| LA JIRIBILLA |
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LA
PUERTA Y EL HOMBRE Siempre he sentido que nada me importa más que la literatura. He escrito varios libros sobre temas literarios. El primero: Esos extraños prófugos de Occidente, contiene ensayos sobre Rimbaud, Whitman, Byron, Emily Dickinson, William Faulkner y Fredrich Hölderlin. El segundo: Un álgebra embrujada, ensayos sobre Quevedo, Shakespeare, Borges, Neruda, Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Alfonso Reyes, Estanislao Zuleta, Mary Renault y Las mil y una noches, entre otros. El tercero: Las auroras de sangre, es un largo ensayo sobre la poesía de la Conquista de América, y sobre las razones para que la obra fundadora de la poesía de varios países del Caribe, de Colombia, de Venezuela y de las regiones amazónicas, el poema monumental de Juan de Castellanos Elegía de varones ilustres de Indias, haya sido desdeñado por cuatro siglos de lectura colonial. Confieso, pues, que en este género escribir ensayos literarios es lo que prefiero, que un verso de Dante o de Darío, la psicología de un personaje de Browning o las filosofías que nutren un relato como El acercamiento a Almotasim, de Jorge Luis Borges, sobre la posibilidad de que unas personas influyan sobre otras, suelen interesarme más que los caóticos datos de la actualidad en nuestro planeta convulsionado. Pero el mundo sabe mejor que nosotros que no se puede ser escritor sin unir compromiso expreso con esos grandes hechos colectivos que son la lengua y la política. La política, debo añadir, en el sentido de Aristóteles, de que la naturaleza del hombre está en la polis. Chesterton, hablando de una de sus muchas manifestaciones posibles, decía que todo hombre culto tiene que interesarse por la política, porque esta es la única cosa en el mundo que es tan intelectual como la Enciclopedia Británica y tan movida como el Derby. Así que a partir de cierto momento no pude impedirme escribir ensayos sobre el mundo contemporáneo, y, en él, claro, sobre los cauces de sangre de la realidad de mi país. El primero de esos libros: Es tarde para el hombre, reúne ensayos sobre temas de la época que me parece urgente pensar y debatir: las trampas del progreso, el canto de sirenas de la publicidad, la mirada de hielo de la medicina en manos del gran capital, el crecimiento incontrolable de las ciudades modernas, precedidos por un ensayo al que llamé Los románticos y el futuro, y concluido por otro sobre los que pienso que son hoy Los deberes de la América Latina. El libro tuvo una suerte magnífica y para mí inesperada, obtuvo en Colombia una nueva refutación cada tres meses durante un par de años, y mereció el doble honor de que Mario Vargas Llosa, en su columna de El País de Madrid. Lo elogiara por el estilo en que está escrito y lo condenara por las ideas que sustenta. Publiqué después el ensayo ¿Dónde está la franja amarilla?, que es una larga reflexión sobre la situación de Colombia a la luz de la historia del último siglo, y sobre la responsabilidad de los dos partidos que gobiernan el país y de su clase dirigente, en el desorden de nuestra realidad. Curiosamente, hasta ahora nadie me ha dicho, ni siquiera entre la dirigencia política, que está en desacuerdo con él. En un país que tiene los mayores índices de criminalidad del planeta, los mayores contrastes en la distribución del ingreso, y los más numerosos ejércitos al margen de la ley del continente, es raro que quienes gobiernan al país desde hace dos siglos no crean tener la menor responsabilidad en lo que ocurre y simplemente se inventen cada cuatro años una nueva cruzada jurídica, tributaria o militar para la salvación de la patria, sin procurar la menor reforma esencial, ni en lo económico, ni en lo social, ni en lo cultural. Y hace un poco más de un año publiqué el libro Los nuevos centros de la esfera, que ha recibido este premio tan significativo para mí, y que reúne ensayos escritos al calor de distintas experiencias prácticas, durante varios años, pero en los que siento que alientan, con diversa intensidad unas mismas preocupaciones. Tenía muchas ideas frente al tema del papel de nuestros países en lo que ahora se llama el diálogo global, pero tal vez no habría escrito el ensayo El surgimiento del globo si no me hubieran invitado a inaugurar el Encuentro de comisarios latinoamericanos para la feria de Hannover hace tres años. Había reflexionado mucho sobre la irrupción y el avance por el mundo de la cultura latinoamericana, pero fue una invitación a hablar con periodistas del continente en Cartagena lo que me llevó a escribir La nueva cara del planeta latino. Y había discutido mucho con mis amigos sobre el papel de la cultura frente a los desafíos del futuro, pero fue una invitación a inaugurar el Encuentro de los Ministros de Cultura de los países No Alineados, en Medellín, lo que me llevó a escribir el ensayo Porvenir y Cultura. Así que en cierto modo es verdad que es la puerta la que elige, y no el hombre.
Ayer, cuando
brevemente nos saludamos, mi admirado poeta Roberto
Fernández Retamar me dio una muestra de su atención como
lector al señalarme que el comienzo del libro le parece
más esperanzado que su final. Ello parecería indicar que
yo miraba con mucha más confianza el mundo moderno al
comenzar el libro, y que estaba más alarmado al
concluirlo, ya que el último ensayo, Lo que nos deja
el siglo XX, es una crítica muy radical de los
supuestos sobre los que reposa la modernidad. Pero la
verdad es que ese ensayo fue escrito hace unos ocho
años, y todos los otros son posteriores. Así que Roberto
me ha hecho sentir que he moderado mis críticas al mundo
moderno. Y eso me preocupa. El ensayo sobre el siglo XX,
si no me equivoco, es el más vigoroso del libro, y tal
vez el mejor en términos literarios, así que asumiré que
le debo a su pasión y a sus intuiciones este premio, y
que una vez más la puerta, que es el mundo, me está
enviando su mensaje. Muchas gracias. |
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