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EL ALMA ENCANTADA
 
Sus alumnos la querían. Los que fueron y los que eran, y a fin de cuenta, también los que habríamos querido ser, bien porque valía la pena un minuto de su alma nutricia en la sapiencia o solo por la cercanía a la leyenda.


Jorge Sariol |
La Habana


Siempre creí que se ponía más edad.

Cuando la mayoría de las mujeres empiezan un conteo regresivo, ella en cambio parecía asistir al paso del tiempo con la misma disfrutada felicidad con que acudió a su trabajo durante más de 65 años.

Dice un proverbio que Dios da barba a quien no tiene espacio, pero la naturaleza, mucho más sabia, se empeña en desmentirlo y muchas veces prodiga alma buena, corazón bien merecido y larga vida, para quien acepte el reto de vivir en consecuencia.

Sus alumnos la querían. Los que fueron y los que eran, y a fin de cuenta, también los que habríamos querido ser, bien porque valía la pena un minuto de su alma nutricia en la sapiencia o solo por la cercanía a la leyenda.

Siempre parecía andar en paz consigo misma. Una colega que tuvo la suerte de estar entre sus discípulos entendió el axioma y desde entonces se la aplicó a sí misma: “llegaba a clases con cara contenta. Estaba donde quería estar y sabía muchísimo de lo suyo. Su esencia humanista la vertía sobre los demás. Quien no logre equilibrio con eso no lo logrará con más”.

Cuando cumplió noventa años los homenajes comenzaron a tomar ribetes de apoteosis. Salió más en los medios que una estrella de cine y habló menos que en su clase más corta.

Algunos se insultaron , sin entender el símbolo, cuando un pintor reprodujo en un lienzo la imagen de la legendaria Alma Mater de la escalinata de la Universidad de La Habana con el rostro de la Novoa. Me quedé sin saber de primera mano qué pensaría ella del asunto, pero puedo imaginármelo sin más ni más.

Un ex alumno escribió un libro para contar de ella –aunque según sus propias palabras, varias veces había intentado disuadirlo- y cada vez que la gente de la prensa necesitaba darse brillo con una buena entrevista pensaba en la Novoa. Y casi siempre aceptaba, con la condición de no hablar sobre sí misma.

“¡Qué no habré conocido yo de esta universidad!, dijo en La casa de la FEU, en una de las tantas invitaciones que le hicieran los estudiantes.

Cuánta personalidad cubana o allende los mares subía al estrado del Aula Magna, tenía entre el público a la doctora Rosario Novoa sentada en la más estricta sencillez. Las veces que le tocó subir al podio, hablaba con rapidez como si tuviera prisa por volver a su silla o quizá a su sencillez.

Un escueto currículo publicado por una agencia daba cuenta de su condición de fundadora del Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Artes y Letras, de sus título de Pedagogía y Filosofía –¡en 1928!- y su empeño en introducir el estudio de arte cubano, latinoamericano y oriental en el nivel universitario.

Su condecoración de Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba, su título de Profesora de Mérito y su distinción de Maestra de Maestros –especialmente creada para almas como ella- no cambiaron su andar, ni suavizaron sus exigencias en el aula.

La Dra. Rosario Novoa por poco llega a la centuria asistiendo a la Universidad de La Habana, a sus clases y a sus alumnos con todo a mano y más. Cuando Dios da barba, por algo será.
 

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