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UN ÁNGEL DE LA GUARDA
 
Mario Jorge | La Habana


Se fue de manera callada —evitaba llamar la atención—, de la misma forma en que atravesaba cada día las puertas de su eterna Facultad de Artes y Letras, de la Universidad de La Habana. La noticia fue dura y chocante. De tanto verla, llegué a pensar que la doctora María del Rosario Novoa Luis podría ser inmortal. A sus 97 años, "La Novoa", como cariñosamente le llamaban en los predios universitarios, todavía irradiaba la energía que le recordaba hace más de 15 años, cuando nos cruzábamos en los pasillos de la entonces también casa de los estudiantes de Periodismo.
No tuve el honor de ser su alumno. La admiraba, por su valentía para enfrentar la vida y porque todos elogiaban sus clases. Era una leyenda. Por eso cuando a finales del 2000 me pidieron una entrevista sobre alguna personalidad del siglo XX cubano, no dudé en invadir la privacidad de su viejo apartamento del Vedado.
Aquel día, estaba asustado como un principiante. Logré relajarme cuando supimos que se demoraría; una reunión en la Universidad la había retardado. Aproveché para husmear en la sala: las paredes adornadas con obras de diferentes generaciones de artistas plásticos, el librero atestado de los más variados títulos.
La puerta se abrió y desapareció el miedo. Sus ojos azules eran ágiles como espadas. La sonrisa: juvenil, pícara. Y el rostro invitaba al sosiego. Entonces tenía 95 años. La forma en que los vivía no inspiraban otra cosa que la más sincera y noble envidia.
“Hace unos cuatro años —contaba— fui al Instituto de Gerontología pidiendo que me acogieran como paciente. Me hicieron diversas investigaciones y al final el doctor me dijo que yo no tenía nada que ver con la geriatría. Me indicó que siguiera atendiéndome con el médico de la familia porque yo no tenía enfermedades de viejo.
“Y seguí adelante. Ahora fumo menos, me encanta el café, me doy mis traguitos, como poco. En realidad, no soy un ejemplo”.

—¿Cómo esperará el nuevo milenio?
—Asustada. Porque cuando miro hacia atrás y veo todos los años que he vivido me parece que ya he pasado bastante tiempo en este mundo. Nací en el 1905, así que figúrate, he visto prácticamente el siglo.

—¿Cuáles son sus planes para el próximo siglo?
— Ninguno. Ya a mi edad no se hacen. El único que tengo es el plan de trabajo en la Universidad, que no lo puedo evitar. Voy a seguir haciendo todo lo que pueda. Soy una mujer privilegiada.

—¿Cómo definiría el siglo XX?
— Es el siglo en que han descubierto más cosas que en todos los anteriores. Acontecimientos de todo tipo, positivos y negativos.

—¿Cuáles fueron los que más le impresionaron?
— Era pequeña, pero recuerdo que el ciclón de los cinco días, del 1910, fue un fenómeno impresionante. Se estuvo hablando buen tiempo de aquello. Fueron cinco días lloviendo sin parar. También se habló mucho, en ese año, de que el cometa Halley tocaría la Tierra, había gran expectativa.
“Y lo más impactante: la Revolución cubana, mírese desde el punto de vista que se mire. Estoy segura de que lo reconocen hasta nuestros enemigos. Fue un acontecimiento único. Tuvo lugar en un país que no se podía pensar que ocurriera.

—¿Y las personalidades del siglo que más le cautivaron?
—Lenin es de una grandeza extraordinaria en todo sentido. En el plano científico Einstein, un hombre que revolucionó muchas teorías. Sus conceptos sobre la relatividad del tiempo fueron una novedad muy grande.
Y Fidel, no tiene discusión. Es una personalidad muy completa y que tiene para mí una condición muy importante: su fe en el ser humano va más allá de todo, es inagotable. A pesar de las dificultades, las quiebras que ha debido enfrentar, él sigue teniendo fe y confianza en el hombre. Y eso, para mí, es lo más hermoso que se puede tener.

—¿Qué ha sido para usted la vida?
—Algo que vale la pena. Pueden aparecer muchas dificultades, pero vale vivirla. Lo que hay que asumirla tal como es, con sus contrastes, porque de lo contrario no sería vida. Los contrastes la hacen más interesante. Porque las épocas malas nos hacen valorar mejor las buenas. De esos momentos se sale. Pero tenemos que agarrarnos bien de ese granito de optimismo.

—¿Cómo cree que debemos vivirla?
—Lo más intensamente posible. Aprovechar bien cada instante. No se puede perder ninguna oportunidad, porque no sabemos si volveremos a tenerla. Y hay que tener muy definido lo que se quiere hacer.
Yo, desde muy temprano, sabía que lo que deseaba era enseñar, ser maestra. Y concentré mis fuerzas en eso. Tuve la suerte de llegar a la Universidad y poder desarrollarme y convertirme en profesora universitaria.
Las personas que no saben qué quieren hacer, me parece que no tienen sentido de la vida. Tenemos que tener una meta. Y una meta que uno se proponga y el esfuerzo que se realiza para alcanzarla, valen la pena.

—¿Alguna influencia vocacional?
—Mi madre era una alfabetizadora nata. Nació en Islas Canarias, pero vino para Cuba desde los cinco años. Aquí vivió en el campo, en una finca. Y ella siempre decía que no podía ver a nadie a su lado que no pudiera leer ni escribir. Ella trataba de enseñar a todo el mundo, tenía mucha facilidad para hacerlo.

—¿Cómo era la Universidad de sus tiempos de estudiante?
—Tenía un alto nivel científico y cultural. Había profesores muy brillantes. Era rebelde. Se reflejaba la propia situación del país. Muchos se buscaban otros trabajos, los salarios no eran buenos.
También era una cantera del pensamiento progresista. El estudiantado universitario siempre estuvo a la vanguardia. Y lo sigue estando.
Pero el estudiante de antes, en mi opinión, tenía una mayor conciencia del encargo social que le había tocado. Cada generación tiene un encargo social, muchos no lo saben y no lo cumplen.
Para mí, el encargo social de este momento es mantener lo que se ha obtenido. Eso sería un logro. Yo le digo a mis estudiantes que su función principal está en preservar lo conquistado y tratar de crecer en lo que se pueda. Pero primero que todo cuidar lo alcanzado.
Nuestro país necesita más del heroísmo diario, que es mucho más difícil de lograr que el heroísmo de una sola vez. Uno puede lanzarse a la muerte por un ideal, pero defender todos los días ese ideal es mucho más difícil.

—¿Es de las que piensa que la juventud de hoy está echada a perder?
—No, el joven siempre es igual: intolerante, irreverente... en cualquiera de los siglos. Creo que lo fue desde la Edad Media. Es el momento de descubrir el mundo, las relaciones. Es una etapa muy importante que no debe perderse, es fundamental para lo que viene después. Sin embargo, es cierto que se han deteriorado los modales. Se ve en la forma en que hablan y se comportan. Se ha aflojado mucho.

—¿Qué ha sido para usted la Revolución?
— Volver a nacer.

—¿Qué ha aportado Cuba a la Pedagogía?
—Una gran experiencia y un sistema, lo cual no ha sido fácil alcanzar. Además, es irrepetible. Lo que ha logrado la Revolución cubana es imposible en otros lugares. La Campaña de Alfabetización fue la base de todo lo alcanzado posteriormente, fue el estímulo al estudio, el incentivo al aprendizaje. Fue el inicio de una cadena y esos primeros eslabones hicieron que más tarde pudiéramos recibir los frutos. Igual que los nuevos proyectos de ahora para incrementar los conocimientos de la población.

—¿Cómo valoraría la educación cubana actual?
—Es muy ambiciosa, su intención es muy noble. Se han hecho cosas muy grandes. Pero todavía no hemos logrado un mecanismo que adecue lo que queremos del estudiante con lo que se consigue. Hay muchos factores que inciden: la familia, el conjunto social.
Ahora, la idea de la Universidad para Todos es excelente. Y nosotros en la Colina hemos sido vanguardias en eso. En las décadas del 60 y el 70 abrimos los cursos para trabajadores. Había muchos especialistas en el país que dominaban determinadas profesiones y no tenían un aval. Aquellos cursos fueron maravillosos.
Estos programas vienen a darle continuación a mucho de lo que intentamos hacer nosotros. Desde hace tiempo intuimos que el pueblo cubano tiene una sensibilidad y una facilidad de captación muy grande.
En varias ocasiones hicimos el experimento de llevar una obra de arte a una fábrica, a un taller de costura, a cualquier centro de trabajo. Allí dábamos una charla con una lámina en la mano y hacíamos preguntas al final. La gente respondía maravillosamente bien.

—¿Cuáles son los secretos de una buena clase?
—Primero, el profesor tiene que conocer bien la materia. En segundo lugar debe tener facilidades de comunicación. La clase es una actuación. Y en tercero, debe recordar que también fue joven, tiene que conservar el amor por la vida. El profesor debe impartir conocimientos que el alumno siempre necesite. El estudiante debe sentir eso.

—¿Aún se divierte?
—Mucho, soy una persona muy divertida. Ya no bailo tanto, no me invitan. Además, soy insaciable con la lectura. Estoy casi siempre hasta la una de la madrugada leyendo. Cuando termino de leer las cosas de mi trabajo, sigo con novelas, revistas...

—Se ha perdido el hábito de la lectura...
—Desgraciadamente, sí. Los muchachos de hoy no leen como los de antes. La han sustituido por otros medios de comunicación que consideran más entretenidos. Pero es que al no tener el hábito no han podido disfrutar, realmente, una buena lectura. Debería estimularse más desde la escuela primaria.

—En eso debe incidir más el papel de la familia...
—La familia también ha cambiado un poco, porque los tiempos han cambiado también. Es decir, la relación entre familia no es la misma. Por razones de trabajo, dificultades materiales, la propia dinámica de la vida...

—¿Recuerda a sus mejores alumnos?
—He tenido muchos. Sería injusta.

—¿Sin embargo, pudiera citar algunos?
—Ricardo Alarcón, Roberto Fernández Retamar, Graziela Pogolotti, Salvador Bueno, Gustavo du Bouchet, Luisa Campuzano... hasta los más recientes. He tenido un enorme privilegio.

—¿Cómo ha enfrentado los últimos adelantos científicos, por ejemplo, la computación, Internet?
—Cuando llegó la computación a la Universidad de La Habana pedí participar en los primeros cursos. No me gusta que hablen alrededor mío de algo que no conozco. El profesor se interesó cuando supo que participaría en sus clases. Le habían hablado de mí, estaba asustado. Le dije que no se preocupara, que me viera como una alumna más. Tuve suerte: salí bien, hice todos los ejercicios. Y hasta me felicitó.
Sin embargo, no he podido utilizar la computación lo suficiente, a pesar de la cantidad de recursos que brinda para las clases de Artes Plásticas. Se puede hacer un curso completo de Historia del Arte con las computadoras. Y en la Universidad para Todos están haciéndolo. Pero no tenemos los materiales, son costosos.

—¿No teme quedarse atrás?
—Ahora, aunque no quiera, miro los toros desde la barrera. Todavía tengo capacidad para aprender. He descubierto que después de vieja he aprendido muchas cosas. Hasta ahora no he perdido la capacidad de retener lo que aprendo. Pero ya van siendo muchas las cosas que tengo acumuladas. No es lo mismo. Por eso trato de no salirme mucho de ahí. Sin embargo, estoy muy bien en las clases de la materia que imparto. Y tengo un gran apoyo de todos los que me rodean, en la casa y en el trabajo.

—¿Y ponerse vieja?
—Llegué a vieja por sorpresa, no me lo propuse. Lo que pasa es que no me siento vieja. Hace un tiempo andaba con mi hermana por la calle y le mostré una señora, tenía como 80 años, más o menos. Le dije: Mira aquella viejita, yo no soy como ella. Mi hermana me respondió: Y tú qué te crees. Volví a la carga: Yo no estoy así, qué va...
Físicamente no tengo ninguna enfermedad que me invalide, mentalmente, tampoco. Aunque Mirta Aguirre decía que de un día para otro te puede dar un viejazo.

—¿Cómo se definiría?
—Nunca me ha gustado que me consideren una intelectual, ese término es para las personas que dejan fuera de su contexto los otros intereses de la vida cotidiana. No es el caso mío, me gusta mucho la casa, las tareas del hogar, sobre todo la cocina y lo que tiene de creativa. Todavía preparo algunos platos.
Soy una persona corriente que ha amado la vida muchísimo y que no se arrepiente de haber vivido.

DR. ROSARIO NOVOA LUIS
Graduada de Pedagogía y Filosofía en 1928, la doctora Novoa fue fundadora del Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Dedicó 68 años de su vida a la Pedagogía. En los últimos años impartía clases de Arte Español. Fue Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba, Profesora de Mérito y en 1994 recibió el título de Maestra de Maestros, condición creada especialmente para homenajearla por la alta casa de estudios.

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