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El cuento de La Jiribilla

DÉDALO
 
Daniel Díaz Mantilla

Dentro del laberinto las horas fueron grises. Con paso lento en las tardes arrastraba el arquitecto su cansancio hasta la muralla oscura de Gnosos, para —asomado a los salientes— escuchar del sargazo un canto más ecuánime que el de la vid en los tarros labrados de Minos.

Allí sentado, veía la estela de las naves apagarse, las gaviotas sumergir sus alas tensas, las olas deshacerse blancas contra la costa filosa de su isla. Imaginaba imposibles, desesperadas maneras de sustraerse a ese confinamiento que lo angustiaba. Obsesionado por esos muros que su propio delirio había ideado, deliraba ahora ideando escapatorias. Pero sus planes eran demasiado volátiles frente a la constancia del mar y de la roca. Y Dédalo pasaba sus miradas de uno a otra, reparando en su fracaso.

Abrumado de cálculos regresaba luego a su celda, todavía maquinando entre tropiezos un nuevo proyecto de fuga para volver a rechazarlo a la mañana siguiente.

En su último sueño, el arquitecto se sintió volar sobre la ciudad, remontar el antiguo laberinto cabalgando de vuelta a su patria en las espaldas de un pájaro blanco. Su pueblo, siempre borroso en sus recuerdos, adquiría en la ensoñación una realidad que lo colmaba. Antiguos amigos festejaban su retorno. El cuerpo, agotado por el viaje, se le adormecía laxo en el abrazo de una esposa que creía ya perdida.

Despertó agitado después del mediodía y con las mejillas hinchadas vagó hasta la playa. Era un sueño, se decía, y alzaba la vista sobre sus propias huellas grabadas en la arena, indistinguibles entre un millar de otras huellas superpuestas.

El caos lo asfixiaba, lo asfixiaban el océano y su exilio: todas las tardes bogeando una frontera insuperable. Apretó los párpados deseando vanamente dormirse. La vigilia —lo sabía– es una jaula irreal y férrea; y Gnosos apenas desapareció un instante, cediendo su lugar a una multitud de puntos luminosos que estallaban sobre el hondo hueco de sus córneas. Quiso morir, quiso no haber sido nunca el constructor de tan perfectos laberintos, solo en su dolor, solo soñando entre extraños que soñaban desde una realidad asaz distante.

Cayó de rodillas al suelo y suplicó hasta que unos brazos lo sacaron de su queja.

Al abrir nuevamente los ojos, desolado, vio la mano de un dios que lo elevaba hasta la altura de su frente. (¿Era un dios, era un demonio?) Dédalo advirtió un camino dibujado en la nada inmensurable, tortuoso y abigarrado y sin salida como sus propias invenciones; distinguió plazas y campiñas, templos y turbulentas colinas habitadas por hombres innominables y felices, anestesiados y dóciles, parcos soportadores de una sed tan exigua como sus exiguos horizontes.

Su dolor se trocó en euforia. Su euforia se amansó, mudada en una tibia paciencia. Bajó la cabeza avergonzado. Suspiró, y regresó a la penumbra de su celda.

Algunos grises vecinos saludaron sin rituales su llegada. Una mujer serena lo esperaba tejiendo en el portal.
 

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