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MEMORIAS DEL DESARROLLO
Desnoes rompe el silencio de dos décadas con una novela
que está a punto de concluir y que, desde el propio
título, parece cerrar un díptico: Memorias del
desarrollo. Es un libro, según expresó al
entregarnos esta primicia, “que no me disgusta y que me
expresa y refleja con fidelidad”.
Edmundo
Desnoes
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Nueva York
“Escribir para mí no es un oficio, no
es algo que debo hacer cada día, es una necesidad, y la
necesidad ocurre solo cuando tengo algo nuevo y, para
mí, auténtico que expresar aunque nadie lo espere o
necesite”. Su novela, Memorias del subdesarrollo, es un
hito en la narrativa de los sesenta y dio pie a la más
importante película del cine cubano. Tres lustros más
tarde, viviendo ya en los Estados Unidos, Edmundo
Desnoes preparó la antología Los dispositivos en la
flor, pionera en el diálogo entre autores de la Isla y
del exilio. Ahora Desnoes rompe el silencio de dos
décadas con una novela que está a punto de concluir y
que, desde el propio título, parece cerrar un díptico:
Memorias del desarrollo. Es un libro, según expresó al
entregarnos esta primicia, “que no me disgusta y que me
expresa y refleja con fidelidad”.
1 Hace apenas un instante, aquí no había nada, pero nada
sobre esta página joven, vacía. Ahora van a pulular
estos negros garabatos. Siempre pensé que saber cuándo
empezar algo y cuándo terminar lo comenzado eran los
momentos más duros de la vida. Ahora entiendo que saber
cuándo y cómo poner fin a lo empezado, saberlo, nos
impone los momentos más radicales. El yo quiero, yo
siento, yo recuerdo y yo soy solo se insinúan al nacer,
pero luego crecen con la furia de los dientes. El yo
soy, el ego crece a medida que crece tu cuerpo y que ya
empiezas a envejecer. Y todo te atormenta. La carne
abofeteada y la mente desquiciada. Me niego a someterme,
a ser arrinconado y venerado, rechazo todos los
encasillamientos: vejete, sabio, vejestorio, anciano,
monumento, sexagenario, ruina, sobreviviente, maestro,
viejo verde. No he logrado acomodarme al olvido de mis
manos, a la creciente distancia de los cuerpos, objetos
y paisaje; la sabiduría de los años es un estercolero, y
nunca renunciaré a la carne; no estoy de vuelta de nada,
ni me siento obsoleto, ecuánime, ceniciento, arrugado y
sereno. No me siento más iluminado y no tengo nada por
lo cual dar gracias a la vida.
2 Hablando de intensidad –acabo de bosquejar el primer
desnudo maduro e inquietante de una mujer trajinada. No
estoy seguro de lo que descubrí durante mi primera
sesión con la modelo. O de lo que deseaba descubrir en
sus carnes expuestas bajo la implacable luz del taller.
Lo cierto es que me conmovió, algo se agitó en mis
vísceras mientras dibujaba. Por un lado me repugnó su
cuerpo cansado, sus carnes tristes y opacas; y sin
embargo, por debajo de mis inquietudes, creció mi deseo
de poseer su cuerpo vulnerado y vulnerable –mis
sentimientos saltaban de la repulsión a la curiosidad.
No logré fijar la postura clásica, clavar la figura
inmóvil de la inquietante y descolorida mariposa sobre
tanto papel desierto. Las palabras me abruman y me
definen; tengo una necesidad incontrolable de garabatear
todo lo que me ocurre. Padezco de grafomanía. Quiero
definir lo que desazona. No sé si me adueño de la
experiencia tratando de ponerlo todo en palabras o estoy
simplemente rechazando el caos, la confusión, el asalto
constante de existir entre tantos y tantas cosas. Ángela
se reclinaba desnuda en su trono, una banqueta maltrecha
cubierta por un amplio y arrugado manto de terciopelo
negro. Primero alzó los brazos, revelando las axilas,
las mechas húmedas, descoloridas y dormidas sobre la
carne hundida, porosa. Las manos, enlazadas sobre la
nuca, apenas lograban erguir los senos, pero sí lograron
estirar la piel alrededor de sus asustados pezones
marchitos. La modelo, ligeramente conmovida por su
propia respiración, perforó con la mirada el coro de
estudiantes –dibujando, bosquejando y dando color a la
desnudez–, hasta fijar la mirada en la pared verde al
fondo del salón. Yo había colocado mi caballete de pino
verde al borde mismo del deshilachado trono de
terciopelo. Empecé por bosquejar la silueta, las
proporciones, las curvas y pliegues del desnudo. Acabé
por concentrar mis trazos en los pies. Las uñas eran
cerezas de esmalte desconchado; tenía pies de mármol
arañado; su dedo índice, como en las esculturas griegas,
sobresalía, tentador, junto al deforme dedo gordo. Los
zapatos de tacón
alto habían comprimido sus deditos en un amasijo de
apretadas uvas. Conté los dedos del dibujo, seis en el
pie izquierdo y cuatro en el derecho. Me dio bastante
trabajo rectificar el error. Si te conmueven los pies de
una mujer, su base maltratada, entonces todo su cuerpo
relumbra y puedes hasta emborracharte con la lluvia
dorada de su orina. Traté de no mirar con desgano sus
extremidades y de olvidar los pies de otras pasadas
mujeres. Tiene que haber, debe existir la posibilidad de
cosechar, de apreciar y gozar de la belleza enriquecida,
acumulada en un cuerpo por las estaciones. Si podemos
admirar la pátina del tiempo en un cuero suave y
flexible, en la lustrosa madera manoseada, en la piedra
trabajada, carcomida y desmoronada, ¿por qué no las
betas de una carne lamida por los años? Y rescatar la
obstinada superficie, la piel que el tiempo ha perforado
y pulido.
3 Tuve que aguantarme, controlar mis deseos de salir
corriendo, durante cuatro tediosos años. Dos años han
pasado desde que me dieron eso que llaman aquí tenure;
me nombraron profesor de Latin American Studies.
No obstante tenía que huir del gueto, del mundo de la
enseñanza, no soportaba la ilusión de seguridad, no
apreciaba el respeto de los estudiantes, y mucho menos
la pretensión
de saber algo, de tener algo que decir. Tal vez me
quería castigar, flagelar por ser un traidor a la
patria. Antes de desertar, de abandonar la isla y venir
a vivir y morir en los United States yo había
sido durante veinte anos un verdadero creyente en la
Revolución
cubana, un marxista comprometido, estremecido de fervor
revolucionario. ¿Cómo podía dedicarme ahora a enseñar si
mi vida era un error? Creo en las devastadoras virtudes
de un loser. La cultura anglosajona me ha
penetrado, violado, revelado facetas de mi personalidad
que hasta ahora desconocía. Soy un loser, un
perdedor, y en realidad no me importa ganar, solo me
interesa la intensidad de mis sentimientos. Me regodeo
en la caída. La tragedia me asienta mucho mejor que el
éxito. Don Quijote jamás deshizo un entuerto. Bolívar
murió
convencido de que había arado en el mar. Ahora y solo
ahora –después de mi crueldad con las tiernas y hermosas
mujeres, de mi desastrosa entrega al sueño encarnado del
socialismo, de haber contribuido a la polución
del ambiente, de haber escrito y hablado mierda hasta
por los codos, y de contemplar en el espejo las
devastaciones del tiempo en mi cuerpo ruinoso– comprendo
y aprecio a fondo los humillantes pleasures of
loserdom, aprecio los placeres de la perdedumbre.
4 ¡Qué alivio! No pienso volver a correr, a ir
jogging, a trotar como si tuviera la más remota idea
de mi destino. Uno aprieta el paso cuando encuentra un
punto en el horizonte que reclama tu presencia. Ahora
simplemente deambulo por la ciudad sin rumbo fijo.
Pensar que no hace mucho, apenas unos meses, salía cada
mañana, iba jogging antes de sentarme a
desayunar, primero por la carretera de Hadley, bordeada
de arces y abedules y olmos que me contemplaban
inmóviles, burlándose de mi inútil derroche de energía,
y luego por las sendas del campus de Smith, entre la
grama uniforme, repulida, tediosa como todo ideal. ¿Por
qué? Para lucir integrado, agradecido, parte de la
sociedad que me había acogido como refugiado político; o
tal vez para dormir mejor, agotado al final de cada
jornada. Había comenzado a trotar diariamente más o
menos cuando me hice ciudadano norteamericano. Corra o
no corra, jamás llegaré a ninguna parte. Otra cosa:
aunque tenga que ir descalzo no vuelvo jamás a ponerme
otro par de zapatos deportivos; detesto esas acolchadas
bañaderas de absurdos diseños, esos ridículos zapatos de
payaso. De ahora en adelante solo introduzco los pies en
mocasines de piel marrón.
Nueva York y 2003
Tomado
de La casa del premio.
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