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NO ES UNA LUCHA SOLITARIA
"Siempre se vio el Premio Casa de las Américas como un
espacio que exhibía la enorme capacidad creativa
latinoamericana, que Cuba había logrado generar para
que esa creatividad continental pudiera expresarse."
Aseguró en exclusiva Miguel Bonasso, quien
recibiera el Premio Honorífico José María Arguedas con
Diario de un Clandestino (2000), título que será
presentado durante las jornadas del Premio.
Nirma
Acosta y Jorge Sariol
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Cienfuegos
Miguel Bonasso -1.90 metros de estatura y una sempiterna
sonrisa de oreja a oreja, aun cuando conversa–, es bien
conocido por los cubanos. Este
narrador y periodista argentino, nació en Buenos Aires
en 1940, es profesor en la Universidad Nacional de Quilmes
y se inició en el gremio a los 18 años en
la revista Leoplán; hoy, desde Página 12
se encarga de seguir generando buenos “quilombos”.
En su hoja
de servicios como reportero abundan tantos aciertos como
en su producción literaria. Perseguido por la Triple A y
condenado a muerte, vivió en la clandestinidad hasta que
comenzó un largo período de exilio en 1977. En México fue editor de la agencia ALASEI,
columnista del semanario Proceso y corresponsal
de diversos medios latinoamericanos.
Con la
novela Recuerdo de la muerte (1984) —será
presentada próximamente en la Feria del Libro de La
Habana—, obtuvo el premio Rodolfo Walsh a la mejor
narración testimonial de tema criminal otorgado por la
Asociación Internacional de Escritores Policíacos, en
1988; El presidente que no fue (1997) recibió el
premio Planeta a la mejor investigación periodística y
el Rodolfo Walsh de la Facultad de Periodismo de la
Universidad Nacional de La Plata.
Con Don Alfredo
(1999) obtuvo el premio de la Semana Negra de Gijón y
con Diario de un clandestino (2000) el premio
Casa
de
las
Américas, institución que lo distinguiera este año con
el especial de
narrativa José María Arguedas.
Su más
reciente título El palacio y la calle publicado en el 2002 ha sido un “bombazo” también fuera
de los predios argentinos. Una sorpresa, incluso para el
“buenasso” de Miguel Bonasso.
En los
jardines del hotel Jagua de Cienfuegos donde sesionaba
el jurado del Premio Casa tuvo lugar el encuentro con
este conversador nato, amigo de Cuba y apasionado por
demás, siempre que de actualidad y periodismo se
hable.
—¿Cómo se ve el Premio Casa
de las Américas en el contexto latinoamericano?
—Durante tantos años para los escritores, periodistas,
intelectuales, ensayistas, filósofos, G y tercera era
algo así como un faro en medio de las tinieblas. Lo digo
sinceramente, no es una metáfora. Había una relación de
cariño muy entrañable, y siempre se vio el Premio Casa de
las Américas como un espacio que exhibía la enorme
capacidad creativa latinoamericana, que Cuba, en ese
sentido, había logrado generar un espacio para que esa
creatividad continental pudiera expresarse. Ha habido
una actitud de mucho reconocimiento a lo que ha sido el
Premio. El Premio ha sido y es un gran estímulo para los
escritores latinoamericanos, no solo para los jóvenes,
sino también para los consagrados. A mí me dio una gran
alegría y un gran honor recibir el Premio Honorífico y
que Casa publicara el Diario de un clandestino.
Fue realmente una inmensa alegría que compartí con otros
escritores jóvenes que habían sido premiados por Casa el
año pasado. Yo creo que sigue teniendo una vigencia
enorme, que es muy significativo que haya sido una de
las primeras instituciones de la Revolución, creadas 3 ó
4 meses después del Triunfo. Creo que eso tiene que ver
con toda una concepción humanista de la Revolución
cubana. Eso es percibido así tal cual, con mucha
simpatía por el público en general. A mí la gente en
Buenos Aires me encontraba y me felicitaba con mucho
cariño, salvo por los sectores más reaccionarios,
cavernícolas que no cuentan en esto, que no tienen un
peso cultural.
Yo diría que la
inmensa mayoría de la opinión pública tiene una gran
simpatía por Cuba. Yo lo viví no solamente en Argentina,
sino en mi país adoptivo, en mi país del exilio que fue
México. En México hay una simpatía por Cuba enorme. Esto
justamente tiene que ver con el hecho de que el público
argentino, la sociedad argentina siente que Cuba tiene
una vocación latinoamericana y que la expresa y que por
lo tanto en Cuba preocupa lo que pasa en Argentina, o
sea, que el público cubano es un público que sabe y que
le preocupa y le angustia lo que pasa en Argentina, o lo
que pasa en Brasil, o lo que pasa en Ecuador, en
Venezuela o en cualquier lugar del Caribe, que está
atento a lo que ocurre. Para mí es altamente positivo.
—El Premio Casa es un
buen motivo para que coincidan intelectuales
latinoamericanos, pero casi siempre se da en medio de
una mala situación en América Latina.
—Desgraciadamente no vengo mucho a Cuba, porque siempre
estoy demasiado ocupado. Siempre tengo algún libro por
sacar, algún artículo por hacer, alguna mesa redonda en
la que participar, y ahora todos los líos que han
ocurrido en Argentina, en los que obviamente estoy muy
involucrado e interesado.
El
palacio y la calle,
por ejemplo, es una crónica de lo que pasó el 19 y el 20
de diciembre del 2001 en Argentina, cuando, pudiéramos
decir, explotó el sistema neoliberal.
Justo en el lugar
donde se había aplicado con mayor ortodoxia ocurrió lo
que dijo Fidel Castro en octubre en una reunión de
periodistas: “Argentina va a estallar” dijo. Estábamos
algunos periodistas de Página 12 y lo publicamos
en el diario; al día siguiente Fidel dijo sonriente
“bueno, me voy a tener que cuidar, porque digo algunas
cosas, y luego salen en la primera página de los
diarios”.
La profecía resultó
dramáticamente cierta, Argentina virtualmente reventó
con un estallido popular, de alcances todavía muy
difícil de saber, pues un año en la vida de los pueblos
es un segundo. Es un acontecimiento histórico tan
grande, tan importante, que no sabemos qué consecuencias
tendrá. Algunos dicen que aparentemente no pasó nada,
pues siguen los mismos gobernantes, pero creo que cuando
un pueblo sale a la calle algo muy importante queda en
la memoria colectiva, y el pueblo argentino salió a la
calle. En esos días dijo “basta, se acabó”.
—¿Cómo logró "armar"
un libro tal?
—En El
palacio y la calle me llevó mucho más tiempo la
investigación que la escritura. Desgraciadamente, porque
me hubiera gustado tener un poquito más de tiempo para
escribirlo. Me alienta que algunos críticos me digan que
tiene una frescura que quién sabe si la hubiera tenido
con más tiempo de elaboración, un mayor perfeccionismo
de estilo.
Es un libro hecho con
pasión. Estuve como 5 ó 6 meses investigando con un
grupo de periodistas jóvenes, el más joven tenía 19
años, quienes estuvieron trabajando conmigo en una
investigación a fondo, tanto de lo que ocurría en el
palacio, en el poder, como de lo que ocurría en la
calle, en la base de la sociedad, en el pueblo. Después
solo me quedaron dos meses, ahí vino el famoso
“oportunismo de mercado”, pues la editorial Planeta me
urgía salir ya. Estuve escribiendo como loco, sacando un
capítulo cada 36 horas. Un récord, incluso para mí mismo
que soy periodista. Es como cerrar dos páginas de
Granma cada 36 horas, solo. Terrible.
Al tratar de que
tuviera gancho, el libro está escrito, como todos los
míos, muy novelados. No en el sentido de que esté
alterado ningún hecho real, sino en el de tratar de
contar la crónica viva de ese estallido social y de qué
pasaba arriba, en el poder, mientras la gente se
sublevaba en la calle. Lo más difícil, como es de
esperar, fue la investigación de lo que pasaba en el
poder. Hablé con todos los protagonistas, incluido De La
Rúa, hablé con los presidentes fugaces, esos cinco
presidentes que hubo en Argentina durante la crisis y
que fueron pasando uno tras otro. Como tanto se hace en
este oficio tuve que apelar a varias fuentes a la vez
para tratar de ver si los datos coincidían y en algunos
casos llegué a conclusiones impresionantes sobre las
cuales el poder en mi país ha mantenido en silencio
hasta ahora, como por ejemplo que el actual presidente
Eduardo Duhalde, en agosto del 2001, cuando todavía no
era ni senador, participó en una reunión en Washington,
armada por Francisco Gutiérrez, un “lobbista”
nicaragüense, de la época de Somoza.
Este “muy activo
caballero octogenario” le armó a Duhalde una cena con
importantes personajes del gobierno norteamericano y de
organismos internacionales de crédito.
Allí, varios meses
antes de que se produjera la caída de De La Rúa, Duhalde
anticipó que en diciembre iba a ser presidente de la
República. Extraña profecía, que no se cumplió en
diciembre, sino en enero, o sea, que la profecía se
cumplió matemáticamente al pie de la letra.
Curiosamente esta
profecía la supo el entonces presidente De la Rúa. Por
alguna razón que desconozco no la denunció, porque
evidentemente era una frase casi sediciosa, con lo cual
queda claro que si por un lado hubo un gran
levantamiento y una gesta popular, por otro lado había
una conspiración palaciega. Había una conspiración para
recambiar el sistema existente en Argentina, y esto
tenía que ver con una lucha muy grande entre diferentes
grupos de poder del capital más concentrado de Argentina
El libro cuenta estas
dos cosas y también la noche del 19 al 20 de diciembre
cuando la gente agarró las cacerolas y empezó a salir a
la calle, pese a que De la Rúa decretó el estado de
sitio. Fue como si hubiera convocado a la movilización.
Ocurrió allí un hecho muy importante y es que ahí
desapareció por fin el terror colectivo instaurado por
la dictadura militar, aunque parezca mentira, casi un
cuarto de siglo después, ese terror se disipó.
—¿Como sortear la
línea entre el periodismo y la ficción?
—No es un problema de escuela. Fui compañero de trabajo
y de militancia de Rodolfo Walsh, por quien siento una
enorme admiración y quien tenía un vínculo con Cuba
entrañable, por muchas razones, incluso porque descubrió
en un cable de Associated Press, la clave del
entrenamiento de los gusanos que iban a venir a la bahía
de Cochinos. Rodolfo fue el primer periodista y escritor
latinoamericano que utilizó modernamente las técnicas de
la novelística aplicadas al relato de hechos ciertos,
con personajes existentes, con nombres reales, con
situaciones verdaderas. Lo hizo con Operación masacre,
que se publicó en 1957, algo así como siete años
antes de la famosa A sangre fría, de Truman
Capote, y que ahora parece la inauguración del género;
lo que pasa que, como Walsh era argentino y escribía en
español, no tuvo difusión como creador de un género que
después dos norteamericanos llamaron Nuevo periodismo.
Yo un poco me crié en
ese género. Cuando escribí Recuerdos de la muerte,
mi primera obra, comencé a trabajar en ese estilo, tal
vez el más novelado de todos, porque incluso hago una
pequeña trasgresión al género, que Walsh no se lo
hubiera permitido, en eso era más calvinista que yo. Él
no se hubiera permitido meterse en la subjetividad de
algunos personajes, y yo me metí, que es un poco lo que
se suele hacer en el género de la novela.
El palacio y la
calle no es así, es más crónica; por eso digo que el
modelo sería Los diez días que conmovieron al mundo
de John Reed, con algunas idas al pasado, para que el
lector pueda entender el origen de la crisis de la
Argentina, para que la gente entienda que todo lo que ha
ocurrido, tiene una lógica absoluta, que ese país
sometido al experimento más agudo y drástico del modelo
neoliberal, es también el primero que revienta porque el
modelo no sirve, porque el modelo sencillamente deja la
mitad de la población por debajo de la línea de la
pobreza y 9 millones de argentinos, sobre una población
de 36 en total, por debajo de la línea de la indigencia.
Es lo que yo le digo muchas veces a las autoridades y al
poder desde Página 12: Señores, se mueren en los
barrios de Buenos Aires, ya no hace falta ir a tomar
fotos a Tucumán.
Es la culminación de
un proceso que inició la dictadura. La dictadura inició
un proceso de concentración monopolista bestial, algo
que muchos economistas llaman “valorización financiera”,
por lo cual en Argentina se cerraron miles y miles de
fábricas, cientos de miles de trabajadores fueron a la
calle. Fue un proceso terrible, inhumano, salvaje, que
verdaderamente conmueve. Vivir en el país no es fácil.
—La literatura y el
arte en general, tienen que haber sufrido enormemente
¿Afecta también a los consagrados?
—Como aquí y en todas partes hay dos bandos. Hay un
bando posmoderno que desde el punto de vista literario
se mira el ombligo, que sigue muy encerrado en el “psicologismo”,
en la pequeña historia cotidiana; no digo que no tenga
valor, no me opongo a que escriban y publiquen eso, allá
ellos.
Los que se oponen en
realidad, y tratan de desvalorizar nuestro trabajo
diciendo “escriben muy mal”, son ellos a nosotros, a los
que tenemos una preocupación social permanente en
nuestros libros, a los que no podemos despegar lo
estético de lo ético, a los que estamos conmovidos por
el mundo que nos rodea, profundamente estremecidos por
una realidad espantosa que en algunos aspectos puede
recordar al Londres de Dickens, con los niños de la
calle.
No me imagino a mí
mismo haciendo una literatura que esté despegada del
tiempo que me toca vivir, es decir, una novelita sobre
lo que pasaba en el siglo XIX con el general fulanito.
Siempre he estado muy
consciente de que tiene que haber una narrativa, de que
lo central es que no podemos hacer un periodismo
despegado de una narrativa, de que aún cuando hacemos
periodismo contamos historias y que esas historias
tienen que atrapar al lector. La peor agresión que le
podemos hacer al lector es aburrirlo. Lo cual para nada
tiende a abolir una visión del mundo. Yo no me disfrazo
de nada. Todo el mundo sabe que mi posición sigue siendo
revolucionaria, que yo combatí como guerrillero en los
70. Yo no me he pasado la goma de borrar como han hecho
otros que se han cambiado de identidad por acomodarse a
los tiempos. Sigo siendo el mismo, diciendo las mismas
barbaridades y enfrentando de manera frontal al poder,
pero sin aburrir. Tratando de enganchar al lector joven.
Hay cosas que forman parte de la trama de nuestra vida y
que los jóvenes no conocen o no tienen recuerdos
afectivos de ellas. Por ahí lo han leído, pero no han
vivido la experiencia. Entonces uno tiene la obligación
de situarlos, de ubicarlos ahí, de darles todos los
elementos para que lo puedan entender plenamente y les
puedo decir que mi alegría es que, por ejemplo,
Recuerdos de la muerte, el libro que ahora sale en
Cuba, es un libro del que permanentemente por año se
siguen vendiendo cinco mil ejemplares aproximadamente.
Ya no es el comienzo, cuando salió vendió como
doscientos mil en su primer año y medio. Ahora vende
como cinco mil, lo cual significa que se sigue renovando
un público y que ese público es un público de muchachos
y yo lo veo cuando voy a las ferias de libros. En las
colas donde se firman los libros veo muchachitos de 15
años. Que son una esperanza además. En un sentido que va
más allá de mi obra, de la mezquina referencia personal.
Lo que me entusiasma como argentino es pensar que hay
nuevas generaciones que están interesadas en todo
aquello, a las que no lograron borrarles la cabeza,
estupidizarlos, y se me acercan y me dicen “este libro
me cambió la vida”. Muchachos de 15 años. Eso es lo que
más me conmueve, ver que se renueva un público juvenil,
que es la posta generacional, son los que nos suceden,
son los que vienen. Para ellos hay que contar las
historias fundamentalmente. No digo que no las cuente
para los viejos o para los maduros, pero las cuento
centralmente para los muchachos.
Y ya que hablamos de
la creación, les voy a dar una primicia para La
Jiribilla. Estoy pensando en
una adaptación del Conde de Montecristo, que se va
a llamar La venganza del señor Conde, y que es un
Conde en esta época, no de la época napoleónica. Todo el
mundo cree que el Conde es un millonario español que
viene a invertir y en realidad ha sido un prisionero
argentino que vuelve a vengarse. Una venganza de todas
las que le han hecho, que no son pocas y en particular
del vaquero que le quitó la novia, a Mercedes, como
ocurrió con Edmundo Dantés. Entonces estoy saboreando la
idea de meterme de cabeza en este folletín, y contarlo
además con las técnicas del folletín. Por supuesto,
están presentes todos; los banqueros son los culpables
de la crisis en Argentina, por lo tanto, la venganza
contra el banquero creo que expresa un deseo colectivo,
que yo ejemplifico con este tema individual. Va a ser
una novela de aventuras, una novela divertida, incluso
con mucho humor. Es lo que sueño hacer, un libro
entretenido, apasionante.
Como ven, tampoco
puedo despegarlo de la realidad circundante. El
periodista y el escritor están en perpetua lucha y
finalmente se ponen de acuerdo, llegan a una síntesis.
—¿Cree usted que el
género testimonio esté revalorizándose en estos momentos
en América Latina debido a la coyuntura internacional?
—Yo recuerdo lo que dijo hace muchísimos años Carlos
Fuentes, el escritor mexicano, algo que me parece
bastante profético. Dijo que al boom literario de
los años 60, que era un boom ficcional,
imaginativo, le sucedería muy probablemente lo que él
llamó un boom de libros de memorias.
Entiendo que cuando
dijo eso no quería referirse solo a las autobiografías,
a los libros de memorias tradicionales, porque dio como
ejemplo la Historia de la conquista de la Nueva
España, de Bernal Díaz del Castillo, que sería la
primera crónica escrita por un soldado de la conquista
respecto a la conquista de México por Hernán Cortés.
Calculo que Fuentes
aludía -indirecta o metafóricamente- al género
testimonial del que estamos hablando, que tiene una
explicación muy racional. Este continente para su
desgracia y para su virtud, tiene situaciones tan
dramáticas, tan increíbles, tan novelescas, tan
impresionantes, que a mí me cuesta pensar que alguien
pueda imaginar desde la ficción situaciones de novela,
de romance, más dramáticas, o más risueñas o más
ridículas que las que ocurren en la realidad.
En este libro, El
palacio y la calle, yo cuento que De la Rúa momentos
antes de renunciar, le pregunta a su secretaria,
“¿sacaste las cosas del baño?”, como si dentro del baño
hubiera algo estratégico o qué píldoras tomaría el
señor. Esto parece de García Márquez.
Mientras la gente se
movilizaba en la plaza, las secretarias iban huyendo del
palacio y cargaban con todo apresuradamente:
computadoras, CPU de las máquinas, carpetas y fólder, en
carritos de supermercado.
Y en el libro escribo
textualmente “lo único que faltaba allí es que en el
famoso Patio de las Palmeras que está dentro de la Casa
Rosada entrara a pastar la vaca de El otoño del
patriarca, de García Márquez.
La realidad es tan
rica, tan pródiga que cuesta imaginar una realidad más
sórdida, más terrible, como la que estoy leyendo en
algunas obras colombianas que concursan, sobre lo que
puede ser el mundo de ciudades como Medellín, la
sordidez de los sicarios, de los chicos de la calle, de
los narcos, es decir, es un mundo espeluznante, un
submundo, una subcultura terrorífica.
Por otro lado, qué
novela negra puede haber mejor que los asesinatos
políticos ocurridos en Argentina en estos años, no
descubiertos en este momento.
Ahora todo el país
está estremecido por lo que ha ocurrido en un country
club, que son esos barrios de los ricos, con sus casas y
sus piscinas, protegidos por una muralla de seguridad de
las villas miseria, que están cerca y a las que
miran con terror.
Pero el crimen
ocurrió adentro, lo perpetuaron ellos mismos, no vino
nadie de ninguna villa a matar a María Marta García
Belsunse, hija de un jurista vinculado a la dictadura
militar, perteneciente a una familia patricia. Toda la
familia encubrió el crimen. Tiraron un proyectil por el
inodoro. Dijeron que se había caído y se había roto la
cabeza en la bañadera. Un fiscal medio cómplice lo tapó.
El cuerpo se lo llevaron. Después otro fiscal sospechó,
exhumaron el cuerpo y vieron que tenía cinco balazos en
el cráneo.
Ni Agatha Christie lo
puede imaginar…, por supuesto, que todavía no se sabe
quién es el culpable y probablemente no se sepa nunca.
Me cuesta imaginar si Raymond Chandler viviera en estos
momentos en Buenos Aires, pudiera escribir una trama más
complicada, más negra y al mismo tiempo más demostrativa
de la decadencia y la degeneración a que ha llegado la
clase alta Argentina. Es una clase profundamente
corrompida como la de los marqueses, previa a la
revolución francesa. Es una clase hecha polvo, en plena
decadencia y hecatombe, peligrosa hecatombe.
—¿Cuál es el lugar
que ocupa la literatura -su literatura- en el mercado del libro?
—A mí me da mucha pena decirlo. Yo soy un best
seller, y es más, cuando empiezo a bajar en la lista
de best sellers me pongo muy triste, lo confieso.
No lo digo por una razón puramente económica, yo no soy
un escritor de academia ni de élite, sino un escritor
popular.
El otro día voy a
comprar unos dulces para el desayuno y me ataja el
panadero con El Palacio y la calle en la mano y
me dice “Óigame, ¿lo firma?”.
Pasó como cuando
escribí Don Alfredo, una biografía de Alfredo
Yabrán, empresario vinculado al presidente Menem. En
esos días tuve que hacer para Página 12 una
investigación sobre el primer testigo de identidad
protegida en Argentina: me fui a un antro horrendo en
Mar del Plata. Ustedes no tienen idea de lo que era
aquello. ¡Alucinante!.
Me dije: “quién me va
a reconocer aquí” y por eso me había citado con este
testigo en ese lugar, que parecía de novela negra. Nos
sentamos a la mesa tranquilos, pero viene el mozo, me
palmea y me dice “grande Don Alfredo, jefe”.
Entonces digo, “estoy a salvo de la Academia. No hay
ningún peligro de que me metan dentro de la “onda
borjeana”, ni dentro de la onda de Octavio Paz.
Planeta no me publica
porque sea de izquierda, me publica porque gana mucho
dinero con mis libros. Es la editorial más fuerte en
estos momentos en Argentina, junto con Editorial
Sudamericana y las dos se pelean por tenerme.
—¿Mantiene la
misma fuerza esa tendencia del arte de la incomunicación
que invade a muchos intelectuales latinoamericanos?
—Yo,
desgraciadamente,
no soy un experto, no he leído a todos, sería injusto
que yo calificara a toda una generación. Lo que percibo
en términos generales es que algunos escritores que
rondan los 40 años, que pertenecen a una generación que
se crió durante la dictadura militar tienen una
tendencia bastante grande al escapismo, a la frivolidad,
a hacer una literatura “pasatista”, impresionista,
posmoderna, en algunos casos críptica y elitista. No
todos, pero no se advierten con un gran empuje, quienes
puedan reemplazar a un Osvaldo Bayer que sigue siendo
uno de los grandes escritores,
escritor–periodista–historiador, diría yo.
No se advierte a
alguien de esa talla que venga de nuevas generaciones.
Seguramente aparecerán, porque es un país que produce
muchos escritores, en el que hay mucha gente talentosa,
como me decían aquí los jurados de novelas, que tienen
varias novelas argentinas. Han sido premiados muchos
autores argentinos en Casa de las Américas. Por eso
hacía la advertencia antes de que no soy un crítico
literario con la autoridad para poder decir si está
pasando o no.
—Dicen que de las
grandes crisis salen grandes soluciones...
—Yo estoy absolutamente convencido. Mi mujer dice que yo
soy un optimista patológico. Y algo de eso hay. Tiendo a
creer que lo que ocurrió a nivel de eclosión popular en
mi país fue tan fuerte que es imposible que no deje
alguna huella. Lo que no ha ocurrido todavía, en
términos políticos y sociales, es que todo este
movimiento social en lucha se haya podido unificar. Está
todavía muy fragmentado, muy dividido, las luchas han
vuelto a ser parciales y no generales, pero bueno.
Desgraciadamente uno no puede modificar los tiempos, no
de manera voluntarista. Se van dando las situaciones. Yo
creo que se van a dar, creo que vamos a ir hacia un
liderazgo, vamos a ir hacia la construcción de una nueva
fuerza. Eso es imprescindible porque se vive una
coyuntura excepcional y eso es tal vez lo que empuja a
la urgencia. Por un lado Estados Unidos está presionando
de una manera brutal para que entremos al ALCA y por
otro lado sabemos que no tenemos destino, sino tenemos
una alianza estratégica con Brasil. Esto hubiera sido
así con Lula o sin Lula. Con Lula más, por supuesto. Con
Lula estamos más cerca y qué gusto que haya ganado y que
podamos hacer la alianza con Lula y no con Fernando
Henrique, pero hubiera ocurrido igual, porque el
MERCOSUR es una necesidad estratégica de las dos
naciones.
Como sería de
estratégico que Venezuela ingrese al MERCOSUR y que se
pueda hacer una gran alianza sudamericana, como lo
insinuó Lula en su discurso, que naturalmente a
Washington no le va a hacer ninguna gracia y está
tratando de impedirla por todos los medios, entre otras
cosas tratando de que Chávez se caiga rápido para que un
golpe oligárquico impida que Venezuela se sume a esta
alianza. Es estratégico el papel que podría jugar
Venezuela como productor petrolero naturalmente y como
productor de energía. Sería muy bueno que en Argentina
surgiera por lo menos una suerte de coalición de centro
izquierda, aunque no sea plenamente de izquierda, que
pudiera cohesionar y darle más fuerza a una virtual
coalición entre Brasil, Argentina, Venezuela, porque eso
arrastraría inevitablemente a los otros países
sudamericanos hacia la coalición, eso los obligaría a
todos a entrar al pacto sudamericano, por así decir, al
gran pacto sudamericano, y eso tiene una importancia
enorme para el conjunto de América Latina. Es una forma
de neutralizar lo que Estados Unidos quiere, que es la
virtual adicción colonial de nuestros países a través
del ALCA. Yo creo que eso es estratégico y yo creo que
en mi país se puede dar, aunque no sea un gobierno que
nos conforme de manera total, ni mucho menos, pero que
por lo menos tenga entre sus principios la alianza a
muerte con Brasil y con Venezuela si logramos que
Venezuela entre al MERCOSUR.
—En esa gran crisis
que tiene Argentina ¿Qué pasará con la literatura y el
periodismo?
—Argentina tiene una fuerte presencia de clase media. En
otros años existía un estado de bienestar. Allí el
peronismo ha jugado un papel ambivalente, pero generó
una basta clase media que se hizo culta. Argentina es un
gran consumidor de libros, de periódicos, aunque eso va
dejando de ser así, no porque la gente no quiera, sino
porque la gente no puede.
Lo he visto
en la presentación de mis libros, cuando
alguien me ha dicho que Planeta ha puesto a 26 pesos
cada ejemplar y no lo puede comprar; algo que a mí me desespera
porque si vendiéndolo a
26, la
primera edición de 10 000 ejemplares se agotó en una semana, qué hubiera
pasado si lo sacan a 20 o a 19. El libro se
vendería en la panadería, junto con el pan, que es a lo
que aspiro. Hay mucha gente que no puede leer por
razones económicas, y esto es lo terrible. A la larga
puede haber un proceso degenerativo en el que se vaya
embruteciendo la población en general, que es a lo que
creo que aspiran, a que baje el nivel cultural en el
país y a que aumente el analfabetismo para mantener las
formas de control cada vez más drásticas. Formas de
dictadura bajo apariencia de democracia.
El papel que juegan
la literatura y el periodismo en el país es muy
importante. El periodismo en particular, sobre todo el
de investigación, ha sido esencial para marcar la
corrupción del poder, para señalar qué podrida está la
estructura de poder del país, qué corrompidas están
todas sus instituciones. La justicia está corrompida, el
poder legislativo está corrompido, el poder ejecutivo
está corrompido; pero cuando digo corrompidos, digo
podridos auténticamente. Hay una podredumbre y una
decadencia profunda en esas instituciones. Y la gente en
la calle nos alienta. Para los periodistas que somos
independientes del poder y que estamos denunciando lo
que está pasando, el apoyo popular es inmenso.
Significa, yendo a su pregunta, que tiene un gran
valor. La gente nos tiene mucho respeto, incluso a veces
hasta un respeto excesivo, porque nos cargan con
responsabilidades que no son nuestras. Nosotros no somos
ni fiscales, ni jueces, ni legisladores, ni funcionarios
del poder ejecutivo para arreglar los problemas. Pero sí
es evidente que la prédica no es en vano y por eso no
importa que hagan atentados, como el que hicieron el 26
de noviembre en frente de mi casa, donde desalojaron a
un custodio violentamente. Ninguno de nosotros tiene
miedo en lo personal. No nos van a poder correr ni un
milímetro de lo que escribimos. Nos podrán matar, yo lo
escribí en Página 12, a mí me podrán matar. Eso
sí, matarme es fácil, pero no van a lograr que yo
modifique mi línea ni un milímetro y esto no es
jactancia. Créanme que es la verdad, porque nos sentimos
acompañados por la gente, porque sentimos que buena
parte de la sociedad está harta de este país corrupto y
en decadencia y quiere cambiar. Piensan que los que
investigan pueden empujar en esa dirección, entonces uno
no se siente solo. No es una lucha solitaria. |