| LA JIRIBILLA |
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EL MUNDO DESPUÉS DEL La conmoción ocasionada en el mundo por la triste y brutal noticia del atentado terrorista del que fue víctima el pueblo norteamericano, el 11 de septiembre nos conmovió a todos. Cualesquiera que fuesen las causas, factores de orden económico y político, nadie puede negar que el terrorismo constituye un peligroso fenómeno que debe ser erradicado. El 11 de septiembre produjo un cambio a escala global a partir del cual todos fuimos más inseguros, Estados Unidos consolidó su papel como la única superpotencia ascendiendo a la categoría de “hiperpotencia” y bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo se dispuso a imponer su hegemonía al resto del mundo. En nombre de la justicia se llamó a la guerra, con los más sofisticados medios para matar. Estados Unidos advirtió de inmediato al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que podría lanzar ataques militares contra otros países y grupos, además de Afganistán y la red Al Qaeda lo que quedó plasmado en las palabras del representante norteamericano: Podríamos establecer que nuestra autodefensa necesite emprender acciones respecto a otras organizaciones y países. En respuesta a estos atentados y conforme al derecho inherente a la autodefensa individual y colectiva, las fuerzas armadas de Estados Unidos iniciaron ataques destinados a evitar y disuadir otros atentados en Estados Unidos. El 20 de septiembre dirigiéndose a toda la nación ante sesión conjunta del Congreso, el Presidente Bush declaró que cualquiera, en cualquier lugar, tiene ahora que tomar una decisión o está con nosotros o está con el terrorismo y definió el conflicto como una guerra prolongada, de muchos años, sin paralelo en la historia. Por su parte el Secretario de Defensa norteamericano Donald Rumsfeld, cuando le pidieron que comparara este período con otros, dijo que sería como la Guerra Fría, que duró 50 años, fue multidimensional y generó una mezcla de estrategias en el terreno militar, político, económico, diplomático e ideológico, aunque en este caso con acontecimientos menos predecibles y adversarios menos conocidos. Con el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos se quedó sin un enemigo visible que contribuyese a la cohesión de la nación y al mismo tiempo justificase los desajustes económico-sociales y su voluntad expansionista. Los Presidentes dejaron de tener amenazas externas que le sirvieran para impulsar sus políticas, frente a un Congreso poco complaciente, fuerte partidismo y el accionar de importantes grupos de presión. El 11 de septiembre por consiguiente, permitió el diseño de una estrategia, con la idea de un gobierno global, que mediante el uso de la fuerza, de forma unilateral y sin someterse a instituciones internacionales, ejercería su dominio. Se conformaba así una perspectiva neoimperial por la cual Estados Unidos se arroga el papel de fijar normas a escala global, determinar amenazas, usar la fuerza e impartir justicia. Un solo jefe, un solo juez, una sola ley. Ser un poder imperial es mucho más que ser la nación más poderosa de la Tierra, significa hacer cumplir ese orden en el mundo y hacerlo sobre la base de sus intereses hegemónicos; significa establecer las reglas en todo, desde los mercados hasta las armas de destrucción masiva, mientras se exceptúan a sí mismos de las reglas internacionalmente establecidas. Es la única nación que controla el mundo a través de cinco comandos militares globales; mantiene más de un millón de hombres y mujeres sobre las armas en cuatro continentes; desplaza grupos de batalla que vigilan todos los océanos; mueve las palancas del comercio global, y trata de controlar las mentes en el planeta imponiendo sus deseos y concepciones. En el plano interno se toman medidas que abren una era sin precedente en el control y vigilancia sobre sus ciudadanos o cualquier persona que resida en territorio estadounidense temporal o permanentemente, lo que ha generado gran preocupación no solo entre los defensores de los derechos civiles y las libertades públicas en los Estados Unidos, sino entre sectores conservadores, el propio stablishment y hasta el ciudadano común. En el pasado medio siglo, la doctrina militar norteamericana había asumido la respuesta como enfrentamiento a una agresión, concepción basada en la disuasión nuclear y la destrucción recíproca. Se produce ahora un viraje radical de profundas implicaciones con la introducción de los ataques preventivos y se establece un peligroso precedente, de consecuencias difíciles de medir hacia el futuro. La base de estas ideas no nació el 11 de septiembre. Desde hacía mucho tiempo ellas formaban parte del unilateralismo intervencionista preconizado por un núcleo de importantes neo-conservadores agrupados en poderosas fundaciones y que ahora se dan cita en las oficinas del Vicepresidente, del Departamento de Defensa y del Consejo de Seguridad Nacional, todos firmes creyentes del unilateralismo y el poderío militar norteamericano y opuestos a los desarrollos regionales que puedan competir con el poder hegemónico. Lo que anunció el Presidente Bush en el Congreso el 20 de septiembre se articuló como centro de la política de seguridad unos meses después, en junio en West Point donde se consagró la doctrina del “ataque preventivo” Si esperamos que las amenazas se materialicen, habremos esperado demasiado. Debemos llevar la batalla al enemigo. Debemos descubrir células terroristas en 60 países o más. Todos los que decidan por la agresión y al terrorismo pagarán un precio. La redefinición de la soberanía no resulta particularmente novedosa en el nuevo esquema hegemónico. Se vuelve más absoluta para Estados Unidos y más condicionada para el resto del mundo. Para nosotros en este hemisferio esto no es nada que sorprenda, John Quincy Adams en 1823 nos había legado la Doctrina Monroe, donde se establecía una América para los americanos y evitar así el restablecimiento de la presencia europea: La Doctrina Monroe no fue un tratado, sino una decisión unilateral del poder emergente. Ejemplos de decisiones similares e intervenciones militares harían muy extenso este trabajo. Ahora las limitaciones a la soberanía tienen nuevos condicionamientos y carácter global, los gobiernos que no actúen según los dictados de Washington, la perderán y pueden ser declarados fuera de la ley. Todo ello cristaliza en doctrina cuando en septiembre de 2002 se aprueba la Estrategia de Seguridad Nacional, en la cual el principio de la disuasión desaparece y en su lugar surge el concepto de “ataque preventivo” basado en el dominio por superioridad militar para enfrentar a aquellos que le dan “abrigo” o protección a los terroristas, según el arbitrario parecer norteamericano. En la misma se establece la identificación y destrucción del llamado terrorismo de “alcance global” así como de los Estados que el Gobierno de Estados Unidos considere que lo apoyan, los que deben ser destruidos si es necesario, con acciones unilaterales, en el ejercicio del derecho a la defensa propia. Finalmente en diciembre de ese mismo año se dio a conocer parte de la nueva estrategia nacional para combatir las armas de destrucción masiva, cuyas tareas “sustantivas” aún permanecen en secreto. La estrategia aprobada introduce premisas mucho más agresivas que todo lo conocido hasta entonces, estableciendo con claridad la utilización de armas nucleares como parte del uso de “todas las opciones a su alcance” y como respuesta a las supuestas amenazas que deben enfrentarse contra Estados o grupos terroristas. Se ratifica como componente primario de esa estrategia la doctrina “del ataque preventivo”. Sobre este punto vale la pena un breve comentario. ¿Se está solo contra el terrorismo de carácter global? Y qué pasa contra el otro terrorismo. ¿Se trata de que existe un terrorismo malo y otro bueno, y este último se tolera mientras se preparan a incendiar el mundo bajo el pretexto de combatirlo? Un ejemplo conocido es el caso de Cuba, contra la que desde hace más de 40 años se practica el mismo. Hoy día cinco jóvenes cubanos permanecen injustamente en cárceles norteamericanas por enfrentarlo. Hoy resultan claros los peligros globales y regionales a los que nos enfrentamos, por eso la necesidad de preservar el multilateralismo en las relaciones internacionales; dar a la Asamblea General de Naciones Unidas el papel que le asigna la Carta; transformar al Consejo de Seguridad en un órgano verdaderamente representativo.
Una
estrategia que logre un mundo menos peligroso, donde el
terrorismo no tenga cabida; pero tampoco la pobreza y la
desigualdad, crear un orden internacional, donde la
estabilidad y la seguridad no sean solo un concepto
abstracto, son imperativos de esta época. |
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