnas
generalmente grises, con adornos verdes en relieve y
pequeñas y doradas llamas encima. Por allí me paseo
sola, hasta muy tarde en la noche, contemplo el cielo
estrellado sobre mi cabeza y la ciudad a mis pies. La
luz del Morro –así llaman a la del faro del Morro–se
enciende y brilla como una estrella deslumbrante, fija
con luz clarísima sobre el mar y la ciudad. El aire es
delicioso y quieto, o como el aliento de un niño
dormido, y en torno mío oigo de cuando en cuando
deliciosos gorjeos, no muy diferentes de los que
producen los gorriones en Suecia; pero más serenos y
suaves. Me dicen que proceden de las pequeñas lagartijas
que hay aquí en gran cantidad y que tienen voz.
La ciudad tiene un aspecto especial. Las casas son
bajas, en su mayor parte de un piso, y nunca más de dos;
las calles son estrechas, de modo en muchos casos, los
toldos que sirven para dar sombra a las tiendas, se
extienden de una casa a la de enfrente. Las paredes de
las casas, palacios y torres están coloreadas de azul,
amarillo, verde o naranja, y a menudo se ven adornadas
con pinturas al fresco. Se teme el brillo de la luz
sobre las paredes blancas, ya que es malo para la vista,
por lo que todas están pintadas. No se ven columnas de
humo ni chimeneas. Por todas partes techos planos, con
sus parapetos de piedra o hierro y urnas con llamas de
bronce. No comprendo dónde están los fogones ni qué
hacen con el humo. La atmósfera de la ciudad es
transparente como el cristal. Las calles estrechas no
están empedradas, y cuando llueve (lo cual ha sucedido
en pequeños chaparrones un par de días), se producen
enormes charcos y agujeros; cuando estos se secan, se
forma otra vez mucho polvo. Las aceras estrechas, pocas
veces del ancho suficiente para que dos personas se
crucen, corren a lo largo de las filas de casas.
Por las calles andan y se deslizan en todas direcciones
unos grandes insectos, con enormes patas traseras y un
hocico largo, sobre el cual hay un gran cuerno negro o
una especie de elevación en forma de torrecilla. Así me
parecieron, por lo menos al principio, los coches
cubanos o “volantas”, que constituyen la única clase de
carruajes en La Habana. Y si se les quiere ver más de
cerca, son una especie de cabriolés; pero las dos
enormes ruedas están colocadas detrás de la misma caja
del coche. Esta descansa sobre unos muelles, que están
entre las ruedas y el caballo; así, todo el peso
descansa sobre las ruedas. Sobre el caballo, que avanza
a buen trecho de la caja del coche, cabalga el
conductor, siempre un negro, que lleva grandes botas de
montar con vueltas hacia fuera. Se le llama “calesero”
y, lo mismo que el caballo, a veces lleva grandes
adornos de plata, que pueden valer, según se dice,
varios miles de dólares. Todo el coche es muy largo y
recuerda a una típula.
Cuando la volanta está de tiros largos o enganchada para
grandes viajes, lleva dos caballos y hasta tres. El otro
caballo lo lleva el calesero de la mano y galopa un poco
delante de aquél sobre el cual él va montado.
Cuando la volanta está de tiros largos, se ve a dos o
tres señoras sentadas en ella, siempre sin sombrero, a
veces con flores sobre el cabello, con los brazos y el
cuello al aire, y vestidas con trajes blancos de gasa,
como para un baile. Cuando son tres, la más joven se
sienta en el medio, un poco delante de las otras dos.
Son el ramillete de flores más encantador del mundo. Se
las ve muy a menudo en los paseos por las tardes, o por
la noche en la plaza de Armas, cuando hay música y gran
concurrencia. Pocas veces se ve un velo sobre la cabeza
y los hombros, y casi nunca un sombrero. Si se ve
alguno, pertenece a una extranjera.
Al principio cuando vi el balanceo de las volantas por
las calles, pensé: “deben de ser unos carruajes
incomodísimos”. Cuando estuve sentada en ellas, me
pareció que me balanceaba en las nubes; nunca he sentido
un movimiento más suave”.
Las damas criollas, o sea, nacidas en la isla, no se
defienden del sol ni del viento; no lo necesitan
tampoco. Después del mediodía, cuando la brisa llega del
mar, el aire no está caliente, ni el sol quema aquí como
en el continente. La piel de las criollas es pálida,
pero no enfermiza: tiene un color de olivo claro que,
junto con los bellos ojos negros, pero dulces, ofrece un
aspecto muy agradable. Se ve a los curas a pie, con sus
grandes manteos y sus enormes y curiosos sombreros. La
mayoría de las gentes en las calles son negros y
mulatos; también en las tiendas se ve a los mulatos,
especialmente en las tabaquerías. Por todas se ve fumar
tabacos, sobre todo unos pequeños llamados “cigarritos”.
La población de color parece que se emborracha con el
humo del tabaco. A menudo veo a los negros y a los
mulatos delante de las tiendas, medio dormidos, con un
tabaco en la boca. El calesero, cuando espera delante de
una casa, se apea, se sienta cerca del carruaje, fuma y
cierra los ojos al sol. Pero ¿adónde se va todo el humo?
¿Cómo puede ser? Debe de absorberlo el aire del mar.
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