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ADIÓS A LAS ARMAS
En
los tiempos actuales la fortaleza de San Carlos de la
Cabaña es un espléndido museo en el que el silencio y la
tranquilidad reinante nos hace olvidar que nos
encontramos dentro de una fortaleza. Y ese olvido se
hace todavía mayor cuando observamos todas sus
dependencias repletas de libros como viene ocurriendo
desde hace tres años con motivo de la Feria del Libro.
Magaly
Cabrales|
La
Habana
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Mucho antes de que el escritor
norteamericano Ernest Hemingway escribiera su exitosa
novela, Adiós a las armas, ya la fortaleza de San
Carlos de la Cabaña había renunciado a ellas para
convertirse en una pacífica fortificación, reduciéndose
entonces su fama como punto militar estratégico a un
circunscrito archivo guardado exclusivamente en la
memoria de algunos historiadores y en determinados
libros de temática histórica o militar.
Pero antes de llegar a ese momento la Cabaña arrastraba
una larga historia, la cual comienza en 1763, cuando los
ingleses abandonaron La Habana después de haberla
dominado durante once meses.
Justamente las tropas inglesas pudieron apoderarse de La
Habana porque antes lo habían hecho del cerro de la
Cabaña, donde pastaban tranquilamente más de un centenar
de chivos no obstante haber sido advertido el Capitán
General de la Isla por el ingeniero italiano Bautista
Antonelli, quien expresara, en épocas tan tempranas como
1589, que quien dominara esa elevación se convertiría en
el dueño de la Villa.
También desoyeron esta advertencia otros gobernantes y
jefes militares sucesores, los cuales entendían que la
ciudad se encontraba bien protegida por las murallas que
la rodeaban, por la fortaleza de los Tres Reyes del
Morro y por algunas piezas de artillería emplazadas en
la elevación de la Cabaña. Los ingleses, sin embargo,
demostraron lo contrario logrando apoderarse de la
ciudad sin grandes esfuerzos.
La experiencia fue amarga, sin duda, pero sirvió para
que la corona reinante en España por aquellos años,
Carlos III, ordenara que se construyera de inmediato una
fortaleza en el estratégico cerro. Con ese fin, envió a
La Habana a Ambrosio Funes de Villalpando –Conde de
Ricla–, a quien nombró Capitán General de la Isla, y al
ingeniero militar de los Reales Ejércitos, don Silvestre
de la Abarca, bajo cuya dirección se iniciaría la gran
obra que comenzó a ejecutarse rápidamente. Y tal era el
temor de la Metrópoli, del gobierno y de los habaneros
por una nueva invasión que mientras llevaban a cabo la
construcción de la Cabaña, erigieron también la
fortaleza del Castillo de Santo Domingo de Atarés, El
Príncipe, y reconstruyeron al propio tiempo la fortaleza
del Morro seriamente dañada por la artillería inglesa.
Es de suponer, entonces, la gran cantidad de mano de
obra que se requirió para construcciones de tal
envergadura, máxime si se tiene en cuenta el escaso
desarrollo que por aquella época tenían los medios de
trabajo y lo agreste del terreno, sobre todo el de la
elevación de la Cabaña cuyo suelo rocoso hacía todavía
mucho más difícil las excavaciones, las que debían tener
entre 10 y 15 metros de profundidad. Las jornadas eran
realmente agotadoras y demás está decir que las
cumplimentaban aquellos cuya condición de esclavos los
convertía en bestias de trabajo. Junto a ellos laboraron
también centenares de prisioneros, algunos recluidos en
presidios cubanos probablemente condenados por cometer
actos de piratería, mientras otros eran procedentes de
cárceles mexicanas.
En condiciones verdaderamente deplorables y con una
alimentación mínima laboraron durante años estos
hombres. A muchos de ellos la vida no les alcanzó para
ver la culminación de las obras, de ahí que, no sin
razón, se dice que formando parte de la fuerza de
trabajo empleada en la erección de estas construcciones
se encuentra la sangre y el sudor de centenares de
negros esclavos y otras tantas decenas de prisioneros.
Finalmente, en 1774, se inauguraba la soberbia fortaleza
que llevaba en primer lugar el nombre de quien la había
auspiciado y al propio tiempo financiado: el rey Carlos
III de España y, como para no quedar mal con aquellos
que desde hacía más de un siglo habían dado nombre a la
elevación, se llamó también La Cabaña.
De ella se enorgullecía no solamente el rey de la
metrópoli, sino también el Capitán General de turno en
la siempre fiel Isla don Antonio María Bucarelli y, por
supuesto, también los habaneros y los cubanos en
general. Esta complacencia tenía razones muy bien
fundamentadas, pues la fortaleza de San Carlos de la
Cabaña es una gigantesca obra de ingeniería militar que
posee una elevación aproximada de 45 pies sobre el nivel
del mar, de ahí que no por gusto ha sido considerada
como la mayor fortaleza erigida por España en sus
posesiones en América. Asimismo constituye la obra
cumbre del sistema abaluartado de las construcciones
militares españolas. Y todo ello se debe a que, para su
edificación, se tomó lo mejor de la ingeniería militar
de la época. De Francia, por ejemplo, se adoptaron los
flancos curvos, el orejón de los baluartes y también el
diseño exterior de las obras; de Italia se copiaron los
baluartes, mientras que de Holanda toda la parte
hidráulica, lo cual explica el estilo ecléctico
prevaleciente en la construcción.
Cuando fue inaugurada, la Cabaña quedó dotada de
almacenes, bóvedas, rampas, profundos fosos y cuarteles,
en los cuales podían albergarse, cómodamente, unos 2000
hombres. Su capacidad era ciertamente grande y también
lo era el armamento del cual disponía. Así en 1859
contaba con 120 cañones y obuses de bronce de diferentes
calibres. Pero ya para 1863 el equipamiento militar se
había incrementado considerablemente, llegando a poseer
245 piezas de artillería, amén de otras armas ligeras de
corto alcance. Mas si de algo servían todas ellas juntas
era más bien para intimidar, pues La Habana no recibió
jamás ninguna otra agresión de envergadura después de la
de los ingleses. Y como quiera que se produjeron en el
país grandes guerras como la de los Diez Años liderada
por Carlos Manuel de Céspedes; la de 1895 encabezada por
Martí, Gómez y Maceo y también la guerra hispano-
norteamericana, coincidentemente todas ellas se
desarrollaron en la parte oriental y central de la Isla
a donde no llegaba el alcance de los cañones de la
Cabaña.
Así la gigantesca fortaleza vio reducido su
funcionamiento al entrenamiento de hombres, sobre todo
de aquellos imberbes soldados llamados a quintas,
quienes casi niños llegaron a Cuba y solo después de
haber recibido una preparación elemental en la Cabaña
contaron con algunos conocimientos militares para
enfrentarse a los mambises.
Otra función de la Cabaña fue la de haber servido como
presidio para aquellos que contravenían las
disposiciones de la Corona y, por consiguiente, de las
autoridades radicadas en la Isla. A diferencia del
anterior, este desempeño estaba concebido desde su
construcción, pues era usual en todas las fortalezas de
la época. Y quizás sea por esa razón que el mismo tuvo
un cumplimiento cabal, siendo incontables los líderes y
combatientes –muchos de ellos anónimos– que fueron
encerrados en sus bóvedas, mientras que no pocos fueron
fusilados en sus fosos. Entre los primeros que guardó
prisión tras los muros de la Cabaña se encuentra el
negro liberto José Antonio Aponte, en 1812. El poeta
Juan Clemente Zenea y Fornaris corrió la misma suerte en
1871. Con anterioridad, en 1870, la presencia de dos
prisioneros dieron relevancia especial a la fortaleza:
José Martí Pérez y Fermín Valdés Domínguez. Ambos habían
sido procesados por cometer el delito de infidencia al
ocupárseles una nota, en la cual increpaban a un antiguo
condiscípulo que había traicionado a la Patria al
ingresar en el Cuerpo de Voluntarios.
Valdés Domínguez fue enviado directamente a la Cabaña,
mientras Martí era destinado a las canteras de San
Lázaro. Meses después, sin embargo, a causa de su mal
estado de salud, Martí es trasladado de forma
transitoria a la fortaleza y de ella a la Isla de Pinos
de donde salió definitivamente deportado a España.
Durante la ocupación norteamericana en Cuba las
funciones carcelarias de la Cabaña recesaron, para
reiniciarse en los años de la República Mediatizada. Así
en la década del 30 fueron encarcelados prestigiosos
intelectuales entre los que se destacan Pablo de la
Torriente Brau, Gabriel Barceló y Raúl Roa. A estos
seguramente les siguieron muchos otros hasta enero 1959
en que se produce el triunfo de la Revolución. A partir
de ese año la fortaleza de San Carlos de la Cabaña
cambió radicalmente sus funciones.
En los tiempos actuales es un espléndido museo en el que
el silencio y la tranquilidad reinante nos hace olvidar
que nos encontramos dentro de una fortaleza. Y ese
olvido se hace todavía mayor cuando observamos todas sus
dependencias repletas de libros como viene ocurriendo
desde hace tres años con motivo de la Feria del Libro.
Así ocurrirá también entre los días 30 de enero al 11 de
febrero cuando celebremos su XII edición. De este modo
si algunas armas existen actualmente en la fortaleza de
San Carlos de la Cabaña, son aquellas del saber que
traen los libros impresas en sus páginas, pues los
cañones allí radicados solo sirven para recordarnos una
época ya muy lejana, que no obstante la revivimos cada
día cuando justamente a las nueve de la noche se produce
el cañonazo. |