LA JIRIBILLA

PENSAR EN MARTÍ
 
José Martí es el símbolo mayor de la espiritualidad de la nación cubana. De manera insuperable entregó su legado ético, que en sí resume su gran testamento histórico. Reunió, de una forma natural, lo que para otros apareció de manera parcial: Hizo que la justicia, el amor y la belleza marcharan juntos indisolublemente unidos.


Eduardo M. Vázquez Pérez|
La Habana

 

Nosotros no estamos celebrando el sesquicentenario del natalicio de José Martí, lo que realmente conmemoramos es el año del aniversario ciento cincuenta del natalicio del maestro. Son dos cosas diferentes.

Se trata de doce meses para realizar actividades que recuerden al Mártir de Dos Ríos. Pero los aniversarios son productivos cuando se convierten en motivaciones para la reflexión.

Las conmemoraciones, cuando se toman solo en el aspecto externo de las actividades hacen vivir al homenajeado, porque le ofrecen un sentido práctico. Pensar a Martí no es una meta, sino un camino. Un camino donde continuamente encontramos renovación y eso es parte del misterio que hallamos en su obra: una obra que no se consume en el tiempo. Fina García Marruz ha dicho que Martí tiene la “cualidad inagotable de las criaturas naturales, de una fuente, de un árbol. Uno acaba alguna vez de leer a Platón pero no se acaba nunca de ver a un árbol”.

José Martí es el símbolo mayor de la espiritualidad de la nación cubana. De manera insuperable entregó su legado ético, que en sí resume su gran testamento histórico. Reunió, de una forma natural, lo que para otros apareció de manera parcial: Hizo que la justicia, el amor y la belleza marcharan juntos indisolublemente unidos.

¿Es compleja su obra? Siempre buscó la sencillez, pero nunca se conformó con la simpleza que otros utilizan para alagar. Su respeto al ser humano le impedía ser simple cuando podía ser natural y mostrar como las grandes verdades de la vida caben en el ala de un colibrí.

Cada lector de Martí cree descubrir algo nuevo en él. Tal parece que habla con cada uno de nosotros. Y eso solo suele sentirse cuando se leen los libros sagrados, como la Biblia, cuyo significado es libros, la suma de la obra que el Maestro escribió dispersa constituye un contundente libro de la vida. El mismo escribió que: “Los grandes libros sobre las leyes del mundo, antes de parecer profundos parecen pueriles. La verdad es sencilla”.

¿Cuál es el misterio de este dirigente político que habla como un místico? ¿Cuál, el de este hombre que convoca a una guerra predicando el amor, incluso hacia el adversario? En el centro está su ética.

La fuerza moral del legado martiano es lo que ofrece la clave para penetrar en el resto de su obra, tanto artística como política.

De Varela y Luz Caballero vino, como un Mesías que llega tras el anuncio de los profetas.

Caer es más fácil que levantarse, pero el hombre digno vive de erguirse. Y por supuesto, es sorprendente para un dirigente político, para un organizador de revoluciones, que piense que la belleza es tan importante como la justicia, y que la justicia no es nada sin el amor. “Un objeto feo me duele como una herida. Un objeto bello me conforta como un bálsamo”. La belleza en sí estimula la belleza de los afectos y sin amor hasta las buenas intenciones pueden torcerse.

A todo esto nos estimula reflexionar este año el sesquicentenario del nacimiento de Martí.

Pensar en Martí es también estimular el contacto natural con el arte, combatir las fealdades físicas y morales. Levantar la contención del verdadero arte, sencillo o no, frente a tanta simpleza que a nombre de moda y mercado, rebaja los instintos naturales del hombre y genera las malformaciones del alma.

“La felicidad existe sobre la tierra –decía el Maestro– y se le conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica constante de la generosidad.”

Meditemos sobre estas palabras. Pensar a Martí no es para nosotros una meta, sino un camino para adentrarnos en el símbolo de la espiritualidad de la nación cubana.
 


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La Habana. 2003
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