| LA JIRIBILLA |
|
JUSTICIA DESDE EL ARTE En la Sala Nicolás Guillén de la otrora fortaleza de La Cabaña, Juan Carlos Rodríguez lo catalogó de “hermoso” y lo describió “como otra batalla ganada en el pensamiento humano.” Para el escritor, quien también es responsable de una de las historias, el mérito mayor en arte es que “la pluma y el pincel que transmiten las ideas sean llevados de la mano por un creador sensible y talentoso.” Quizás la mayor virtud de este título radica en haber tratado al terrorismo desde la perspectiva de la literatura, como lo expresara su editor Eduardo Heras León. Y despertar la magia de la palabra –misión esencial del escritor -, con la honda motivación de testimoniar a través de la ficción, los sabotajes, incendios, infiltraciones, secuestros, atentados... sufridos por la nación desde el Triunfo revolucionario de 1959. La escritora y poeta Marilyn Bobes, confesó públicamente que su primera reacción al recibir la solicitud de la Editorial Capitán San Luis de escribir un cuento “por encargo”, fue la inseguridad. Sin embargo, era imposible rehusarse a intentar la fabulación de las dolorosas historias que han marcado la vida de varias generaciones de cubanos. A medida que hilaba la narración, Bobes reparó en que la realidad superaba con creces a la ficción, porque se trata de “un dolor que trasciende al hecho literario.” Las confesiones de su testimoniante, -hija de una diplomática cubana asesinada cumpliendo su misión en el exterior-, le develaron que “el arte de narrar consiste muchas veces en el arte de saber escuchar”. La historia fue delineando el camino del cuento de Bettina: “¡Ojalá que sus cicatrices (las del terrorismo) dejen de marcar el cuerpo del mundo, en un futuro de más amor, y de paz –apuntó Marilyn. Y quiso el poeta Roberto Fernández Retamar, prologuista del libro, reafirmar su profesión de fe por romper lanzas a favor de un arte que tome muy en cuenta las cuestiones políticas de la contemporaneidad, al estilo de las grandes obras de Ernest Hemingway en Por quién doblan las campanas o de Pablo Picasso con su “Guernica”. Rememoró los terribles sucesos del 11 de septiembre de 2001, cuando las Torres Gemelas del World Trade Center, fueron derribadas. Fecha coincidente también con el bombardeo al Palacio de la Moneda que en 1973 truncó la vida del presidente Salvador Allende y abrió una de las páginas de tiranía más feroces de Latinoamérica. Hechos todos que han causado una inmensa conmoción en nuestro pueblo, al decir del Presidente de la Casa de las Américas, quien recordó la pronta ayuda que ofreció el pueblo cubano a sus víctimas. Pero lo difícil de comprender, en su opinión, es que “habiéndose entrenado en territorio estadounidense los atacantes”, el gobierno de los Estados Unidos, líder en espionaje mundial, no tuviera noticias con antelación de un plan tan horrendo. “Hay cosas que por inexplicables y monstruosas nunca llegamos a definir”, y el terrorismo es una de ellas para el escritor Rogelio Riverón, autor de otro de los cuentos compilados en Cicatrices en la memoria. Para él, el terrorismo no es un hecho virtual, y en cada hogar y calle cubanas se conoce alguno de sus dolorosos episodios. Es esa la causa de su inmensa motivación para participar de esta obra colectiva. “Hacer una mínima justicia desde el arte” porque “el talento, en caso de que se tenga, no se guarda para ocasiones protocolares”. Y los artistas “jamás nos pensamos espectadores, sino parte del todo que es la patria.” Para el Presidente del Parlamento, Ricardo Alarcón de Quesada, “el terrorismo es asunto que le corresponde a los cubanos tratar como a nadie.” Ya desde 1958 el Jefe de la CIA dictaminó: “debemos impedir la victoria de Castro”. Y documentos desclasificados dan fe de cómo el gobierno norteamericano propuso “negarnos recursos financieros y suministros materiales”, hacer que descendieran las reservas monetarias, que los salarios reales bajaran... y “llevar el hambre y la desesperación al pueblo” con tal de destruir a la Revolución. “El mismo gobierno que está dispuesto a incendiar el planeta por enfrentar supuestamente el terrorismo”, es como asegura Alarcón, el que prohíja a notorios grupúsculos como el Comando F-4, cuyos integrantes, venezolanos y cubanos, afirmaron públicamente en el Wall Street Journal el pasado 29 de enero: “nos estamos preparando para la guerra.” ¿Cómo negarle entonces a Cuba el derecho ineludible de defenderse? Es la razón por la cual “cinco héroes, ejemplos superiores de la intelectualidad patriótica y revolucionaria cubana, que siempre ha estado junto a su pueblo”, permanecen hoy injustamente en cárceles norteamericanas, por el delito de haberse enfrentado al enemigo más poderoso y peligroso que haya existido jamás, “solo con las armas de la inteligencia.” Cicatrices en la memoria, es por tanto un reconocimiento a nuestros cinco compatriotas que tuvieron y tienen “el coraje de arriesgar sus vidas sin emplear arma alguna, solo el talento y un sentido de altruismo increíble ante tanto riesgo, sacrificando sus vidas por tratar de evitar los crímenes que se planean y se seguirán planeando contra Cuba.” No se trata únicamente de una cuestión de justicia histórica –anunció Alarcón-, sino de una cuestión vital para nuestro pueblo, para las generaciones que aún no han nacido”. Debemos unirnos “para derrotar esa política y lograr que nuestro pueblo alcance el derecho a la vida y a vivir en paz.” Por todos esos motivos, Eduardo Heras recomienda al amigo lector de Cicatrices en la memoria, enfrentar la lectura también como un desafío: “el de una nación que ha sabido restañar sus heridas, y cuidar sus cicatrices como recuerdos dignos. “Cuando lo leas –nos aconseja el editor-, no lo eches a un lado. Haz como te dijo Martí: caliéntalo a la llama saludable del frío de estos tiempos dolorosos, para que también nos acompañe en la larga tarea de este pueblo, que está de pie sobre la tierra, apretados los labios, erguido el pecho bravo y vuelto el puño al cielo levantando a la vida sus secretos.” |
|
|