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LA DESPEDIDA DE UN DUENDE
Tal parece que el duende negro de la
muerte ha venido a llevarse a uno de los más
grandes teatristas cubanos de los últimos cincuenta años:
Roberto Blanco.
Amado del
Pino
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La
Habana
Tal
parece que el duende negro de la muerte –tan bien
resuelto en su puesta en escena Mariana–
ha venido a llevarse a uno de los más grandes teatristas
cubanos de los últimos cincuenta años. En García Lorca
encontró Roberto Blanco una de las fuentes principales
de inspiración. Su versión de Yerma, en 1980,
significó para la escena cubana una mayoría de edad ,
por su espectacularidad, la integración de lo plástico
con lo sonoro y la peculiar majestuosidad que Blanco
supo imprimir a sus montajes.
En
otros estilos también se movió Roberto con ligereza y
precisión. Al centro de los ochenta su espectáculo
Los enamorados, del clásico Goldoni, logró un juego
delirante a partir de escasos elementos y sacando el
máximo partido al plano actoral, el vestuario y la
música.
El
maestro había nacido en La Habana en 1936 y su formación
comenzó en Teatro Universitario a finales de los
cuarenta. Momentos importantes en su trayectoria serían
la presencia en el grupo Prometeo, que fundara Francisco
Morín, y su decisiva participación en los primeros años
de Teatro Estudio. En el año 2000, la segunda ocasión en
que se entregaba el reconocimiento a la obra de toda la
vida, fue proclamado Premio Nacional de Teatro.
Más
allá de enumerar estrenos y aportes técnicos, vale la
pena recordar a Roberto como gran líder de grupos.
Teatro de Ensayo Ocuje, fue uno de los colectivos más
poderosos y singulares de los sesenta. Allí estrenó
María Antonia, de Hernández Espinosa, una de las
obras esenciales de la dramaturgia nacional. Cuando,
tres lustros después, Blanco funda Teatro Irrumpe,
volvieron a su lado antiguos compañeros como Omar Valdés
o Hilda Oates. Es que este hombre que acaba de morir
reunía las características ideales de un director de
escena. Formidable actor, gran cultura teatral y
talento de pedagogo.
Blanco
fue un estudioso de la obra de José Martí y a su
Diario de Campaña volvió en más de una ocasión;
primero con Ocuje dice a Martí, y después
en Irrumpe con De los días de la guerra.
En su vida cotidiana se comportaba también como todo un
martiano. En la década de los setenta fue víctima de
incomprensiones y de injusticias. Volvió humildemente a
su oficio de traductor, que ya había ejercido,
auxiliando con su fluido inglés al Che en África. Hace
poco le preguntaron por aquellas lamentables
circunstancias y Roberto dijo que de esa década
recordaba que habían nacido dos de sus hijos. Como
Martí, el virtuoso director prefirió olvidarse de las
ofensas, estudiar, trabajar, fundar. |