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CON LAS PUERTAS ABIERTAS
 
Para el habanero de hoy no resulta nada extraordinario —y me limito solo a citar algunas de las más reciente visitas— conversar, de tú a tú, con la Premio Nobel sudafricana Nadine Gordimer, darse de cara en La Habana Vieja con el director de E.T, o vocearle, de una calle a otra, maestro al descubridor de Macondo.


Tomás Santiesteban |
La Habana


Como cualquier ciudad del mundo, La Habana está hecha con la sabia de sus grandes hombres y de las huellas que dejaron a su paso sus ilustres visitantes. Nativos, conquistadores, rufianes, aventureros, piratas y esclavos, forjaron, durante siglos, tanto su fisonomía como su espíritu.

Teniendo en cuenta la posición geográfica de la Isla y su condición de estratégico punto de tránsito hacia las Nuevas Indias, puede decirse que la capital de la mayor de Las Antillas fue en este sentido una ciudad privilegiada.

Las flotas de paso que carenaban en su puerto en busca de refugio o provisiones, además de la hez de las sociedades europeas que emigraban en pos del dorado nuevo mundo, desembarcaron también de sus bodegas a arquitectos, pintores, músicos, cantantes y escritores de muchas partes del mundo.

Unos delinearon sus palacios y fortalezas; otros, en grabados y dibujos, imaginándola a veces incluso como una exótica ciudad oriental con bizantinas torres en lontananza, dejaron constancia de sus primeros rasgos de urbe recién nacida.

Más tarde de las retretas de las plazas o de los teatros, construidos a la usanza europea, saldrían melodías de zarzuelas y óperas italianas que, al fundirse con los callejeros toques de tambor, darían origen a lo que es hoy la rica música cubana.

De igual forma, escritores, periodistas, científicos, hombres de pensamiento, además de transmitir las ideas de moda de las metrópolis, enseñaron a los naturales de estas tierras a contemplar con otros ojos sus virtudes y defectos.

Aunque también los cubanos, tal vez por su condición de isleños, buscaron por su cuenta en sus frecuentes viajes a Europa u otras regiones, la fuente de la sabiduría, no es menos cierto que ese ir y venir de figuras prominentes —algunos solo como visitantes, mientras otros optaron por quedarse para siempre— marcó de forma esencial a la cultura cubana.

Hoy, en tiempos del avión, La Habana no significa por su ubicación un punto de paso indispensable, sin embargo, siguen siendo muchos las personalidades destacadas que continuamente nos vistan.

Hoy llegan, sin duda, más que por necesidades de transporte o suculentos contratos, fascinados por nuestra peculiar y rica cultura.

Para el habanero de hoy, quien disfruta anualmente de festivales como el del jazz o el de cine, no resulta nada extraordinario —y me limito solo a citar algunas de las más reciente visitas— conversar, de tú a tú, con la Premio Nobel sudafricana Nadine Gordimer, darse de cara en La Habana Vieja con el director de E.T, o llamarle, de una calle a otra, maestro al famoso inventor de Macondo.

A pesar de que muchos pretenden condenar a Cuba al aislamiento, La Habana, como la Isla toda, sigue siendo la llave, no precisamente la que da acceso a determinadas regiones geográficas, sino aquella que abre las puertas de algunas despreciadas comarcas del espíritu.
 

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