| LA JIRIBILLA |
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MEMORIAS DEL DESARROLLO 1 Hace apenas un instante, aquí no había nada, pero nada sobre esta página joven, vacía. Ahora van a pulular estos negros garabatos. Siempre pensé que saber cuándo empezar algo y cuándo terminar lo comenzado eran los momentos más duros de la vida. Ahora entiendo que saber cuándo y cómo poner fin a lo empezado, saberlo, nos impone los momentos más radicales. El yo quiero, yo siento, yo recuerdo y yo soy solo se insinúan al nacer, pero luego crecen con la furia de los dientes. El yo soy, el ego crece a medida que crece tu cuerpo y que ya empiezas a envejecer. Y todo te atormenta. La carne abofeteada y la mente desquiciada. Me niego a someterme, a ser arrinconado y venerado, rechazo todos los encasillamientos: vejete, sabio, vejestorio, anciano, monumento, sexagenario, ruina, sobreviviente, maestro, viejo verde. No he logrado acomodarme al olvido de mis manos, a la creciente distancia de los cuerpos, objetos y paisaje; la sabiduría de los años es un estercolero, y nunca renunciaré a la carne; no estoy de vuelta de nada, ni me siento obsoleto, ecuánime, ceniciento, arrugado y sereno. No me siento más iluminado y no tengo nada por lo cual dar gracias a la vida. 2 Hablando de intensidad –acabo de bosquejar el primer desnudo maduro e inquietante de una mujer trajinada. No estoy seguro de lo que descubrí durante mi primera sesión con la modelo. O de lo que deseaba descubrir en sus carnes expuestas bajo la implacable luz del taller. Lo cierto es que me conmovió, algo se agitó en mis vísceras mientras dibujaba. Por un lado me repugnó su cuerpo cansado, sus carnes tristes y opacas; y sin embargo, por debajo de mis inquietudes, creció mi deseo de poseer su cuerpo vulnerado y vulnerable –mis sentimientos saltaban de la repulsión a la curiosidad. No logré fijar la postura clásica, clavar la figura inmóvil de la inquietante y descolorida mariposa sobre tanto papel desierto. Las palabras me abruman y me definen; tengo una necesidad incontrolable de garabatear todo lo que me ocurre. Padezco de grafomanía. Quiero definir lo que desazona. No sé si me adueño de la experiencia tratando de ponerlo todo en palabras o estoy simplemente rechazando el caos, la confusión, el asalto constante de existir entre tantos y tantas cosas. Ángela se reclinaba desnuda en su trono, una banqueta maltrecha cubierta por un amplio y arrugado manto de terciopelo negro. Primero alzó los brazos, revelando las axilas, las mechas húmedas, descoloridas y dormidas sobre la carne hundida, porosa. Las manos, enlazadas sobre la nuca, apenas lograban erguir los senos, pero sí lograron estirar la piel alrededor de sus asustados pezones marchitos. La modelo, ligeramente conmovida por su propia respiración, perforó con la mirada el coro de estudiantes –dibujando, bosquejando y dando color a la desnudez–, hasta fijar la mirada en la pared verde al fondo del salón. Yo había colocado mi caballete de pino verde al borde mismo del deshilachado trono de terciopelo. Empecé por bosquejar la silueta, las proporciones, las curvas y pliegues del desnudo. Acabé por concentrar mis trazos en los pies. Las uñas eran cerezas de esmalte desconchado; tenía pies de mármol arañado; su dedo índice, como en las esculturas griegas, sobresalía, tentador, junto al deforme dedo gordo. Los zapatos de tacón alto habían comprimido sus deditos en un amasijo de apretadas uvas. Conté los dedos del dibujo, seis en el pie izquierdo y cuatro en el derecho. Me dio bastante trabajo rectificar el error. Si te conmueven los pies de una mujer, su base maltratada, entonces todo su cuerpo relumbra y puedes hasta emborracharte con la lluvia dorada de su orina. Traté de no mirar con desgano sus extremidades y de olvidar los pies de otras pasadas mujeres. Tiene que haber, debe existir la posibilidad de cosechar, de apreciar y gozar de la belleza enriquecida, acumulada en un cuerpo por las estaciones. Si podemos admirar la pátina del tiempo en un cuero suave y flexible, en la lustrosa madera manoseada, en la piedra trabajada, carcomida y desmoronada, ¿por qué no las betas de una carne lamida por los años? Y rescatar la obstinada superficie, la piel que el tiempo ha perforado y pulido. 3 Tuve que aguantarme, controlar mis deseos de salir corriendo, durante cuatro tediosos años. Dos años han pasado desde que me dieron eso que llaman aquí tenure; me nombraron profesor de Latin American Studies. No obstante tenía que huir del gueto, del mundo de la enseñanza, no soportaba la ilusión de seguridad, no apreciaba el respeto de los estudiantes, y mucho menos la pretensión de saber algo, de tener algo que decir. Tal vez me quería castigar, flagelar por ser un traidor a la patria. Antes de desertar, de abandonar la isla y venir a vivir y morir en los United States yo había sido durante veinte anos un verdadero creyente en la Revolución cubana, un marxista comprometido, estremecido de fervor revolucionario. ¿Cómo podía dedicarme ahora a enseñar si mi vida era un error? Creo en las devastadoras virtudes de un loser. La cultura anglosajona me ha penetrado, violado, revelado facetas de mi personalidad que hasta ahora desconocía. Soy un loser, un perdedor, y en realidad no me importa ganar, solo me interesa la intensidad de mis sentimientos. Me regodeo en la caída. La tragedia me asienta mucho mejor que el éxito. Don Quijote jamás deshizo un entuerto. Bolívar murió convencido de que había arado en el mar. Ahora y solo ahora –después de mi crueldad con las tiernas y hermosas mujeres, de mi desastrosa entrega al sueño encarnado del socialismo, de haber contribuido a la polución del ambiente, de haber escrito y hablado mierda hasta por los codos, y de contemplar en el espejo las devastaciones del tiempo en mi cuerpo ruinoso– comprendo y aprecio a fondo los humillantes pleasures of loserdom, aprecio los placeres de la perdedumbre.
4 ¡Qué alivio! No pienso volver a correr, a ir
jogging, a trotar como si tuviera la más remota idea
de mi destino. Uno aprieta el paso cuando encuentra un
punto en el horizonte que reclama tu presencia. Ahora
simplemente deambulo por la ciudad sin rumbo fijo.
Pensar que no hace mucho, apenas unos meses, salía cada
mañana, iba jogging antes de sentarme a
desayunar, primero por la carretera de Hadley, bordeada
de arces y abedules y olmos que me contemplaban
inmóviles, burlándose de mi inútil derroche de energía,
y luego por las sendas del campus de Smith, entre la
grama uniforme, repulida, tediosa como todo ideal. ¿Por
qué? Para lucir integrado, agradecido, parte de la
sociedad que me había acogido como refugiado político; o
tal vez para dormir mejor, agotado al final de cada
jornada. Había comenzado a trotar diariamente más o
menos cuando me hice ciudadano norteamericano. Corra o
no corra, jamás llegaré a ninguna parte. Otra cosa:
aunque tenga que ir descalzo no vuelvo jamás a ponerme
otro par de zapatos deportivos; detesto esas acolchadas
bañaderas de absurdos diseños, esos ridículos zapatos de
payaso. De ahora en adelante solo introduzco los pies en
mocasines de piel marrón.
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