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Esquinas de La Habana
por Eduardo Robreño

LAS ESQUINAS DEL MALECÓN

Seguramente que muchos vecinos de la capital, incluyendo aquellos que siempre han vivido cerca del litoral, ignoran la existencia de una placa conmemorativa de la inauguración de nuestro flamante y bello Malecón, situada a la entrada del paseo del mismo nombre, junto al muro que lo bordea. Ello ocurrió allá por el año 1901 y fue construida dicha vía sobre los terrenos que ocupaba la llamada playa de San Lázaro, con sus famosos baños de San Rafael, centro de reunión de los habaneros del siglo pasado en las noches de verbenas de San Juan, que concluían con las típicas candeladas.

A pesar que oficialmente se le ha denominado avenida del Golfo y avenida del General Maceo, se le sigue llamando por el pueblo con el genérico nombre de Malecón, quizás si el más lindo y único abierto al mar (el de Río, de extraordinaria belleza, circunda la bahía), y el viajero que en horas de la noche llega hasta sus costas queda maravillado ante el espectáculo luminoso que se le ofrece, al contemplar el famoso “collar de perlas” formado con sus luces.

Esta espaciosa avenida tiene características muy conocidas para aquellos que nacimos y pasamos nuestra infancia cerca de ella, bañándonos en sus pocetas y “cogiendo olas” en los días de norte, sin que por ello nos las demos de “pillo de playa”… ni de cualquier otra clase de pillo.

No es secreto para nosotros que cuando ocurre algún ras de mar, es por la calle que forma la esquina con Galiano por donde más pronto penetra el agua, debido al desnivel bastante profundo que existe en dicho lugar. Sin embargo, ocasiones hubo en que el agua llegó a la calle de Colón por el paseo del Prado (ciclón del año 1926) y hasta la esquina de Ánimas, por Campanario (ciclón del año 1919), causando la consiguiente alarma en los vecinos.

Entre la gente del hampa era muy conocida una alcantarilla que salía a la altura de la calle de Industria y que sirvió en más de una ocasión para burlar la vigilancia de la policía, y existe otra por la calle de Águila, desahogo de todo tipo de materia pestilente, que en los días de calma o de viento sur, produce un olor nauseabundo de tal naturaleza, que es corriente decir cuando aspiramos algo que no nos huele bien, que “tiene olor a Malecón y Águila”.

De los tres cuadrados que tiene el Malecón, es el que está comprendido entre las calles de San Nicolás y Manrique por donde más fuerte baten las olas, debido a lo bajo del muro y ser muy pequeño el espacio que ocupan los arrecifes.

También existe una desproporción entre la altura del muro que empieza en la calle de Lealtad y el resto que circunda el pase. Precisamente en este pedazo de mar suele “picar” un “peje” peligroso al sacarlo del anzuelo, ya que tiene en su cola una especie de navaja, por lo que se le conoce por el nombre de “barbero”.

De sus esquinas son dignas de mención la que da comienzo al paseo en la calle de Prado, tenida por mucho tiempo por los supersticiosos de la época como de mal agüero, pues todo lo que allí iba estaba condenado al fracaso. Frente a ella estaba la glorieta, centro de reunión de noctámbulos, bohemios, poetas y escritores.

En la esquina de San Nicolás vivió el cronista Enrique Fontanills; en la de Manrique se construyó el primer rascacielos que hubo en Cuba; la casa de tres pisos que había en la esquina de Campanario la vimos venir al suelo durante el ciclón de octubre del año 26; en la de Perseverancia residió hasta su muerte el coronel Torriente; la de Lealtad fue ocupada por Averoff, saqueada a la caída del machadato y frente a ella habitó muchos años el popular actor y empresario alhambresco Federico Villoch.

En la esquina de Belascoaín estaba el café Vista Alegre con sus mesas al aire libre durante el verano, donde los trovadores del momento solían celebrar reuniones bajo la presidencia de Sindo Garay.

De entre los tipos populares que por ellas ambulaban recordamos al célebre andarín Carvajal, quien siempre escogía esa amplia avenida para sus “correrías”, que tanta fama le dieron. También a un vendedor de maní, que a prima noche hacía su habitual recorrido, pero a quien por su enorme fealdad y su tipo contrahecho la gente le huía.

El más pintoresco de todos era el cartero llamado Joseíto, poco amante de la “pega”, que gestionó y obtuvo le asignaran el reparto de correspondencia en ella, pues como muy acertadamente decía:

–Es la única calle de La Habana que tiene casas en una sola acera.

Tomado de Cualquier tiempo pasado fue... Editorial Letras Cubanas, 1978.

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