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El matador y la diva
 
La más grande actriz del siglo XIX dejó, a su paso por La Habana, una gran estela de leyendas y verdades. Una de estas últimas fue su romance con el gran torero español, Luis Mazzantini.


Manuel Henríquez Lagarde |
La Habana

 

Lo mismo que el fuego fatuo
Lo mismo es el querer
Canción del folclor español.

I

La aparición en la cubierta del vapor inglés Dee, del féretro de palo de rosa y agarraderas plateadas acalló la gritería de la distinguida multitud de habaneros que, desde muy temprano, se reunieron en la orilla de la bahía del lado de la ciudad. El silencio solo duró un instante. El tiempo indispensable para que, en hombros cuatro marinos bajaran con mil trabajos la pieza fúnebre por la escalera de desembarco; y el suficiente para que los pasajeros del Dee desde las barandas del barco, escucharan la potente voz de la ciudad conformada por el incesante tañer de campanas, los rítmicos pregones de los vendedores ambulantes, el tamboreo de la soldadesca, el ruido que dejaban las ruedas de los carruajes a su paso por las mal asfaltadas calles de piedras y los chillidos de las gaviotas que revolotean sobre las chimeneas y palos mayores del Barcelona, el Philadelphia, el Whitney y otras naves de paso.

Cuando los hombres con el mayor cuidado colocaron el ataúd en una lancha de velas, los vítores de bienvenida dejaron muda nuevamente a la ciudad de brillantes amarillos, azules y rosas en muchas partes opacados por las sombras de los penachos de palmera y la frondosidad de sus árboles; la urbe tan diferente y al mismo tiempo tan parecida a las demás ciudades americanas y españolas, compulsaba al viajero a celebrarla por su exquisita cultura o por sus incontables vicios.

Los marinos empezaron a bajar entonces en hilera interminable, jaulas repletas de pájaros y animales. Una primera con tres guacamayos azules, otra con cinco cotorras, una siguiente con cuatro tucanes, tres iguanas, un galápago, un pichón de cocodrilo, un cóndor y hasta un jaguar. Y tanto fandango de plumas multicolores y cantos desentonados e insoportables hizo pensar, a más de uno de los habaneros de la comitiva de bienvenida, que juntamente con la excelentísima actriz francesa madame Sarah Bernhardt, en el Dee había llegado algunos de esos circos norteamericanos que hicieron las delicias de las horas de ocios de los habaneros de mediados de siglo.

Tanto escándalo cirquero parecía cosa de tiempos pasados cuando la ciudad se convirtió por su situación geográfica, en uno de los mercados de espectáculos más importantes de todo el occidente. Con esa misma bullanguería, La Habana había visto llegar a los trotamundos europeos y norteamericanos que exhibían un “gabinete de generales franceses” fabricados en cera o un “cochino erudito de Londres” capaz de tomar un objeto del suelo y entregárselo a determinada persona.

Las figuras de cera, estáticas en un principio, comenzaron a tomar vida conforme avanzaba el siglo XIX y no hubo memorable personaje histórico que, aunque maquillado por la cera, los habaneros no vieran andar por La Habana. Así un Napoleón con su mano derecha introducida en la casaca calmaba, con visible rascadera, los dolores de la úlcera, un Julio César, de toga y corona de laureles, con el brazo extendido, saludaba a sus centuriones o una Lucrecia romana era forzada, en un acto de increíble realismo, por el soberbio Tarquino.

Cuando los aires de la moda se llevaron consigo a las figuras de cera aparecieron los exhibidores de animales que se estrenaron en la mayor de Las Antillas con aquel orangután hembra que, según los periódicos, ni los niños ni las señoritas tenían razones para temer, pues se había puesto esmero en evitar que fuesen testigos de ninguna acción indecorosa. Tras los prisioneros animales de ojos tristes, no hubo domingo sin pelea de fieras: perros contra tigres, hienas contra perros, toros contra leones y cuanto combate desigual o parejo era capaz de inventar la mente sangrienta de algunos especuladores de feria.

Luego fueron los astronautas. La fiebre de los globos la comenzó el francés Robertson aquel domingo de 1828 cuando su aparato soltó las amarras en los predios de Campo de Marte. Después fue Adolfo Theodore quien dejó tres veces boquiabiertos a los cubanos. Les siguieron los insulares José Domingo Blinó y el “rey de los toldos”, el señor Matías Pérez que en 1956 soltó amarras para nunca más volver.

Pero esta vez tanto animalejo raro nada tenía que ver con algún cirquero polizonte en el Dee. El raro zoológico, e incluso el ataúd, eran propiedad exclusiva de la afamada artista conocida por “la voz de oro” madame Sarah Bernhardt. Todos esos bichos extraños no eran más que parte de su trofeo de guerra conquistado en la toma de plazas tan importantes como Buenos Aires, Valparaíso, Río de Janeiro, Lima y Panamá. Por fin, después de tanto pájaro y animalejo preso, empezaron a bajar las escaleras del vapor los más de treinta actores que integraban la compañía francesa. Y los vítores de la multitud fueron tan fuertes que el eco retumbaba en las murallas de La Cabaña e iba a dar a la casi desierta Plaza de Armas por donde aún merodeaba algún que otro empleado público. Sin duda, el recibimiento había sido en grande, quizás el más grande del recién comenzado año 1887 pero no tan majestuoso como el del pasado 14 de noviembre cuando toda La Habana se congregó en la bahía para recibir al famoso torero Luis Mazzantini.

En esa ocasión dos remolcadores salieron, con sendas orquestas sonando un paso doble y decenas de abonados a las corridas en cubierta, a recibir el vapor correo Cataluña. Hubo hasta aquel de bolsillo barato que trató de alcanzar a nado al barco procedente de Cádiz.

A Sarah Bernhardt le faltaron las voces de las clases pobres y al aparecer sobre el puente, después de trasbordada toda su corte de hermosas mujeres francesas, más de un habanero se desilusionó un poco al ver los delgados brazos enjoyados que le colgaban del vestido verde claro y que ella extendió por encima de su cabellera dorada en señal de saludo.

Su activo secretario, el amanerado señor Strakosch, y Mauricio, el hijo ventiañero de la actriz, la esperaron al pie de la escalera y ayudaron a subir a la diva y a su perrito faldero Turco a la lancha de vela la Manuela.

La travesía del velero hasta la orilla demoró un siglo de aplausos y gritos que continuaron cuando la Manuela tocó tierra. Y era tanta la algarabía que nadie escuchó cuando la artista dijo en perfecto español:

— ¡Qué cielo tan espléndido!

II

Desde su palco el señor Mazzantini contempló a casi todas la figuras importantes de la aristocracia habanera con la que había tenido la suerte de compartir en brindis y banquetes efectuados en su honor. Allí estaba en el palco frente al suyo la condesa de la Fernandina con unos ojos azules aún más brillosos que su traje de seda negra. Podrida en dinero, se decía que una vez en Londres se había gastado 25 000 libras en una pareja de caballos por el solo hecho de rivalizar con el príncipe de Gales. No se hablaba de ella sin decir que una noche al entrar en las Tullerías el mismísimo emperador Napoleón III, se había arrojado a sus pies y le había dicho: “Saludo a la mujer más hermosa de todas las Américas”.

En el palco de al lado, el marqués de Santa Lucía, toda una figura en la vida habanera, no por exceso de bienes, sino por la participación de su familia en la pasada guerra entre cubanos y españoles. Había llegado a remplazar a Carlos Manuel de Céspedes en el puesto de presidente de la república cubana. Por eso ahora se le llamaba el más demócrata de los aristócratas y el más aristócrata de los demócratas. Más allá la marquesa del Real Socorro, amante fatal de los versos de Byron y Musset, y su esposo, el marqués del Real Socorro con el rostro, encima del frac, desfigurado por los dolores de la gota. Después, el viudo Conde de la reunión, con su aire de héroe de las novelas de Feuillet, el gran triunfador mundano, acompañado de alguna joven dama que Mazzantini no pudo reconocer porque su rostro estaba oculto en la penumbra. Al otro lado, el marqués de  Montelo tan aficionado en su juventud a la vida esportiva, gran espadachín, aunque no tan grande como su hermano que se dice salió victorioso de un espectacular duelo con Rochefort en París para defender la honra de la reina Isabel II.

Luego el señor Mazzantini pasó la vista por las lunetas de las plateas y reconoció al señor San Miguel, director del conocido diario La Lucha rodeado de alguno de sus jóvenes y capaces redactores.

En primera fila vio al poeta con quien había estado charlando una semana atrás cuando él, Luis Mazzantini había conquistado La Habana como actor dramático en la obra Echar la nave representada en ese  mismo teatro en beneficio del Colegio de niñas pobres de Jesús del Monte. El poeta se llamaba Julio o Julián y era de apellido Casal, hombre muy culto y muy enterado de todos los chismes de la sociedad habanera que solía contar con aquella expresión de pesar en el rostro que daba la impresión de que el mundo se le había caído encima.

Las luces de la gran lámpara del teatro Tacón disminuyeron su intensidad y en la tenue oscuridad al torero español le pareció estar rodeado de fantasmas. Las candilejas iluminaron el escenario y el matador español sintió de nuevo el escalofrío que le recorría el cuerpo, el mismo ligero temblor que sentía cada vez que entraba al ruedo y que había sentido en los siete días anteriores, en cada una de las funciones ofrecidas hasta ahora por Sarah Bernhardt, la gran actriz francesa ante cuyos pies los más grandes poetas habían puesto los más elevados adjetivos.

La mujer que conquistó el mundo del escenario salida de la nada, de la miseria de un oscuro nacimiento, y cuyo nombre en realidad era Rosina. La monja hasta los doce años, quien luego, gracias a las dotes de cortesana de su madre logró entrar en el Conservatorio parisino para recibir clases de actuación. De una carrera sombría y mediocre, de la noche a la mañana, esta mujer por arte de magia había conquistado el mundo. Según los periódicos europeos vivía obsesionada con el triunfo y con la muerte. La leyenda de gacetilla tejida alrededor de su persona insistía en que la insigne actriz en sus comienzos había intentado suicidarse porque no la aplaudían en el Odeón y porque su nombre no aparecía en las reseñas críticas.

La muerte le dio la fama. Nadie moría dentro y fuera del escenario como ella. Lo hacía tan bien, tan real, que daban ganas de enterrarla. En todos esos días de estancia en La Habana, Mazzantini lo había corroborado. Al final de cada una de sus obras, salvo Fedra, que fue un fracaso, el público le pedía una y otra vez al terminar la obra que saliera nuevamente a escena como si no pudieran creer que después de aquella muerte tan perfecta la gran actriz pudiera continuar viva.

El primer acto de La dama de las camelias estaba a punto de terminar. Era una mujer muy hermosa y aunque era cierto lo que de ella dijo el famoso escritor Alejandro Dumas (padre): “tenía cara de virgen y cuerpo de palo de escoba”, algo le encontraba Mazzantini más allá de la hermosura de su nariz bien dibujada, sus ojos azules y cabellera rojo vivo. Algo había más allá de la belleza, una suerte de encanto misterioso que ejercía en él la misma atracción que el miedo y la muerte.

Los aplausos se estrellaron contra el telón.

—Vamos —dijo Mazzantini con una voz que no parecía la suya a los dos hombres que estaban sentados a su lado y salió del palco. Los tres hombres recorrieron el pasillo en dirección a las escaleras que llevaba a los camerinos. Mazzantini delante, Diego Cuatro Dedos y Babila, dos importantes hombres de su cuadrilla, casi a sus espaldas, uno a cada lado.

Abajo, en el pasillo del camerino de Sarah Bernhardt, se escuchaba la voz del señor Marty Gutiérrez, dueño del teatro, pidiéndoles a los distinguidos señores de la aristocracia habanera que por favor se alejaran. La artista no recibía a nadie. El Sr. Marty no estaba dispuesto a que la afamada actriz volviera a gritarle en público por culpa de aquellos presumidos que, como bien decía la Bernhardt, más que la cara iba a su camerino a mostrar su aristocrático abolengo de “indias”. Y ya casi tenía dominada la situación el Sr. Marty cuando vio aparecer por el otro lado del corredor a los tres hombres altos y morunos avanzando decididos como si todos sus gritos dados hasta ahora no hubieran sido más que una loca charla consigo mismo. Los ojos de Mazzantini y Marty se encontraron, pero a este le dio miedo decir nada.

Ella estaba peinándose cuando vio un pedazo de torso de hombre reflejado en el espejo que contenía su rostro. Apretó con furia el fino cepillo que tenía en las manos y se volvió con gesto que a Mazzantini le pareció exageradamente teatral. La cara ovalada y de grandes ojos negros del hombre la hizo cambiar de expresión. La presión de la mano en el cepillo fue cediendo poco a poco... Ella fue a hablar, pero él no le dio tiempo.

—Su talento no es nada comparado con los efluvios de verdadera hembra que dejan escapar cada uno de sus gestos —dijo, dio media vuelta y cerró la puerta a sus espaldas.

El Sr. Marty que todo el tiempo había estado afuera esperando el escándalo de la actriz, vio a los tres hombres alejarse por el otro lado del corredor, Mazzantini delante, Diego Cuatro Dedos y Babila, casi a sus espaldas, uno a cada lado.

III

El sábado 23 de enero hizo buen tiempo todo el día. A las tres de las tarde el sol rodaba por el oeste y los sombreros dejaban una marca de sombra en las caras del escaso público que se había sentado en las galerías de sol de la Plaza de Toros de Belascoaín. Como en las corridas anteriores, la plaza no estaba llena. Los cubanos quizás por rebeldía o por cualquier otra razón, a pesar de la moda Mazzantini que había destapado toda una epidemia de camisas, pantalones, sombreros, zapatos, cigarros, obras de teatro con el nombre del torero, o a lo Mazzantini, seguían prefiriendo las peleas de gallos.

La Plaza de Belascoaín estaba más vacía que nunca si se tiene en cuenta que además de Mazzantini, en la Plaza estaba en uno de los palcos de sombra de los que costaban treinta pesos, con peineta y mantilla a la usanza española, la gran actriz francesa, Sarah Bernhardt.

Inexperta en cuestiones tauromáquicas, la artista no notó la señal de comienzo dada por el Sr Serrano, Presidente de la Corrida. Solo escuchó las notas del pasodoble Mazzantini, compuesto por García Jorrín, salir de los instrumentos de la orquesta de músicos negros vestidos con toreras y sombreros cordobeses. Resonó el clarín en la tarde y en la arena vio, en perfecta formación, a Mazzantini y su cuadrilla de mozos macarenos. El público empezó a aplaudir.

Los dos primeros toros fueron sin tantos a su favor. Mazzantini y Diego los dominaron fácilmente. Hicieron con ellos todo lo que quisieron aunque es también cierto que al gran español antiguamente ferrocarrilero, se le vio demasiado precavido, por no decir temeroso. Actitud que enmendó cuando el tercer toro, Cabezudo, para el cual parecía haberse estado reservando salió al toril.

El animal, negro completo, pesado y largo, y fino de cuerna, dio dos vueltas alrededor del ruedo. Rápido de patas, pronto se encontró en medio del ruedo con el hombre de la teleguilla y torera verde y plata con cabos rojos que le ofreció el capote al pecho. Dos verónicas sin gran lucimiento atravesaron el cuerpo prieto del toro y una tercera, magistral, con los ojos no en el toro, sino en el palco quince donde estaba ella. El sudor del toro le opacó el brillo del traje de luces en el abdomen. La multitud sacó los pañuelos y pidió música. El picador Cantares, apareció al trote en su jaco en la Plaza. El toro, como enfurecido por el estruendo del público y el pasodoble Mazzantini, arremetió con todas sus fuerzas contra el caballo, pero Cantares dio un giro a la derecha y lo tuvo un segundo trabado en la vara. El toro le huyó a la puya, buscó impulso en el centro del ruedo y volvió a la carga. Esta a vez, a Cantares no le dio tiempo para maniobrar al caballo y los largos tarros del toro se enterraron en el fuerte peto de lona que protegía  a la bestia. El caballo y Cantares rodaron por la arena. Mazzantini vino al quite y con dos bellos pases de capote, que por un instante taparon el sol, le quitó la fiera de encima a Cantares que corrió a refugiarse tras la barrera. Dominado el toro, pidió a la presidencia pasar a las banderillas.

El Barbi, le colocó dos perfectas al animal. Y Mazzantini, casi volando por encima del toro, le colocó una, superior, que le valió muchas palmas. Sin hacer el menor caso del toro lanzó su gorro de faena al palco quince. La vida de Cabezudo era de ella.

Hombre y bestia frente a frente. Mazzantini le pegó la muleta en los ojos al animal. El toro atravesó el paño como una sombra, como si el encontronazo con el caballo no lo hubiera debilitado nada en absoluto. Cuando el toro volvió le dio dos de pecho. Luego se cambió la muleta de mano seis veces en seis naturales que hicieron tocar a la orquesta sin que nadie se lo pidiera.

Con siete redondos estuvo un buen rato en el centro del torbellino negro que formaba el cuerpo de la bestia. Cuando salió del círculo mortal, el toro ya no era el mismo y en la baba de su boca se notaba que empezaba a pesarle la corrida. Once naturales, la mitad de ellos con la vista fija en el palco 15, dejaron al toro anonadado en el centro de la arena y cuando Mazzantini le presentó la muleta casi pegada al suelo para salir de él con una estocada recibiendo, el toro no se movió de su sitio. El torero zapateó varias veces en la arena y entonces el toro bajó los tarros y enfiló hacia el traje verde y plata, en un marcha lenta, como rastreando la vida.

Mazzantini vio en sus tarros la muerte. Volvió a sentir el miedo de siempre, pero mucho más intenso, como aquella vez cuando abrió la puerta de su habitación en el Hotel Inglaterra y encontró al mozo con una carta en la mano. La carta decía: “Señor Mazzantini. Las palabras suyas del sábado en mi camerino me parecieron insuficientes.”

Fue a verla al hotel Petit, en la Chorrera, donde ella estaba hospedada. Pasaron el día pescando y cazando juntos y cuando el día empezó a hundirse más allá de la desembocadura del río Almendares ella lo invitó a subir a su habitación en el último piso. Al él le sorprendió la cantidad de animales sueltos en el cuarto. Ella empezó a desvestirse y él le vio en su flaco estómago una marca de quemaduras de las que también hablaban los periódicos. Desnuda toda se acostó en el ataúd que estaba al lado de la cama y le extendió los brazos. Y él no pudo abstenerse ante la fuerte atracción que sentía frente al miedo y la muerte, la muerte que colgaba en los tarros del toro que venía hacia él. Cuando su cuerpo estuvo encima del de ella, ella le dijo en francés:

—Ves, esto es el mundo, el amor, todas las cosas grandes, una simple línea, un imperceptible límite entra la vida y la muerte.

Y él, aterrado, empezó a besarla, entre gritos de guacamayos y rugidos de tigre... hasta que el sol estuvo casi de rodillas a sus pies y él le enterró la espada hasta la mano.

El toro se sentó en el ruedo con el mango de la espada en el lomo. Estuvo un momento como mirando hacia el palco quince y luego rodó por tierra, sin una gota de sangre en la boca.

Epílogo
Una semana después, un periodista de La voz de Cuba contó que se había enterado de una corrida a puerta cerrada, para los artistas de la compañía francesa y la cuadrilla de toreros, ofrecida por Mazzantini en honor a Sarah Bernhardt. Según el reportero, la orquesta de negros de la Plaza tocó todo el tiempo que duró la lidia, un interminable can can. Por lo que se deduce de la nota, las piernas de cordero y de res y el mejor champán no fue lo único que hubo en demasía. Ya acabamos este relato con los mismos versos con que el periodista acabó su nota:

“Ved aquí los frutos de la estrecha alianza y de la íntima unión entre una ilustre trágica francesa y un matador de toros español.”
 

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