LA JIRIBILLA

TÁNTALO FRENTE AL ESPEJO
 
Jorge Yglesias | La Habana


Al dibujar un olivo que veía desde su lecho, Henri Matisse forzaba a su inspiración a separarse del objeto, para observar los vacíos que había entre las ramas. Observación sin relación inmediata con el objeto para escapar a la imagen habitual del objeto dibujado, al cliché ‘olivo’ y, al mismo tiempo, identificarse con el objeto. Esa omisión que es presencia, esa alusión a un vacío engendrador, nos fascina en la pintura de Montoto por la elocuencia de sus zonas oscuras, pues es allí, donde al parecer no hay imágenes, que se produce el equilibrio.

En la pintura de Montoto, como en el cine de Bresson, lo representado es solo un complemento de lo ausente. Ilusión, fragilidad y silencio. Al igual que en Chirico y cierto Víctor Manuel, en Montoto las cosas están sumidas en un silencio, mas no onírico, como en el italiano, ni nostálgico, como en aquel que Lezama llamó “la persona menos concupiscible que he conocido”, sino en ese silencio en el que, en frase de San Agustín, “el alma recuerda, presta atención y espera” entre fragmentos escapados de la duración, trazos de una caducidad, testimonios de lo roto. En el vientre de la más pulposa guayaba se adivina el gusano que la roe. Cada plinto, cada alféizar, cada umbral y cada escalón dan al abismo, pues estos cuadros son retratos de frontera y nos hablan de una crisis, pintura del afuera, de lo que quedó olvidado o se perdió en un mundo exterior. Lo visible está en peligro, alejado de la seguridad del oscuro adentro, a merced de las miradas. Poseer estos objetos, expuestos en un espacio donde se cruzan la mirada del espectador y la del ojo de adentro, será poseer algo de sus dueños, sustraerlos a la ventana-ojo oscuro que no podemos descifrar, sin embargo, nos mira.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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