| LA JIRIBILLA |
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ASÍSTANOS LA POESÍA
En los últimos años en conversaciones, charlas, clases magistrales, con frecuencia he sentido el temor de repetirme al expresar experiencias, sentimientos, ideas, ya escritas y escuchadas o leídas por mis lectores. Mas, la memoria es irreversible, defensora de cuanto acaudalo en mi vida. Ahora, aquí, en este instante, sin dudas enaltecedor de mis días vividos, os miro y es como si observara un mapa que dirige mi mirada hacia el Sur para recorrer territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, adentrándome en sus paisajes, población, culturas y todo se me revela como dictado, escrito y dibujado por voces y manos de quienes me antecedieron y que en espíritu, la lengua trasmitida por siglos, nos familiarizan y amistan. De hecho, fiel a las enseñanzas de Martí, reconozco en ese espíritu, la patria, nuestra patria: la Humanidad. Recurro nuevamente a lo ya escrito: “Supuestos de la existencia de la memoria son la identidad y el principio de ala continuidad real; sin embargo ser o haber sido niño o adulto de batey de ingenio del siglo XX, propiedad de un monopolio transnacional yanqui, puede ser causa de incertidumbre respecto a ala propia identidad. Siempre que me impongo reflexionar sobre este asunto, quién y qué soy, me asalta una angustiosa sensación de sentirme o saberme escindido. Yo nací y viví de niño en el batey del Central Delicias, uno de los dominios del fabuloso emporio de The Cuban American Sugar Mills Company, fundado en 1911. El batey era muy similar a algunas vecindades que años más tarde vería en el sur de los Estados Unidos. Había sido concebido a imagen y semejanza de esas comunidades que se desarrollan o empobrecen en torno a una empresa, pero los efectos de la depresión económica de los años treinta se dejaron sentir con igual o mayor rapidez y violencia que en los pueblos norteamericanos... Todos los recuerdos de mi niñez, dado el mundo y las circunstancias en que los vivía, pueden ser muy parecidos a los de un niño de entonces en los Estados Unidos de Norteamérica. De hecho la literatura de Thomas Wolfe, James Agee o Carson McCullers, por citar nombres; el teatro o la serie cinematográfica de Andy Hardy son un testimonio irrefutable”. Ahora, aquí, en este instante, nos reúne el libro, la lectura y sus aportes a la definición de nuestra identidad. Permítaseme recurrir a la poesía. Durante años, lejos de todo posible chovinismo, al reconocerme cubano, en la búsqueda totalizadora de esa condición, que debo a la poesía, trataba de convencerme de que mi regreso a casa estuvo influido y tramado por deidades universales, que encarnaban criaturas llegadas de los cuatro puntos cardinales a la Isla, pues Cuba era el Altar de la Atlántida. El año pasado cuando el poeta Miguel Barnet, en Santiago de Cuba, me hizo entrega de la antorcha que alumbra este acontecimiento, sentí la poderosa presencia de José María Heredia y todo se me hizo revelable. La poesía daba cumplimiento al ser cubano: Heredia, Zenea, Céspedes, Martí, Casal y sus sucesores en el siglo XX. En mi casa del Central Delicias, yo había escuchado y leído mucha poesía. Mi hermano mayor, Alfredo era poeta y su biblioteca estaba espléndidamente equipada: no faltaban los poetas románticos ingleses, ni Whitman, ni Poe. No obstante haberlos leído en traducciones al español, mi educación formal en poesía fue en inglés; y en inglés comencé a escribir una suerte de prosa que yo llamaba gestos. Una novela radial y el film basado en la obra de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, habían alterado mi espíritu. Entonces yo era un niño y durante años viví sumido en esa obsesiva alucinación, convencido de que yo era un escritor, un novelista, un dramaturgo. Tal convicción hizo de mí un lector impenitente. Me buscaba en otros, convencido de que en aquellos libros hallaría la respuesta a mis incertidumbres y temores. De no haber conocido en mi adolescencia en Nueva York a Manila Hartman, quien insistía en que yo era un poeta; de no haberme encontrado con Carson McCullers, quien con un lápiz me demostró que por si mismos aquellos textos correspondían mucho más al poema que a la prosa; de no haber atendido a una de las intuiciones de Manila respecto a lo que yo escribía, y a la persuasiva demostración de Carson, aquel desconocido, vago, misterioso llamado dirigido hacia la poesía que secretamente se incubaba en mí, hubiese demorado en revelárseme. Manila y Carson me indujeron a escribir poesía. Curiosamente, mi primer poema de acuerdo con las reglas y los cánones lo escribí en español. Para sorpresa mía ese hecho me devolvió a un nuevo sentido de pertenencia y de identidad. La poesía es la antena del espíritu. Aquel hecho me demostró que yo era cubano, que había nacido a una lengua que mis ancestros conservaron y defendieron por siglos. Desde entonces escribir poesía es el medio de hallar y conocer mejor qué he aprendido acerca de mi mismo. Escribo prosa para saber de los demás y hallar qué hay de ellos en mí.. Reconocerme cubano me imponía saber qué era "lo cubano". El paisaje que encontrara el Almirante Cristóbal Colón en Bariay, Baracoa y cualquier otro punto de la Isla, no existía. El cañaveral y el cafetal que han contribuido poderosamente a nuestro desarrollo económico y cultural, los introdujeron españoles y franceses. Desaparecida la población aborigen, la que conocemos y conformamos, es europea, africana y asiática. El espíritu que nos une en la lengua al uso nuestro, es castellano. ¿Dónde estaba entonces lo cubano? ¿Quiénes y qué somos? Me entregué a la búsqueda de mí mismo, pues me sentía y sabía cubano. ¿Dónde hallarme? La poesía fue un aporte mayor. Me entregué a su conocimiento: los poetas románticos cubanos y José Martí asistían mi ser. Lo cubano, lo auténticamente definidor de nuestra identidad era la historia. Contribuir al desarrollo y progreso de su proyecto esencial es alcanzar la más absoluta jerarquía de cubanidad. Gabriela Mistral y Camila Enríquez Ureña conformaron mi visión de Cuba, de su historia, de su cultura, de sus múltiples expresiones propias en las artes, la literatura y de quienes entregaron sus vidas y fortunas para hacer de Cuba una república libre, independiente, soberana. Adolescente, andaba en la búsqueda de la poesía que quería escribir y también en el lenguaje que se acomodara a mi voz. Estaba de regreso a un idioma que había descuidado por años y tenía que recuperarlo en las calles de Nueva York, entre españoles y latinoamericanos de distintos países. En aquellos días, a finales de los años 40, en gran parte, la poesía que hubiese podido servir a mi propósitos ya estaba escrita. Mi conocimiento de la poesía escrita en español, no cubana, estaba relacionado con los poetas españoles de los siglos de oro, de la Generación del 27 (Lorca, Alberti, Hernández, Cernuda, Guillén) los chilenos Gabriela Mistral y Pablo Neruda y siguiendo las preferencias de mi hermano Alfredo, con Antonio Machado. Ellos, como algunos de los poetas cubanos de mi generación, habían vivido las experiencias del exilio, la inmersión en lenguas y culturas extrajeras, y a pesar de mi respeto y admiración por sus obras, su estilo y dicción eran demasiado diferentes para ajustarse a mis propias necesidades de expresión. Nada en sus obras me tentaba a imitarlos, a seguirlos. La historia había creado una profunda diferencia en la condición espiritual de aquellos que habían vivido a través del Apocalipsis y aquellos que aún luchaban para restaurar el Edén. En mi búsqueda por lo inescrutable y de un modo muy extraño y misterioso conocí en Nueva York a un grupo de señoras dedicadas al estudio de la teosofía. Tal vez inconscientemente, fue aquel mi primer encuentro con Willian Butler Yeats, con so cosmogonía, su interés por lo oculto. La lectura de su poesía me indujo a establecer una relación entre mito, creencia y poesía. Recuperadas las esencias que estructuraron mi familia, asumir mi "cubanidad", sólo asentada en la historia, me imponía recobrar el espíritu que la lengua y sus legados nos confieren. En 1982, Manila Hartman me hizo entrega de poemas manuscritos o mecanografiados, inéditos, que había conservado por más de 30 años; en ellos se evidencia el afán de dar continuidad a ese espíritu creador que aviva la palabra. El anhelo de regresar a Cuba y de hacerme de una lengua que expresara mis sentimientos, sueños y aspiraciones me sumieron en una crisis sin aparente solución, de cumplirse ese propósito. La poesía me había devuelto a mi lengua ancestral, pero la obra de los poetas de entonces más difundidos; T.S. Eliot, Wallace Stevens, W.H. Auden, William Carlos William y Edgar Lee Masters entre otros, pese a mi admiración por su arte y oficio, no satisfacían mi necesidad de expresión. La voz que despertaría en mi un reconocimiento de mi ser se exponía en unos versos que nunca he olvidado: “Hoy han venido a verme/ mi madre y mis hermanas” de Alfonsina Storni. Aceptado mi destino como poeta y la recomendación de una de aquellas damas que me iniciaran en la búsqueda del conocimiento en la poesía a través de quienes aportaban continuidad a sus voces en mí, estos versos y las novelas de Carson Mc Cullers me dictaban la expresión requerida. Columbus, el pueblo de Carson, y Delicias creaban una unidad histórica, económica y social. El regreso a Cuba se hacía impostergable. El ímpetu de permanecer en Cuba siempre fracasaba, luego de intentarlo varias veces entre 1951 y 1954. Aquí estaban los poetas más ilustres de las generaciones anteriores. En Nueva York, ya con la emigración revolucionaria, milito en el Movimiento 26 de Julio, escribo Las armas son de hierro y se estrena allí, en el local del Movimiento en Ámsterdam Avenue. Ese ha sido de todo mi trabajo el que mayor gloria y dicha me produjo. Humberto Arenal se ha encargado de la dirección de la obra. Es el 30 de mayo de 1958. Las armas son de hierro, un poema dramático en tres actos, tiene su antecedente en el Abdala martiano. Ese año escribo Cantata a Santiago de Cuba. Estoy en casa, ¡oh Cuba de mis desvelos, de mi sonambulismo, cuán fiel has sido en la espera del que regresa! Déjame ser en ti un solo ser y un cuerpo verdadero. Es el día de la siempre fidelísima Antilla y aquí estamos, en un país que nos legaron miles de muertos. Me entregué a escribir Libro de los héroes. Inmerso en Cuba, es su historia, su pueblo, su cultura los que dan un sentido, una razón a mi escritura, poesía o prosa. Aquí están de regreso los poetas y escritores de mi generación, que estuvieron en París, Nueva York, Caracas y México DF. 1959 nos devuelve a casa. Aquí escribo mi poesía, mis tres novelas: Los niños se despiden, El vientre del Pez y Otro golpe de dados, el libro de cuentos El Talismán y otras evocaciones y numerosos ensayos.
Todo esto
que acabo de narrar en un modo familiar y amistoso, me
permite ahora incorporar los nombres de quienes, a
través de la lengua que nos une, contribuyeron con un
fabuloso aporte a mi espíritu. Debo a Andrés Bello un
conocimiento esencial de la lengua. Esa entrega de
Venezuela a mi ser suma los nombres de Andrés Eloy
Blanco, Rómulo Gallegos, Aquiles Nazoa, Miguel Otero
Silva y Arturo Uslar Pietri. Colombia, desde mi
adolescencia en Nueva York trajo una madre espiritual,
Anita Arbélaez de Antioquia, que afirmaría en mí la
pasión literaria. Desde esos días hasta hoy su amor me
ha enriquecido con José Asunción Silva, José Eustasio
Rivera, Jorge Zalamea, León de Greiff y Fernando
Arbélaez. Ecuador llegó con los brazos abiertos de
Benjamín Carrión y Pedro Jorge Vera. Sin la voz de César
Vallejo, a quien conocí cuando ya Alfonsina Storni, me
prestara la suya, mi espíritu no hubiera hallado la
compañía precisa. No moriré en París con aguacero, sino
aquí donde él, ahora, me asiste. Esa asistencia de
Vallejo me trae a Cuba a José María Arguedas con Los
ríos profundos. Su lectura de Los niños se despiden me
impuso un regreso a mi amor por la narrativa
devolviéndome a mi juventud de Nueva York. Él y los
demás jurados del premio Casa de las Américas en 1968
contribuyeron a difundir mi obra. De Perú también
llegaron a mí Ciro Alegría, Sebastián Salazar Bondy,
Emilio Adolfo Westphallen y Julio Ramón Ribeyro. |
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