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PERMANENCIA DE HAYDÉE
Ya era una figura sagrada de nuestra historia cuando la
Revolución le encomendó hacer la Casa de las Américas. Y
con la misma pasión, el mismo fuego y la misma ternura
que puso en todo, hizo la Casa de las Américas, de la
que fue la cabeza y el corazón.
Roberto
Fernández Retamar
|
La
Habana
Como durante años tuve uno de los mayores privilegios de
mi vida al trabajar bajo la orientación directa de
Haydee, estrechamente unido a ella; y como incluso
mientras vivía escribí la breve introducción (sin firma)
de su testimonio sobre el Moncada publicado en 1967, y
una semblanza suya, y le dediqué uno de mis libros, cuya
reciente edición ampliada también es para ella (otro,
que conoció inédito, y que nos llevaría a viajar a
Nicaragua a ella, a Silvia Gil y a mí en febrero de
1980, lo dedicaría, a raíz de su muerte, a su “clara y
apasionada memoria”), no tiene ningún sentido que busque
decirle cosas distintas. Lo que durante su vida despertó
en mí es lo que sigue despertando. Cuando empecé a
frecuentarla, no obstante sus “relámpagos de risa”,
tenía ya la majestad de una gran muerta; y hoy, que no
puede escucharnos, me parece no menos sino más viviente
que muchos.
Un día, conversando de cosas triviales (al menos eso
creía yo), Haydee me pidió de repente que alguna vez
hablara ante su tumba. Me turbó, claro, como solía
hacer. Durante un momento yo había olvidado que, por
debajo o por encima de las palabras que cruzaba con
nosotros, ella andaba siempre dialogando con sus
muertos, que llevaba dentro, con la muerte. Ignoro si
entre las tantísimas lecturas silvestres que hizo (con
frecuencia de claro en claro, como el señor de La
Mancha) leyó a Unamuno: sé que hubiera encontrado
natural la agónica meditación sobre la muerte del
atormentado vasco; pero también sé que sin duda se
hubiera encontrado más a gusto con otra gran mujer, de
talante similar al de ella, que también junto a un
hermano leyó de hazañas justicieras y soñadoras, y
pretendió acometerlas, y en su tiempo hizo lo que para
su tiempo era renovador y valiente, y como la cubana
amando tanto la vida anheló la muerte, y en el siglo se
llamó Teresa de Ahumada, y se la conoce como Santa
Teresa de Jesús. De Martí se sabe que leyó a la madraza
de Ávila fervorosamente: el padre de la crítica
hispanoamericana de este siglo, Pedro Henríquez Ureña,
afirmó en 1905, con apenas veintiún años, que el estilo
martiano “en ocasiones tiene la intensidad emocional de
Teresa de Jesús”, y un cuarto de siglo más tarde añadió
que Martí escribía “con el candor de Santa Teresa, de
quien aprendió que no tiene por qué refrenarse el que
siente como debe”; en 1930 otra madraza, Gabriela
Mistral, dijo a propósito de Martí: “Pensemos, aunque la
comparación nos parezca a primera vista absurda, en un
Víctor Hugo corregido de su exageración y de su garganta
trompetera por un trato diario y enseñador de la Santa
Teresa doméstica y voluntariamente vulgar”; y en 1941
Juan Marinello, el inolvidable maestro comunista,
desarrollando tales observaciones dedicó páginas
profundas a lo que llamó “lo teresiano” en Martí,
subrayando similitudes entre la española y el cubano en
aspectos como el misticismo, “el placer de sufrir”, “el
querer de la muerte” y la “íntima tragedia del amor
vestido de uniforme”.
Este indudable costado martiano fue una nueva razón, una
nueva razón del corazón, para que Haydee se sintiera tan
identificada con el Maestro. No todos los que lo
admiran, incluyendo compañeros de muchísimos quilates,
han compartido algunas facetas de nuestro Apóstol, como
ese “querer de la muerte” que revela no solo en páginas
íntimas, sino en numerosos textos públicos escritos o
dichos a lo largo de su vida breve y electrizante. Martí
desde su más temprana edad anduvo “requebrando a la
muerte”, como según Antonio Machado hiciera García Lorca
camino del martirio. Los ejemplos se agolpan. Cómo no
recordar aquella estrofa de los Versos sencillos:
“Gocé una vez, de tal suerte, / Que gocé cual nunca:
–cuando/ La sentencia de mi muerte/ Leyó el alcaide
llorando”: estrofa que de inmediato trae a la memoria el
conocido poema teresiano en el cual va repitiéndose a
modo de campanadas el verso “Que muero porque no muero.”
O aquella exclamación “cerca del final presentido”, como
dijo Marinello: “La muerte es júbilo, reanudación, tarea
nueva. ¡Muerte! ¡Muerte generosa! ¡Muerte amiga!” Y
bien: estas son lo más cercano que hoy puedo dar a las
palabras que Haydee, sobresaltándome, me pidiera para
ser dichas ante su tumba.
Creo que nunca, y mucho menos en circunstancias como la
presente, he querido ser original en el sentido de
novelero: lo que he querido, lo que quiero es ser fiel a
los orígenes, que es cosa bien distinta. Y en el caso de
Haydee, sus orígenes remiten a los del alma misma de la
patria: la patria chica, Cuba, y la patria grande,
“nuestra América”, como nos la nombró Martí.
De hecho, la vida de Haydee arranca de un pequeño lugar
del centro de Cuba, y marcha hacia el centro de la
historia: los asaltos del 26 de julio de 1953, aquellos
acontecimientos que hicieron buenas las palabras de
Fidel cuando en La historia me absolverá dijera:
“En Oriente se respira todavía el aire de la epopeya
gloriosa, y al amanecer, cuando los gallos cantan como
clarines que tocan diana llamando a los soldados y el
sol se levanta radiante sobre las empinadas montañas,
cada día parece que va a ser otra vez el de Yara o el de
Baire.”
En una dedicatoria que ella me mostró una tarde
iluminada, el poeta Cintio Vitier, quien la comprendió
en lo hondo como ha comprendido tantas cosas de Cuba, le
dijo que a Haydee la veía “siempre en la madrugada
fundadora”. Así, en ese instante de gloria y dolor
supremos en que volvieron a arder Yara y Baire, vivió el
resto de su vida. Y al conocerse hechos de su existencia
anterior a esa fecha, por ejemplo algunos de su infancia
que evidentemente contó a su hermana de lucha y
esperanza Melba Hernández (acaso en los días y noches de
la cárcel), y que Melba conservó y trasmitió como los
tesoros que son, comprendemos que de alguna manera,
aparentemente a ciegas pero en realidad guiada por una
rara brújula, Haydee se había ido preparando para ese
encuentro terrible y fulgurante con la historia.
Aunque no pretendo evocar de nuevo todos los detalles de
su vida, no puedo dejar de evocar algunas cosas. Como
que la niña que quiso ser mamá al igual que una de las
gallinas de su casa y afrontó por ello los picotazos
airados del animalito, y la que años más tarde, siendo
hija de españoles, se inventó un abuelo mambí, una vez
que en la escuelita de su batey un maestro de verdad le
enseñara cómo se había hecho nuestra patria; la
adolescente que rechazó sin contemplaciones las
maniobras del cacique local; la muchacha que padeció por
el asesinato del gran dirigente obrero de la zona, el
comunista Jesús Menéndez, y, asqueada de la sentina que
era la república neocolonial y atraída por la denuncia
implacable que de ella hacía Eddy Chibás y por su
consigna “Vergüenza contra dinero”, militó junto a su
hermano Abel en las filas de la Juventud Ortodoxa,
estaba creciendo hacia la llamarada de la que surgiría
la etapa decisiva de un proceso liberador que ya tiene
más de cien años.
De la lucha contra el golpe militar del 10 de marzo de
1952, de su encuentro con Fidel, de los preparativos de
lo que iba a ser el 26 de julio, de la “madrugada
fundadora”, conversó varias veces ella misma; de la
conducta de Haydee a raíz del asalto y la masacre, habló
en primer lugar y para siempre, con la autoridad moral
que tiene para ello, el compañero Fidel, en aquellas
líneas imborrables de La historia me absolverá:
“Con un ojo humano ensangrentado en las manos se
presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo
donde se encontraban las compañeras Melba Hernández y
Haydee Santamaría, y dirigiéndose a esta última,
mostrándole el ojo, le dijeron: “este es de tu hermano,
si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos
el otro”. Ella, que quería a su valiente hermano por
encima de todas las cosas, les contestó llena de
dignidad: “Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo
dijo, mucho menos lo diré yo.” Más tarde volvieron y las
quemaron en los brazos con colillas encendidas, hasta
que por último, llenos de despecho, le dijeron
nuevamente a la joven Haydee Santamaría: “Ya no tienes
novio porque te lo hemos matado también”. Y ella les
contestó imperturbable otra vez: “Él no está muerto,
porque morir por la patria es vivir”. Nunca fue puesto
en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de
la mujer cubana.”
En aquellos instantes, Haydee no solo sabe que ha
perdido de modo espantoso a su hermano del alma y a su
novio, sino que ignora aún si el propio Fidel vive. Está
sola, con Melba, ante el horror, obligada a sacar las
fuerzas de sus entrañas. Las sacará, como si en un parto
descomunal naciera de sí misma. Aquella muchacha ya no
volverá a ser la de antes, y, sin embargo, se ha vuelto
ella de manera única.
Pero el Moncada, como se sabe, no fue solo una batalla
militar: fue también una batalla jurídica, y –sobre
todo– una batalla política. Si la primera, a la que
siguió una atroz carnicería, terminó en derrota para los
atacantes, en cambio las otras dos, estrechamente unidas
en un momento, les significaron triunfos definitivos. El
revés de las armas empezó a mostrar en ellas un rostro
de victoria. Por eso se ha destacado con razón la enorme
importancia que tuvo el juicio contra los asaltantes,
gracias al cual estos últimos, de acusados, se
convirtieron en valientes e implacables acusadores del
régimen. En este combate, que culminó soberanamente con
La historia me absolverá, desempeñó un papel
fundamental Haydee. Sobreviviente de las masacres,
testigo de las torturas que le arrancaron de manera
horrible a los seres más queridos, su declaración fue
definitiva.
Al terminar el juicio, que daría a conocer los ideales y
el temple de “la generación del Centenario” de Martí,
Haydee y Melba fueron condenadas a siete meses de
prisión. Dura les fue, desde luego, la cárcel. Ya antes
de la condena formal las habían situado un tiempo entre
presos comunes, con el propósito de que estos las
agraviaran. Pero esos delincuentes fueron con ellas más
cuidadosos y tiernos que los otros, los delincuentes
sanguinarios que detentaban el poder. Y ahora, con la
formidable intervención de todos los compañeros en el
juicio, había cobrado mayor aliento aún el proceso
insurreccional, y ellas tenían nuevas tareas asignadas
para la salida. Lecturas numerosas llenarían las horas
de esa “universidad del revolucionario” que es la
cárcel. Mientras Fidel hace otro tanto en su prisión de
la Isla de Pinos, Haydee, en la cárcel de Guanajay, lee
de nuevo y comenta las obras completas de Martí: se
conservan los tomos escritos en los márgenes con su
letra de muchachita.
En 1954 están en la calle. Su primera misión es divulgar
clandestinamente el Mensaje a Cuba que sufre,
manifiesto en que Fidel explica al pueblo cómo fueron
bestialmente asesinados sus hermanos. Y pronto, la
misión más trascendente: editar y distribuir La
historia me absolverá, que Fidel ha reconstruido y
hecho salir de la cárcel hoja a hoja. Millares de
ejemplares recorren el país, y aun van al extranjero,
con el impresionante material.
Al otro año, tras una intensa campaña popular, llegará
la libertad para Fidel, Raúl, Almeida, Ramiro, Montané y
los demás sobrevivientes. “Fue vivir otra vez”, dirá
Haydee. Una foto dramática recoge el encuentro
conmovedor: Haydee apoya en el pecho de Fidel la cabeza,
después que los desesperados ojos ávidos han buscado,
entre los rostros radiantes de los que salen, los
rostros ya imposibles de Abel y de Boris.
Con Fidel en la calle, el proceso será indetenible. Así
como aquella vanguardia tenía un orientador –Martí– y un
guía –Fidel–, tiene ya un nombre, que es una consigna:
Movimiento 26 de Julio, en cuya Dirección Nacional
figurará Haydee. Cuando Fidel parte a México, a
organizar lo que al cabo será la expedición del Granma,
Haydee pasa a la vida clandestina, con el nombre de
María.
A finales de 1956, en espera de la inminente llegada del
Granma, Haydee viaja a Santiago de Cuba. El 30 de
noviembre está entre los organizadores del alzamiento en
aquella ciudad, que precede por breve tiempo al
desembarco, y estremece a la Isla. Replegados en una
casona, cuando ya el tiroteo llega a su fin, Haydee
recuerda las horas fatídicas del hospital junto al
Moncada, donde fue detenida con Abel, Melba, Raúl Gómez
García y otros compañeros el 26 de julio de 1953. No hay
que permanecer allí, sino intentar por todos los medios
escapar. Así lo hacen. Con ella están compañeros nuevos,
como dos magníficos muchachos de Santiago: Frank País (David)
y Vilma Espín (Débora); y también un inquieto
abogado que conoció en el clandestinaje y con quien hace
unos meses se ha casado: le dicen Jacinto, y es
Armando Hart.
La vida del matrimonio será por supuesto azarosa. Hart,
que ha protagonizado una espectacular fuga en la
Audiencia de La Habana, es tan buscado por la policía
como ella. En las ciudades tendrán que verse apenas unos
días de una casa en otra, entre una y otra misión.
También coincidirán alguna vez en la Sierra Maestra,
donde Haydee reencontrará compañeros entrañables, como
Fidel y Celia Sánchez, y conocerá otros: entre ellos, a
aquel con quien intercambia las salidas zumbonas y la
medicina contra el asma: el Che. Una de esas veces, al
bajar de la Sierra con una misión, Hart es detenido y
encarcelado, después de una peligrosa odisea, en la Isla
de Pinos. Poco después, la Dirección del Movimiento
envía a Haydee al extranjero, con tareas arduas que
también realizará con éxito.
Cuando el primero de enero de 1959 la Revolución llega
al poder, Haydee, de vuelta a Cuba, es nombrada
directora de la recién creada Casa de las Américas. Al
fin puede tener, además, un hogar, donde le nacerán dos
hijos, y donde otros niños de nuestra América serán
acogidos como tales.
Quien fuera miembro de la Dirección Nacional del 26 de
Julio, lo será luego, al fusionarse las organizaciones
revolucionarias, de la Dirección Nacional del Partido
Unido de la Revolución Socialista; y el 3 de octubre de
1965, aquella noche inolvidable en que Fidel hizo
pública en su voz la carta de despedida que le dejara el
Che cuando partió hacia “otras tierras del mundo”,
después de haberse anunciado la constitución del Comité
Central del Partido Comunista de Cuba, el nombre de
Haydee estaba por supuesto allí, y tal condición le
sería ratificada hasta su muerte, como también sería
hasta entonces miembro del Consejo de Estado.
Cuando dije que los orígenes de Haydee remiten
igualmente a los del alma misma de la patria grande,
“nuestra América”, pensaba, como es de suponer, en el
hecho de que a la seguidora sin vacilaciones de José
Martí, a la compañera fraternal de Fidel y el Che
(todos, ciudadanos raigales del Continente), la
Revolución le encomendó importantísimas
responsabilidades latinoamericanas. Es harto sabido que
hizo la Casa de las Américas y trazó los que hasta hoy
son sus lineamientos básicos. Siguiendo sus apasionadas
y lúcidas orientaciones, la Casa ha cumplido una tarea
esencial de afirmación, defensa y difusión de los
genuinos valores de nuestra América. Y con espíritu
similar Haydee presidió la conferencia de la
Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), que
tuvo lugar en La Habana entre el 31 de julio y el 10 de
agosto de 1967. Quienes tuvimos el honor de participar
en ella no olvidaremos la dinámica y febril actividad de
Haydee antes y a lo largo de esa conferencia; ni
olvidaremos que al abrirse el telón el día inaugural
aparecía al fondo una enorme efigie del Libertador Simón
Bolívar, y que al ocurrir otro tanto el día de la
clausura, la efigie era del Che, quien en esos momentos
combatía al frente del que se proponía llegar a ser un
nuevo ejército bolivariano.
Cuántos recuerdos se amontonan al evocar los años
compartidos con Haydee. Qué maravilla (lo he dicho ya
antes, como muchas de estas cosas) haber visto y oído a
aquella mujer toda pueblo dialogar con numerosísimos
escritores y artistas de nuestra América, para quienes
fue siempre como el espejo de la fábula china: los
mediocres no podían reconocer su grandeza, pues tal
reconocimiento le estaba reservado a los grandes:
grandes de alma, por supuesto. Me limitaré a un ejemplo,
entre los incontables que podría aducir. Pocos seres he
conocido tan refinados, talentosos, honestos y buenos
como Julio Cortázar. Y qué espectáculo haber asistido al
diálogo entre la deslumbrante Haydee y aquel argentino
deslumbrante. Un diálogo, por cierto, que a menudo
parecía más un monólogo, porque el dueño de las palabras
fascinantes prefería escuchar, fascinado, sobrecogido,
el fluir de la conversación inagotable que brotaba de
aquella mujer, una conversación donde las piedras de
todos los días se cruzaban con centellas de sibila. (El
número que la revista Casa dedicó a Julio a raíz
de su muerte trae no pocas páginas admirables que él
enviara a Haydee.)
Y ya que hace unas líneas evoqué el congreso de OLAS y
la gesta del Che en Bolivia, también quiero traer aquí
una tarde de octubre de 1967. Me había reunido con
Haydee en la Casa de las Américas para conversarle de
algunas cuestiones de la revista. Cuando agotamos esos
temas, le pregunté sobre la posible veracidad de los
cables que en el mundo entero hablaban de la caída del
Che. Yo suponía, le dije, que la noticia debería ser
falsa, como tantas referidas a nosotros a lo largo de
tantos años. Haydee no me respondió. Como si fuera una
niña, la niña que nunca dejó de ser, rompió a llorar sin
parar. Ni se tomó el trabajo de llevarse las manos a la
cara. Tuve que ponerle yo mismo mi pañuelo. Y al cabo de
un rato empezó a musitar: “Abel, Frank, Che: ya no puedo
más.” Pero cómo tratar de rehacer con mis palabras
desdibujadas lo que ella supo fijar en líneas que
parecen manar de la abulense. Me refiero, es natural, a
la carta que ese mismo mes dirigió a una sombra, a una
luz, y apareció al frente del número que la revista
Casa dedicó al héroe:
“Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier
parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al
guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo
sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta
no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado
tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que
esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía:
no es posible, una bala no puede terminar el infinito,
Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo
vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan
inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de
vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo
tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces,
como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por
esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana,
siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú.
Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso;
con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino
pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido,
pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo
que él desee que yo haga. ¿Te acuerdas?, me lo
prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el
café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me
prometiste que me llamarías cuando fuera en tu
Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo
cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel
lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía
decir “Che”, tomaba fuerzas y decía “Ernesto Guevara”,
así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo. Qué
tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel,
por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este
gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los
puso: artista. Yo pensaba que todos los grados
eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los
verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero
hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo,
demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos
veríamos así que ese hombre nuevo es una realidad,
porque existe, eres tú. Qué más puedo decirte, Che. Si
supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una
vez me escribiste: “Veo que te has convertido en una
literata con dominio de la síntesis, pero te confieso
que como más me gustas es en un día de año nuevo, con
todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la
redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras
peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo)
son las que llevaré de ti para uso propio.” Por eso no
podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese
recuerdo.
Hasta la victoria siempre, Che querido.
Me es inevitable, por razones de tiempo, dar un gran
salto y llegar a la interminable noche que empezó en la
tarde del 28 de julio de 1980 y terminó en la tarde del
día siguiente. Cuando aquella noche entré desolado en la
funeraria donde el cadáver de Haydee estaba tendido,
encontré a las trabajadoras y los trabajadores de la
Casa de las Américas, encabezados por esa bandada de
muchachas que he visto encanecer, y a muchísimos otros
compañeras y compañeros, perplejos, vacíos. Entre
quienes trabajábamos entonces en la Casa había uno que
era sin duda aquel por quien Haydee sentía más afecto:
un día me dijo que le recordaba a su padre. Ese
compañero, quien no solo era un notable artista plástico
que había acompañado a José Lezama Lima en su faena
cultural de resistencia y creación, sino que también
estaba orgulloso de su vida de revolucionario comunista
que se remontaba a la adolescencia, era bronco en su
exterior, lo que acaso se debía, pensábamos, a su recia
ascendencia isleña: ese compañero, por supuesto Mariano,
estaba anegado en lágrimas, cosa que impresionaba más
por tratarse de un roble, y anegado en lágrimas estuvo
hasta el último momento. “Nada más triste que un titán
que llora”, escribió Rubén Darío. Pero ¿quién de
nosotros no lloró esa noche? A uno lo palmeó el
queridísimo Arquímides, para consolarlo, quizá sin darse
cuenta de que también él estaba llorando; y a otro el
poeta Eliseo Diego, casi de su misma edad, lo abrazó
musitándole: “Hijo”. Varias manos hicieron aquella
madrugada esta “Declaración del Consejo de Dirección de
la Casa de las Américas”:
“Escribimos estas palabras en medio de una de las
mayores pesadumbres de nuestra vida; estas palabras que,
por primera vez en muchos años, Haydee Santamaría no
podrá leer, antes de que vayan a la imprenta, opinando
sobre esta o aquella idea, pidiendo suavizar una palabra
que podría lastimar a un amigo, observando con ojo de
extraña luz la grieta o el error que había escapado a
otros. Como en todos los casos así, nos parece
inconcebible que su nombre, tan fragante y hermoso, no
sea ya el de una persona viva. Pero, como en rarísimos
casos, tenemos la certidumbre de que su tránsito por la
existencia fue el de una criatura excepcional, que tenía
de volcán y de flor, la belleza de un ciclón o de un
amanecer en el monte, la insólita capacidad de combatir
amando, de amar con la terrible intensidad del combate.
Otros conocieron el privilegio de estar junto a ella en
el Moncada, en la Sierra o en la lucha clandestina. Ya
era una figura sagrada de nuestra historia cuando la
Revolución le encomendó hacer la Casa de las Américas. Y
con la misma pasión, el mismo fuego y la misma ternura
que puso en todo, hizo la Casa de las Américas, de la
que fue la cabeza y el corazón. Cuando ya no podía ser
la guerrillera que en cierta forma no dejó nunca de ser,
se hizo respetar y querer por los escritores y artistas
de toda nuestra América. Los más creadores entre ellos,
los más imaginativos y más fieles la entendieron:
entendieron y escucharon con devoción a aquella
campesina que no fue a universidades ni institutos, y se
sabía acompañada por pinturas, traspasada por músicas,
porque era toda sensibilidad. Esa sensibilidad la llevó
a la Revolución, y ella llevó a la Revolución a
centenares, a millares de hombres y mujeres. Como en
unos versos desgarradores de la Mistral, que en su caso
adquieren nuevas razones, “tenía el corazón entero a
flor de pecho”. Solo estando fuera de sí pudo haber
segado su propia vida. Haydee más que nadie sabía que no
le pertenecía. Que pertenecía a la Revolución, al pueblo
de esa América nuestra cuya evocación le nublaba los
ojos y le encendía el alma. Es necesario decir que
estará con nosotros, en nosotros. Así es. Pero desde
ahora somos más pobres, aunque nos acompaña para siempre
el honor de haber trabajado bajo su guía, bajo su
aliento, que seguimos sintiendo, orgullosos y
entrañablemente conmovidos, a nuestro lado.”
Cinco años después, la revista Casa volvió a
dedicar a Haydee un editorial del que tomo estas líneas:
“El 28 de julio de 1980, el último de los
revolucionarios torturados a raíz del asalto al cuartel
Moncada, veintisiete años atrás, falleció de resultas de
esas torturas. Aquel día acabó de entregar lo que le
quedaba de vida Haydee Santamaría. Así lo han visto
grandes compañeros suyos. En julio de 1953 la habían
herido de muerte: no con bala, sino con maldad, para
glosar a su amadísimo Martí. ¿Será necesario volver a
evocar ahora aquella maldad, aquellos “golpes como del
odio de Dios” que diría Vallejo? [...] Pero “las heridas
del Moncada”, como expresó el compañero Almeida, “nunca
acabaron de cicatrizar en ella”. Por el contrario: aun
en medio de la victoria, de la alegría, de la creación,
de nuevas batallas estimulantes, siguieron abriéndose
como una grieta que al cabo la devoró, arrastrándola a
una enfermedad síquica de la que también se muere, como
se muere en el combate de las armas o comido por otras
enfermedades, físicas, que tampoco le escasearon a
Haydee. De las sombras a que empezó a ser arrojada en
1953 salió la mano que la asesinó en 1980. ¿Era la suya?
¿O no era más bien una de aquellas manos bestiales que
castraban novios y arrancaban ojos de hermanos, vivos, y
sembraron en una muchacha valiente y pura y fuerte y
frágil una semilla que enturbiaría luego su razón?
Los que en sus últimos tiempos, día a día, la vimos
marchar sin saberlo, como un personaje de tragedia,
hacia un patíbulo que la esperaba inexorable en el
pasado; sus compañeros de tantos frentes, y entre ellos
de la Casa que dio a luz como a otro hijo, orgullosos y
agradecidos por cuanto nos enseñó, inconsolables por
cuanto la enfermedad –no ella, que para entonces
prácticamente no existía ya– nos quitó, le rendimos hoy,
de nuevo, nuestro homenaje conmovido, trayendo aquí
páginas de ella, o sobre ella, hechas con verdad y
belleza por algunos de sus incontables compañeros de
lucha y por algunos de los no menos incontables
soñadores que tuvieron el privilegio de su cercanía.”
Incluso durante su vida, pero sobre todo desde su
muerte, se han venido publicando textos espléndidos
sobre Haydee, dando razón a las palabras de quien más
identificada estuvo con ella en la Casa, pues casi a la
vez que ella entró en su edificio a fundarla: Marcia
Leiseca, quien al hablar en el vigésimo aniversario de
la revista Casa de las Américas dijo:
“Haydee: no habrá reunión, evento o aniversario de esta,
tu Casa, en que no esté presente con nosotros tu imagen
luminosa. Tu vida de guerrillera indomable del Moncada,
de la Sierra, del llano y del exilio es parte de nuestra
historia. Tu personalidad será recreada por los artistas
y se convertirá para nuestros hijos y las generaciones
futuras en una hermosa leyenda, uno de esos mitos
deslumbrantes que los pueblos enriquecen en su
imaginación.
Para nosotros [siguió diciendo Marcia], Haydee era parte
de nuestra vida cotidiana. Nos parecían naturales su
paso ligero y veloz, sus monólogos, su permanente
rebeldía, su hablar a veces vago y reposado, su mirada
perdida en un horizonte al que no alcanzábamos, su
imaginación desbordada, su infinita ternura, y la
exuberancia de su pensamiento y su lenguaje. En estos y
otros rasgos vislumbrábamos que nada en ella era
gratuito, porque al desbrozar el camino siempre
aprendíamos una profunda verdad o un hecho de la más
genuina justicia. Tuvimos el privilegio de conocerla
íntimamente, de quererla, de compartir una etapa en la
vida de este ser excepcional hecho para las grandes
cosas, para las más puras y nobles pasiones, para
crecerse ante las más difíciles situaciones o los más
delicados y complejos problemas.
De su extraordinaria sensibilidad surgió espontáneamente
su pasión por el arte, y de su formación y fervor
martianos su amor por nuestra América. Tuvo el don del
verdadero dirigente: ser capaz de sacar de cada cual sus
mejores cualidades. Eso le permitió integrar un equipo
de trabajo donde nunca afloró la mediocridad y sí, por
el contrario, lo mejor de la condición humana. Unió esa
fuerza y con ella se hizo día a día esta Casa,
lentamente, sedimentando logros y rectificando errores.”
Si puede y debe decirse que la vigencia de la obra de
Haydee se revela en la de la Revolución Cubana toda, lo
hace con particular intensidad en la original hechura
suya que es la Casa de las Américas, la cual crece y se
difunde en atención a los criterios con que ella la
creó; en esa Casa donde pervive su espíritu rebelde,
imaginativo, ígneo. Haydee hubiera cumplido ochenta años. Qué difícil es creerlo. En la Revolución y
en la Casa, ella permanece en su constante juventud.
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