LA JIRIBILLA

EL CENTRO PABLO EN LA XII FERIA DEL LIBRO
 
Como en ediciones anteriores, el Centro Pablo tendrá un espacio en la próxima Feria del Libro, con títulos del catálogo de su sello editorial La Memoria y casetes editados por la Colección Palabra Viva. Adelantamos algunos textos tomados del libro De nube en nube, que reúne artículos periodísticos de Luis Rogelio Nogueras.

Estrella Díaz |
La Habana

Como en ediciones anteriores, el Centro Pablo tendrá un espacio en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana, con los títulos del catálogo de su sello editorial La Memoria, que incluye los primeros ocho tomos de las obras completas de Pablo de la Torriente Brau en la Colección Palabras de Pablo; los casetes editados por la Colección Palabra viva realizados a partir del archivo personal Orlando Castellanos, periodista incansable y hermano querido que fundó y dirigió durante años el programa Formalmente informal en la emisora Radio Habana Cuba.

En la Feria serán presentados los títulos Recuerdos de la próximo Olimpiada, editado con la colaboración del Comité Olímpico Cubano y ¡Arriba muchachos!, de Pablo de la Torriente Brau: Narrativa y Cartas y crónicas de España, también del cronista, publicados ahora en coediciones por el Centro Pablo y el Instituto Cubano del Libro.

También serán presentados en esa fiesta del libro, el reciente cuaderno Memoria dedicado al III aniversario del espacio A guitarra limpia y los casetes Antología 3 que reúne a los trovadores que nos acompañaron en ese espacio durante aquel año, y Teresita canta a Martí, con poemas de Ismaelillo musicalizados por la trovadora.

Especialmente para La Jiribilla, adelantamos algunos textos tomados del libro De nube en nube, que reúne artículos periodísticos del poeta y narrador Luis Rogelio Nogueras. Este título con palabras introductorias de Silvio Rodríguez, Guillermo Rodríguez Rivera y Virgen Gutiérrez, que realizó la selección de los textos junto al editor Emilio Hernández, también incluye un "ultílogo" del poeta Víctor Casaus, que recorre la vida y la obra de Nogueras.

El ROJO DE NUBE EN NUBE
Nadie sabe exactamente cuándo se conocieron Luis Rogelio Nogueras y Orlando Castellanos. Lo cierto es que la primera entrevista que este le realizara fue transmitida por el programa Formalmente Informal, de Radio Habana Cuba, en 1978, y ya para entonces eran amigos.

Durante al trabajo periodístico que en varias ocasiones los reunió en los estudios radiales o en la casa del propio Orlando, imaginaron proyectos, como buenos soñadores que fueron los dos: Wichy planeó una película sobre un hombre de radio que desde niño se vincula al medio, a los quince años es dueño de una emisora y aun antes de la madurez es un renombrado periodista. Esto es, la vida del propio Castellanos. Este, ferviente lector conocía los trabajos periodísticos que el poeta había publicado en diversas revistas y lo conminó a que los reuniera y conformara en un solo volumen, y como aquel le respondiera con una de sus estruendosas carcajadas, lo amenazó con publicarlos bajo la firma de Orlando Castellanos.
Poco tiempo después Wichy desapareció y se llevó el guión de esa película que hubiera convertido a Castellanos en un personaje del cine cubano.

A mediados de la década del noventa, Orlando me propuso que compiláramos las crónicas de Wichy donde el poeta contaba acerca de los viajes que había hecho por diferentes lugares del mundo: España, Vietnam, Francia, la ex Unión Soviética, etcétera. Localizamos quince textos que vieron la luz entre 1984 y 1985 en entonces enfermó Orlando y no quedó tiempo para seguir adelante.

Ahora, gracias a la generosidad de los amigos de ambos, esas páginas olvidadas, casi inéditas, junto a otros textos extraídos de publicaciones de la época y hoy prácticamente desaparecidas, se concretan en este libro que sobrepasa las aspiraciones iniciales de los dos hermanos “que andarán de la mano” contándose chistes, recordando historias de amores vividas, saltando “de nube en nube, bellos como huracanes”, riéndose de lo lindo, guiñándole los ojos a los que acá seguimos haciendo realidad sus sueños.

Son varios los que han contribuido a la publicación del libro pero queremos agradecer muy especialmente a la pequeña Ámbar por permitirnos pagarle esta deuda a su padre.

A Rosa Báez, por facilitarnos la bibliografía y la cronología de vida de Nogueras, que forman parte de su acuciosa investigación sobre su vida y obra, y que puso desinteresadamente a nuestra disposición. A Elda Gutiérrez, Arquímides Nubiola, Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera y tantos otros que han prestado su concurso para hacer realidad este proyecto.

Y naturalmente, a Silvio Rodríguez, sin cuyo respaldo hubiera sido imposible la existencia de De nube en nube.

Estamos seguros de que tanto sus artículos dedicados al cine o la crítica literaria, y principalmente las crónicas, reseñas o como queramos llamarles a las impresiones que causaron en Wichy las gentes que conoció en sus viajes y las cosas que descubrió en aquellos sitios, proporcionarán al lector una nueva faceta de aquel que quiso vivir quince mil vidas y continúa hoy caminando senderos nuevos entre los que aún creemos en su talento y seguimos seducidos por la magia de su ingenio.
Virgen Gutiérrez

LUIS ROGELIO NOGUERAS, ARTICULISTA
Una amistad de más de veinte años la mitad del poco tiempo en que Luis Rogelio Nogueras estuvo entre nosotros, me hizo acceder desde tiempo atrás a muchos de estos artículos. Pero también es cierto que muchos de ellos los tenía olvidados o, mejor, traspapelados entre ese montón de cosas que siempre guarda la memoria. Por lo menos, la mía.

Sí, porque ahora que vuelvo a leer para mi alegría “Intertextualidad, textualidad y supratextualidad en el Directorio Telefónico de Ciudad de La Habana”, me doy cuenta de que lo recordaba perfectamente y todavía me parece ver a Wichy en la biblioteca del ICAIC, a la que los buenos oficios de Alfredo Guevara habían llevado a un puñado de jóvenes cubanos, de dentro y de fuera, para dialogar sobre literatura cubana. Allí estaba Lourdes Casal, aproximándose como Nogueras al temprano final de su vida. Pero había también algunos “no-cubanos”. Fue precisamente la peruana Irene Vegas García quien preservó ese texto que luego Roberto Fernández Retamar hizo editar en la revista Casa. Ahí está Wichy de espíritu entero: volteando la seriedad de aquella reunión a través de esa sabrosa parodia de la crítica hermenéutica que me sigue haciendo reír veinte años después.

Lo que estos artículos, escritos todos para publicaciones periódicas muestran, es la amplitud de la curiosidad intelectual de Nogueras, y esa avidez que lo hizo también intentar múltiples medios de comunicar: cine, narración, artículo, poema.

Ese fue uno de los rasgos fundamentales de ese escritor vuelto hacia todos los misterios que él mismo contuvo.

Es curioso el único homenaje que aparece aquí dedicado a la música: el artículo en que Nogueras rinde tributo al tempranamente desaparecido cantautor venezolano Alí Primera.
Creo que si a Wichy hubiera que destinarle una segunda patria, algo así como una patria suplente, esa sería Venezuela. Vivió allí varios meses y luego, allí, hizo amigos que no lo olvidan y otros que lo recuerdan y hasta lo frecuentan sin haber podido conocerlo.

Como jefe de redacción y editor de Cine Cubano, tuvo la oportunidad de recorrer muy diversas zonas del mundo a donde lo llevaban las múltiples relaciones de nuestro cine.

Ahí está el contacto con la gran actriz sueca Liv Ulmann, encontrada en un vuelo aéreo; el encuentro con el documentalista vietnamita Hong Sen; o esa meditación sobre “América Latina, el crítico de cine y la complicidad” que es, sobre todo, un reclamo del reconocimiento de nuestras especificidades culturales; o el elogio del trabajo de Tomás Gutiérrez Alea, a quien siempre admiró, o la exaltación del canadiense Norman McLaren, como para que nadie olvide que lo primero que hizo Nogueras para el arte fue un dibujo animado.

Pero, además del cine, estaba el infalible amor del Rojo por la literatura, y muchas veces de esos viajes cuyo objetivo era el trabajo para la revista, se valió Wichy para frecuentarla. Uno de estos artículos consigue comunicar el cine cubano y la literatura, y ya se desplaza Nogueras hacia su amor más intenso y definitivo: la poesía, como le confiesa a Orlando Castellanos en la entrevista que ese excelente periodista le hiciera, y que esta edición reproduce también.

Es hermosa esa crónica que Wichy consigue a partir de una entrevista con Dámaso Alonso, presidente de la Academia de la Lengua pero, esencialmente, el poeta autor de ese libro renovador de la poesía del idioma hacia los años cuarenta que es Hijos de la ira, el que Wichy evoca en ese trabajo.

Hay en el libro dos homenajes a Nicolás Guillén, quien compartió con Nogueras, además del gusto por la poesía bien escrita, sobre todo dos cosas: el humor y la elegancia.

La literatura de la ex URSS, que Nogueras conoció perfectamente desde Kirguizia hasta Letonia, entra en el volumen a través de varios artículos que presentan a escritores como Vladimir Bogomolov, Jainis Rainis o el casi mítico poeta georgiano que fue Shota Rustavelli.

Es especialmente interesante la crónica dedicada a Mihaly Babits, voz poética de Hungría, país que tuvo una peculiar relevancia en los gustos y las aficiones de Wichy.

No podía faltar el artículo que Nogueras dedica al curiosísimo personaje de la cultura nicaragüense que es el médico y poeta Fernando Silva, seguramente cuando, junto a su amigo y compañero, el poeta Víctor Casaus, recorrió la tierra de la revolución sandinista.

Hay viejos amores de Wichy, como Bertolt Brecht, a quien publicamos en los días de El Caimán Barbudo, allá por 1966; y cómo iba a faltar James Joyce, reencontrado en la vidriera de una mítica librería parisina, Shakespeare & Company, fundada por la yanqui Silvia Beach, a la que el incorregible fabulador que es Nogueras, hace encontrarse con Ernest Hemingway ante nuestros ojos y para nuestros ojos.

Claro que me implica directamente esa crónica sobre “¿Cómo se escribe una novela policial?”, en la que el Rojo recrea los momentos en que concebimos pero, sobre todo, escribimos El cuarto círculo.

También homenaje al policial es el artículo dedicado a Joy, la primera novela del luego prolífico y siempre excelente novelista uruguayo-cubano Daniel Chavarría.

Léase la preciosa crónica que Wichy dedica a Copenhague, la ciudad de Sören Kierkegaard y de Hans Christian Andersen.
 
Porque estas crónicas son también de lugares, de sitios que el Rojo nos muestra haciendo de insólito e insuperable guía turístico, como la eterna Roma, o ese monumento al amor que es el Taj Majal hindú, que hace al Rojo evocar, desde el título, el inmortal soneto de Francisco de Quevedo.

Y como colofón a las locuras, no se pierda el lector “Fragmentos, elementos y onda expansiva”, una suerte de factografía-testimonio de un entrenamiento de las milicias estudiantiles de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, allá por los fines de los años sesenta.
 
Y como veo que estoy haciendo un tedioso inventario de lo que seguramente el lector va a seguir con mucho más provecho (y placer) en los artículos de Nogueras, me detengo aquí. Siga adelante el lector y métase de una vez en la palabra del articulista, el narrador, siempre el poeta Luis Rogelio Nogueras.
Guillermo Rodríguez Rivera

A VECES TOCABAN MÁS O MENOS TEMPRANO
A LA PUERTA NEGRA

A veces tocaban más o menos temprano a la puerta negra, la del 4 al revés en el segundo piso, y cuando abría era aquel amigo alto, pálido y pelirrojo como un británico, vestido y peinado cuidadosamente, que portaba un maletín con cerrojos de donde salían cuartillas, casetes de música o de betamax, libros hechos o medio hechos, aspirinas, servilletas de papel y fotos propias que de pronto te dedicaba. Lo más curioso de todo era el pomito mediado de café que invariablemente extraía de aquella suerte de sombrero de copa y la naturalidad con que pedía un vaso para bebérselo. Siempre tenía la delicadeza de brindar, pero yo sabía que aquella era su decorosa manera, no exenta de patetismo, de hacer que me fuera a la cocina y desde allí vociferara: “No te tomes esa mierda, que voy a colar”. Inmediatamente asomaba la cabeza y me decía: “Flaco, pero este está bueno todavía”. Yo generalmente no contestaba, dando por sentado que aquello era parte de un libreto, pero otras veces, cuando estaba cabrón por la falta de sueño, le decía: “Perfecto, suénate tú la mierda esa, que yo me tomo el que voy a hacer”.

Una de las últimas veces que efectuamos aquella danza barroca y matutina, me vino a proponer el papel principal en una película a cuyo guión le estaba dando taller. Le dije que a mí me hubiera gustado poder actuar, pero que estaba visto que las musas histriónicas no se me daban. Pareció no escucharme y ripostó que alguien quería llamar a Rubén Blades, pero que él pensaba que el papel era perfecto para mí. Recuerdo que yo trataba de salir del sopor en el que me encontraba después de una noche sin pegar un ojo y que me tragaba buches de café amargo, mientras mi amigo alto y pálido como un inglés —pero con labia de cubano— me prometía que aquella historia era un fenómeno. Se trataba de un cantautor famoso que había tenido miles de jebitas de todos los tamaños y colores, con las que había jugado a su antojo porque ninguna le había llegado a donde había que llegarle a un hombre. Cuando el cantautor, después de pasar por un rosario impresionante de mujeres, llegaba a la madurez y se sentía solo y agotado, se encontraba con un titi, una adolescente fresca y delirante que se lo bailaba olímpicamente y luego hacía una muesca en el cabo de su pistola. El final era el cantautor desolado, cayéndole atrás a la vampiresa primaveral, la que además le cantaba una canción de él mismo, justo la que él solía usar para levantar niñas.

Cuando mi amigo terminó la historia de lo que parecía ser la próxima superproducción del ICAIC, yo estaba lo suficientemente despierto como para decirle: “Y ¿por qué en vez de con un cantautor no hacen esa película con un joven poeta?” Se quedó un instante mirándome muy serio y acto seguido empezó a emitir aquel sonido parecido a kej kej kej (con la e muy corta) que usaba para carcajearse.

No recuerdo exactamente cuándo y dónde lo conocí. Sé que estuvo en “Teresita y Nosotros” porque Casaus lo cuenta, pero yo no lo recuerdo de entonces. Entre las primeras veces que nos vimos distingo entre brumas una noche en una librería que había en los bajos del “Habana Libre”, donde se le daban los toques finales a una muestra de algo. Otra de esas primeras veces lo recuerdo haciéndome preguntas en un cubículo de la redacción de Juventud Rebelde, para una entrevista. Entonces me acababa de desmovilizar y mi futuro amigo alto, pálido y pelirrojo como un irlandés, me preguntaba qué poesía había leído, a lo que yo le contesté que “La Semilla Estéril” y “El Oscuro Esplendor”, que se acababa de publicar. Lo cierto es que a este amigo primero lo identifiqué de oídas y de leídas, porque había ganado el premio David de poesía y los socios comunes que teníamos, como Guillermo y Víctor, decían que era buen poeta. Así que creo que antes de ubicar al autor escuché hablar de él y ojeé su primer libro, del que recuerdo todavía los poemas que más me “tocaron”. Estaba aquel llamado “Kodak 120”, en el que la madre, gracias al milagro de una foto, pasa la eternidad planchando creo que una camisa a cuadros. Estaba otro muy ingenioso, escrito en algo así como castellano antiguo, que narraba las cuitas de un abate llamado Asparagus. Estos versos dieron lugar a que algunos amigos le llamaran a su libro Cabeza de Espárrago y, al cura del poema, el abate Zanahoria. El tercer poema que recuerdo es “El Entierro del Poeta” y creo que este fue el que más bien me cayó de todos. Revelaba una deuda común con Vallejo, con la diferencia de que entonces ni nunca logré encontrar una manera tan hermosa de agradecerle al cholo los nutrientes.

Con posibles reminiscencias de aquel poema como un culto iniciático —así como de otros que vive, inventa y escribe Luis Rogelio Nogueras—, esta canción es lo que, hasta hoy, consigo expresar sobre el hermano tan querido.

La tonada inasible
Ama al cisne salvaje

                   A Luis Rogelio Nogueras

Hace quince segundos
que se murió el poeta
y hace quince siglos
que notamos su ausencia.
Creíamos entonces
que estábamos de vuelta,
cuando faltaba tanto
de ausencia y de poeta.

Hace quince milenios
se nos fugó el poeta
dejándonos sus viudas
y su niñita eterna.
Brindemos por su verbo,
por su roja cabeza,
hermanos de la sangre
vertida del poeta.

Por él sus adversarios
no olvidan, mas celebran,
y por él sus amigos,
como quiera que hoy sean,
se juntan nuevamente
por sobre sus miserias,
convocando a este muerto
de la salud perfecta.

Hace quince silencios
y otras muchas tristezas
quién sabe qué diría
su voz de inteligencia.
Por eso un cisne canta,
prófugo en la floresta,
la tonada inasible

que despertó el poeta.

Silvio Rodríguez
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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