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EL LUGAR SAGRADO
En
la FIL, Antigua vida mía, tercera novela de la
autora chilena Marcela Serrano.
Elizabeth
Díaz González
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La
Habana
Dos mujeres,
dos amigas de la infancia, con un destino entrelazado,
completándose una a la otra, con sus diferencias en el
enfrentamiento de la vida, sus lejanías y acercamientos,
sus propias historias personales: la historia de una
amistad. Sin embargo, podría ser una historia de
añoranza, eso es lo que dice Marcela Serrano que es la
historia de Violeta, o sea, la historia de Antigua
vida mía, tercera novela de esta autora chilena. O
podría ser la historia de un asesinato, ya que el relato
se centra en este hecho como un antes y un después en la
vida de Violeta, y de facto determina la
estructura de la obra en una primera parte y una segunda
parte, con un intermedio; un asesinato que simboliza un
acto de justicia, quizás extremo, pero un acto de
justicia ante la histórica violencia ejercida contra la
mujer: “Violeta disparó por todas nosotras”.
O
quizás, una novela de aprendizaje sobre la realización
de la mujer en un mundo donde todavía priman los valores
patriarcales, su lucha por alcanzar la plena dignidad,
que aún hoy es preciso defender, donde todavía hay tanto
que hacer y descubrir en las relaciones de la pareja
hombre-mujer, conflicto que nos llega desde tiempos
inmemoriales: “La mujer latinoamericana afronta una
lucha cotidiana para poder vivir mejor, defendiendo sus
derechos y la igualdad, en un mundo hecho por y para los
hombres. [...] La violencia familiar es muy común en
América Latina, pero ocurre puertas adentro en una casa
y muy pocas se animan a denunciarlo. Los casos de
violencia familiar son más comunes de lo que se cree.
Es importante empezar
a hablar del tema. Estas fueron declaraciones de Marcela
Serrano en la Feria Internacional del Libro de Buenos
Aires, en mayo del 2001, donde fue precisamente a
presentar Antigua vida mía y compartió la mesa
con Héctor Olivera, director del filme basado en la
obra, con los protagónicos a cargo de las actrices
Cecilia Roth y Ana Belén.
Todos estos elementos
conforman esta novela, todas estas “novelas” son
Antigua vida mía, porque la autora ha querido
revelarnos una realidad multifacética, si bien desde la
perspectiva femenina, pero integradora de una inserción
en el mundo moderno, después de la caída del muro de
Berlín. Las mujeres, en esta novela de Marcela Serrano,
no viven en un mundo cerrado, donde las problemáticas
serían solo las estrictamente femeninas, sino que se
incluyen en las problemáticas sociales comunes a todos
los seres humanos, más las que acompañan al género
femenino ya sea desde el punto de vista biológico, o de
rol, de la discriminación, etc., siempre con una mirada
de mujer. Marcela Serrano se inscribe así dentro de la
más auténtica corriente de la narrativa femenina
contemporánea, movimiento que ha cobrado un auge
extraordinario en los últimos años, quizás acorde con la
progresiva, aunque aún incipiente, igualdad o liberación
de la mujer. Mucho se ha discutido sobre esto, tanto de
la “liberación” de la mujer —que provoca en unos
sonrisas irónicas y en otros, adhesiones al punto de
vista masculino—, como de la no existencia de una
literatura “femenina”. No es este el espacio para tratar
estos temas tan debatidos, solamente dejaré constancia
de lo que es un hecho objetivo: cada vez aparecen más
escritoras en el campo de la ficción literaria, y no
solamente en la poesía, la lírica, que parecía un género
más acorde con la feminidad, sino en la narrativa, y no
solo en la cuentística, sino también en la novela,
aunque no todas las que mencionaré pueden inscribirse en
una literatura que trate los problemas de la mujer, ni
en todas es discernible el punto de vista femenino:
Isabel Allende, chilena igual que Marcela Serrano; de
las mexicanas, Elena Poniatowska, Ángeles Mastretta,
Inés Arredondo, Elena Garro, Luisa Josefina Hernández,
Beatriz Escalante, Laura Esquivel, Rosario Castellanos,
Josefina Vicens, Nelie Campobello, Carmen Boullosa y
tantas otras más; de las españolas, Rosa Regás, Mercedes
Salisachs, Ana María Matute, Carmen Laforet, Almudena
Grandes, Adelaida García, Rosa Chacel, Carmen Kurtz,
Carmen Martín Gaite, Rosa Montero, Soledad Puértolas,
Arantxa Urretabizkaia, etc. De Cuba: Ana Luz García
Calzada, Ena Lucía Portela, Lidia Vega Serova, Marilyn
Bobes, Marta Rojas, Mary Cruz, Aida Bahr, Mirta Yánez,
Lázara Castellanos, Enid Vian, Karla Suárez, María Elena
Llana, Rosa Ileana Boudet, Excilia Saldaña, y otras más.
Podría seguir poniendo ejemplos de literaturas
nacionales, con listas que resultarían tediosas. Basten
estas, de nuestra lengua, sin entrar a definir calidades
literarias o mayor éxito de ventas. Esto es un fenómeno
nuevo, que comienza a notarse a mediados del siglo
pasado, sin comparación con otros siglos; son los
síntomas de un cambio de signo en la historia de la
humanidad. La ilustre Juana Ramírez de Asbaje, Sor Juana
Inés de la Cruz, diosa tutelar, no tendría ahora que
someterse al encierro y a la renuncia de la maternidad
que significó ser monja carmelita para poder estudiar y
producir una obra literaria.
Marcela Serrano,
nacida en Santiago de Chile en 1951, proveniente de una
familia de la clase alta, hija de la novelista Elisa
Pérez Walker y del ensayista Horacio Serrano, se dedicó
primero al arte. Antes había estado en París durante un
año como estudiante, con dos de sus cuatro hermanas,
donde según ella misma confiesa “estaban todos los
gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire”; 1
regresa a Chile y después del golpe de Pinochet en
septiembre de 1973 tiene que salir nuevamente, ahora al
exilio en Roma; allí trabaja en los viveros municipales
y se ve obligada a “vivir en condiciones que yo ni
siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante
“regalada” antes de eso, en casa de mis padres, entonces
fue muy duro. Al final me volví”.2 Regresa a
Chile en 1977 y se dedica a las artes plásticas. Se
gradúa de Grabado en 1983 y obtiene un premio en el
Museo de Bellas Artes por un trabajo sobre las mujeres
del sur de Chile, pero pronto abandona estas actividades
y se dedica a la literatura. Su primera novela,
Nosotras que nos queremos tanto, que fue
publicada en 1991 y galardonada en 1994 con el premio
Sor Juana Inés de la Cruz, trata de cuatro mujeres
chilenas, a la mitad de sus vidas, profesionales, que se
sientan a conversar sobre sus experiencias de la vida.
Dos años más tarde, en 1993 sale impresa Para que no
me olvides, sobre el miedo a olvidar y sobre una
relación extramatrimonial que subvierte los valores
convencionales de la protagonista, obligada entonces a
encontrarse a sí misma. Antigua vida mía es de
1995. El albergue de las mujeres tristes, 1998,
reúne personajes femeninos que reconstruyen su
identidad, sus amores, sus sueños. En 1999 publica
Nuestra Señora de la Soledad, una novela en la cual
el detective es una mujer, Rosa Alvallay, de 54 años,
divorciada y con dos hijos, que debe esclarecer el caso
de una escritora desaparecida. Un mundo raro, del
año 2000, está constituida por dos relatos: “El amor en
el tiempo de los dinosaurios”, publicado originalmente
en el periódico El País, y “Sin Dios ni ley”, con
temas como la violencia física contra la mujer y la
maternidad.
Recientemente
obtuvo el segundo lugar en el Premio Planeta del 2001
con la novela Lo que está en mi corazón –el
primero fue para Rosa Regás–, donde cuenta la historia
de una joven que después de una depresión por la pérdida
de un hijo va a Chiapas y aprende a comprometerse. Una
carrera meteórica, siete novelas en diez años. Con un
gran éxito de público lector.
En Antigua vida
mía una de las protagonistas, Josefa, es también una
mujer de éxito, una cantante famosa, mientras que
Violeta, arquitecta, se circunscribe más a un ámbito
familiar, sin embargo, su espiritualidad es mucho más
rica, más sensible al acontecer social. El contrapunto
entre estas dos mujeres, una desde el individualismo, la
otra desde la generosidad, sus particulares historias en
las que se van entremezclando, es una de las más bellas
historias sobre la amistad entre mujeres. Marcela
Serrano ha declarado que ella es mitad una y mitad la
otra, aunque no se dio cuenta mientras lo iba
escribiendo. Mucho ha puesto de sí misma la autora en
esta novela, su simpatía manifestada públicamente por el
Che que fue su ídolo en la juventud, se plasma en un
pasaje donde el padre de Violeta lo recibe en su casa y
ella lo conoce. Pero el centro de la novela es un
verdadero exorcismo para la autora, es el Chile
pragmático, desmemoriado frente a su historia, que le
duele, por eso Violeta no regresa: “La verdadera razón
es que Chile se transformó en un país indiferente”. Y es
la historia, lo que ha devenido el mundo después de la
caída del muro de Berlín, de la desaparición del llamado
campo socialista, “¿Es mejor el mundo hoy porque el muro
ha caído?”, pregunta Violeta, y Javier nos dice que
“junto con el muro cayeron las esperanzas de construir
un mundo mejor”. Marcela Serrano simboliza en Violeta
Parra el Chile que se perdió y los mejores valores de
los ‘60, por esto le dedica el libro y el personaje se
llama Violeta, es un homenaje doble, es la voz que se
suma al coro de mujeres que forman los ancestros, la
bisabuela, la abuela, la madre, que siempre están
presentes para contar el pasado, para trasmitirlo de
mujer a mujer, como depositarias de la memoria también.
Por esto comparten la narración con Josefa, quien en la
primera parte nos cuenta los hechos que sucedieron, los
antecedentes antes del asesinato, después da paso al
intermedio que es contado por “las otras”, los
ancestros, y en la segunda parte vuelve a retomar la voz
Josefa, para contarnos su pasado y su presente, para al
final unirse en el presente Violeta y Josefa, en “el
último bosque”.
Violeta, la
protagonista, busca un lugar sagrado, “el último
bosque”, simbolizado en el maravilloso tapiz que le
regala a Josefa al despedirla. Antigua es el lugar
geográfico escogido, al que aún la modernidad no le ha
quitado el rostro propio, pero Antigua es solo un
pretexto, un lugar donde desarrollar una “pequeña ética
personal”, donde encontrar la dignidad, porque no hay
otros lugares, solo esta “utopía hospitalaria” que ha
encontrado Violeta en un mundo enrarecido que no cree
poder cambiar. Sí, Marcela Serrano, esta es la historia
no de la nostalgia, sino de la añoranza, que no es lo
mismo, es la añoranza de un lugar sagrado, que aún no
hemos perdido porque está dentro de nosotros.
La Habana, 12 de marzo del 2002
Notas:
1.Entrevista
radial hecha por Diego Bernabé, periodista uruguayo, en
el programa “En perspectiva”, en el año 1997.
2.Ibídem.
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