LA JIRIBILLA

CICATRICES EN LA MEMORIA
(EPÍLOGO)

 
Ricardo Alarcón de Quesada| La Habana


Los textos que conforman este libro, al contrario de las aclaraciones que suelen acompañar a los filmes de ficción, se refieren directamente, todos ellos, a personas y acontecimientos reales. Su lectura nos ha hecho revivir horas de angustia y dolor que son parte inseparable de la vida personal de cada uno de nosotros.

Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Fernando Gónzalez, Antonio Guerrero y René González no habían nacido aún o apenas comenzaban a vivir cuando ya el terrorismo, promovido por Washington, dejaba caer la muerte y la destrucción sobre su pueblo. Ellos pertenecen a una generación de cubanos que ha debido soportar día y noche durante toda su existencia la más implacable, insidiosa y prolongada guerra.

Son muchas las razones para la solidaridad con estos héroes ante la terrible injusticia que sufren ellos y sus familiares. Pero hay una que nos obliga a convertir el empeño por liberarlos en una verdadera batalla nacional, pues tiene que ver, literalmente, con el derecho a la vida de todo un pueblo.

El caso de nuestros cinco compatriotas es prueba irrefutable de que esa guerra —y específicamente su manifestación más atroz, el terrorismo— no solo continúa hoy, sino que pretende perpetuarse eternamente y amenaza a los cubanos que todavía no han nacido.

La arbitraria detención el 12 de septiembre de 1998, las brutales condiciones carcelarias a que fueron sometidos, las incontables manipulaciones y violaciones de los procedimientos judiciales, los veredictos, las sentencias, el trato cruel que se les sigue dando y el silencio casi total de los grandes medios “informativos”, todo este innoble proceso tiene una sola explicación: Estados Unidos seguirá promoviendo el terrorismo contra Cuba y por eso castiga con la más irracional crueldad a quienes se atrevieron a enfrentar a los terroristas y se asegura de que su prensa pretendidamente “libre” —o “disciplinada” como la llama, con mayor exactitud, Chomsky— no diga nada.

Todo está, sin embargo, ampliamente documentado.

A lo largo de la etapa que precedió a las vistas públicas del tribunal de Miami que se ocupó del caso, la Fiscalía General del sur de la Florida (o sea, el gobierno) se esforzó por proteger a los grupos terroristas que desde allí actúan contra Cuba: solicitó que de esas vistas se excluyese por completo el tema del terrorismo, que miembros de esos grupos no fueran citados a testificar y que si tuvieran que hacerlo todos sus testimonios quedaran cubiertos por la Quinta Enmienda (es decir, que no revelasen nada). Todo ello por escrito en documentos oficiales del gobierno. Como escrito está, en las actas del tribunal, el reconocimiento de sus fechorías por parte de algunos terroristas y las irrefutables pruebas que sobre ellas presentaron los abogados que defendieron a nuestros compatriotas.

Como si lo anterior hubiera sido insuficiente a la hora de dictar sentencias, tanto el gobierno como el tribunal proclamaron abiertamente que todo el objetivo del “juicio” era proteger a esos grupos terroristas. El gobierno pidiendo formalmente, mediante solicitudes escritas, que además de imponer a los cinco héroes el máximo castigo posible se les “incapacitara” también para que, una vez recuperada su libertad, no pudiesen realizar ninguna acción en perjuicio de los terroristas. La jueza, accediendo a esa solicitud, plasmó estas insólitas palabras en su sentencia: “Como condición especial adicional de la libertad supervisada se le prohíbe al acusado asociarse con o visitar lugares específicos donde se sabe que están o frecuentan individuos o grupos tales como terroristas, miembros de organizaciones que propugnan la violencia o figuras del crimen organizado”.

Se les había acusado inicialmente de haber conspirado para cometer espionaje. Fueron calificados como espías por las autoridades y por todos los medios informativos de Miami que los condenaron sin vacilación desde el día que fueron detenidos. Pero nunca presentaron prueba alguna, ningún documento o material secreto que ellos hubieran obtenido, ningún testigo que dijera que habían tratado siquiera de buscar alguna información confidencial. Por el contrario, testigos de gran autoridad —generales, almirantes y coroneles en retiro, que habían ocupado elevadas responsabilidades en las fuerzas armadas y agencias de seguridad norteamericanas— declararon bajo juramento que ninguno de los acusados había hecho nada parecido. No habían practicado el espionaje, ni habían intentado hacerlo ni se les había orientado que lo hicieran.

Contra Gerardo Hernández fue hecha una acusación adicional aún más falsa, absurda e infame: conspirar para asesinar con premeditación. Se le presentó como si él hubiera sido responsable por la muerte de quienes perdieron la vida el 24 de febrero de 1996 en un incidente que tuvo lugar cuando la fuerza aérea cubana, en ejercicio legítimo de la soberanía nacional, derribó dos aeronaves de un conocido grupo terrorista que desde Miami, en numerosas ocasiones, había violado el territorio cubano con fines provocadores, subversivos y para realizar sabotajes.

Independientemente de que el lamentable suceso no era un caso de asesinato y de que el incidente era consecuencia de la política agresiva de Estados Unidos contra Cuba y del derecho y la obligación de esta de defenderse, Gerardo no tuvo absolutamente nada que ver con lo ocurrido aquel día.

La acusación contra Gerardo muestra a las claras la espuria motivación de este caso y la absoluta falta de ética de las autoridades de Estados Unidos. Agregaron esta imputación en mayo de 1999, seis meses después que los cinco cubanos guardaban prisión —todo el tiempo, por cierto, en confinamiento solitario— y tras haber sido formalmente acusados por otros cargos y lo hicieron luego que en la prensa de Miami se divulgaron reuniones de la fiscalía y elementos de la mafia terrorista anticubana en la que estos solicitaron abiertamente que se le hiciese también la mendaz acusación.

La irresponsable calumnia fue hecha polvo durante las sesiones ante el tribunal, donde fueron presentadas numerosas pruebas sobre las violaciones al espacio aéreo cubano, incluyendo la del fatídico día, y sobre las actividades y planes terroristas del grupo que las promueve, así como respecto a la conducta culpable del gobierno norteamericano que, incluso, conocía con anticipación que en la fecha mentada tendría lugar la provocación. Contra Gerardo, como es obvio, no pudieron presentar ninguna prueba, ningún testigo, nada que lo vinculase a lo que entonces ocurrió.

El 25 de mayo de 2001 cuando concluía el juicio, el gobierno de Estados Unidos dio un paso que carece de antecedentes. Solicitó al Tribunal de Apelaciones que modificase su propia acusación admitiendo que “a la luz de las pruebas presentadas en el juicio” enfrentaba “un obstáculo insuperable… y probablemente resultará en el fracaso de la acusación en este cargo”. En otras palabras, se habían visto obligados a reconocer lo que se sabía de antemano: que nunca tuvieron pruebas, pues era imposible tenerlas, de que Gerardo había asesinado a nadie y mucho menos con premeditación. Las autoridades supieron siempre que jamás podrían probar una calumnia totalmente inventada. Cuando la introdujeron en la etapa inicial del proceso, querían simplemente satisfacer el revanchismo de la mafia terrorista y regalarles un elemento que envenenaría aún más el ambiente para hacer totalmente imposible un juicio que tuviese siquiera una apariencia de normalidad.

El Tribunal de Apelaciones no aceptó la petición fiscal y en consecuencia el jurado debía decidir si Gerardo era culpable o inocente del cargo que le habían imputado dos años atrás. Ocurrió entonces algo que solo puede suceder en un tribunal de Miami: sin vacilación, sin plantear una duda o pedir alguna aclaración, con inusitada rapidez, el jurado declaró culpable a Gerardo de asesinato en primer grado. O sea, lo encontraron culpable de algo de lo que ya no lo acusaba siquiera la fiscalía.

La conducta del jurado —como la de la jueza y los fiscales— no hacía otra cosa que confirmar lo obvio: en Miami es imposible juzgar objetivamente a la Revolución cubana y a sus representantes. ¿Cómo ignorarlo si allí se han hecho estallar bombas y se ha agredido y amenazado a quienes quieren ver y escuchar a Rosita Fornés o a los Van Van; si allí se ha destruido en plena vía pública, con saña nazi, un cuadro de Mendive; si allí se mantuvo secuestrado durante cuatro meses a Elián González a despecho de lo que dijera el gobierno o los tribunales, o las leyes y la decencia humana; si de Miami se ha ido, no una sino dos veces, el tribunal de los Grammy latinos temeroso de la seguridad y la integridad física de los artistas y participantes?

Ésa era la cuestión clave a resolver desde el instante en que nuestros cinco compatriotas fueron sometidos a un proceso judicial y sus abogados defensores lo plantearon desde el primer momento. Pidieron que a sus defendidos se les diera el derecho reconocido por la Constitución, las leyes y una inalterada tradición norteamericana, a ser juzgados en otro lugar ante un jurado imparcial. La fiscalía lo rechazó tercamente. Decía que Miami no era lo que todo el mundo sabe que es Miami. Afirmó, sin sonrojarse, que allí era posible juzgar imparcialmente a cinco patriotas cubanos, culpables solo de actuar contra los intereses de la mafia terrorista que domina esa ciudad. Pese a la insistencia de los acusados y sus abogados, defensores de oficio que ante el tribunal se quejaron de las presiones de que ya eran objeto ellos y sus familiares, la jueza se sumó a la posición gubernamental y negó a los cinco lo que era un derecho elemental. El juicio había que efectuarlo en Miami. Al anunciar su decisión, la magistrada hizo una declaración el 16 de marzo de 2000, tan sorprendente como reveladora: “Este juicio será más interesante que cualquier programa de televisión”.

El 12 de noviembre de 2002 Leonard Weinglass, abogado de Antonio Guerrero respaldado por los otros defensores, solicitó al tribunal de Miami que descarte su fallo anterior y celebre un nuevo juicio fuera de esa ciudad.

Las razones principales que fundamentan esta moción son la conducta dolosa de la fiscalía y de la jueza en el manejo de la solicitud original de la defensa, que había pedido varias veces desde enero de 2000, que el juicio se realizase fuera de Miami.

La fiscalía de la Florida se opuso entonces tenazmente a un cambio de sede para el juicio de los cinco. Sin embargo, un año después, el 25 de junio de 2002, la misma fiscalía, cuando ella fue acusada en un pleito civil (Ramírez vs Ashcroft), solicitó el cambio de sede empleando los mismos fundamentos de hecho y de derecho que había rechazado antes respecto al caso de los cinco.

El precedente legal usado en ambos casos es el mismo: Pamplin vs Mason de 1968. Cuando lo utilizó Antonio Guerrero, la fiscalía arguyó que era inaplicable en su caso porque Miami-Dade es un “centro urbano” que es “extremadamente heterogéneo”, “políticamente no-monolítico” y con “gran diversidad” y por lo tanto allí era posible, según ella, realizar un juicio justo e imparcial, libre de “influencias externas”. Cuando ella era la acusada, la misma fiscalía señaló que Miami-Dade, con relación a Cuba, es un sitio donde existen “sentimientos y prejuicios profundamente arraigados” que harían “virtualmente imposible” un juicio justo e imparcial.

La jueza por su parte cometió varias violaciones que contribuyeron a privar a los acusados de sus más elementales derechos, y consistieron en el modo en que trató el testimonio del profesor Moran, experto contratado por el tribunal a petición de la defensa: violó la naturaleza ex parte de esa solicitud al comunicarla indebidamente a la fiscalía, ocultó los antecedentes negativos que existían en sus relaciones con ese experto, demoró y manipuló el pago por sus servicios, rechazó su trabajo con argumentos superficiales y falsos y manipuló sus datos y denegó la solicitud del cambio de sede empleando en su decisión criterios que ignoran o contradicen la ley federal.

La moción presentada ante el tribunal de Miami demandando un nuevo juicio, analiza profundamente y con rigor jurídico las violaciones de la fiscalía y de la jueza y va acompañada de varios anexos con documentos y declaraciones juradas que prueban ampliamente la justeza de esta petición y la necesidad de un nuevo juicio a los cinco patriotas cubanos, fuera de Miami, a la luz de las nuevas evidencias descubiertas y en el interés de la justicia.

Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González, Héroes de la República de Cuba, son también héroes de la cultura. Son cinco intelectuales que piensan y crean en las circunstancias más hostiles y difíciles. Cinco intelectuales encarcelados por sus ideas y sus ideales, por haber luchado —sin fusiles, sin usar la fuerza ni la violencia— contra terroristas que actúan impunemente, empleando en esa lucha solamente la inteligencia, el talento y la abnegación, sin más armas que sus convicciones y un admirable espíritu de sacrificio.

Desde su injusto y duro encierro ellos siguen peleando. No cesan de escribir ni de dibujar. En verso y en prosa se comunican con miles de personas en todo el mundo. El mensaje que ellos envían —sustento principal que anima el movimiento internacional para liberarlos— es una contribución invalorable a la cultura. Confirma que nada puede aprisionar el espíritu libre y creador.

2 de enero de 2003

 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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