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DESDE EL MIRADOR DE JULIO
Aun
cuando ya no está entre nosotros, sus obras continuarán
transpirando desde la forma, el color, la línea, o la
palabra, esa distintiva naturalidad que empleó para
referir sus emociones, sus propias visiones, sus
encuentros previstos y también los más fortuitos.
Carina
Pino-Santos
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La
Habana
Fue el
pasado 25 de noviembre, hace jus-tamente un mes, en el
acto de entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas a
alguien que él bien conocía: su colega Adigio Benítez .
Girona me sonrió desde su silla de ruedas, y ya me
estaba preguntando si aún recordaría aquella visita el
pasado año que le hice en razón de una exposición y
homenaje que le preparamos en la Editorial Letras
Cubanas cuando, al ir a saludarlo, me besó con esa
picardía peculiar tan suya, y entonces ya no me quedó la
menor duda de su infalible memoria. Sostenía el mismo
buen humor de aquella vez en que no sabíamos si podría
asistir a su propia inauguración, pues no había luz en
su edificio, y los compañeros encargados de montar la
exhibición habían tenido que bajar 18 pisos con igual
cantidad de obras para poder preparar la muestra.
Y ahora con su reciente desaparición física, súbitamente
nos es más claro percibir con cuánta delicada intensidad
vivió su propia vida. Escritor premiado, artista
plástico honrado con el mérito de mayor alcance que se
otorga en Cuba, Girona fue, además, testigo y
testimoniante de hechos de alcance histórico como la II
Guerra Mundial, las vanguardias artísticas y el
modernismo norteamericano: latidos de un siglo que solo
él como artista supo convertir en pulsaciones
humanistas. Pero más allá de los honores que con justeza
le honran, y de las cruciales y vastas experiencias de
una vida plena de venturas y avatares como viajero
pertinaz y acucioso por el mundo, se halla lo más
singular que nos ha legado: La eterna espiritualidad
develada en sus obras plásticas y literarias.
Hemos visto en sus lienzos y cartulinas, y leído en sus
libros aquellos personajes que hallara a lo largo de su
vida, ya fuera en las calles de Liverpool, Reims o
París. En todos ellos habitaba el secreto de su personal
metafísica que se revelaba en esa poética íntima e
ingenua que solo él sabía no solo descubrir, sino
también develar en su creación, mediante ella era capaz
de encontrar lo singular y lo inédito tanto en lo
cotidiano como en lo trascendente.
Y es que un mismo corazón y un único y muy universal
concepto subyacía tras cada cuadro y cada historia
escrita. Girona era el artista y el escritor para quien
cualquier medio o soporte era solo el vehículo para
comunicar la poesía indivisible de las cosas y los
seres: De ahí sus poemas que dibujan imágenes, y sus
dibujos de los que emana una nunca amenazada
inspiración.
Su inclinación por las mujeres la llevó al arte con esa
elegancia que convirtió en estilo. Y si fue conciso en
la abstracción, como pintor y dibujante figurativo era
detallista. Sus retratos de mujeres recuerdan los
perfiles egipcios y romanos porque para Girona era solo
la mujer, y según él mismo me confesó una vez: “le
habían inspirado en cualquier lugar del mundo”.
Aun cuando ya no está entre nosotros, sus obras
continuarán transpirando desde la forma, el color, la
línea, o la palabra, esa distintiva naturalidad que
empleó para referir sus emociones, sus propias visiones,
sus encuentros previstos y también los más fortuitos.
Solo él logró, escribí en mis palabras a aquella
inolvidable modesta exposición, “fundar espacios desde
donde traducir una metáfora única e indivisible tanto
con sus pinceles como con su pluma: zonas que Girona
abrió cual inconfundibles ventanas, gracias a las que
podemos respirar, profundamente, esa fluidez inasible
que únicamente puede proceder del verdadero arte”.
Indudablemente, Julio, siempre creeré que es ese tu muy
original y perdurable mirador, el mejor legado que
pudiste dejarnos. |