LA JIRIBILLA

INEVITABILADADES
 
Los buitres imperialistas dan vueltas sobre lo que esperan sea el cadáver del derrotado Irak. Están listos para dividirse el botín de la conquista, los billones de barriles de petróleo de las reservas iraquíes. Este es el premio de la primera de una serie de guerras que los poderes capitalistas llevarán a cabo para volver a dividir los recursos del mundo por la competencia que existe entre ellos e impulsados por la crisis de su insostenible sistema internacional.


Jon Hillson | Los Ángeles


   En las páginas de los periódicos y en las imágenes de la televisión se observa lo mismo, día tras día. Soldados partiendo hacia el Medio Oriente desde Fort Ord, California, hasta Camp Lejeune en Carolina del Norte.

   El 17 de enero, una armada de siete acorazados —el Comstock, Dubuque, Cleveland, Foxer, Bonhomme Richard, Anchorage y el Pearl Harbor— parten de San Diego llevando a bordo a 7 000 infantes de marina y marinos. Un titular en el New York Times dice: “Las Lágrimas son la Regla del Día”.

   Llevan cargados sus sacos, besan a sus esposas y dicen adiós a sus hijos. Posan para las fotos, dicen que están listos. Se van a la guerra.

   El masivo transporte de tropas, armamentos, acorazados, barcos hospitales está encabezado por 1 000 oficiales del Comando Central de Estados Unidos —“planificadores de guerra” de acuerdo al New York Times— hacia Qatar, a una de las decenas de bases imperialistas que forman un arco gigantesco al norte y al este de Irak. Estas bases están localizadas en Turquía, Djibouti, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Omar y Kuwait, así como Diego García, el Mar Arábigo y el Océano Indico —150 000 soldados y marinos para finales de enero, para llegar “350 000 antes de que la batalla empiece”, de acuerdo a un reporte televisivo de la ABC Television News.

   Esto tendrá un costo de “1.6 trillones de dólares en más de una década”, declara el economista de la Universidad de Yale William Nordhaus, también de acuerdo al New York Times.

   El primer ministro británico Tony Blair anuncia el 7 de enero la movilización de 1 500 reservistas para fortalecer a los acorazados británicos en la región.

   El General Thomas Franks es el jefe militar de Estados Unidos. Muchos reportes de prensa indican que Franks será, por 18 meses, el comandante de las fuerzas estadounidenses después de derrocar el actual gobierno iraquí.

   El 3 de enero, el Presidente Bush habla ante 4 000 soldados en la base militar Fort Hood, en Texas. “Estamos listos. Estamos preparados”, dice.

   Los soldados gritan repetidamente su tradicional grito de combate, “hoo-ah”.

 

MASIVA DESTRUCCION Y MUERTE

   De acuerdo a Reuters y el New York Times un documento semisecreto preparado por “planificadores de emergencia” de la ONU, estima que la agresión provoque 100 000 heridos en combate directo y 400 000 heridos “indirectamente”. Los autores del documento predicen que habrá cerca de un millón de refugiados y un “alto completo” a la producción petrolera iraquí. No proporcionan información sobre el número de muertos, a pesar de que declaran que será “mucho mayor” que en 1990-91, cuando murieron 100 000 iraquíes.

   Previos reportes de la ONU han estimado que de 4.5 a 9.5 millones de iraquíes, de una población de 26.5 millones, recibirán ayuda alimenticia para ‘sobrevivir” inmediatamente después que se inicie el ataque. Se anticipa un extenso brote de cólera y disentería. ¡Qué irónico! Las sanciones de la ONU contra Irak, según el UNICEF y la WHO (Organización de Salud Mundial), han matado millones de personas, 60 por ciento de ellas por debajo de la edad de siete años.

   Los “expertos militares” que han circulado información en la prensa de EE.UU. se creen que habrá una semana entera de bombardeos y que inmediatamente después habrá un inmenso asalto sobre Bagdad para alcanzar el objetivo de Washington: un “cambio de régimen”.

   Poniendo sus dos centavos, el imperialismo francés —actualmente ocupado en una agresión sangrienta en su antigua colonia Costa de Marfil— el presidente Jacques Chirac demanda que Hussein se “desarme” inmediatamente y anuncia que París enviará un portaviones al área del Golfo Pérsico. Declara que Bagdad se enfrenta, siguiendo la tradición civilizada de Francia, “a una guerra de consecuencias inimaginables”. Hay algo de cierto en esta predicción arrogante.

   De este modo, los buitres imperialistas dan vueltas sobre lo que esperan sea el cadáver del derrotado Irak. Están listos para dividirse el botín de la conquista, los billones de barriles de petróleo de las reservas iraquíes. Este es el premio de la primera de una serie de guerras que los poderes capitalistas llevarán a cabo para volver a dividir los recursos del mundo por la competencia que existe entre ellos e impulsados por la crisis de su insostenible sistema internacional.

   El jefe de inspectores de armamentos de la ONU, Hans Blix, declara hoy día, que no hay “ninguna evidencia” de que Irak tenga armamentos de destrucción masiva. Los que tengan esperanzas en él, en su equipo o en la ONU, serán las primeras víctimas de la guerra que se aproxima. No hay necesidad de un pretexto.

   Encontrarán muchas evidencias.

   El 14 de enero Bush declaró que a “Saddam Hussein se le está acabando el tiempo”. “Debe de desarmarse. Estoy cansado de juegos y engaños”.

   El 16 de enero, los inspectores de la ONU buscan “ojivas de mísiles” en Irak, un nuevo paso en la búsqueda para el famoso revólver humeante.

   El 20 de enero el gobierno del Reino Unido anuncia la movilización de 26 000 tropas más al Golfo Pérsico. Habrá pronto 31 000 tropas del antiguo imperio; su ejército tiene un total de 100 000 soldados. Ya, ha declarado Londres que una flotilla de 16 barcos de guerra —encabezado por el Ark Royal (Real Arca) —estará en el Mar Mediterráneo disponible para deberes en el Golfo. La antigua voz del imperialismo británico, The Economist —objeto de polémicos escritos de Marx y Engels— da ayuda a la guerra con un número especial del 11 de enero titulado: “¿La tortura; se justifica alguna vez” [Is Torture Ever Justified]? El tema se basa en la información del Washington Post de diciembre donde se afirma que oficiales del ejército de EE.UU. utilizan tortura rutinariamente en Afganistán.

   A pesar de un aluvión de actividades y propuestas diplomáticas —frenética y apasionada, cada una con una dosis suficiente de oraciones— para “detener” la guerra y buscar “alternativas a ella”, la maquinaria de muerte aumenta. La diplomacia burguesa es siempre el requisito esencial, antes del acto final, la guerra.

   Observando esta payasada —en la cual Colin Powell y los politiqueros demócratas participan también— Bush dice el 21 de enero, en referencia a Saddam Hussein y su cooperación con los inspectores, “parece como una reposición de una película mala, y a mi no me interesa mirarla”.

   El mismo día, el secretario de guerra —prefiero la palabra honesta— Donald Rumseld envía dos portaaviones más, el Abraham Lincoln y el Theodore Roosevelt al Golfo, además de la cuarta División de Infantería, unas de la más “elite” y armada con tecnología de avanzada.

   El 23 de enero hay otro anuncio inequívoco. “Ya estamos listos”, dice General Richard Myers, jefe del estado mayor de las fuerzas armadas estadounidenses. “No debería tener ninguna duda el régimen iraquí”.

  

PROTESTAS EN CONTRA DE LA GUERRA Y CLARIDAD POLÍTICA

   El 11 de enero, cerca de 10 000 personas marcharon en contra de la guerra en el centro de Los Ángeles. Es la manifestación más grande en contra de la agresión militar estadounidense desde los años 80 del siglo pasado, cuando protestas semejantes se oponían a las guerras sucias de Washington en El Salvador y Nicaragua. Es una protesta animada y festiva. La consigna principal es “No a la guerra en Irak”. Muchos tienen pancartas hechas en casa. Un tema prominente es que esta intervención es una “guerra de Bush”. Algunos llevan la bandera de Estados Unidos, otros tienen pancartas que dicen: “dejen que los inspectores hagan su trabajo”. Ocasionalmente los manifestantes gritan “No sangre por petróleo”. Un joven tiene una pancarta que dice “no sangre por este imperio”.

   Gente que apoya a los Cinco Cubanos reparten 2 500 volantes defendiendo a los revolucionarios encarcelados injustamente en las penitenciarias de EE.UU.

   La mayoría de los manifestantes son jóvenes e incluye a muchos trabajadores. Cuando la marcha pasa por el distrito de la costura, cientos de latinos observan la manifestación. Algunos se unen a la marcha. Quizás una tercera parte de la manifestación es latina. La manifestación es reportada en primera página de Los Angeles Times y La Opinión.

   Un día después, los organizadores de la protesta circulan su punto de vista sobre la situación. “La marea [de  la campaña bélica] está cambiando”. Uno de los oradores de la marcha proclama que la guerra puede “ser detenida” con suficientes manifestaciones.

Manifestaciones en contra de la guerra a nivel nacional, para el 18 de enero en Washington D.C. y San Francisco, fueron organizadas con la misma idea.

   En ese día, decenas de miles de personas marcharon en esas ciudades y hubo manifestaciones más pequeñas por todo el país y el mundo. La manifestación en Washington fue televisado nacionalmente en vivo durante horas en CSPAN

   Frente al Capitolio, a pocas cuadras de la Casa Blanca, los oradores condenaron la “guerra de Bush”.

   El antiguo Fiscal de Estados Unidos, Ramsy Clark, hizo un llamado para que se llevara a juicio a Bush como “la manera de luchar contra la guerra”—algo completamente utópico dentro del marco de la política burguesa.

   El prominente político del Partido Demócrata Jesse Jackson hizo un llamado a Bush a que continúe con la “confrontación aún no acabada en contra de Al Queda” en vez de atacar Irak.

   El congresista demócrata John Conyers calificó a los manifestantes como los  “patriotas verdaderos… todavía hay tiempo a que el presidente Bush cambie su política destructiva, todavía hay tiempo a que nosotros paremos la guerra”. Él instó a que los “aliados” de Washington “demandarán pruebas” de que Irak tiene “armas de destrucción masiva”.

        A pesar de tales confusiones, ambigüedades, concepciones pacifistas, reformistas, y liberales hay momentos de claridad que surgen de la gente. Las últimas palabras del artículo del Los Angeles Times sobre la marcha en Washington es profético: “Mary Wilson, un estudiante de segundo curso de Bard College en Nueva York, llevó silenciosamente una advertencia en negro y blanco: ‘se cayó Roma’ ”.

 

NO HAY NADA FUERA DEL CONTEXTO DE LA CAMPAÑA BELICISTA

   Estos y otros comentarios similares de otros oradores, están sólidamente dentro del contexto de la campaña belicista y del patriotismo estadounidense. Muchos se quejan de que la administración se rehúsa a desafiar a la República Democrática de Corea —la cual posee armas nucleares— del mismo modo que amenaza a Irak.

   De cierto modo la guerra ya ha empezado. Aviones estadounidenses y británicos frecuentemente bombardean instalaciones antiaéreas en Irak. Muchos de estos bombardeos han sido reportados en la prensa de Estados Unidos. Estos incidentes son ejercicios de “entrenamiento” y también la guardia de avanzada de la guerra, y son parte de las acciones militares que ya se están realizando en el norte del país, donde opera 150 Fuerzas Especiales de Estados Unidos. No cabe duda de que estos “equipos” que se especializan en asesinato y sabotaje están ocupados en acciones que no son reportadas en la prensa norteamericana.

   De acuerdo a la Associated Press, “docenas de boinas verdes” llegaron a una “zona de guerra en Colombia para entrenar a soldados colombianos en cómo proteger del ataque de los rebeldes a un oleoducto clave, dijo un representante de EE.UU. [enero 16]. Esto representa “un punto decisivo en la participación de Estados Unidos en la guerra civil colombiana”, declara el despacho, señalando que el incremento de la “ayuda militar de Estados Unidos” fue aprobado por el Congreso, otro ejemplo del bipartidismo imperialista.

   Mientras tanto, otros informes dan parte sobre la presencia de cientos de “tropas especiales” del ejército de EE.UU. que le dan “capacitación militar” al las fuerzas sionistas en Israel —otro frente de la guerra yanqui.

   El asalto a Irak —y el venidero derramamiento de sangre— no es por la “guerra de Bush”, o del Partido Republicano. La actual administración imperialista simplemente propugna políticas y prácticas —en el contexto de la crisis capitalista, sobre la cual no tiene control— desarrollada por el régimen de Clinton: desde las criminales sanciones económicas en contra de Irak que son responsables de la muerte de hasta 500 000 personas, hasta el registro policial por la “seguridad de la patria”, el cual viola derechos democráticos fundamentales. Ambas leyes han sido autorizadas por representantes del gobierno de extrema derecha y liberales. La continuidad entre las dos administraciones es sin costura.

   Al presentar la guerra como una invención de la pandilla de Bush, los demócratas —los principales arquitectos de la guerra en Corea y Vietnam— son vistos como “el mal menor”. En la manifestación de Washington D.C. no hay ninguna crítica a los demócratas.

   Los oradores —deliberadamente o no— aceptan el marco de la retórica de la campaña belicista: no hay ningún apoyo al derecho de autodefensa del pueblo de Irak, un derecho soberano. El punto de partida del vocabulario demagógico de la intervención es “desarmar” Bagdad, que Irak no tiene el derecho para defenderse al igual que Pyongyang. Tal pretexto es una amenaza a todos los pueblos del mundo y todos los gobiernos que son los “aliados” del “eje de mal”.

 

 

“GANAR SIN GUERRA”

   A medida que se acerca la fecha para que empiece el bombardeo masivo y la invasión militar, el liberalismo estadounidense tiene pánico. Han aparecido anuncios en los periódicos más importantes patrocinados por “MoveOn.org”, que dicen oponerse a la guerra. Su anuncio es un pedido al “Presidente Bush a que deje que los inspectores hagan su trabajo”.

   Dice que “Nosotros”—el gobierno de Estados Unidos—“podemos ganar sin guerra”. Explica que la”reanudación del régimen de inspección es un triunfo”para Washington. Sin embargo, esta victoria, se perdería si los Estados Unidos “actúa solo, perdiendo toda “credibilidad con sus aliados”.

   Los liberales se preocupan porque esto “podría poner en peligro la exitosa campaña en contra del terrorismo”.

   Exhorta a que el Presidente Bush “dé una oportunidad a la diplomacia… para usar la guerra como último recurso —si y solamente si la diplomacia fracasa en conseguir… los objetivos nacionales [de los Estados Unidos]”.

   La diplomacia imperialista, con o sin Naciones Unidas, es simplemente un preludio y enmascara su guerra agresiva. La ONU no es más que un instrumento de la guerra. Esto ha sido demostrado en Corea, en el Golfo Pérsico, el Congo y Yugoslavia.

   MoveOn.org apoya el objetivo de Washington: reenfrentar “el peligro que representa Saddam Hussein”. Acepta totalmente el marco político del imperio, aconsejando a Bush cómo defender mejor sus “intereses”. Cuando la organización habla de “nosotros”, se refiere a la clase rica dominante de los Estados Unidos, y la guerra se llevará a cabo para defender sus intereses de clase imperialista.

Esto no tiene nada que ver — ¡de ninguna manera!— con los intereses de clase del pueblo trabajador estadounidense, cuyos hijos e hijas morirán en la matanza, aún cuando sus padres, hermanas o hermanos están siendo despedidos de sus trabajos por millones.

   MoveOn.org da apoyo liberal a la guerra como último recurso. La guerra es siempre el “último recurso” del imperialismo, esa es la fuente de su diplomacia. Irak será la guerra de los liberales, de la misma manera que lo fue Corea y Vietnam.

 

“LOS ARTISTAS POR LA PAZ”

   En diciembre, decenas de actores, directores, cantantes y otras personas famosas relacionadas con la cultura y con MoveOn.org se juntaron para demostrar que “Hollywood progresista” está al lado de la paz. Publican anuncios y realizan conferencias de prensa bajo la consigna de “Los Artistas Dicen Ganar Sin Guerra”.

   Para asegurarse de que no sean confundidos con los verdaderos oponentes de la matanza, las estrellas declaran que “Somos patriotas americanos que compartimos la creencia de que a Saddam Hussein no se le puede permitir tener armas de destrucción masiva. Apoyamos las inspecciones de la ONU para garantizar que efectivamente Irak se desarme”.

   Declaran que la “guerra es innecesaria” para conseguir ese objetivo.

   Estos liberales de Hollywood simplemente refuerzan el “derecho” imperial de los Estados Unidos de intervenir en cualquier parte del mundo, bajo cualquier pretexto. Afirmar que el imperialismo puede “ganar sin guerra” es propio de Hollywood, ciencia ficción en el peor de los casos.

 

LA VERDAD SOBRE VIETNAM Y LA FICCIÓN DE LA NOSTALGIA

   Esta ilusión es alimentada por la revisión de la historia de la Guerra de Vietnam.

   Esa agresión no fue detenida —a pesar de la mitología actual— por masivas protestas en las calles de los Estados Unidos. Esas protestas se realizaron en función de las derrotas militares que sufrió Washington y sus fuerzas títeres en el campo de batalla. Las consecuencias de esas derrotas —a pesar de la gran destrucción causada por el imperialismo— desmoralizaron a los soldados estadounidenses y despertaron oposición popular a la guerra.

   El movimiento en contra de la guerra salió directamente de las inmensas batallas por los derechos civiles —el movimiento de liberación de los negros. El alcance de esta lucha llegó a destruir un sistema social que había dominado el sur de los Estados Unidos por 80 años— el apartheid americano de Jim Crow. Un movimiento similar a ese no existe en la actualidad.

   En 1954, el imperialismo francés fue forzado a salir de su histórica colonia en Vietnam debido a la catastrófica derrota militar que sufrió en Dienbienphu, después de haber estado sitiada por 56 días. “Esta derrota”, declara enciclopedia.com “marcó el fin del poder francés en Indochina”. No hubo un movimiento francés “en contra de la guerra de Vietnam”.

   De modo similar, los Estados Unidos fueron forzados a salir del norte de Corea en 1953, después de sufrir 33 000 bajas por la tenaz resistencia de las tropas coreanas y chinas, las cuales causaron la primera derrota militar en la historia de los Estados Unidos. La salida norteamericana se efectuó después de una retirada de 122 kilómetros. La retirada más larga en la historia del ejército imperialista. No hubo un movimiento en contra de la guerra de Corea en los Estados Unidos.

 

LA CRISIS DE COREA DEL SUR

   Hoy día, la división de la península coreana causa dolores de cabeza explosivos al imperialismo estadounidense. Los problemas más fuertes emanan de Corea del Sur, donde la opinión pública en contra de los Estados Unidos es amplia, profunda y sin precedente. El mayor peligro para los 37 000 soldados no proviene del norte, pero sí del sur, de acuerdo a los soldados apostados allí. “El más alto riesgo de violencia está en las calles de las ciudades surcoreanas, donde los dirigentes políticos han permitido que florezcan sentimientos en contra de los americanos”, reportó el New York Times del 8 de enero.

   El coronel Steven Boylan dice que los soldados estadounidenses son “escupidos, maldecidos. Los están golpeando. Hay gente que no les permite entrar en restaurantes. Unos muchachos saltaron de su carro y empezaron a golpear el carro de una soldado que iba a su trabajo”.

   Boylan reportó ser atacado por hombres que le gritaban “soldado lárgate, soldado vete a tu casa. Solamente cuando regresé a la base me di cuenta de que había sido apuñalado”.

   Mientras que la prensa norteamericana reporta grandes manifestaciones en contra de Estados Unidos, ha encontrado solo grupos pequeños que marchan a favor de mantener relaciones amistosas con Washington. El New York Times ha reportado que la opinión pública en el sur no está preocupada de que Pyongyang construya armas nucleares.

   Aunque las amenazas de EE.UU. en contra de la República Democrática Popular de Corea (RDPC) son reales, precisamente porque el norte está armado para defenderse —y su pueblo ya ha ocasionado una derrota en contra de las fuerzas  de Estados Unidos— y porque millones se han movilizado en protestas expresando que están dispuestos a luchar en contra del imperialismo hasta la muerte, que los intentos de chantaje de Washington han fracasado. El pueblo de Corea ha comprado tiempo para que el pueblo de Irak se prepare para lo inevitable.

 

VIETNAM, COREA E IRAK

   Pero Washington sabe que Bagdad es mucho más vulnerable a un ataque que la RDPC. Sus fuerzas militares fueron degradadas por la destrucción estadounidense en 1990-91. A diferencia de los vietnamitas y los coreanos, quienes derrocaron al capitalismo por medio de genuinas revoluciones sociales antes de ser invadidos por  EE.UU., los iraquíes son gobernados por un régimen nacionalista burgués, el cual, en la década anterior a la Guerra del Golfo fue una herramienta del imperialismo en contra de Irán en una guerra sangrienta y reaccionaria. También los regímenes burgueses del Medio Oriente están impotentes. Para ellos, la cuestión de Irak es un asunto de compra y venta con el imperio.

   Estados Unidos conoce bien las debilidades de Irak. Por eso es que su campaña bélica empieza allí. De igual manera teme a que un asalto en Corea no solo inflamaría consecuencias impredecibles en el sur, sino también en la China —un estado obrero armado que también posee armas nucleares.

   Recordamos la respuesta masiva en las calles de China a los bombardeos yanquis que destruyeron su embajada —“accidentalmente”— en Belgrado durante la “guerra de Clinton” contra Yugoslavia. Cientos de jóvenes chinos marcharon frente el edificio federal en Los Ángeles y otras ciudades del país.

    La derrota de Washington en Indochina costó la vida de 4 millones de vietnamitas y otros cientos de miles en Laos y Camboya.

   A finales de la guerra, la insubordinación y los amotinamientos eran frecuentes en las fuerzas armadas de Estados Unidos. Un ejército de conscriptos que en su gran mayoría eran trabajadores —muchos de ellos negros y latinos— y que rehusaron luchar.

   Luchadores por la liberación vietnamita confraternizaron con los soldados estadounidenses.

   “Recuerdo que me ponía volado con gente del Viet Cong y de la RDV”, me dice el otro día un compañero de trabajo de la Aerolínea United. “Esto sucedía todo el tiempo. Frecuentemente me preguntaban ‘¿por qué estas luchando en nuestra contra? ¿Por qué nos disparas? Tu lucha es en tu país, no aquí.’ Nunca comprendí lo que querían decir”. Mi compañero de trabajo es negro. Es uno de los miles de trabajadores que podríamos ser despedidos, o que nos reduzcan el salario o los beneficios, a medida que se intensifica la guerra aquí en casa. “Ahora, por fin entiendo lo que los vietnamitas nos decían”. Juntos, cargamos los aviones con más sacos de color verde olivo.

   La “guerra de consecuencias inimaginables”, utilizando la definición de Chirac, desatará inmensas fuerzas sociales, en el Medio Oriente, en África y en las Américas y especialmente en los Estados Unidos. Las palabras de Chirac son importantes. Indican los valores y los intereses compartidos por los capitalistas de Francia y Alemania con Estados Unidos aunque los ricos de Europa entienden muy bien —como los yanquis— que la guerra está dirigida contra ellos y sus inversiones en el Medio Oriente, no solamente contra Irak.

   Las tensiones entre los poderes imperialistas —grandes y pequeños— significan los altos riesgos de la guerra que se avecina y además de las próximas, factores que no existían durante las agresiones estadounidenses contra las luchas para la liberación nacional en Vietnam y Corea. Son las contradicciones que forman las posibilidades de una tercera Guerra Mundial.

 

 

UNA VERDADERA DEPRESIÓN EN LOS ESTADOS UNIDOS

   Mientras que prácticamente todo el Tercer Mundo estaba abrumado, desde hace mucho tiempo, con condiciones depresivas, esta crisis ahora está contagiando a las economías de los países capitalistas desarrollados.

   El decrecimiento de la Bolsa de Valores de Estados Unidos acabó el 2002 con la peor caída desde 1931, de acuerdo a Bloomberg Financial Services. Sectores enteros de la economía estadounidense —como el transporte por carretera, ventas al por menor, telecomunicaciones y aerolíneas— tienen cifras de desempleos de hasta el 30 por ciento, igual que en el punto máximo de la Gran Depresión de los años 30 del siglo XX. La pérdida de aproximadamente dos millones de empleos entre 2001-2002 fue la peor en 35 años, de acuerdo al periódico USA Today —solamente en diciembre de 2002 perdieron sus empleos 101 000 trabajadores, cuando la temporada navideña alcanzó marcas bajísimas.

   La crisis forzó a que la administración Bush aprobara una ley de ayuda de emergencia para 800 000 desempleados que perdieron sus beneficios el 28 de diciembre. Pero recibirán únicamente 13 semanas adicionales de beneficios. Mientras que un millón de desempleados no tienen ningún beneficio. Al mismo tiempo, el Congreso recortó impuestos por la cantidad de $1.6 trillones, que fueron transferidos al sector privado —40% de esta cantidad fue destinada al 1 por ciento más rico de la población. Los demócratas dieron apoyo decisivo a esta medida.

   Este atraco, combinado con el colapso del auge de los 90, ha creado una profunda y creciente crisis social.

   En 1992, 35.4 millones de residentes de Estados Unidos carecían de seguro médico. Hoy, esa cifra ha llegado a los 41.2 millones, incluyendo a cientos de miles de la clase media.

   Cerca de 33 millones viven en la pobreza, con 13 millones de niños en familias que no tienen “un adecuado suministro de alimentos”, de acuerdo al Center for Community Change. Las cifras de personas buscando asistencia en los bancos de comida han llegado a niveles culminantes mientras que los suministros están a niveles sumamente bajos.

   Cerca de 10 millones no tienen trabajo y millones más podrían ser despedidos. Unos tres millones de personas —el equivalente a la población de la ciudad de Los Ángeles— no tienen hogar.

   La respuesta a estas condiciones ha sido la propuesta de la administración Bush de hacer otro recorte en los impuestos, esta vez de más de $600 billones —una vez más, una transferencia masiva de dinero a los ricos— supuestamente para “estimular las inversiones”. Como trabajador, yo recibiría un poco más de $400, mientras que un millonario recibiría más de $88 000.

   Mientras que los logros sociales y económicos de la mayoría, la clase trabajadora, están siendo atacados enormemente, “los americanos [están] preocupados ya que la clase media está desapareciendo [meltdown]”, como explica un artículo en el Los Angeles Daily News. Los fondos de pensiones de la clase media, basados en el mercado de valores, han perdido decenas de billones de dólares. Para los trabajadores de las aerolíneas, estos fondos se han quedado cortos en $18 billones.

   La corporación más grande de Estados Unidos, General Motors, está infradotada en $19 billones. Esto representa para los trabajadores un futuro lleno de inseguridades.

   El 23 de enero American Airlines —la más grande en el mundo— anuncia pérdidas de $3.54 billones en 2002, un récord mundial. Aerolíneas, como United Airlines y US Airways, se declaran en quiebra después de despidos y recortes enormes. Los patrones usan las leyes del “Capitulo 11” como arma de destrucción masiva —el poder del estado, los tribunales— para imponer medidas brutales para “reestructurar” la industria, como hace años hizo la industria del acero.

   La clase dominante de Estados Unidos está conciente de que estas condiciones eventualmente provocarán una explosión social. Esta es la razón por la que se han unido los demócratas y republicanos para aprobar la más reaccionaria legislación en contra de los derechos civiles y democráticos —empezando con los asaltos a los derechos de los inmigrantes árabes y del sur de Asia— desde que 110 000 japoneses-americanos fueron encarcelados en campos de concentración por orden del presidente Franklin D. Roosevelt, en 1942. Esta ley fue confirmada dos veces por su “liberal” Corte Suprema.

 

UNA VEZ MÁS: NO HAY “NUEVO MACARTISMO” EN ESTADOS UNIDOS

    Esta inconfundible señal de la polarización de las clases —provocada por la crisis económica y social— se está enfrentando con resistencia, como son las protestas en contra de las detenciones de los inmigrantes, la más grande en Los Ángeles de 5 000 personas, las protestas en contra de la brutalidad policial y sobre la venidera guerra en Irak.

   El 11 de enero George Ryan, gobernador republicano del estado de Illinois declara clemencia para todos los 167 hombres y mujeres encarcelados esperando por sus ejecuciones —después de una larga lucha y de revelaciones de que 12 prisioneros asesinados por el estado eran inocentes. El día antes, Ryan indulta a cuatro hombres —libertad sin condiciones— esperando la pena de muerte. Sus condenas, dice Ryan, resultaron de confesiones forzadas por la policía de Chicago quienes usaron “tortura”.

   El 14 y 15 de enero, cerca de 18 000 trabajadores de General Electric organizaron una huelga nacional de dos días para protestar los intentos de los patrones de obtener más concesiones de los miembros del sindicato sobre el costo del cuidado médico. Una patrulla de policía “accidentalmente” atropelló y mató a una huelguista en Louisville, Kentucky. Es la primera huelga nacional en 34 años.

   El 18 de enero en San Francisco y Washington, cientos miles de personas muestran sus inquietudes sobre la guerra —algo que sería simplemente imposible bajo un régimen de “macarthysmo”.

   La exitosa y creciente campaña en defensa del periodista inmigrante Róger Calero significa las posibilidades de lucha política en contra del gobierno.

   Estos son ejemplos de conflictos sociales y de clase en los Estados Unidos. Son resultado de las condiciones económicas y políticas que la guerra va a acelerar. Son una prueba de la debilidad estructural del imperialismo, tanto adentro como afuera.

   Los Estados Unidos es el último imperio. No hay poder capitalista que lo reemplace, en términos económicos o militares, como lo hizo al sustituir al Reino Unido después de la Primera Guerra Mundial. Como un matón, los Estados Unidos solo puede dictar órdenes al mundo cuando nadie se le resiste. Para dominar cuenta con la docilidad de los regímenes serviles. Pero la debilidad de esos clientes condena al fracaso a ambos, a medida que el pueblo trabajador toma conciencia, lucha y resiste.

   Los últimos emperadores no tienen ropa.

 

POLOS DE RESISTENCIA

   En cualquier lugar que Washington encuentre resistencia real, popular, organizada, será derrotado. A los imperialistas les gustaría que el mundo fuera “unipolar”. De hecho, polos de resistencia brotan en cualquier lugar donde la lucha explota —Corea del Sur, Argentina, Venezuela, Palestina, seguro que sí, Cuba. Habrá más.

   No es “hegemónico”, como lo indica la situación en la Península de Corea, y como lo demuestra la resistencia de la Revolución socialista en Cuba, a solo 90 millas de sus costas. No es “hegemónico” como durante la regla de sus gobiernos de gorilas en Latinoamérica. No puede hacer intervenciones —casi sin protestas en casa— como en la República Dominicana en 1965.

   Washington no puede controlar las repercusiones de sus actos. Algunos —realmente pocos—comentaristas burgueses entienden eso, en un sentido y temen el futuro y lo dicen. ¡Bravo! Pero a sus patrones prepotentes, como Julio César, no les importa. Como dice la revista del New York Times en su portada del 5 de enero: “El Imperio Americano: le guste o no le guste [The American Empire: Get Used to It]”.

   Washington, Wall Street y el Pentágono no pueden dar marcha atrás a la crisis económica mundial.

   Su “política” solo obedece a las leyes ciegas y obsoletas de su insostenible orden mundial económico.

   Solo puede cavar su propia tumba en cualquier parte donde intente aplicar su fuerza militar, lo cual lo hará hasta que sea derrotado y derrocado.

   Algunos académicos norteamericanos, sin conexión con la clase trabajadora, argumentan que un “nuevo macarthysmo” domina los Estados Unidos. Aquellas personas que verdaderamente desean comprender la situación actual deben de rechazar esta afirmación vacía.

   Nada puede estar más lejos de la verdad.

   Durante ese breve período de la historia de Estados Unidos, fundamentalmente definido por una relativa prosperidad, se cortó el espacio político en los sindicatos y en las calles. De hecho, surgió desde las entrañas del “macarthysmo” las luchas del pueblo afronorteamericano por sus derechos —una batalla del sector más oprimido de la clase trabajadora. Terminó la década con la victoria de la Revolución cubana y el renacimiento de la lucha para la liberación de Vietnam y del Congo.

   Hoy día, al hablar en términos científicos, existe lo opuesto en todos los sentidos fundamentales. La resistencia a la crisis aumenta en la medida en que la crisis económica y social se agudiza. Hace cincuenta años el capitalismo estadounidense era una fuerza en ascenso, no en declive. El macarthysmo fue una forma de “fascismo americano” que terminó debido a las acciones tomadas por la clase dominante. McCarthy —senador republicano de Wisconsin— intentó definir como “Comunistas”a figuras claves en el gobierno y la comandancia de las fuerzas armadas. Hoy, la administración Bush representa a la democracia burguesa. Debido a las crisis del capitalismo, la política burguesa se mueve más y más a la derecha —es decir, ambos partidos capitalistas— para preservar la regla de la clase patronal. Una administración demócrata llevaría a cabo los mismos programas guerreristas y antiobreros. Es cierto que habrá más represión en Estados Unidos —esta es inevitable— pero el punto clave es que habrá resistencia y lucha.

   Desde la caída del macarthysmo han cambiado muchas cosas en Estados Unidos —cambios irreversibles.

   Hace cincuenta años la clase trabajadora estadounidense era segregada.

   Hace cincuenta años existían solamente una fracción de los 35 millones de latinos que viven aquí ahora.

   Hace cincuenta años los Estados Unidos no había sido derrotado por Corea y más tarde por Vietnam.

   En esa época las mujeres estaban prácticamente excluidas de la fuerza de trabajo.

   Hace cincuenta años el apartheid dominaba el sur estadounidense.

   Por esos tiempos los liberales y derechistas podían utilizar los crímenes del estalinismo para atacar al socialismo en general y aislar fácilmente y destruir fundamentalmente el partido Comunista, el aliado ciego de Moscú.

   Hace cincuenta años no existía la Revolución cubana, la cual es un ejemplo para los pueblos del mundo y que ahora atrae a decenas de miles de visitantes de Estados Unidos.

   Hace cincuenta años Washington era el baluarte del apartheid en Sudáfrica. Se puede decir mucho más.

   Afirmar que un “nuevo macarthysmo” existe en los Estados Unidos es el estandarte agotado de renuncia de los liberales de clase media, los cuales son incapaces de luchar en contra del capitalismo porque no son parte de la única clase con capacidad de realizar la lucha, de dar la batalla y ganar: la clase trabajadora.

 

UNA GUERRA JUSTA EN CONTRA DEL ÚLTIMO IMPERIO

   El liberal de hoy día, al igual que el social demócrata en vísperas de la Primera Guerra Mundial, observa únicamente un lado del inmenso conflicto que se aproxima, el lado de la clase dominante. La observación valiosa de Trotsky de que “las bases emocionales de la socialdemocracia es el temor a la muerte”, se aplica a los liberales burgueses contemporáneos, a los intelectuales del “postmodernismo” y a los académicos y políticos que recomiendan el “tercer camino” y otras fantasías. Dar crédito a sus ilusiones pesimistas —que en el fondo rechazan la posibilidad de la revolución socialista— es fatal.

   Debemos recordar que el partido socialdemócrata en Alemania marchó en las filas del primero de mayo organizado por los nazi-fascistas en 1933 —varios meses después de la toma de poder de Hitler— pensando que era posible “coexistir” con sus enemigos mortales. Después de todo, el gobierno socialdemócrata de Berlín había asesinado los destacados comunistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en enero de 1919, dándole pruebas al capital alemán que su partido no era revolucionario. Pero pagaban el precio.

   Después la capitulación de la gran mayoría de los partidos socialdemócratas en 1914 ante sus “propias” clases capitalistas en la primera guerra mundial, los revolucionarios rusos —los bolcheviques— les calificaron como “imperialistas sociales”, un término preciso que más tarde fue arruinado por el régimen maoísta. “Socialismo” en palabras, defensa del imperialismo en la práctica, basado en las vinculaciones económicas a sus dirigencias con la clase dominante.

   Los liberales burgueses representan una corriente política del capitalismo; los socialdemócratas son una corriente dentro de la clase obrera que defiende al capitalismo —pero en ambos casos, tratan de suavizar el impacto de la crisis del capitalismo, desorientar y desmovilizar las masas en la lucha contra el imperialismo y preservar la regla de los ricos. Las inquietudes de la burguesía europea sobre la guerra están expresadas en las calles en protestas pacifistas organizadas por los herederos de esta tradición de socialdemocracia.

   Es la clase trabajadora del mundo, incluyendo a Estados Unidos —aliada a todos los oprimidos y explotados— la que despertará a las luchas titánicas producidas por las próximas guerras, catástrofes, y crisis de un sistema verdaderamente decadente que se acerca al borde del abismo.

   Ellos se opondrán a las guerras imperialistas, pero no como pacifistas ni liberales.

   Ellos las resistirán luchando por guerras justas, dondequiera que vivan, para liberar al mundo del horroroso sistema imperialista que necesita de la guerra para sobrevivir. En el crisol de tales luchas forjarán un nuevo liderazgo e instrumentos políticos necesarios para vencer.

   Es el mismo desafío que enfrentaron los oponentes de la primera guerra imperialista hace cerca de un siglo. Para parafrasear a la declaración de Lenin en 1916, más relevante hoy día que antes, o “un fin al horror, o un horror sin fin”. Los imperialistas están preparando lo segundo.

   Vale la pena un estudio práctico de los hechos, las ideas y lecciones de cómo el pueblo de Lenin, los obreros y campesinos pobres, terminaron con“el horror sin fin” en 1917—y como los revolucionarios se preparaban en los años difíciles anteriores para esas posibilidades inevitables.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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