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LA CAJA
DE CIGARROS
Hector Zumbado
Suena el timbre del teléfono en la
redacción. ¡Ring! ¡Ring! Descuelgo:
–Dígame. Oigo. Aló. Sí. Quiubu. Anjá. Bueno. No se oye.
No se oye nada.
– ¿Cómo me va a oír si no me deja hablar? ¿Es la
redacción de Riflexiones?
–Sí –respondo– y me ha cogido aquí de casualidad porque
ahora iba a comprar cigarros.
–De eso mismo se trata. Mire, yo soy un ciudadano de
Altahabana.
–Y yo de Almendares, mucho gusto. ¿En qué puedo
servirlo? ¿Quiere permutar?
–Déjeme explicarle. Yo estaba en mi casa, a la altura de
un cuarto piso y a la altura de las diez de la noche del
domingo pasado, cuando noté, de pronto, que me había
quedado sin cigarros. ¿Se ha quedado alguna vez usted un
domingo por la noche en Altahabana sin cigarros?
–No –le digo– no he pasado por esa experiencia.
–Es interesante –me contesta– porque así se descubren
los más insospechados, inusitados y desconocidos
rincones de la casa en la búsqueda nocturna y frenética
de cabos de cigarros. Entonces, para que no me sucediera
eso, corrí desde mi casa –escaleras incluidas– los 400
metros que distan hasta la pizzería de 100 y Boyeros que
es el único –el único lugar racional a la redonda– donde
venden cigarros a esa hora de la noche y que, por
cierto, cierra a las 10:15 en punto.
–Y ¿qué tiempo hizo de su casa a la pizzería? –le
pregunto con curiosidad de cronista deportivo.
–Bueno, salí exactamente a las 10 horas, 9 minutos, 23
segundos y 88 centésimas y llegué a las 10:10 flat.
– ¡Excelente tiempo! –le contesto admirado–, 46.12 en
los 400. Se acercó bastante al récord olímpico. Y ¿qué
pasó entonces?
–Bueno, cuando llegué me dijeron que el establecimiento
estaba CERRADO.
–Y ¿estaba cerrado?
–No, estaba abierto, pero con todas intenciones de
ciérrate sésamo. Entonces expliqué que mi intención no
era comerme una pizza, sino solamente comprar cigarros.
–Ya veo, usted imploró el ábrete sésamo. Y ¿funcionó?
–Bueno, después de una discusión sobre el horario –en
definitiva nadie tenía las 10:15– una empleada fue a
consultar con el administrador.
–Le dio sentimiento con usted. Esa fue una buena acción
de la compañera. ¿Y…?
–Entonces el administrador consintió en que me vendieran
la caja de cigarros.
–Y ¿usted sintió como si lo hubieran tocado con la
varita mágica? La felicidad total, ¿no?
–No exactamente, porque después de todo, no era un favor
lo que yo estaba pidiendo. Por eso me decidí a hablar
con el administrador para explicarle que este tipo de
cosas tiende a irritar a los usuarios.
–Usted tiene temple. Porque eso, a veces, es jugársela a
lo cortico. ¿Y qué pasó?
–Nada, terminamos ahí en una discusión de horarios y de
usuarios y no llegamos a nada.
–Usted fue incomprendido. Eso ocurre en ocasiones. Y por
fin ¿qué? ¿Compró su caja de cigarros y se marchó, no?
–No del todo. Porque cuando fui a comprar la caja de…
– ¿Qué pasó?
–Que cuando fui a comprar la caja de cigarros…
–Sí, le escucho. ¿Por qué se le corta la respiración?
–Que cuando fui a comprar la caja de cigarros…
–Pero acabe de decirme.
–Me dijeron… el cajero me dijo… el cajero me dijo… ¡que
acababa de vender la última!
–No me haga llorar, compadre.
–Así mismo como se lo cuento. Por eso lo llamo. ¿Usted
cree que se pueda hacer unas riflexiones simpáticas
sobre esto?
–Cuando termine de llorar, voy a intentarlo.
Tomado de Riflexiones II.
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