LA JIRIBILLA

PALABRAS EN LA PRESENTACIÓN DE CICATRICES EN LA MEMORIA
 
Marilyn Bobes| La Habana


Confieso que mi primera reacción fue la inseguridad. No soy de aquellos escritores en quienes el oficio prevalece. Como los románticos (de los que de alguna misteriosa manera todavía me siento parte) necesito de la inspiración. Creo que nunca antes había escrito literatura por encargo. Me resistía a hacerlo. Sin embargo, mis años de periodista me confirmaban que muchos de estos llamados encargos habían sido muchas veces punto de partida legítimo para la llegada de esas musas que, aun tratándose de géneros más impersonales como el reportaje, me resultan absolutamente imprescindibles en el momento de enfrentarme a la página en blanco. 

Cuando la Editorial Capitán San Luis nos convocó para el proyecto de un libro que, por medio de relatos, denunciaría el territorio del que la nación cubana ha sido víctima durante más de cuarenta años, la respuesta estuvo, sin embargo, muy clara: imposible negarse. Con encargo o sin encargo debíamos intentar poner en blanco y negro, recurriendo a los artificios de la fabulación, las dolorosas historias que ya periódicos y tribunas, con las especialidades de sus lenguajes habían dado a conocer al mundo para demostrar que, como bien dijera Roberto Fernández Retamar: “no hay terrorismo bueno ni terrorismo malo, todo el terrorismo es condenable; ni son solo los poderosos los que padecen cuando el terrorismo se vuelve contra ellos”. 

El problema residía en el cómo. ¿Seríamos (o para hablar solo de la parte que me toca) sería yo capaz de cumplir con lo que se me solicitaba? Es harto sabido que en no pocas ocasiones la realidad supera a la ficción y me parecía que en el caso de los hechos que nos tocaba ficcionalizar esta era la dramática situación. Hacer del dolor literatura requiere una dosis de sangre fría o de magisterio profesional de las que no me creo poseedora. Así que la empresa no resultaba nada fácil. 

En un principio solo tenía la fría y siniestra documentación. En abril de 1976 dos diplomáticos cubanos, entre ellos una mujer madre de tres hijos, habían sido asesinados con la colocación de una bomba en el edificio ocupado por la Embajada cubana en Lisboa. Empezaron mis dudas. Contar aquella escalofriante historia con las técnicas de un cuento policial me parecía una trampa. No quería que la impersonalidad de la ficción encubriera la tristeza y la desolación que aquel acontecimiento dejaba a su paso, que se quedaran fuera las dolorosísimas implicaciones que una muerte como la de Adriana Corcho tenía, especialmente dentro de su marco familiar. 

Entonces apareció la posibilidad de las entrevistas y con ellas llegó Bettina, la hija de Adriana quien es, en definitiva, la verdadera autora de mi monólogo porque fue ella la que, como me dijo Teresita Fornaris, puso el dolor. Un dolor que trasciende el hecho literario para instalarse en el corazón y en la memoria del lector. Y eso era, precisamente, lo que a mí me parecía más importante. 

La entrevista con Bettina está entre las cosas que no podré olvidar jamás. Llorábamos las dos. Es decir, las tres, porque Teresita Fornaris fue testigo y un poco partícipe también de este encuentro. Ella se emocionó tanto como nosotras. De la entrevista nació el texto que ahora aparece en el libro y que vacilo en calificar de relato porque fue muy poco lo que yo puse en él. No me parecía necesario. Fabular sobre la terrible experiencia de Bettina hubiera sido traicionarla y traicionar al lector. 

El mayor elogio que he recibido de ese texto me lo hizo la propia Bettina cuando lo leyó: “Me parecía que me estaba oyendo hablar a mí misma”, me dijo. Entonces comprendí que había cumplido mi propósito, que el arte de narrar consiste muchas veces en el arte de saber escuchar. 

No sé si “Monólogo de Bettina”, que es el nombre de mi texto, estará entre aquellos que, al decir de Retamar, sobrevivirán a las coyunturas que los han hecho nacer. No era mi propósito hacer una crónica o un relato o un testimonio inmortal. Simplemente quise hacer visible el fatídico significado que tuvo para una adolescente solitaria, la muerte de su madre. Una muerte provocada, que no le tocaba, perpetuada por una mano cuyo alcance trascendía, sin duda alguna, las fronteras de la atrocidad. 

Bettina pudo haber sido distinta de lo que es. Acaso un poco más feliz. Sus magníficas cualidades la hacían merecedora de ello. Aspiro a que el lector encuentre en esas páginas todo lo que yo descubrí en mi entrevista con ella. Que, de algún modo, lo que dejamos escrito sirva para construir un mundo con menos dolor y menos miserias humanas. 

Estoy segura de que el resto de los escritores que participamos en este proyecto se siente tan conmovido como yo por los sucesos por ellos narrados. Agradezco en mi nombre y en el de todos, la oportunidad que nos ofreció la Editorial Capitán San Luis de contribuir, aunque sea de una modesta manera, a esta lucha contra uno de los mayores flagelos de nuestro tiempo: el terrorismo. Ojalá que sus cicatrices dejen de marcar el cuerpo del mundo en un futuro de más amor y de paz.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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