|
EL GABO EN MI MACONDO
El Gabo es una
especie de primo o tío muy querido, que se pasa
mucho tiempo de viaje, pero siempre, más tarde o
más temprano, regresa a casa. Y su hogar en Cuba
puede ser la Fundación del Nuevo Cine
Latinoamericano o la Escuela Internacional de Cine
de San Antonio de los Baños, ambas fundadas por
él; o quizás algún rincón de La Habana Vieja.
César
Gómez Chacón|
La
Habana
Muchos años después, recuerdo perfectamente aquella
tarde remota en que mi padre me llevó a conocer a
Gabriel García Márquez...
Era el autor de aquel libro sin fotos que el viejo ponía
en mi camino, con la esperanza de que “reencuentres tu
mundo y tu tiempo”. Tres días más tarde, aún anonadado
por la lectura de Cien años de soledad, y sin la
certeza de haberlo complacido (a mi padre), comprendí
que había descubierto al escritor más escritor de mi
mundo y de mi tiempo.
Por aquel entonces, yo no sabía que Gabo era Gabo, mucho
más que un libro, dos libros, muchos libros... un montón
de artículos, crónicas y reportajes. No me imaginaba que
detrás de aquel nombre en español, que junto a otros
muchos como Poe, Dickens, Grim, Christie, London...
había llenado un importante espacio en mi adolescencia,
encontraría alguna vez un rostro cálido, y una mano que
un día, por casualidad, estrecharía la mía.
No podría recordar, sin embargo, la primera vez que tuve
conciencia de que García Márquez, el Premio Nóbel de
Literatura, no solo era un hombre de mi tiempo y de mi
mundo en el sentido abstracto, sino de nuestro mundo
real, en la acepción más estricta del término.
El momento exacto del primer encuentro cercano con Gabo
sigue siendo un enigma en mi memoria. Visto en la
distancia, debo haberlo percibido aquella vez, ya difusa
en los recuerdos, cuando llegó a mí su Relato de un
náufrago, impreso en inconfundible papel gaceta
cubano, y acompañado quizás por alguna reseña del autor
de Ojos de perro azul, La hojarasca, El coronel no
tiene quien le escriba, La mala hora, Los
funerales de la Mamá Grande, El amor en los tiempos del
cólera, Crónica de una muerte anunciada...
O sería tal vez mucho antes... o mucho después, cuando
cada domingo en Juventud Rebelde comenzaron a
publicarse sus crónicas acompañadas por aquella foto
pequeña y sonriente... Es lo de menos.
Lo cierto es que para todas las generaciones que hemos
compartido este archipiélago verde después del primero
de enero de 1959, la presencia de Gabriel García Márquez
en Cuba, es parte de la vida cotidiana y de la cultura
nacional, y valga la redundancia.
Desde aquella poco divulgada jornada, cuando Gabo llegó
por primera vez a Cuba días después del triunfo
revolucionario, como parte de los periodistas
extranjeros invitados a la Operación Verdad;
hasta la semana pasada, cuando ocupó su asiento en la
presidencia del teatro Amadeo Roldán, para ver a Chucho
Valdés inaugurar a piano limpio el XX Festival de Jazz
de La Habana, el escritor del realismo mágico es un
duende bueno que se pasea a sus anchas por la geografía
cubana, la mayoría de las veces ignorado por los flashes
de los fotógrafos y las crónicas de última hora.
Suerte la de los cubanos el tener como amigo común a
este señor no tan viejo y con unas ganas de vivir
enormes, que lo mismo se aparece en un estadio
deportivo, que en el vestíbulo del poligráfico Granma,
para intercambiar sobre cualquier tema con sus colegas
más queridos, aquellos con los que fundó la agencia
Prensa Latina, también por aquellos primeros años
del cólera yanqui ante el nacimiento de la Revolución
cubana.
El Gabo es una especie de primo o tío muy querido, que
se pasa mucho tiempo de viaje, pero siempre, más tarde o
más temprano, regresa a casa. Y su hogar en Cuba puede
ser la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano o
la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los
Baños, ambas fundadas por él; o quizás algún rincón de
La Habana Vieja que le recuerde a su querida Cartagena
de Indias; y en última instancia, cualquier pedazo de
esta Isla donde una tarde cualquiera –o iniciada la
madrugada— se sienta a “transformar el mundo” con el tal
vez más conversador de sus muchos amigos cubanos: Fidel
Castro.
Su profunda amistad con el líder de la Revolución,
probada por el tiempo y las coyunturas, le ha ganado no
pocos epítetos por parte de sus demasiados enemigos,
acumulados también a lo largo del tiempo, por las mismas
y por otras causas y consecuencias de su ya crónica
enfermedad izquierdista.
Mas Gabo no escarmienta ni por cabeza ajena ni por la
suya propia: Cuba no es Aracataca, pero hay mucho de
macondiano en esta tierra rebelde, que parece detenida
por el tiempo, pero impulsada por la historia.
Dichosos nosotros, los simples mortales, que una noche
cualquiera de un diciembre sin prisa, nos paramos por
pura casualidad en una esquina del teatro, y viene él,
camisa a cuadros, Mercedes amorosa detrás, y cual viejo
conocido te extiende la mano y su sonrisa, como uno
más... El Gabo definitivamente en mi Macondo. |