LA JIRIBILLA

JOSÉ MARTÍ, POETA MAYOR
 
En estos días de celebración por el aniversario 150 del natalicio de ese poeta mayor, no podemos olvidar que algunos sietemesinos intentan desacreditar su prédica. Ya no declaran hipócritamente una supuesta adhesión a sus postulados, ahora se complacen en denigrarlo, en empequeñecerlo, en desestimarlo. Tarea perversa, e inútil.


Enrique Ubieta Gómez|
La Habana


José Martí es un gran poeta. Me dijo, seguro de sí, un amigo mexicano. La sentencia de inicio me pareció estrecha. Pero asentí ante el hecho inobjetable. Ser un gran poeta es una cualidad abierta a múltiples interpretaciones. Hay hacedores de versos, seres sensibles que escuchan más alto y más claro el sonido (y el sentido) de las palabras, que saben catar su sabor, y que pueden reunir los sonidos exactos, como brujos buenos, para entregarnos la emoción que necesitamos. ¿Qué fuera de nosotros sin esos versos, sin esos seres que solo conocemos por las palabras, por las nostalgias y los sueños que regalan?

Hay hacedores de actos que buscan y hallan el instante mágico en que la palabra se corporiza en hechos. No hay versos, o estos llegan después, como el trueno que secunda la fugaz luminosidad del rayo. Pablo Milanés lo dijo así: “si el poeta eres tú”. En uno y otro caso, tras el hecho o la palabra, una línea invisible marca el límite de la belleza: la trascendente eticidad de la vida. ¿Qué fuera de nosotros sin esos seres que ignoran la palabra exacta, pero saben instintivamente dónde es más intensa la luz del acto, sin esos seres que solo conocemos en libros de historia o de versos escritos por otros, que regalan la fe en el hombre, la esperanza en futuros mejores?

No hay palabras ni hechos baladíes. Los sentidos convocados por la palabra poética nos remiten al hecho, y este contiene sus palabras secretas. Pero hay seres superiores que conjugan ambas cualidades: hacen poesía en versos y en actos. Son los poetas mayores. Pueden fundar un movimiento literario y simultáneamente, fundar una nación. Son poetas revolucionarios: la belleza para ellos es conocimiento, y es afirmación ética. El pueblo los aclama, los llama apóstoles. José Martí es uno de ellos. Un creador para quien lo real puede no ser visible, o solo potencialmente existente, una posibilidad por la que hay que luchar. En política lo real es lo que no se ve, decía. El político auténtico es un creador. Las verdaderas soluciones no se encuentran en lo aparente, en lo que comúnmente se considera posible.

II

Hay componedores de palabras, políticos vanidosos que, alejados del pueblo, desprecian la poesía. Dicen: Martí tejió de palabras el futuro de Cuba, y las palabras, palabras son. Su credo político es mera literatura. No saben distinguir entre literatura y poesía, entre la retórica fantástica y la creación revolucionaria. Van más lejos: creen que el apego a principios éticos, entorpece la labor política. Hablan desde el altar neoliberal y le rinden culto al más feroz pragmatismo. Quisieran enterrar el pensamiento revolucionario cubano y sustituirlo por la retórica reformista. Traen desde Miami una nueva lista de nombres a venerar: autonomistas, anexionistas, machadistas, batistianos solapados o declarados. Pretenden olvidar (y que olvidemos) algunas lecciones de la historia: los autonomistas siempre se definieron como hombres pragmáticos, realistas, que se atenían a lo posible, en lugar de soñar con lo imposible. Políticos modernos, no poetas. Pero “lo posible” (la solución autonomista o la neocolonial o la anexionista), resultó imposible. Lo único posible fue el salto sobre el abismo de “lo imposible”: la Revolución martiana de 1959, la independencia absoluta y la justicia social.

He dicho alguna vez que la identidad nacional ha tenido en Cuba diferentes plataformas políticas que fueron en su momento revolucionarias, y que a ella contribuyeron, más que los antropólogos, los sociólogos o los historiadores, los políticos fundadores. Cintio Vitier añadió a mi afirmación: y los poetas. Creo que hablábamos de lo mismo, él más claro: la política y la poesía se funden en Cuba en la conjunción martiana de la verdad, la justicia y la belleza. La política martiana, es decir, la poesía, funda la nación. En estos días de celebración por el aniversario 150 del natalicio de ese poeta mayor, no podemos olvidar que algunos sietemesinos intentan desacreditar su prédica. Ya no declaran hipócritamente una supuesta adhesión a sus postulados, ahora se complacen en denigrarlo, en empequeñecerlo, en desestimarlo. Tarea perversa, e inútil.

La poesía es atemporal. No porque las soluciones que propuso José Martí, una a una, sean aplicables hoy; el asunto es otro: lo que sigue siendo plenamente aplicable son las soluciones martianas, valga la paradoja. Es martiano el apego a la verdad y a la justicia, la toma de partido por los pobres, el desdén ante quienes viven “insecteando por lo concreto”, la capacidad de salto sobre el imposible, la fe en el mejoramiento humano, en el pueblo, la búsqueda de un camino alternativo para nuestra América distinto al de la América que nos desprecia, la denuncia del imperialismo norteamericano, la creación que parte del conocimiento de lo universal y crece sobre las evidencias de lo particular, en fin, el conocimiento como medio para la felicidad humana, la política como ara, no como pedestal.

Nuestro poeta no muere en un lecho oscuro por un amor imposible; cae en la manigua, revólver en mano, desposado con la Patria. Como muere antes Céspedes, o Maceo después. Amantes apasionados, poetas furibundos, como fue el Che. Defender su legado revolucionario, creador, poético, valga la redundancia, es defender los legítimos fundamentos de la nación cubana, y el único futuro posible que tenemos los cubanos, aunque a los escépticos y a los oportunistas les parezca imposible.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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