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A VECES TOCABAN MÁS O MENOS
TEMPRANO A LA PUERTA NEGRA
Silvio
Rodríguez
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La
Habana
A veces tocaban más o menos temprano a la puerta negra,
la del 4 al revés en el segundo piso, y cuando abría era
aquel amigo alto, pálido y pelirrojo como un británico,
vestido y peinado cuidadosamente, que portaba un maletín
con cerrojos de donde salían cuartillas, casetes de
música o de betamax, libros hechos o medio hechos,
aspirinas, servilletas de papel y fotos propias que de
pronto te dedicaba. Lo más curioso de todo era el pomito
mediado de café que invariablemente extraía de aquella
suerte de sombrero de copa y la naturalidad con que
pedía un vaso para bebérselo. Siempre tenía la
delicadeza de brindar, pero yo sabía que aquella era su
decorosa manera, no exenta de patetismo, de hacer que me
fuera a la cocina y desde allí vociferara: “No te tomes
esa mierda, que voy a colar”.
Inmediatamente asomaba la cabeza y me decía: “Flaco,
pero este está bueno todavía”. Yo generalmente no
contestaba, dando por sentado que aquello era parte de
un libreto, pero otras veces, cuando estaba cabrón por
la falta de sueño, le decía: “Perfecto, suénate tú la
mierda esa, que yo me tomo el que voy a hacer”.
Una de las últimas veces que efectuamos aquella danza
barroca y matutina, me vino a proponer el papel
principal en una película a cuyo guión le estaba dando
taller. Le dije que a mí me hubiera gustado poder
actuar, pero que estaba visto que las musas histriónicas
no se me daban. Pareció no escucharme y ripostó que
alguien quería llamar a Rubén Blades, pero que él
pensaba que el papel era perfecto para mí. Recuerdo que
yo trataba de salir del sopor en el que me encontraba
después de una noche sin pegar un ojo y que me tragaba
buches de café amargo, mientras mi amigo alto y pálido
como un inglés –pero con labia de cubano– me prometía
que aquella historia era un fenómeno. Se trataba de un
cantautor famoso que había tenido miles de jebitas de
todos los tamaños y colores, con las que había jugado a
su antojo porque ninguna le había llegado a donde había
que llegarle a un hombre. Cuando el cantautor, después
de pasar por un rosario impresionante de mujeres,
llegaba a la madurez y se sentía solo y agotado, se
encontraba con un titi, una adolescente fresca y
delirante que se lo bailaba olímpicamente y luego hacía
una muesca en el cabo de su pistola. El final era el
cantautor desolado, cayéndole atrás a la vampiresa
primaveral, la que además le cantaba una canción de él
mismo, justo la que él solía usar para levantar niñas.
Cuando mi amigo terminó la historia de lo que parecía
ser la próxima superproducción del ICAIC, yo estaba lo
suficientemente despierto como para decirle: “Y ¿por qué
en vez de con un cantautor no hacen esa película con un
joven poeta?” Se quedó un instante mirándome muy serio y
acto seguido empezó a emitir aquel sonido parecido a kej
kej kej (con la e muy corta) que usaba para carcajearse.
No recuerdo exactamente cuándo y dónde lo conocí. Sé que
estuvo en “Teresita y Nosotros” porque Casaus lo cuenta,
pero yo no lo recuerdo de entonces. Entre las primeras
veces que nos vimos distingo entre brumas una noche en
una librería que había en los bajos del Habana Libre,
donde se le daban los toques finales a una muestra de
algo. Otra de esas primeras veces lo recuerdo haciéndome
preguntas en un cubículo de la redacción de Juventud
Rebelde, para una entrevista. Entonces me acababa de
desmovilizar y mi futuro amigo alto, pálido y pelirrojo
como un irlandés, me preguntaba qué poesía había leído,
a lo que yo le contesté que “La Semilla Estéril” y “El
Oscuro Esplendor”, que se acababa de publicar.
Lo cierto es que a este amigo primero lo identifiqué de
oídas y de leídas, porque había ganado el premio David
de poesía y los socios comunes que teníamos, como
Guillermo y Víctor, decían que era buen poeta. Así que
creo que antes de ubicar al autor escuché hablar de él y
ojeé su primer libro, del que recuerdo todavía los
poemas que más me “tocaron”. Estaba aquel llamado “Kodak
120”, en el que la madre, gracias al milagro de una
foto, pasa la eternidad planchando creo que una camisa a
cuadros. Estaba otro muy ingenioso, escrito en algo así
como castellano antiguo, que narraba las cuitas de un
abate llamado Asparagus. Estos versos dieron lugar a que
algunos amigos le llamaran a su libro Cabeza de
Espárrago y, al cura del poema, el abate Zanahoria. El
tercer poema que recuerdo es “El Entierro del Poeta” y
creo que este fue el que más bien me cayó de todos.
Revelaba una deuda común con Vallejo, con la diferencia
de que entonces ni nunca logré encontrar una manera tan
hermosa de agradecerle al cholo los nutrientes.
Con posibles reminiscencias de aquel poema como un culto
iniciático –así como de otros que vive, inventa y
escribe Luis Rogelio Nogueras–, esta canción es lo que,
hasta hoy, consigo expresar sobre el hermano tan
querido.
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La tonada inasible
Ama al cisne salvaje
Luis Rogelio Nogueras
Hace quince segundos
que se murió el poeta
y hace quince siglos
que notamos su ausencia.
Creíamos entonces
que estábamos de vuelta,
cuando faltaba tanto
de ausencia y de poeta.
Hace quince milenios
se nos fugó el poeta
dejándonos sus viudas
y su niñita eterna.
Brindemos por su verbo,
por su roja cabeza,
hermanos de la sangre
vertida del poeta.
Por él sus adversarios
no olvidan, mas celebran,
y por él sus amigos,
como quiera que hoy sean,
se juntan nuevamente
por sobre sus miserias,
convocando a este muerto
de la salud perfecta.
Hace quince silencios
y otras muchas tristezas
quién sabe qué diría
su voz de inteligencia.
Por eso un cisne canta,
prófugo en la floresta,
la tonada inasible
que despertó el poeta. |
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