| LA JIRIBILLA | ||
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SOY EL PERSONAJE DE MIS POEMAS
Nunca creí que era poeta. Un día escribí algo, porque me sucedió algo diferente. Y supongo que ese fue el día en el cual abandoné la niñez. Fue cuando me enamoré por primera vez y creía que era toda una mujer. Y lo pude decir con frases comunes. Por supuesto, escribí, porque necesitaba escribir. No tenía ni la menor idea de lo que era publicar. Cuando yo era una adolescente, descubrí una poesía diferente de la que había estudiado en la escuela siendo una niña: la poesía de amor de Martí. Me sorprendió, porque hasta ese momento identificaba a Martí solo con sus textos de La Edad de Oro y poco después descubrí la poesía de Lorca. No la poesía de la cual ya había tenido conocimiento, más apegada a lo tradicional, sino El poeta en Nueva York. Entonces me di cuenta que se podía escribir de otra manera. No me interesé en imitar su canon expresivo. Ellos me permitieron darme cuenta que aquellos poemas becquerianos que yo estaba escribiendo podían tener una voz que se pareciera más a mí. Ellos me influenciaron en el sentido de comenzar a adoptar una actitud ante la poesía. De entenderla como un instrumento auténtico para hacer un contrapunto con mi vida diaria. Mi formación poética, que uno no llega a saber nunca el significado de eso, fue muy accidentada. Se me empezó a definir cuando entré en la universidad. Estando en la Casa Estudiantil Lázaro Cuevas de F y 3ra. del Vedado, nos sentábamos un grupo de muchachos de diferentes carreras, unidos por el deseo de la palabra. Nadie sabía muy bien qué escribía, ni estaba seguro de eso, pero todos teníamos ansias terribles por decir. Allí descubrimos prácticamente abandonada la biblioteca de la beca, donde había libros de los que uno había oído hablar, pero nunca había visto. No sé, podía ser Casa que no existía, de Lina de Feria, o los primeros Premios de Casa de Las Américas. Eso fue lo que yo empecé a escribir de forma indiscriminada. Fue lo fundamental en mi formación. Ya tú sabes que lo que se aprende en las escuelas es otra cosa. Y también acudir a librerías de libros viejos y conocer. El préstamo de un título valioso que alguien conservara, como el magnífico poemario Lenguaje de mudos, de Delfín Prats.
Para mí el sentido de complicidad con ese grupo fue definitivo. Pienso que tuve suerte. Los que nos conocimos y reconocimos estudiando en la universidad, afortunadamente son parte todos de lo que ahora los críticos llaman, Generación de los Ochenta. Hubo una suerte de olfato que nos unió. Eso nos provocó la complicidad y una consecuente fidelidad. Cuando me llamaron para decirme que había obtenido el Premio Nicolás Guillén, enseguida pensé en ellos, en las personas donde habito fuera de mí misma. En aquellos años ochenta, en los cuales se estaba perfilando mi generación, tuvimos la fortuna de caminar toda la Isla asistiendo a diversos festivales de poesía. Uno de los principales era el de Santiago de Cuba. Allí donde por primera vez nos encontramos los que después apareceríamos en las antologías. Ha pasado el tiempo y uno se sigue encontrando ya en otras condiciones y nos damos cuenta de que ya estamos involucrados en la definición de una época desde la poesía. Yo creo que lo cubano en mí tiene primero la insoslayable presencia de la Isla en la poesía. De hecho la segunda parte del libro premiado, es una reflexión, empeñándome en dar mi definición de lo que es el "ser de isla". No quise emular con las grandes personas de la literatura cubana que han escrito sobre la insularidad. Te diría, el tema se agota con ese grandioso poema de Virgilio Piñera, “La Isla en peso”, no sé. O con el poema “Criaturas de Isla”, de Dulce María Loynaz, no sé tampoco. Y como tenía esa incertidumbre, pues hice esa segunda parte del libro, que se llama Encima de las aguas, que pretende abarcar todo lo concerniente a “ser de isla”, que es lo que nos define por encima de todo. Cuando uno camina y camina y camina, siempre encuentra una orilla donde tiene que detener el pie. Y ver entonces cómo sigue caminando, cuando tuvo que detener el pie por el límite natural. Saltar ese límite es la poesía que uno escribe.
Yo creo
que soy la misma persona que muestran mis poemas. No sé
si porque casi siempre escribo acerca de mis propias
historias o las historias de las personas importantes
para mí. Siempre digo, al leer por primera vez a un gran
escritor, que quisiera conocerlo, para ver si es el
mismo personaje de sus textos. Sin duda, hay escritores
con quien me sentaría a la mesa y otros con quien nunca
lo haría. La persona que uno es tiene que ser
consecuente con la persona exhibida en su literatura,
aunque como es natural, estoy de acuerdo en que uno
construyendo su obra se convierte en un personaje. En mi
caso siempre me preocupo porque ese personaje sea la
persona Teresa Melo. Yo soy la persona que está en mis
palabras. |
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