| LA JIRIBILLA |
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CUANDO EL NIÑO PRODIGIO SE –Me alegra tanto verte– le dije mientras lo abrazaba. –Yo también –contestó en cubano–. Siempre pregunto por ti. ¿Y la Casa de Teatro? –Abierta. Con deseos de que vuelvas algún día a hacerla tuya y la llenes con tu música. Gonzalo Rubalcaba no cambia. La sencillez que lo acompaña no es propia de los hombres de su estatura musical. Acaba de ganar un Grammy por Supernova y no se le mueve un pelo. Mientras nos sentamos, repaso rápidamente la impresión de aquella presentación que tuviera en Casa de Teatro hace unos años. Lo conocía de oídas, sabía un poco de su vida profesional y quienes me lo presentaron lo llamaban virtuoso y me llenaron la cabeza con las anécdotas de Dizzie Gillespie cuando lo descubrió en su visita a La Habana, allá por el año 1985. Luego comenzaron a tejerse historias de su encuentro con Charlie Haden y la fama de este joven músico cubano es ya parte y orgullo de todos nosotros, los caribeños del mundo. La noche de su concierto en la Casa acabó conquistándome. Aquel joven sencillo se transformó en un mago acariciando el teclado y haciéndonos vibrar con la interpretación de sus piezas. Al final un público enloquecido no lo dejaba pararse de su piano y los ¡bravo! y aplausos se confundieron con la noche. –¿Desde cuándo tienes conciencia de que eres músico?– Me decido a comenzar. –Vino quizás con el tiempo. El tiempo se encargó de irme imponiendo las responsabilidades propias del oficio. En mi caso es un hecho genético, aunque no soy de la teoría de que los músicos heredan esa condición. Los músicos se forman por la persistencia, la disciplina, el trabajo, la investigación. Tuve la suerte de educarme en una escuela donde lo primero que hizo fue educarme el pensamiento musical y la actitud hacia la música. Me enseñaron la disciplina, lo cual iba en contra de todas las vertientes establecidas de los músicos populares, tú sabes, el trago, los bonches, las madrugadas… –¿Es más importante la disciplina que la vocación? –Son complementarias. No se puede hablar de disciplina sin vocación, pero sí podemos hablar de una inspiración que haya sido concebida y haya sido el resultado, entre otras tantas cosas, de una vida disciplinada. –Tengo curiosidad en saber si la inspiración puede provocarse. –La inspiración es una provocación en sí. La necesidad de crear es una provocación y yo lo veo como un deber. Esa es mi experiencia. Tampoco podemos verlo como una fórmula o como un sistema. De hecho hay gente que ha dejado una obra increíble en medio de una vida muy desordenada. En mi caso, en la medida en que he establecido cierta metodología, en el entrenamiento como músico, he organizado mucho más seriamente la vida pudiendo combinar todos mis roles de músico, esposo, padre, amigo. Es una tarea difícil. Los artistas muchas veces necesitan del eco constante de la adulación, de los aplausos. Eso se agradece, pero no se puede tener como un elemento de toda ocasión. Si uno se toma en serio necesita aislarse. –¿Te consideras un hombre de éxito? –Afortunado en alguna medida. El talento o la sensibilidad para hacer cualquier tipo de arte es un regalo, es estar tocado por la gracia, con una determinada capacidad que le permite comunicarse a través de su arte. Pienso que eso es una fortuna. –¿Recuerdas tu primer encuentro con la música? –Naturalmente, fue con la música cubana, la tradicional. Estoy dentro de una familia que siempre ha cultivado los géneros como el cha cha chá, el danzón, el bolero, toda la música popular cubana. Mi casa fue entorno muy sonoro, muy desprejuiciado. En mi casa te podías encontrar con la discografía de Matamoros, Sindo Garay, Enrique Jorrín, Pacho Alonso, Benny Moré, Arcaño y sus Maravillas… hasta jazzistas europeos, norteamericanos, colecciones de obras de pianistas clásicos. Así que desde niño tuve un espectro muy amplio. –¿Qué es más importante para ti, ser intérprete o compositor? –Ambas cosas han ido muy a la par. En la medida en que he ido trabajando lo que considero buena música, me he ido encontrando con dificultades técnicas que a su vez he tenido que superar en la parte ejecutoria. Es como un puente en el que ambas partes se exigen el máximo. En la medida en que el pensamiento musical se hace más agudo, más profundo, más exigente, las propuestas técnicas para resolver esos problemas se hacen también más demandantes. –¿Te gusta que te consideren un virtuoso? –Soy un trabajador incansable y siempre me exijo más, si a eso le llaman virtuosismo… –¿Alguna vez se te ha secado la inspiración o desaparecido las musas? –Cada vez que tengo la oportunidad de hablar de ese término tan ‘mítico’ digo lo mismo. La supuesta musa que bien puede ser un soplido, un vuelo de mariposa, es algo que pasa leve, sin embargo, esa musa cuando llega no es tan evidente. Lo importante es estar alerta porque la musa puede estar girando alrededor y nosotros no tener conciencia de que algo pasa. Eso es aplicable a todo, es la diferencia entre ver y mirar. Podemos estar mirando sin ver nada. Hay que estar alerta, entrenado, sensibles para atrapar ese momento. Existen momentos más sensibles que otros, épocas con mayor percepción, pero esos momentos deben de encontrarnos trabajando. El hábito de la disciplina en el trabajo es la mejor musa. –¿Cómo te afectan las presiones del mercado, la competencia? –Es difícil, muy complejo. Tengo mi idea clara y sé lo que quiero y cómo quiero ser visto o lo que quiero proyectar. Desde el primer momento que entablas un vínculo con compañías de discos en que tu obra o tu nombre va siendo cada vez más solicitado en programas, festivales o eventos internacionales comienzas a estar expuesto a la demanda cada vez mayor de un público. Uno tiene que decidir, tiene que tener una actitud definida, ¿qué quiero?, ¿vender discos?, ¿enriquecerme rápido o ir más lento? No se puede ir tan rápido. La fama puede producir lagunas que luego es imposible recuperar. Uno tiene que aprender a rechazar, a seleccionar, a manejar las presiones a las que la vida de profesional expone para evitar una confusión en los valores. La parte física se afecta. Un día en París, el otro en Tokio, infinidad de horas de vuelo, hoteles diferentes, pérdidas de sueño, lejos de tu familia. Es terrible cuando te faltan esos eslabones emocionales que afectan tu vida. La disciplina es vital. Yo hago ejercicios, controlo las comidas y aprendo a manejar los momentos. Es muy difícil. –¿Notas mucha diferencia entre el Gonzalito de ayer y el Gonzalo de hoy? –Por supuesto. Hay una constante que es la misma desde el principio, pero hoy el nivel de madurez es otro. Los valores están ahí desde el principio. –¿Qué sabor te dejan los conciertos? –Que ahí se acabó algo, los conciertos tienen vida propia y no están conectados entre sí. –Y tú ¿qué experimentas en ellos? –Es algo espiritual, como una lectura, como una travesía espiritual. Una forma de estudiar, de investigarse uno espiritualmente por esa misma relación que se produce entre el público y el artista. Es un misterio y quiero que siga siendo un misterio. –¿Qué esperas aún? –Crecer. Cada concierto me ayuda a evaluarme, analizar en el punto en que me encuentro y si he podido transmitir mi obra. Muchas veces me doy cuenta de que existen parámetros que pueden ser mejorados, transformados y que puedo seguir creciendo. Ese es un momento de gran alegría porque es un síntoma de que todavía estoy en plena capacidad de desarrollarme y continuar trabajando.
Me
despido, todavía quedan muchas preguntas, lo miro en
silencio y le deseo lo mejor. Quisiera aplaudirlo, lo
pienso dos veces, y poto por un gran abrazo en nombre de
todos los que nos lean. |
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