| LA JIRIBILLA | |||
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LOS PAYASOS DE LA TERNURA
El circo es ese lugar mágico en el que todo puede ocurrir y en el cual todas las sorpresas son permitidas. Desde el humilde circo de pueblo, con su carpa llena de parches, hasta los ricos y complejos, con espectáculos únicos que viajan más allá de las fronteras y las barreras idiomáticas, es lugar para el ensueño y la diversión de grandes y chicos. La emoción ante el peligro, los sortilegios de los juegos de manos, producen en el espectador el olvido de lo cotidiano. Y es tal vez esa capacidad de ilusionarnos lo que hace del tema del circo un punto focal para no pocos artistas modernos. Muchos son además los atributos inherentes al circo que pueden resultar atractivos para un artista plástico, y así ha sucedido a lo largo de la historia del arte. La seducción puede basarse en la riqueza cromática, imaginativa y poética; los haces de luces de mil colores; los trajes distintivos de sus disímiles personajes, no en vano han sido recurrentes una y otra vez en obras de las más variadas tendencias, entre las que resulta una cita casi obligada aquellos personajes tristes de Picasso. Porque es esa otra cualidad del circo, la posibilidad de mezclar los pensamientos en torno a la felicidad y la tristeza extremas. Y el payaso el personaje más acorde a estas reflexiones. ¿Qué oculta la máscara? ¿Qué secreto dolor alienta tras el rostro pintarrajeado, tras la broma? ¿Qué tragedia humana queda fuera de la pista para, en el espejismo de la función, hacernos creer que la vida es una fiesta eterna? Fabién Gigato ha sentido también esa magia inusitada del circo, se ha detenido a reflexionar sobre ella y los payasos han acaparado su atención. Y lo ha hecho sin caer en lo rutinario. Con una mirada desprejuiciada ha incursionado donde parecía que no había nada nuevo que añadir. Y lo ha hecho con la manera de decir que conoce y que nadie le ha enseñado. Porque breves lecciones han bastado a esta joven pintora para trasladar al lienzo lo que viene a comunicarnos. Quizás no ha necesitado más por una facultad genética heredada de su tío abuelo, el pintor Enrique Caravia, y de un padre que soñó, en los ya lejanos días de la adolescencia, con ser pintor mientras dibujaba carteles para los actos políticos de la secundaria. Ahora Fabien cumple ese anhelo. Es continuidad y a la vez ella misma. En sus obras, en las que predominan los sepias y el claroscuro, sus payasos vienen a recordarnos con su sabor nostálgico, problemas inherentes a la existencia.
El tiempo, el implacable, el que pasó, como ha dicho el poeta, se pone de manifiesto en sus obras. Un payaso mira a la lejanía, a través de la oquedad de un rústico muro. A su espalda la máscara de ojos entornados nos trasmite la melancolía del rostro que no vemos. En otro lienzo un reloj arde en la volandera llama de una vela, y recuerda, con este detalle de corte surrealista cual homenaje a Dalí, aquellos relojes derretidos del maestro. Pero aquí las manecillas marcan las ocho. ¿Es fortuito este número, representa algo personal para Fabién o es que ella sabe que el ocho estaba consagrado en Babilonia, Egipto y Arabia al sol, el astro inherente a la vida misma y que es el número que porta en sí mismo la repetición hechizada de 2x2x2? ¿Es acaso el número que los cubanos asociamos a la muerte? No importa. Tal vez está señalando la hora de un misterio que es también nuestro. El reloj, la figura, las hojas de una enredadera imaginaria, el violín roto, la manzana, ¿acaso una alusión al amor? se integran en la composición en la cual nada sobra ni nada falta, donde el color suave y la superficie brillante del óleo contribuyen a rubricar el efecto de ensoñación. Pero el tema del devenir está presente también en otro lienzo de una forma mucho más directa. Aquí ha saltado por el aire el mecanismo del reloj y sus piezas se han mezclado con el rostro del payaso que asiste, no sin cierto estupor, al fin del tiempo mismo. En otro lienzo un payasito, sostiene un dado desproporcionado para su pequeña figura y esconde tras él su rostro. Empleado con sentido lúdico por el hombre desde sus orígenes, los dados nacieron en Asia, pero fueron ampliamente utilizados en Grecia y Roma donde el emperador Claudio escribió un tratado sobre el juego. Como muestra de los extremos a los que pueden conducir, es proverbial que los soldados romanos se jugaron a los dados la túnica de Cristo. Modernamente este juego ha quedado en desuso con el surgimiento paulatino de otros, pero aún así el dado se vincula a la casualidad, al azar de la vida, a la suerte.
Pero en
este caso se trata de un dado imposible o al menos
distinto a todos los demás, en el que los números
visibles son impares: al frente se muestra al espectador
el número cinco, dedicado a Minerva, símbolo de la
inmortalidad en la estrella de cinco puntas y también
signo espacial del equilibrio, síntesis de las cuatro
partes de la tierra a partir del horizonte más el cenit,
el lugar más cálido y más alto del cielo donde el sol
lanza verticales sus rayos sobre la tierra; los otros
números visibles son el tres, las fases de la luna,
alegoría de las tres personas divinas y de la
resurrección y el uno, unidad indivisible que se opone a
lo variado. Símbolo de la fortuna ¿buena?, ¿mala? Toca
al espectador encontrar la respuesta.
(Las obras de Fabién Gigato están
expuestas en la Galería de la Casa de La Amistad en
Paseo entre 17 y 19 y pueden ser vistas en el horario de
10 am a 5 pm). |
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