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La
dinámica experiencia de Arias
En
entrevista exclusiva, nos confesó el escritor
guatemalteco Arturo Arias que una novela tiene que ser
una experiencia dinámica, de vida, y además que “la
literatura latinoamericana ha seguido siendo igualmente
sólida que en los tiempos del boom latinoamericano”.
Norma
Ucella
|
La
Habana
El nombre, y
la obra, de Arturo Arias, resultan imprescindibles para
trazar el perfil de la literatura guatemalteca y
latinoamericana de los últimos treinta años. Doctorado
en sociología de la literatura
en la
École des Hautes Études en Sciences Sociales, París,
Arias ha
desarrollado una amplia labor docente en universidades
de los Estados Unidos. Obtuvo
el premio Casa de ensayo artístico-literario por
Ideologías, literatura y sociedad durante la revolución
guatemalteca 1944-1954 (1979) y el de novela por
Itzam-Na (1981). Ahora está de vuelta en Cuba como
jurado en la modalidad de testimonio.
—¿Qué
significación le ve usted al Premio Casa? ¿Considera que
puede ser validado no solo a partir de la legitimidad
que pueda haber tenido en los primeros tiempos, sino
luego de un cierto declive en los años noventa?
—Todos sabemos lo que pasó en el 89, en el 90 y que eso
tuvo repercusión en el Premio. Ahora hay como un repunte
de reconocimiento de la legitimidad del Premio. Es un
elemento cultural efectivo y significativo que se
comienza a apreciar desde fuera y más allá de los
lineamientos ideológicos. A mi modo de ver eso es
importante.
Yo, como viejo
ganador del Premio, puedo decir que para mí ha tenido
mucho sentido como escritor. Digamos, cuando yo gané el
Premio en el 81 fue con una novela polémica, y resultó
muy importante para mi carrera literaria. Ahora, yo creo
que lo importante es que el Premio siga cumpliendo ese
papel que tuvo en aquel momento. A saber, sacar a flote
nuevas figuras de la literatura latinoamericana. Eso
para mí es la clave. Estamos en un momento en que las
grandes figuras; las figuras ya consagradas, no están
concursando para el Premio Casa. Entonces, que la misión
de Casa sea encontrar las figuras del futuro; encontrar
las nuevas personas que están aportando elementos
creadores interesantes, diciendo algo nuevo. En la
medida en que el Premio consiga hacer esto creo que va
tener mucho peso en el futuro.
—¿Cree que la
literatura después del boom latinoamericano se mantiene
a la altura de lo que significó ese momento para las
letras del continente?
—Para mí la literatura latinoamericana ha seguido
siendo igualmente sólida, lo único que pasó con el boom
fue el elemento del mercadeo intensivo del libro
latinoamericano a nivel mundial. Como resultado de la
nueva correlación, de la globalización, etc. los libros
latinoamericanos no tienen el mismo mercado que tuvieron
en la época del boom, pero a nivel de calidad estética
estoy convencidísimo que la calidad se ha mantenido.
—Ese boom dejó algún
efecto negativo en los escritores que vinieron
después...
—Dejó un efecto negativo en el sentido de que creó en el
mercado internacional el sentimiento de que ya se
conocía la literatura latinoamericana, que los autores
del boom eran los autores significativos, por tanto, ya
no era necesario seguir explorando lo que se producía
en América Latina. Entonces, para la gente que vino
después, eso fue un problema, porque negaba un
reconocimiento por la calidad de su obra.
—Este año existe la
intención de rescatar el género testimonio que
significa, de alguna manera, validar literariamente, lo
que está aconteciendo hoy mismo en los países
latinoamericanos. ¿Le parece saludable esta tendencia de
rescatar el testimonio, sobre todo cuando puede
confundirse con otros géneros?
—Creo que los géneros se confunden y yo no le veo ningún
problema a eso en sí. A mí me gusta la mezcla de géneros
y yo escribo mezclando géneros. Esa intertextualidad es
algo muy sabroso, en lo personal. Ahora, por razones de
categorizaciones, etc. es necesario mantener una cierta
barrera, por ficticia que sea, para reconocer tendencias
y direcciones de desarrollo. El testimonio, como género,
sigue teniendo validez porque produce fuentes vivas de
lo que es la experiencia, y la vida cotidiana, de los
diferentes pueblos latinoamericanos. El testimonio se
encargaba de recoger aquellas cosas que no aparecían en
lo que se consideraban los géneros canónicos de la
cultura, reconocía las experiencias que no se conocían,
precisamente, porque grandes sectores poblacionales no
eran tomados en cuenta por lo sectores digamos
hegemónicos, esos que imponen y hacen fluir la cultura.
Esta situación sigue vigente, lo que cambia son los
temas, porque el mundo ha cambiado, y entonces
obviamente la experiencia que vive una persona que
proviene de un sector popular, en América Latina, es muy
diferente a la que vi en los años sesenta, a nivel
económico, a nivel de opciones políticas, a nivel
incluso de emigraciones y de desplazamiento, por citar
algunos ejemplos. Entonces, lo que un testimonio nos va
a decir ahora va a ser muy diferente de los testimonios
canónicos que inauguraron el género en los años sesenta.
—¿En qué proyectos
está trabajando ahora?
—Acabo de sacar una última novela que se llama Sopa
de Caracol. Literalmente salió hace un mes y por
tonterías mías se me olvidó traer siquiera un ejemplar
para mostrar. Salió con Alfaguara y estoy trabajando en
una nueva novela que se llama Arias de Don Govanni.
Fuera de eso, saqué un libro que ha tenido bastante
impacto en Estados Unidos, que es sobre la controversia
generada allá por el testimonio de Rigoberta Menchú. Se
llama La controversia en torno a Rigoberta Menchú.
Un fragmento brevísimo fue publicado en la revista Casa,
hará aproximadamente un año. Todo el libro problematiza
las implicaciones de qué es el testimonio, por qué se ha
cuestionado el Menchú, por parte de David Soleran, el
antropólogo que se lanzó en contra de ella y todo lo que
eso implica. En fin, es un texto que, por decirlo de
alguna manera, ha hecho olas en Estados Unidos.
—¿Qué hay de
vigencia entre el tema de la novela con la que ganó el
Premio y la realidad que existe hoy en Latinoamérica?
—Gané el Premio con Itzam-Na y existe una
relación entre ese texto y mis novelas actuales en el
sentido de que siguen siendo textos transgresores,
textos que buscan romper y buscan encontrar nuevos
espacios, validar incluso experiencias marginales o
marginalizadas, buscan polemizar. La novela tiene que
ser dinámica, tiene que ser una experiencia de vida, y
esa experiencia de vida tiene que ser un texto que no lo
ponga a uno a dormir, sino que lo despierte, que lo
ponga a uno a bailar, incluso que lo elogie a uno, pero
que sea un texto en el cual uno se meta. Creo que esa
continuidad sigue existiendo en mi obra.
—¿Y en cuanto al
tema de la novela?
—El tema de la novela Sopa de Caracol es un
individuo que invita a un grupo de amigos para
justificar su vida, y en el contexto de la cena se va
sabiendo que este individuo, con fama de revolucionario,
en realidad era un tipo corrupto, que se había servido
del movimiento revolucionario para robar dinero, para
utilizar mujeres, para meter contrabando. Entonces se
desenmascara todo lo que fue la corrupción que se vivió
dentro de un movimiento que se quiso ideológicamente
puro. Pero dicho así, con muchísimo humor, con un humor
acervo, irónico. No es una tragedia, es una comedia.
—¿Es realidad
latinoamericana o de su país?
—Es una realidad yo creo que latinoamericana pero de
ciertos sectores, porque no podríamos meter a todo el
mundo en la misma olla. Pero todo esto se vio, y yo
siempre he sido de la opinión de que lo visto hay que
problematizarlo, y decirlo, y no esconderlo.
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