LA JIRIBILLA

PRÓLOGO A EN TIEMPOS DE SIEGA
 
Jorge Luis Arcos | La Habana


Hace cuatro años publiqué en la revista Unión, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, una selección de la poesía inédita de Pablo Armando Fernández con el título de uno de sus poemas arquetípicos, “En tiempos de siega”, que ahora da nombre a este poemario. En aquella ocasión, acompañé sus textos con una breve nota crítica. Al releerla, compruebo con satisfacción que poco tengo que agregar en lo esencial a aquellas consideraciones. La última poesía de Pablo Armando recupera un tono lírico ya presente en sus primeros libros. El resultado: una suerte de conversacionalismo lírico, acaso la expresión más afortunada de los últimos cincuenta años en Hispanoamérica. Pero en un poeta tan natural, tan intuitivo, nada ocurre sin ofrecer un saldo creador. Si tuviera que señalar un rasgo distintivo de esta poesía, ese sería el de su profundo pensamiento poético. Pensamiento de antiguo linaje filosófico.

 No por gusto César Fernández Moreno calificó a la poesía hispanoamericana que le fue coetánea a la generación de Pablo Armando como representativa de una poesía de la existencia, muy afín, por ejemplo, con la última poesía de Eugenio Florit: conversacionalismo inmanente, cierta religiosidad natural.

Esta poesía, más allá de su rostro circunstancial, nos entrega un antiguo saber: una sabiduría de la luz. Una suerte de filosofía natural que sorprende en la realidad el cumplimiento de una legalidad cósmica.

Desde un tono a menudo sentencioso, quevediano, de ilustre linaje estoico, este poeta insular, casi griego, secreta un mundo iluminado por una armonía natural. Poeta de la naturaleza, entrega una poesía visitada por incesantes imágenes naturales: aire, agua y, sobre todo, luz. Luz como principio genésico, creador: Luz, Verbo, Vida, una trinidad inextricable, que nos retrotrae a los orígenes, a las fuentes germinales de la creación. Somos un puente de luz, nos dice el poeta, un destello, una fulguración dentro de un ciclo cósmico de nacimiento, muerte y resurrección. Con el verbo profético de un sacerdote de la naturaleza, el poeta testimonia una religiosidad de profunda estirpe panteísta: acaso una religiosidad natural, como le es inherente a la cosmovisión poética de José Martí. Y todo ello traspasado por un simbolismo entrañable, casi carnal, que dota a sus materias poéticas de una sugerencia indecible.

En sus mejores momentos su poesía detenta cierto pathos romántico domado por una serenidad goethiana. Su profunda conciencia de la fugacidad de la vida; la noción de la vida como peregrinación, no impiden que prevalezca una esperanza última, amparada en una conciencia de un lúcido relativismo. Esa sentimentalidad, nunca excesiva; nunca azarosa, dotan a su poesía de una poética en esencia afirmativa. Pablo Armando es un poeta que alaba siempre, aun desde el sufrimiento. Su poesía es cántico y alabanza de la creación. De ahí se desprende un soterrado ethos poético: el poeta repara casi siempre en los momentos donde la luz baña los rostros y las materias de la realidad. Sabiduría de la luz, decía, como una gracia, como un don para apreciar lo mejor del ser humano, casi siempre entrevisto en sus momentos cenitales, como si habitara en un hogar eterno, más allá de su arquetípico condición errante -es un gran acierto poético su alusión a esas tribus anhelantes, en su poema “Seguro puerto”. Más allá, incluso, de la muerte. De ahí la aparente contradicción quevediana de su verso: presuroso a su fin, que no concluye. Porque la conciencia de la fugacidad no es óbice para que predomine una conciencia trascendente.

Su tono, a menudo elegíaco, tal en su conmovedora elegía a Roque Dalton, no por gusto nombrada “Un punto de luz”, le confieren a su verbo poético cierta condición intemporal, que trata de salvar a las personas de su caducidad. La misma intuición de una legalidad cósmica, expresada a menudo a través de una aparente confusión tropológica entre los atributos humanos y los propios de la naturaleza, nos habla, en última instancia, de esa su primordial mirada unitiva sobre la realidad, que es la que le hace decir: cada astro es el rostro primigenio, en “Raúl Martínez y las constelaciones”, o clamar por la vuelta a la Unidad, al Todo, en “Morada fortificada”. Su poesía derrota todo dualismo: el hombre es naturaleza.

En la nota aludida al principio, hacía constar que su poesía clama siempre por un nuevo nacimiento. Dice el poeta en “En tiempos de siega”: Siempre/ se ha de recomenzar. / Siempre se asiste a un nuevo nacimiento. De manera que esa su poética cósmica, natural, se aviene con una suerte de intuición de un tiempo reminiscente -para Cintio Vitier el tiempo poético por excelencia-, donde el pasado, el presente y el futuro se confunden en un único tiempo. El tiempo de la Poesía. No por casualidad el poeta se pregunta, en “Vida y destino”: ¿Acaso la memoria es toda profecía?, y en el mismo texto alude a su eternidad pasada/ su eternidad futura…

Acaso mi poema preferido del libro, Carissimo Fulvio -de donde toma el poeta un verso como título para el primer cuaderno del libro, en otra estrella-, sintetiza todo este discurso crítico y poético con el que he querido motivar al lector para que disfrute este pequeño poemario de uno de los poetas mayores de nuestro tiempo. En ese breve texto, en el linaje de los mejores poemas filosóficos de Rubén Darío, se conjuga la intuición poética con la especulación científica y el aliento filosófico. Otro texto imprescindible para aprehender esa su poética cósmica o natural aquí descrita es “Secretos de arcano”, que, por su brevedad, me permito adelantar al lector, como colofón de estas páginas y, entonces, inicio de su lectura:

Seguía acercándose a la forma
que dio origen al cosmos,
por eso hundía su huella,
hasta alcanzar el fondo
de esa expansión
y sus propios límites.
Eso hace la palabra
En la poesía.


 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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