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EN BUSCA DEL PERDIDO CHIMEL
 
Presagios, leyendas y nostalgias de la Guatemala indígena y ancestral, asoman su rostro incitante en La niña de Chimel-Una historia verdadera en la tierra de los mayas, conmovedor e ilustrativo conjunto de relatos-testimonio, redactados a dos manos por la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, y por el novelista guatemalteco Dante Liano.


Saulo Jordán |
La Habana

La Editora Abril acaba de hacerles un gran presente a los cubanos todos, adultos y sobre todo a los niños: la posibilidad de adquirir La niña de Chimel, historia concebida en capítulos, a modo de pequeños relatos, que obran el milagro de aunar el aire legendario y fantástico (inherente a las mejores narraciones infantiles), la recreación de un tiempo teñido por hermosa mitología, el culto panteísta a la naturaleza toda como un don a cuidar y recrear, y, en fin, también el libro ostenta los valores añadidos de enaltecer los valores de la cultura aborigen indígena centroamericana, y de constituirse en una muy peculiar biografía de Rigoberto Menchú.

Segmentos de La niña de Chimel como “El cerdito andariego”, “El presagio de las abejas”, “La montaña sagrada”, “Los cuentos de mi abuelo”, o “Historia del río que cambió de rumbo”, garantizan el poderoso atractivo que el libro puede ejercer sobre el público más joven, sin perder de vista que no faltan aquí la imprescindible fantasía y el poder fabulador propio de las narraciones infantiles, todo ello en estrecho vínculo con el traído y llevado concepto de lo real maravilloso americano, que la Menchú recupera desde la pureza y la sencillez.

Mientras, “Érase una vez una niña…”, “La historia de mi abuelo”, “La historia de mi nombre”, “La historia de mi nacimiento”, “Cuando yo era niña en Chimel…” y otros, se refieren más directamente al periplo existencial de la líder indígena, pero a partir de su estrechísima complicidad espiritual, y afectiva, con los más deslumbrantes íconos de una civilización esquilmada pero de portentosa huella. Las huellas del maíz y de la abeja, el regazo de montañas que parecen almohadas, y la historia de la transformación de nombres como Li Min en el de Rigoberta, son algunos de los itinerarios recorridos por este libro que muy bien complementa, desde la práctica y la inmediatez, el necesario conocimiento sobre las civilizaciones precolombinas.
 

En la presentación del libro, ante un auditorio de niños anhelantes y absortos, el editor Esteban Llorach, intercambió con los pequeños algunas nociones sobre la grandeza de la cultura maya, y sus gigantescos aportes a la astronomía, la matemática, la literatura y la plástica de esta parte del mundo. El diálogo contribuyó a refrescar en la mente de todos el mismo acervo del que se nutre, sin hacerlo demasiado evidente, el encantamiento de La niña de Chimel, un libro que concluye con las siguiente invocación: “Y así como yo me llamo Li Min, y soy como un día despejado y tranquilo, como un día domingo, llena de sol en mi corazón, de alegría en mi sonrisa, de optimismo en mi cabeza, así quisiera que volvieran los días cuando yo era niña, con la montaña protectora, el río refrescante, los pájaros cantores. Pero quisiera que volvieran para todos, no solo para mí. Que el mundo fuera como recuerdo que era Chimel. Cuando yo era niña, en Chimel”.
 

 

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