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MOMENTO CUBANO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
La
visita, tal vez diríamos mejor la visitación recordando
las horas regladas, formaba parte del secreto de la
espera. La amistad le salía al paso al espíritu del mal
y de la precipitación. Pero entonces tuvimos una suerte,
una dicha sin término. Oímos una voz, vimos un gesto,
sentimos un misterio, conocimos de cerca de un gran
poeta. Juan Ramón Jiménez se hizo amigo de todos
nosotros.
José
Lezama Lima
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Con
la declamadora argentina Berta Singerman y en niño
vendedor de flores,
en La Habana 1937 |
I
Yo me había separado ya de mi
adolescencia y la soledad me acorralaba. Todavía no
había formado lo que fue la generación de Espuela de
Plata, después de Orígenes. Eso que al
transcurrir el tiempo se fue configurando como un
renacimiento concurrente de poetas, pintores y músicos,
pues todos sus poetas conocían con una inteligencia
voluptuosa a Hokusai o Braque, a Rameau o a Bartok.
Todos sus pintores conocían a Rilke o Eliot igual que el
albogón o la vihuela. Todos sus músicos conocían el
golpe de dados de Mallarmé o el pincel de los ideogramas
chinos. Todos estábamos convencidos de que Venancio
Fortunato, Santo Tomás de Aquino o el homúnculo fáustico
eran la misma cosa. Una universal curiosidad, una
lentitud dichosa, una verdad más conservable que
estruendosa, regía sus actos. La tertulia en el café se
convertía en noble pereza erudita, como la época dichosa
del doctor Jonson, aprendíamos transcurriendo las
habaneras callejas minuanas. La biblioteca casera
apuntaló la familia. La visita, tal vez diríamos mejor
la visitación recordando las horas regladas, formaba
parte del secreto de la espera. La amistad le salía al
paso al espíritu del mal y de la precipitación. Pero
entonces tuvimos una suerte, una dicha sin término.
Oímos una voz, vimos un gesto, sentimos un misterio,
conocimos de cerca de un gran poeta. Juan Ramón Jiménez
se hizo amigo de todos nosotros. He dicho se hizo
con toda intención, pues fue entre nosotros donde su
trato, su conversación su transcurrir de todos los días
se transparentó, nos hizo ver a todos una gran claridad,
pues la cercanía de un gran porta es del orden numinoso,
nos acerca al milagro. Nuestra generación que no pudo
oír en la emigración el verbo, la encarnación del idioma
en Martí, ni caminar por La Habana Vieja con Julián del
Casal, podía ver en Juan Ramón Jiménez una dignidad
irreprochable en una palabra que rezumaba una gran
tradición penetrando el provenir. Bienaventurado el que
tuvo maestro, dice el libro, bienaventurado el que
conoció a un poeta, pues vio de cerca la sabiduría de
las palabras, del gesto, y del silencio, ¡y qué arte, y
qué fulguración en la conversación de Juan Ramón Jiménez
para usar las pausas, los acentos, los perplejos, las
miradas.
II
En él la influencia que perdura es
la de la poesía, no de su poesía. Lo que moviliza su
presencia era la poesía, no su poesía. Lo que hacía de
su amistad un momento único era que por encima y por
debajo de su poesía fluían los secretos que van de
Góngora a Bécquer, sus intuiciones de Darío, la gravedad
de la sentencia española resistiendo la tensión inglesa,
o el ensalmo con Mallarmé. Muchos poetas al rescatar su
poesía se ensarmientan en retórica, otros como Juan
Ramón Jiménez al abrirse a la poesía fluyen en la
respiración universal del infinito relacionable.
Tal vez su presencia nos evitó el
peligro con el que toda generación se enfrenta, de ir a
la novedad vocinglera, pura abstracción del tétano
enfático, prescindiendo del círculo coral donde entonan
todas las generaciones en la gloria. Así se explica, si
es que tiene explicación, que sea esa generación de
Orígenes que no cultivó nunca la polémica inmediata,
ha sido la generación más polémica de la historia de
nuestra poesía. El hecho de que hayan coincidido en
Orígenes poetas de tan diversas maneras de
configurar la materia de arte, será siempre un misterio
de la poesía y de la amistad. Ha sido para mí un secreto
impulso para hacer la novela, la metáfora como persona y
la imagen como situación, como preparando la sala de
baile en la muerte.
III
1936 fue una fecha excepcional para
nuestra poesía. Basta ver la selección que hizo Juan
Ramón Jiménez. Fue amigo de Eugenio Florit y de algunos
poetas jóvenes casi desconocidos. Juan Ramón sospechó
que tras las capas muertas de la cultura convencional y
de propaganda se agitaban las posibilidades de una
poesía que mostraba la dedicación total de una vida.
Convocó por los periódicos a una reunión en el Lyceum y
esa reunión fue, sin duda, la gloria de su visita. De
ahí salió mi Coloquio con Juan Ramón Jiménez y mi
afán de mostrar el mundo hipertélico de la poesía, como
la poesía es un sí que al mismo tiempo va mucho más allá
de su finalidad. Era ejemplar ver cómo aquel hombre se
acercaba a la poesía de los demás, fueran principiantes,
desconocidos o simples seres errantes con un destino
subdividido. Esperaba siempre como una gran sorpresa, mi
frase para definirlo o encontrarlo sería asombro
sosegado en éxtasis, la infinitud de su gozo en el
encuentro con el niño de la poesía. En esa dimensión su
paternidad se hacía misteriosa, pues sabía lo que
significaría para su poesía uno de esos encuentros
prodigiosos. Pero la vida intelectual española, como la
nuestra, es reticente y tendenciosa a la alevosidad, y
era frecuente que quien se le acercara como un hijo
después se alejara como un mercader, así todos sus
enemigos fueron sus amigos.
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Durante un homenaje a García Lorca, 1937 |
Conversador y amistoso, tenía que
refugiarse en las furias de unas soledades que lo
maltrataban y que a veces llegaban a confundirlo en su
defensa y animosidad. Podía ser un solitario, pero a
veces la soledad lo hacía aullar y entonces buscaba al
amigo. Yo cuidaba mucho del honor que me hacía al
visitarlo, se enfermó entonces de unas calenturas
pasajeras y ya convaleciente lo vi aparecer en mi casa.
Conversó con mi madre y mi hermana Eloísa con una
sencillez poética incomparable. Entonces comprendí que
era un ser hecho para ser querido, para la paternidad
poética, la amistad misteriosa. Como otros pocos de su
estatura tuvo siempre que vivir en España acorralado,
estilo que yo creo en su profundidad que le era
necesario, pero entre nosotros se sentía transparente y
como tocado por lo que los teólogos llaman la gracia
fraterna. En España apenas recibía entre nosotros,
conversaba un crepúsculo o caminaba una mañana
subrayando el gris que acompaña a nuestro azul o nuestro
verde. Le seducía nuestra retadora diversidad de lo
discontinuo que logra una inesperada resultante tonal.
Decía que no había podido escribir sobre Martí antes de
su visita a Cuba, en aquellos días lo hizo con verdadero
esplendor, sentía como nadie el delicado Garcilazo,
Sydney o Martí, muerto por la espada.
He dicho conversador y amistoso y
sería tal vez conveniente en el caso de Juan Ramón
Jiménez la aclaración de los términos. Su conversación
que en él no era un arte, sino una sutil fuerza
irradiante, no se hacía de enlaces verbales, sino del
secreto de las pausas y de las graduaciones del
silencio. Sin ser oracular como Stepan George, su
conversación no fluía en el tiempo habitual, sino la
honda de sus intuiciones lograba esclarecer por momentos
la terra incógnita, la región desconocida. La
intensidad de su mirada reforzaba la lentitud de la
onda, y el oyente sentía la obligación mágica de su
sentencia. Su conversación no estaba hecha de una
continuidad, de un espacio que se cubría por los
recuerdos, la alegoría o la interpretación de las
culturas, era por el contrario una forma de iluminación
o la súbita verdad de lo no esperado, pues en realidad
la forma en que un destino se cumple y se verifica una
vida de poeta, nos permite aunque sea un instante
penetrar en sus dones en la luz, es la que elabora que
oír sea un encuentro, un momento único en el desarrollo.
Hacerme digno de esa amistad que él me regaló en la
adolescencia, ha sido siempre para mí como una voz que
oía en la soledad terrible de la conciencia, allí donde
no puede llegar ni con la palabra ni con el silencio.
Después que se fue de Cuba la
desazón lo corroía. Un grupo de amigos fueron a verlo a
un hospital puertorriqueño. Lo encontraron en una silla
de extensión frente a una pared de cal. La desolación de
las postrimerías adquiría allí un relieve dantesco. Mis
amigos respetuosos de las proporciones asumidas por ese
silencio frente a la cal, se fueron sin verlo. Su vida
se había transfigurado, adquiriendo esa calidad casi
intocable que es la poesía supraverbo.
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