| LA JIRIBILLA | |
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CITA CON LA MUERTE
(Primera semana de agosto. Año 1972) – Vamos a comer un pulpito y que se jodan los socialistas –propone Paco Urondo, con la voz rupestre que suele impostar para imitar a esos vascos que ambos tenemos como ancestros. Y nos metemos en El Pulpito, la sucursal de ese admirable restaurante que es El Pulpo, donde suele almorzar monsieur le patron, Jacobo Timerman. El pulpito, en la esquina de Reconquista y Tucumán, es prácticamente una prolongación de La Opinión, cuya redacción está situada a pocos metros. El gallego del bar nos sirve una generosa porción del prestigioso cefalópodo que le da nombre al boliche: las rodajas tensas y tiernas a la vez, bañadas en aceite de oliva y convenientemente empolvoreadas con pimentón español, que habremos de acompañar con un vinito verde que no será del Ribeiro pero se deja caer sin sobresaltos por nuestros recios gaznates. – ¿Te gusta, bestia? –pregunta Paco con la misma voz montañesa y una cerveza de barco, típicamente euskalduna, que torna verosímil la parodia. Lo miro comer y beber, con conocimiento de causa y una sabiduría adquirida en sus numerosas excursiones por Europa, donde suele alojarse en el departamento parisino de Julio Cortázar. Lo observo masticar con esa sensualidad que nos hermana y que él ha comenzado a limar en busca de una austeridad secreta, que pocos le conocen. El “hagamos tal cosa y que se jodan los socialistas”, es una muletilla para burlarse de los monjes bolcheviques que controlan con rigidez la ideología de las costumbres, pero también es otro antifaz para ocultar su creciente ascetismo, para que lo sigan considerando el Paco de siempre: el poeta bohemio, jodón y borrachín que hasta hace pocos años reunía a los “culturosos” de izquierda en su célebre departamento de la calle Venezuela o hablaba de frivolidades con Miguel Brascó y Lili Masaferro en el Bar-Bar-O de Luis Felipe Noé. Alguien, en suma, inofensivo. A pesar de su paso por Cuba y de su colaboración en el semanario de la CGT de los Argentinos que dirigió su amigo, Rodolfo Walsh. Él no me ha dicho nada pero yo estoy seguro de que es uno de los más caracterizados Clark Kent que ha reunido Timerman (sin proponérselo). Lo veo beber como un François Villon moderno y lo imagino con la capa roja de Superman y en vez de la “S” una “R” en el pecho que marca su pertenencia a las FAR. Una noche en El Pulpito, bastante pasados los dos a causa de ese vino verde más peligroso que la kriptonita, estuvo a un tris de confesármelo y, a la vez, de destapar mi propia pertenencia a la “M”: – ¿Por qué insisten, bestia, con lo de socialismo nacional? Yo estaría más de acuerdo con lo de “patria socialista”, ¿no? Parece lo mismo, pero es diferente. En cierto modo es cómica esta época de la doble vida. Fuera del diario y de El Pulpito, algunos periodistas conocidos que militan secretamente en la M, la R, la D, la P o el ERP aprenden a armar y desarmar una 45, a fabricar una caja volantera o a discutir en su ámbito el diseño de una operación, y una buena mañana salen de la casa operativa donde han estado concentrados para dirigirse, con los sobacos percudidos de adrenalina, al lugar de la acción. A veces llevan adhesivos transparentes sobre la yema de los dedos para no dejar huellas digitales, anteojos, una gorra o un mostacho teatral pegado con mastic para desorientar los identikits. Si la cosa sale bien (y hasta ahora ha salido bien), puede que lleguen por la tarde al diario para enterarse por los muchachos de la mesa de noticias que en el baño de un café (que por supuesto no es El Pulpito) su organización ha dejado un comunicado reivindicando precisamente esa operación en la que su otro yo ha participado.
Sí, es cómica esta época de la doble vida, pero todos
sabemos que en alguna cita puede aguardarnos la
tragedia. |
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