| LA JIRIBILLA | |
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NO ES UNA LUCHA SOLITARIA
Miguel Bonasso -1.90 metros de estatura y una sempiterna sonrisa de oreja a oreja, aun cuando conversa–, es bien conocido por los cubanos. Este narrador y periodista argentino, nació en Buenos Aires en 1940, es profesor en la Universidad Nacional de Quilmes y se inició en el gremio a los 18 años en la revista Leoplán; hoy, desde Página 12 se encarga de seguir generando buenos “quilombos”. En su hoja de servicios como reportero abundan tantos aciertos como en su producción literaria. Perseguido por la Triple A y condenado a muerte, vivió en la clandestinidad hasta que comenzó un largo período de exilio en 1977. En México fue editor de la agencia ALASEI, columnista del semanario Proceso y corresponsal de diversos medios latinoamericanos. Con la novela Recuerdo de la muerte (1984) —será presentada próximamente en la Feria del Libro de La Habana—, obtuvo el premio Rodolfo Walsh a la mejor narración testimonial de tema criminal otorgado por la Asociación Internacional de Escritores Policíacos, en 1988; El presidente que no fue (1997) recibió el premio Planeta a la mejor investigación periodística y el Rodolfo Walsh de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. Con Don Alfredo (1999) obtuvo el premio de la Semana Negra de Gijón y con Diario de un clandestino (2000) el premio Casa de las Américas, institución que lo distinguiera este año con el especial de narrativa José María Arguedas. Su más reciente título El palacio y la calle publicado en el 2002 ha sido un “bombazo” también fuera de los predios argentinos. Una sorpresa, incluso para el “buenasso” de Miguel Bonasso. En los jardines del hotel Jagua de Cienfuegos donde sesionaba el jurado del Premio Casa tuvo lugar el encuentro con este conversador nato, amigo de Cuba y apasionado por demás, siempre que de actualidad y periodismo se hable.
—¿Cómo se ve el Premio Casa
de las Américas en el contexto latinoamericano? Yo diría que la inmensa mayoría de la opinión pública tiene una gran simpatía por Cuba. Yo lo viví no solamente en Argentina, sino en mi país adoptivo, en mi país del exilio que fue México. En México hay una simpatía por Cuba enorme. Esto justamente tiene que ver con el hecho de que el público argentino, la sociedad argentina siente que Cuba tiene una vocación latinoamericana y que la expresa y que por lo tanto en Cuba preocupa lo que pasa en Argentina, o sea, que el público cubano es un público que sabe y que le preocupa y le angustia lo que pasa en Argentina, o lo que pasa en Brasil, o lo que pasa en Ecuador, en Venezuela o en cualquier lugar del Caribe, que está atento a lo que ocurre. Para mí es altamente positivo.
—El Premio Casa es un
buen motivo para que coincidan intelectuales
latinoamericanos, pero casi siempre se da en medio de
una mala situación en América Latina.
Justo en el lugar donde se había aplicado con mayor ortodoxia ocurrió lo que dijo Fidel Castro en octubre en una reunión de periodistas: “Argentina va a estallar” dijo. Estábamos algunos periodistas de Página 12 y lo publicamos en el diario; al día siguiente Fidel dijo sonriente “bueno, me voy a tener que cuidar, porque digo algunas cosas, y luego salen en la primera página de los diarios”. La profecía resultó dramáticamente cierta, Argentina virtualmente reventó con un estallido popular, de alcances todavía muy difícil de saber, pues un año en la vida de los pueblos es un segundo. Es un acontecimiento histórico tan grande, tan importante, que no sabemos qué consecuencias tendrá. Algunos dicen que aparentemente no pasó nada, pues siguen los mismos gobernantes, pero creo que cuando un pueblo sale a la calle algo muy importante queda en la memoria colectiva, y el pueblo argentino salió a la calle. En esos días dijo “basta, se acabó”.
—¿Cómo logró "armar"
un libro tal? Es un libro hecho con pasión. Estuve como 5 ó 6 meses investigando con un grupo de periodistas jóvenes, el más joven tenía 19 años, quienes estuvieron trabajando conmigo en una investigación a fondo, tanto de lo que ocurría en el palacio, en el poder, como de lo que ocurría en la calle, en la base de la sociedad, en el pueblo. Después solo me quedaron dos meses, ahí vino el famoso “oportunismo de mercado”, pues la editorial Planeta me urgía salir ya. Estuve escribiendo como loco, sacando un capítulo cada 36 horas. Un récord, incluso para mí mismo que soy periodista. Es como cerrar dos páginas de Granma cada 36 horas, solo. Terrible. Al tratar de que tuviera gancho, el libro está escrito, como todos los míos, muy novelados. No en el sentido de que esté alterado ningún hecho real, sino en el de tratar de contar la crónica viva de ese estallido social y de qué pasaba arriba, en el poder, mientras la gente se sublevaba en la calle. Lo más difícil, como es de esperar, fue la investigación de lo que pasaba en el poder. Hablé con todos los protagonistas, incluido De La Rúa, hablé con los presidentes fugaces, esos cinco presidentes que hubo en Argentina durante la crisis y que fueron pasando uno tras otro. Como tanto se hace en este oficio tuve que apelar a varias fuentes a la vez para tratar de ver si los datos coincidían y en algunos casos llegué a conclusiones impresionantes sobre las cuales el poder en mi país ha mantenido en silencio hasta ahora, como por ejemplo que el actual presidente Eduardo Duhalde, en agosto del 2001, cuando todavía no era ni senador, participó en una reunión en Washington, armada por Francisco Gutiérrez, un “lobbista” nicaragüense, de la época de Somoza. Este “muy activo caballero octogenario” le armó a Duhalde una cena con importantes personajes del gobierno norteamericano y de organismos internacionales de crédito. Allí, varios meses antes de que se produjera la caída de De La Rúa, Duhalde anticipó que en diciembre iba a ser presidente de la República. Extraña profecía, que no se cumplió en diciembre, sino en enero, o sea, que la profecía se cumplió matemáticamente al pie de la letra. Curiosamente esta profecía la supo el entonces presidente De la Rúa. Por alguna razón que desconozco no la denunció, porque evidentemente era una frase casi sediciosa, con lo cual queda claro que si por un lado hubo un gran levantamiento y una gesta popular, por otro lado había una conspiración palaciega. Había una conspiración para recambiar el sistema existente en Argentina, y esto tenía que ver con una lucha muy grande entre diferentes grupos de poder del capital más concentrado de Argentina El libro cuenta estas dos cosas y también la noche del 19 al 20 de diciembre cuando la gente agarró las cacerolas y empezó a salir a la calle, pese a que De la Rúa decretó el estado de sitio. Fue como si hubiera convocado a la movilización. Ocurrió allí un hecho muy importante y es que ahí desapareció por fin el terror colectivo instaurado por la dictadura militar, aunque parezca mentira, casi un cuarto de siglo después, ese terror se disipó.
—¿Como sortear la
línea entre el periodismo y la ficción? Yo un poco me crié en ese género. Cuando escribí Recuerdos de la muerte, mi primera obra, comencé a trabajar en ese estilo, tal vez el más novelado de todos, porque incluso hago una pequeña trasgresión al género, que Walsh no se lo hubiera permitido, en eso era más calvinista que yo. Él no se hubiera permitido meterse en la subjetividad de algunos personajes, y yo me metí, que es un poco lo que se suele hacer en el género de la novela. El palacio y la calle no es así, es más crónica; por eso digo que el modelo sería Los diez días que conmovieron al mundo de John Reed, con algunas idas al pasado, para que el lector pueda entender el origen de la crisis de la Argentina, para que la gente entienda que todo lo que ha ocurrido, tiene una lógica absoluta, que ese país sometido al experimento más agudo y drástico del modelo neoliberal, es también el primero que revienta porque el modelo no sirve, porque el modelo sencillamente deja la mitad de la población por debajo de la línea de la pobreza y 9 millones de argentinos, sobre una población de 36 en total, por debajo de la línea de la indigencia. Es lo que yo le digo muchas veces a las autoridades y al poder desde Página 12: Señores, se mueren en los barrios de Buenos Aires, ya no hace falta ir a tomar fotos a Tucumán. Es la culminación de un proceso que inició la dictadura. La dictadura inició un proceso de concentración monopolista bestial, algo que muchos economistas llaman “valorización financiera”, por lo cual en Argentina se cerraron miles y miles de fábricas, cientos de miles de trabajadores fueron a la calle. Fue un proceso terrible, inhumano, salvaje, que verdaderamente conmueve. Vivir en el país no es fácil.
—La literatura y el
arte en general, tienen que haber sufrido enormemente
¿Afecta también a los consagrados? Los que se oponen en realidad, y tratan de desvalorizar nuestro trabajo diciendo “escriben muy mal”, son ellos a nosotros, a los que tenemos una preocupación social permanente en nuestros libros, a los que no podemos despegar lo estético de lo ético, a los que estamos conmovidos por el mundo que nos rodea, profundamente estremecidos por una realidad espantosa que en algunos aspectos puede recordar al Londres de Dickens, con los niños de la calle. No me imagino a mí mismo haciendo una literatura que esté despegada del tiempo que me toca vivir, es decir, una novelita sobre lo que pasaba en el siglo XIX con el general fulanito. Siempre he estado muy consciente de que tiene que haber una narrativa, de que lo central es que no podemos hacer un periodismo despegado de una narrativa, de que aún cuando hacemos periodismo contamos historias y que esas historias tienen que atrapar al lector. La peor agresión que le podemos hacer al lector es aburrirlo. Lo cual para nada tiende a abolir una visión del mundo. Yo no me disfrazo de nada. Todo el mundo sabe que mi posición sigue siendo revolucionaria, que yo combatí como guerrillero en los 70. Yo no me he pasado la goma de borrar como han hecho otros que se han cambiado de identidad por acomodarse a los tiempos. Sigo siendo el mismo, diciendo las mismas barbaridades y enfrentando de manera frontal al poder, pero sin aburrir. Tratando de enganchar al lector joven. Hay cosas que forman parte de la trama de nuestra vida y que los jóvenes no conocen o no tienen recuerdos afectivos de ellas. Por ahí lo han leído, pero no han vivido la experiencia. Entonces uno tiene la obligación de situarlos, de ubicarlos ahí, de darles todos los elementos para que lo puedan entender plenamente y les puedo decir que mi alegría es que, por ejemplo, Recuerdos de la muerte, el libro que ahora sale en Cuba, es un libro del que permanentemente por año se siguen vendiendo cinco mil ejemplares aproximadamente. Ya no es el comienzo, cuando salió vendió como doscientos mil en su primer año y medio. Ahora vende como cinco mil, lo cual significa que se sigue renovando un público y que ese público es un público de muchachos y yo lo veo cuando voy a las ferias de libros. En las colas donde se firman los libros veo muchachitos de 15 años. Que son una esperanza además. En un sentido que va más allá de mi obra, de la mezquina referencia personal. Lo que me entusiasma como argentino es pensar que hay nuevas generaciones que están interesadas en todo aquello, a las que no lograron borrarles la cabeza, estupidizarlos, y se me acercan y me dicen “este libro me cambió la vida”. Muchachos de 15 años. Eso es lo que más me conmueve, ver que se renueva un público juvenil, que es la posta generacional, son los que nos suceden, son los que vienen. Para ellos hay que contar las historias fundamentalmente. No digo que no las cuente para los viejos o para los maduros, pero las cuento centralmente para los muchachos. Y ya que hablamos de la creación, les voy a dar una primicia para La Jiribilla. Estoy pensando en una adaptación del Conde de Montecristo, que se va a llamar La venganza del señor Conde, y que es un Conde en esta época, no de la época napoleónica. Todo el mundo cree que el Conde es un millonario español que viene a invertir y en realidad ha sido un prisionero argentino que vuelve a vengarse. Una venganza de todas las que le han hecho, que no son pocas y en particular del vaquero que le quitó la novia, a Mercedes, como ocurrió con Edmundo Dantés. Entonces estoy saboreando la idea de meterme de cabeza en este folletín, y contarlo además con las técnicas del folletín. Por supuesto, están presentes todos; los banqueros son los culpables de la crisis en Argentina, por lo tanto, la venganza contra el banquero creo que expresa un deseo colectivo, que yo ejemplifico con este tema individual. Va a ser una novela de aventuras, una novela divertida, incluso con mucho humor. Es lo que sueño hacer, un libro entretenido, apasionante. Como ven, tampoco puedo despegarlo de la realidad circundante. El periodista y el escritor están en perpetua lucha y finalmente se ponen de acuerdo, llegan a una síntesis.
—¿Cree usted que el
género testimonio esté revalorizándose en estos momentos
en América Latina debido a la coyuntura internacional? Entiendo que cuando dijo eso no quería referirse solo a las autobiografías, a los libros de memorias tradicionales, porque dio como ejemplo la Historia de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, que sería la primera crónica escrita por un soldado de la conquista respecto a la conquista de México por Hernán Cortés. Calculo que Fuentes aludía -indirecta o metafóricamente- al género testimonial del que estamos hablando, que tiene una explicación muy racional. Este continente para su desgracia y para su virtud, tiene situaciones tan dramáticas, tan increíbles, tan novelescas, tan impresionantes, que a mí me cuesta pensar que alguien pueda imaginar desde la ficción situaciones de novela, de romance, más dramáticas, o más risueñas o más ridículas que las que ocurren en la realidad. En este libro, El palacio y la calle, yo cuento que De la Rúa momentos antes de renunciar, le pregunta a su secretaria, “¿sacaste las cosas del baño?”, como si dentro del baño hubiera algo estratégico o qué píldoras tomaría el señor. Esto parece de García Márquez. Mientras la gente se movilizaba en la plaza, las secretarias iban huyendo del palacio y cargaban con todo apresuradamente: computadoras, CPU de las máquinas, carpetas y fólder, en carritos de supermercado. Y en el libro escribo textualmente “lo único que faltaba allí es que en el famoso Patio de las Palmeras que está dentro de la Casa Rosada entrara a pastar la vaca de El otoño del patriarca, de García Márquez. La realidad es tan rica, tan pródiga que cuesta imaginar una realidad más sórdida, más terrible, como la que estoy leyendo en algunas obras colombianas que concursan, sobre lo que puede ser el mundo de ciudades como Medellín, la sordidez de los sicarios, de los chicos de la calle, de los narcos, es decir, es un mundo espeluznante, un submundo, una subcultura terrorífica. Por otro lado, qué novela negra puede haber mejor que los asesinatos políticos ocurridos en Argentina en estos años, no descubiertos en este momento. Ahora todo el país está estremecido por lo que ha ocurrido en un country club, que son esos barrios de los ricos, con sus casas y sus piscinas, protegidos por una muralla de seguridad de las villas miseria, que están cerca y a las que miran con terror. Pero el crimen ocurrió adentro, lo perpetuaron ellos mismos, no vino nadie de ninguna villa a matar a María Marta García Belsunse, hija de un jurista vinculado a la dictadura militar, perteneciente a una familia patricia. Toda la familia encubrió el crimen. Tiraron un proyectil por el inodoro. Dijeron que se había caído y se había roto la cabeza en la bañadera. Un fiscal medio cómplice lo tapó. El cuerpo se lo llevaron. Después otro fiscal sospechó, exhumaron el cuerpo y vieron que tenía cinco balazos en el cráneo. Ni Agatha Christie lo puede imaginar…, por supuesto, que todavía no se sabe quién es el culpable y probablemente no se sepa nunca. Me cuesta imaginar si Raymond Chandler viviera en estos momentos en Buenos Aires, pudiera escribir una trama más complicada, más negra y al mismo tiempo más demostrativa de la decadencia y la degeneración a que ha llegado la clase alta Argentina. Es una clase profundamente corrompida como la de los marqueses, previa a la revolución francesa. Es una clase hecha polvo, en plena decadencia y hecatombe, peligrosa hecatombe.
—¿Cuál es el lugar
que ocupa la literatura -su literatura- en el mercado del libro? El otro día voy a comprar unos dulces para el desayuno y me ataja el panadero con El Palacio y la calle en la mano y me dice “Óigame, ¿lo firma?”. Pasó como cuando escribí Don Alfredo, una biografía de Alfredo Yabrán, empresario vinculado al presidente Menem. En esos días tuve que hacer para Página 12 una investigación sobre el primer testigo de identidad protegida en Argentina: me fui a un antro horrendo en Mar del Plata. Ustedes no tienen idea de lo que era aquello. ¡Alucinante!. Me dije: “quién me va a reconocer aquí” y por eso me había citado con este testigo en ese lugar, que parecía de novela negra. Nos sentamos a la mesa tranquilos, pero viene el mozo, me palmea y me dice “grande Don Alfredo, jefe”. Entonces digo, “estoy a salvo de la Academia. No hay ningún peligro de que me metan dentro de la “onda borjeana”, ni dentro de la onda de Octavio Paz. Planeta no me publica porque sea de izquierda, me publica porque gana mucho dinero con mis libros. Es la editorial más fuerte en estos momentos en Argentina, junto con Editorial Sudamericana y las dos se pelean por tenerme.
—¿Mantiene la
misma fuerza esa tendencia del arte de la incomunicación
que invade a muchos intelectuales latinoamericanos? No se advierte a alguien de esa talla que venga de nuevas generaciones. Seguramente aparecerán, porque es un país que produce muchos escritores, en el que hay mucha gente talentosa, como me decían aquí los jurados de novelas, que tienen varias novelas argentinas. Han sido premiados muchos autores argentinos en Casa de las Américas. Por eso hacía la advertencia antes de que no soy un crítico literario con la autoridad para poder decir si está pasando o no.
—Dicen que de las
grandes crisis salen grandes soluciones... Como sería de estratégico que Venezuela ingrese al MERCOSUR y que se pueda hacer una gran alianza sudamericana, como lo insinuó Lula en su discurso, que naturalmente a Washington no le va a hacer ninguna gracia y está tratando de impedirla por todos los medios, entre otras cosas tratando de que Chávez se caiga rápido para que un golpe oligárquico impida que Venezuela se sume a esta alianza. Es estratégico el papel que podría jugar Venezuela como productor petrolero naturalmente y como productor de energía. Sería muy bueno que en Argentina surgiera por lo menos una suerte de coalición de centro izquierda, aunque no sea plenamente de izquierda, que pudiera cohesionar y darle más fuerza a una virtual coalición entre Brasil, Argentina, Venezuela, porque eso arrastraría inevitablemente a los otros países sudamericanos hacia la coalición, eso los obligaría a todos a entrar al pacto sudamericano, por así decir, al gran pacto sudamericano, y eso tiene una importancia enorme para el conjunto de América Latina. Es una forma de neutralizar lo que Estados Unidos quiere, que es la virtual adicción colonial de nuestros países a través del ALCA. Yo creo que eso es estratégico y yo creo que en mi país se puede dar, aunque no sea un gobierno que nos conforme de manera total, ni mucho menos, pero que por lo menos tenga entre sus principios la alianza a muerte con Brasil y con Venezuela si logramos que Venezuela entre al MERCOSUR.
—En esa gran crisis
que tiene Argentina ¿Qué pasará con la literatura y el
periodismo? Lo he visto en la presentación de mis libros, cuando alguien me ha dicho que Planeta ha puesto a 26 pesos cada ejemplar y no lo puede comprar; algo que a mí me desespera porque si vendiéndolo a 26, la primera edición de 10 000 ejemplares se agotó en una semana, qué hubiera pasado si lo sacan a 20 o a 19. El libro se vendería en la panadería, junto con el pan, que es a lo que aspiro. Hay mucha gente que no puede leer por razones económicas, y esto es lo terrible. A la larga puede haber un proceso degenerativo en el que se vaya embruteciendo la población en general, que es a lo que creo que aspiran, a que baje el nivel cultural en el país y a que aumente el analfabetismo para mantener las formas de control cada vez más drásticas. Formas de dictadura bajo apariencia de democracia. El papel que juegan la literatura y el periodismo en el país es muy importante. El periodismo en particular, sobre todo el de investigación, ha sido esencial para marcar la corrupción del poder, para señalar qué podrida está la estructura de poder del país, qué corrompidas están todas sus instituciones. La justicia está corrompida, el poder legislativo está corrompido, el poder ejecutivo está corrompido; pero cuando digo corrompidos, digo podridos auténticamente. Hay una podredumbre y una decadencia profunda en esas instituciones. Y la gente en la calle nos alienta. Para los periodistas que somos independientes del poder y que estamos denunciando lo que está pasando, el apoyo popular es inmenso. Significa, yendo a su pregunta, que tiene un gran valor. La gente nos tiene mucho respeto, incluso a veces hasta un respeto excesivo, porque nos cargan con responsabilidades que no son nuestras. Nosotros no somos ni fiscales, ni jueces, ni legisladores, ni funcionarios del poder ejecutivo para arreglar los problemas. Pero sí es evidente que la prédica no es en vano y por eso no importa que hagan atentados, como el que hicieron el 26 de noviembre en frente de mi casa, donde desalojaron a un custodio violentamente. Ninguno de nosotros tiene miedo en lo personal. No nos van a poder correr ni un milímetro de lo que escribimos. Nos podrán matar, yo lo escribí en Página 12, a mí me podrán matar. Eso sí, matarme es fácil, pero no van a lograr que yo modifique mi línea ni un milímetro y esto no es jactancia. Créanme que es la verdad, porque nos sentimos acompañados por la gente, porque sentimos que buena parte de la sociedad está harta de este país corrupto y en decadencia y quiere cambiar. Piensan que los que investigan pueden empujar en esa dirección, entonces uno no se siente solo. No es una lucha solitaria.
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