| LA JIRIBILLA | ||
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DESNOES EN CASA
Edmundo Desnoes regresa a Cuba luego de 22 años lejos de sus amigos y de aquellas no tan pequeñas cosas que dejó en La Habana. Le abordamos a la salida del almuerzo en el hotel Jagua, de Cienfuegos donde tienen lugar las sesiones de lectura del Premio Casa de Las Américas y en un ambiente amistoso conversó para La Jiribilla sobre esta experiencia del regreso. Su novela Memorias del subdesarrollo llevada al cine por Titón ha tenido las más diversas lecturas por varias generaciones. En más de una ocasión se le ha visto emocionado por el respeto con que los más jóvenes aluden a su obra. “Estoy conmovido y atolondrado” dijo. Muchos recuerdan aquel primer retorno a la Isla en 1960, cuando fue redactor del periódico Revolución y del suplemento cultural Lunes. Como editor, participó en la creación de varias colecciones de clásicos literarios, y entre lo más entrañable de su visita se rememoran aquellos días en que compartió con Roque, Cortázar, Lisandro, Ambrosio, Retamar y otros, el consejo de redacción de la revista Casa de las Américas. Memorias del desarrollo, su próxima novela, aunque no incluirá los detalles de esta estancia en la Isla, pretende develar algunas de sus vivencias en los Estados Unidos. —¿Cómo recibió esta invitación a ser jurado del Premio Casa de Las Américas? —Fue muy bien recibida. Fui fundador de la revista Casa. Lo importante de todo ello es que sobrevivimos. La revista, la Casa y nosotros hemos sobrevivido. Eso me permite recomendarle a cualquiera, sea escritor o no, lo importante que es aprender eso. El ejemplo de que durante todos estos años haya permanecido esta institución, cuando otras cerraron, es el mayor mérito. —Pero no es solo una relación de sobrevivencia… —Ese fue el primer punto. Ha habido distintos momentos, pero siempre se mantuvo un perfil de tolerancia y eso también ha sido bueno.
—¿Qué le mantuvo tantos años fuera de Cuba? ¿Por qué no regresó antes? —Mi decisión fue no vivir como un exilado, soñando con Cuba. Yo tuve que congelar la experiencia de mi vida en la Isla y dedicarme a integrarme a una sociedad nueva con valores y parámetros distintos, y eso tomó todas mis energías. La división que crea el hecho de vivir mitad aquí y mitad allá, pensando en Cuba, es desgarradora. Esa fue una de las razones. Pero ya es la etapa final de mi vida y creo que es un buen momento. También hoy hay más apertura en este sentido, y las diferencias con mi generación son menores. El hecho de que estemos todos vivos y podamos encontrarnos todavía es lo más importante. En el pasado, en la primera etapa, todo se explicaba con la teoría. Ahora está funcionando al nivel de los sentimientos y las emociones. Ya lo he dicho, me siento aun conmovido y atolondrado. Todo esto significa regresar a la amistad y a la sangre; tengo sobrinos y gente que hace 22 años que no veía, e incluso sobrinos que no conocía. Es una parte esencial de mi vida. Tal vez lo más importante fue que en el exilio nunca me puse a favor, ni en contra. Quise abarcarlo todo. Eso me desgarró, como en el caso de Camus, salvando la distancia. Mantener una posición clara y no simplemente tomar partido, creo que es lo esencial. Yo regreso, en realidad, la primera vez a participar en la Revolución, y en este momento regreso a los amigos, a una generación que está a punto de desaparecer, a compartir con ellos, con mis familiares que quedaron aquí. —Usted fue una de las primeras personas que reunió en una antología: Los dispositivos en la flor. Cuba: literatura desde la revolución (1981), a escritores cubanos de dentro y fuera de la Isla. ¿Qué razones lo movieron a ello en esos años y qué consecuencias le trajo viviendo en los Estados Unidos? —Cuando llegué a los Estados Unidos no podía renunciar a mi pasado. Hay personas que hacen divisiones, cuando están a favor son fanáticos y cuando están en contra también. Aunque dejé la Revolución y el país, no podía negar que durante 20 años había vivido una vida de compromiso. Si negaba eso, negaba mi vida. Quería salirme del fanatismo y ver con apertura lo bueno y lo malo. Al llegar a los Estados Unidos me quisieron reclutar para la oposición. Eso pasó en 20 años. Quieren que tomes posición porque viven de eso. Claro, sucedieron cosas lamentables y dolorosas. Reinaldo Arenas se molestó y me acusó de ser un agente de Cuba comunista. Sin ninguna base. Según él, yo estaba polarizado. Insistía en que él representaba un punto de vista puramente estético, que no tenía posición política. Asistía a mis conferencias, llevaba una especie de atomizador paralizante, hubo pelea entre sus amigos y mis estudiantes. Fue a ver al gobierno norteamericano y dijo que yo era un agente del comunismo por haber publicado esa antología y que estaba tratando de captar a intelectuales norteamericanos para apoyar a la Revolución y a la política de Nicaragua que fue el momento en que se publica el libro. Lo que yo quería era unir a un conjunto de escritores, que incluyera a toda la literatura cubana con sus diferentes puntos de vista. —¿Nunca más han pretendido reclutar como usted dice, a Edmundo Desnoes para esas posiciones extremistas contra Cuba? —Nunca más volvió el FBI a visitarme. Yo soy ciudadano norteamericano y no pueden tratarme de otra manera. —¿Qué se propone Edmundo Desnoes con esta nueva novela Memorias del desarrollo? ¿Cuáles serán las coincidencias con esa obra anterior que sirvió de guión al filme de Titón, Memorias del subdesarrollo? —Para mí, de Memorias del subdesarrollo lo más importante es la ambigüedad. El asunto no es estar a favor o en contra, sino hacer pensar, reflexionar, no tener una sola posición. Creo que esa es la razón por la cual los jóvenes se identifican con la obra, le dio un espacio a otras visiones menos cerradas, dogmáticas, fanáticas. A mi regreso he visto a los jóvenes saludarme y hablarme de la película. Les dio un espacio a otras visiones, incluso literarias, frente al mundo más imaginario que les propone García Márquez, Carpentier. Con el uso de la primera persona les propuse la duda, la intimidad, lo que uno piensa y siente. Eso es lo que sigue vivo del libro. El nuevo libro pretende eso mismo pero ya en Estados Unidos. Va a incluir mi vida en Cuba y las experiencias allá. — ¿Esta experiencia de ahora no se incluirá en el libro? —No, porque entonces sería caer de nuevo en todo lo de ayer. Pero sí incluye el recuerdo de Cuba, los primeros 20 años y pretende un acercamiento a tratar de entender la nueva sociedad. Ya que hay tantos latinos, hispanoparlantes en Estados Unidos, son 20 millones, tan importante como la población negra en Estados Unidos, entre los chicanos, dominicanos, ecuatorianos. Creo que, en parte, hay que ayudarlos a entender el mundo norteamericano, y a planteárselo como problema porque el latino tiene gran dificultad para lograr entender los Estados Unidos, porque es otra cultura, otra lengua otra mentalidad. Esa es una de la funciones de la nueva novela. También, explicar ese mundo desde el sentimiento y la psicología latinoamericana, cubana, fundamentalmente. Nosotros cuando hablamos usamos la lengua para expresarnos, para ser. En Estados Unidos, la lengua es un instrumento para expresar cosas. A nosotros nos va la vida en la palabra, en una discusión. (Risas) En aquel momento se creyó que una obra como Memoria... no era la solución, no era el mundo imaginario de Carpentier o García Márquez, y la realidad ha demostrado que sí, que era el futuro, sobre todo para los jóvenes, al mantenerlo. Decía Juan Ramón Jiménez que lo clásico es lo vivo. Mientras los jóvenes te lean, existes y estás vivo. —¿Esta visita a Cuba abre una puerta para futuros encuentros? —Sí, ha sido una experiencia muy positiva. Estoy sorprendido por el cariño y la recepción que he tenido. Espero que la visita tenga futuro, parte del futuro que me queda. Lograr el equilibrio quizás sea el ideal. En la medida en que mi generación no habla tanto ya de los problemas ideológicos y el país tampoco, porque está más dedicado a resolver cosas, y sobrevivir como una identidad socialista, pero con libertades y consumo. Eso aunque se hace para que la Revolución sobreviva, y se paga un precio muy alto, por ello, genera diferencias entre los que tienen dólares y los que no tienen. Yo tengo una metáfora sobre eso… Los que se quedaron son raíces, que están en la tierra, no se pueden mover, inclusive puede haber fango a su alrededor, yo estoy en las ramas, en la intemperie, a veces hay calor, hay nieve… pero somos el mismo árbol. Los que se quedaron, las raíces, lo ven todo, el que esta en las ramas ha perdido la raigambre, pero es parte del mismo árbol. —¿Cómo defender lo auténtico de la cultura cubana estando aquí o allá? ¿Cuál es el papel de los intelectuales estén donde estén? —Hay que mantener la lengua y no dejarse absorber por las cosas de superficie, eso trae el consumo, tener una cosa hoy y otra mañana, nunca se interioriza, se profundiza. Y nosotros, ya no solo por razones políticas, intrínsecamente somos polos opuestos. El pueblo anglosajón y el cubano se pueden comunicar, pero tenemos visiones diferentes sobre el mundo, y eso parte de la lengua, la forma de sentir y comunicarnos. Si nos sometemos a ese otro punto de vista perdemos nuestra identidad. —¿A pesar de los años lejos de la Isla, sigue defendiendo como identidad, la cubana? —No puede ser de otra manera. Yo nací en español, y nací en Cuba. Por mucho esfuerzo que haga no sería auténtico. —¿Qué sueños le quedan aún por realizar? —Tengo 72 años, debo adaptarme a ser lo que soy. Cuando uno llega a cierta edad, tiene que vivir en el presente y en el recuerdo, si uno tiene un proyecto muy grande puede tener una frustración. Uno no debe plantearse nuevos planes que lo puedan desgarrar, sino saber aprovechar el momento. Sería ideal que nos comunicáramos y nos entendiéramos todos mejor. Yo creo que la historia de la humanidad es la historia de los fracasos. Todos los imperios caen, todo el mundo es mortal, la esencia de entender qué somos es saber que somos mortales, que cometemos errores, fracasamos… Toda la literatura, Don Quijote, Hamlet, está hecha con elementos de fracaso, es una ilusión vana pensar que vamos a triunfar siempre. Hay que aceptar también la posibilidad del fracaso, somos individuos condenados a morir. Esa es la esencia del pensamiento de Memorias del desarrollo: el sentido trágico de la vida es esencial para gozarla, para decirlo pronto y mal. —¿Venir a Cuba puede traerle algún problema a su regreso a los EE.UU.? —Ahora hay un movimiento en los EE.UU. que yo llamo el triángulo de la maldad: Corea, Irán e Irak. Cuba está, para ellos, en una segunda categoría. Han tratado de acusarla de que es un país terrorista, que hay armas de destrucción masiva, biológica, factor que utilizan diciendo que si aquí hay médicos y desarrollo biológico, debe haber más posibilidad de crear esas armas. La persona que estaba a cargo de los intereses de los latinoamericanos en el gobierno era un judío-cubano que quería convertir a Cuba en el enemigo y mantener la tensión. En estos momentos eso se mantiene latente, pero no ha estado tan activo porque están más concentrados en su triángulo del mal. Yo soy ciudadano norteamericano, me tienen que dejar regresar al país, pero sí pueden tener en cuenta que haya sido invitado por la Casa, puede que se recrudezcan las medidas. Aceptan que venga a visitar la familia, eso es sagrado, pero cuando uno viene a un ambiente que se presta a una institución calificada de marxista y socialista, y de pronto quizás también terrorista, porque el sistema es considerado así, no creo que tenga problemas, pero puede ser. —¿Le preocupa eso?
—Yo estoy ya viejo, no me van a hacer nada y no me
preocupa tampoco. No creo que me vayan a llevar para la
base de Guantánamo. |
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