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CITA CON LA MUERTE
Con Diario de un
clandestino (2000), el narrador y periodista
argentino Miguel Bonasso (1940) obtuvo el año pasado el
premio de narrativa José María Arguedas que entrega la
Casa de las Américas. Del libro premiado, extraemos uno
de los fragmentos referidos al también escritor –y
víctima de la represión- Francisco Urondo.
Miguel
Bonasso|
Argentina
(Primera semana de agosto. Año 1972)
– Vamos a comer un pulpito y que se jodan los
socialistas –propone Paco Urondo, con la voz rupestre
que suele impostar para imitar a esos vascos que ambos
tenemos como ancestros. Y nos metemos en El Pulpito, la
sucursal de ese admirable restaurante que es El Pulpo,
donde suele almorzar monsieur le patron, Jacobo
Timerman. El pulpito, en la esquina de Reconquista y
Tucumán, es prácticamente una prolongación de La
Opinión, cuya redacción está situada a pocos metros.
El gallego del bar nos sirve una generosa porción del
prestigioso cefalópodo que le da nombre al boliche: las
rodajas tensas y tiernas a la vez, bañadas en aceite de
oliva y convenientemente empolvoreadas con pimentón
español, que habremos de acompañar con un vinito verde
que no será del Ribeiro pero se deja caer sin
sobresaltos por nuestros recios gaznates.
– ¿Te gusta, bestia? –pregunta Paco con la misma voz
montañesa y una cerveza de barco, típicamente euskalduna,
que torna verosímil la parodia. Lo miro comer y beber,
con conocimiento de causa y una sabiduría adquirida en
sus numerosas excursiones por Europa, donde suele
alojarse en el departamento parisino de Julio Cortázar.
Lo observo masticar con esa sensualidad que nos hermana
y que él ha comenzado a limar en busca de una austeridad
secreta, que pocos le conocen. El “hagamos tal cosa y
que se jodan los socialistas”, es una muletilla para
burlarse de los monjes bolcheviques que controlan con
rigidez la ideología de las costumbres, pero también es
otro antifaz para ocultar su creciente ascetismo, para
que lo sigan considerando el Paco de siempre: el poeta
bohemio, jodón y borrachín que hasta hace pocos años
reunía a los “culturosos” de izquierda en su célebre
departamento de la calle Venezuela o hablaba de
frivolidades con Miguel Brascó y Lili Masaferro en el
Bar-Bar-O de Luis Felipe Noé. Alguien, en suma,
inofensivo. A pesar de su paso por Cuba y de su
colaboración en el semanario de la CGT de los Argentinos
que dirigió su amigo, Rodolfo Walsh. Él no me ha dicho
nada pero yo estoy seguro de que es uno de los más
caracterizados Clark Kent que ha reunido Timerman (sin
proponérselo).
Lo veo beber como un François Villon moderno y lo
imagino con la capa roja de Superman y en vez de la “S”
una “R” en el pecho que marca su pertenencia a las FAR.
Una noche en El Pulpito, bastante pasados los dos a
causa de ese vino verde más peligroso que la kriptonita,
estuvo a un tris de confesármelo y, a la vez, de
destapar mi propia pertenencia a la “M”:
– ¿Por qué insisten, bestia, con lo de socialismo
nacional? Yo estaría más de acuerdo con lo de “patria
socialista”, ¿no? Parece lo mismo, pero es diferente.
En cierto modo es cómica esta época de la doble vida.
Fuera del diario y de El Pulpito, algunos periodistas
conocidos que militan secretamente en la M, la R, la D,
la P o el ERP aprenden a armar y desarmar una 45, a
fabricar una caja volantera o a discutir en su ámbito el
diseño de una operación, y una buena mañana salen de la
casa operativa donde han estado concentrados para
dirigirse, con los sobacos percudidos de adrenalina, al
lugar de la acción. A veces llevan adhesivos
transparentes sobre la yema de los dedos para no dejar
huellas digitales, anteojos, una gorra o un mostacho
teatral pegado con mastic para desorientar los
identikits. Si la cosa sale bien (y hasta ahora ha
salido bien), puede que lleguen por la tarde al diario
para enterarse por los muchachos de la mesa de noticias
que en el baño de un café (que por supuesto no es El
Pulpito) su organización ha dejado un comunicado
reivindicando precisamente esa operación en la que su
otro yo ha participado.
Sí, es cómica esta época de la doble vida, pero todos
sabemos que en alguna cita puede aguardarnos la
tragedia.
Tomado de
La Casa de Premio, enero del 2003. |