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EL HACEDOR DE DIOSES
Luis Britto
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La
Habana
Fosca madrugada me encintró saliendo de
lugar inconfesable, poniendo lamparita de aceite ante la
fiera estatua del cacique a quien los historiadores
llamaban Musubay a quien el escultor que todavía está
tratando de cobrarle a la municipalidad llama la pieza
escultórica a quien los guasones llaman El Aguacate o El
Pujido de Cemento u otra cosa peor que no sé francamente
qué será.
Suave luz de lamparita revelando el rostro que parece
por un lado El Hombre de la Emulsión de Scott y por el
otro Benito Mussolini disfrazado de marica, rostro que
muestra las señales hondas de la mudanza de la placita
porque los consejales lo encontraron muy feo, y de la
escuelita porque los niños le tiraban piedras, además de
esto la polémica cuando demostraron que Musubay no
existió y que todo fue un invento de un señor que hace
años redactó un almanaque para las petroleras, además de
esto el traslado hacia las afueras donde hace amistad
con las palomas con los carros que se escachapan en el
cruce de la carretera, en donde está el cartel que dice:
Vía en reparación.
Frecuentación de sitios inconfesables me llevó a
multiplicar lamparitas de aceite velas, velones, cirios,
siempre preguntándome cuánto tardaría en acompañarme el
primer ingenuo, cuánto tardaría en aparecer la primera
víctima de la broma. Yo que esperaba la primera velita
no puesta por mí, y una madrugada distingo, enroscada en
una de las piernas que les decían El Rinoceronte Criposo
o El Burro Herniado, una guirnalda de flores de plástico
sonriendo al alba inminente con sus puros colores verde
guacamaya rosado encía de perro amarillo hepatitis,
primer himno de gloria que, con mis dedos tímidos,
acaricié.
Inventario de objetos que encontré durante los seis
meses siguiente: en el pedestal de la estatua:
lamparitas de aceite, treinta y seis, cabos de vela,
ciento ochenta y uno; en la mano extendida que le decían
El Guante de Quécher o Ay Me agarró: ex votos de níquel
en forma de muleta, dos figuritas de cobre en forma de
ramos de novia, cuetro, corazón de coral, uno, manitos
de ébano haciendo el signo de la guiña, tres; en la
poderos pescuezo que le decían La Piroca o El Pavo
Embuchado: ex votos en forma de cunita, cinco, dijes en
forma de dado, seis, todo ello en muestra de la potencia
milagrosa de Musubay, que hacía ya inútil el paquete de
velas que yo siempre llevaba en la maleta del carro. Mi
triunfo fue completo cuando, saliendo de sitio
inconfesable, esta vez en compañía de Lilianita la
Platinada, ella me dijo, ay, frena, que tengo que pagar
promesa. Se bajó del carro, prendió una velita ante
Musubay y se presignó, yo miraba sus zapatos dorados que
enseñaban las suelas al ella ponerse de rodillas.
Dos crisis del culto, su degradación cuando se corrió la
voz de que Musubay propiciaba los sueños que hacían
ganar en los terminales, y el exceso de velitas incendió
los matorrales de la carretera; su transmigración,
cuando el cura logró que trasladaran la estatua para la
carretera del otro lado de la ciudad, sin saber, pobre,
que allí Musubay salvaría niños atacados de
gastroenteritis o mordidos por las ratas y daría lugar a
un remitido en el periódoco que decía las gracias te doy
Musubay, ánima bendita, salvaste a mi Gabrielita pisada
por el camión del Aseo, doy testimonio de las cosas
grandes que hace la fe. Presa se llevaron a una señora
que rezaba la oración de Musubay y luego resultó que era
indocumentada; enorme resultó la venta de un retrato de
Sabú en taparrabos que apareció en los puestos de los
buhoneros al lado de la efigie del Doctor de los
Milagros, del Libro de San Cipriano y de los recipientes
con piedra imán y limaduras de hierro. Yo hacía risibles
planes para enriquecerme vendiendo a Musubay en
estatuillas de yeso pintado y en calcomanías para los
pétalos de las flores de papel, discutía si el
historiador que había inventado a Musubay tenía o no
derechos de autor y si existía o no registro para cobrar
participación en canciones, cine y acuñaciones, y
Lilianita que me oyó una vez no quiso verme más nunca y
tuve meses desventurados y alguna madrugada me dije
solemnemente: no he hecho un carajo en la vida.
Ex voto que hago eminente publicando esta historia en
humillación en arrodillamiento yo un hombre que me reía destas cosas a cuentas de las leyes de la dialéctica y
de la negación de la negación, quién sino Musubay cuando
a Melecio a mi lado le volaron los cesos de la primera
ráfaga quién sino Musubay cuando el tanque de gasolina
lo perforaron también y salió la azul candela en el
asiento de atrás, prendió los volantes clandestinos y
cubrió el vidrio con las calcomanías Maneje con Sentido
Común Donante Voluntario de Sangre quién sino Musubay
cuando debido al caucho derecho agujereado la parrilla
el motor el capó dieron contra la radiopatrulla que
cerraba el camino y salí volando hasta la cuneta quién
sino Musubay en este plató que miren, entró por aquí y
salió por aquí y no me tocó y después se confundieron y
dispararon para otro lado, ah ánima digna y solitaria a
quien llaman La Uña del Caimán, este exvoto acepta por
tus milagros del primero que iluminó tu ara, señor de
los terminales, de las flores hepáticas, de los niños
mordidos por ratas y de los zapatos dorados. |