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MEMORIAS

Vermay en la Habana
 
Josefina Ortega|
La Habana


Cuentan que fue el gran pintor español Francisco de Goya quien convenció, en el lejano año de 1806, al francés Jean Baptiste Vermay de ofrecer su arte pictórico a la entonces colonia española de Cuba.

Reconocida su obra, de paso en Madrid y por medio del autor de Las Majas, recibió el reclamo del Obispo de Espada y Landa, de viajar a la mayor de las Antillas. 

Los criollos acogieron amorosos al artista. Y este, en reciprocidad, entregó su pasión al trabajo, tanto que por su benéfico influjo algunos estudiosos dividen la vieja pintura colonial cubana: antes y después de Vermay. 

La estancia del pintor francés en La Habana, supuestamente concebida por poco tiempo, se prolongó por 16 años. Su huella se hizo sentir en la ciudad no solo por sus obras, de por sí importantes. 

Sus aportes esenciales en la otrora Villa de San Cristóbal, radican en un sentido nuevo y más exigente del arte, y en las virtudes didácticas que desarrolló desde la Academia de Bellas Artes San Alejandro, por él fundada y patrocinada por el intendente Alejandro Ramírez, en 1818, y cuyo antecedente era una escuelita que funcionaba irregularmente en el convento de San Agustín. 

“Vermay no estimaba el arte como ejercicio recreativo, aristocrático, para espíritus selectos, sino que lo consideraba como parte importante en el desarrollo social y el progreso humano”, como bien dijera la escritora y crítica de arte Loló de la Torriente. 

No es de extrañar entonces, que en la inauguración del curso de 1824, en la ilustrísima Academia de San Alejandro, Vermay afirmara: “Es preciso que los gobiernos modernos comprendan la importancia de enseñanza del dibujo y las bellas artes conectados con la arquitectura, tanto en templos y palacios, como en casas, con el desarrollo de la medicina, la anatomía, la botánica y las industrias todas”. 

Junto a su labor docente, pintó retratos de personajes importantes de la época, como el Obispo de Espada, el sabio Francisco de Arango y Parreño, así como también el de la familia Manrique, considerado este último, como uno de sus más valiosos. 

También terminó los frescos de la Catedral de La Habana.

Cuando cinco años antes de su muerte, Vermay pintó los cuadros para el mural de El Templete, no era imaginable aún que esta obra pudiera convertirse en un documento histórico de su tiempo y que en ella reposaran sus cenizas para la posteridad.

De los tres lienzos de El Templete, el mayor reproduce la misa celebrada por el Obispo de Espada, en conmemoración de la primera misa de la villa en los inicios del siglo XVIII.

En este gran retrato colectivo, Vermay deja representada a la aristocracia criolla y a la oficialidad de la metrópoli española en La Habana de entonces.

Allí están la máxima figura del gobierno, el capitán general Francisco Dionisio Vives, el Obispo de Espada y Landa, los condes de Fernandina y Villanueva, así como los de O´Reilly y de casa Bayona, quienes aparecen, entre otros, con atractivas damas cubiertas con mantillas. 

Por cierto, en un extremo, figura madame Vermay y su dama de compañía, una esclava. Al otro extremo, el propio pintor mientras bosqueja en un papel los primeros trazos de la obra. 

Cuarenta y siete años tenía al morir Jean Baptiste Vermay, víctima de una epidemia de cólera, en La Habana, en 1833.

Cuando visite El Templete, en La Habana Vieja, de seguro  se encontrará con el pintor francés, quien al viajar a Cuba convencido por Goya  y por una estadía no muy larga, encontró finalmente la inmortalidad.

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