LA JIRIBILLA

PREMIO CALENDARIO:
ESCRITOS INVERNALES

 
Sigfredo Ariel | La Habana

 

Una tarde, en un estudio de la radio, George Riverón metió la mano en una enorme mochila, revolvió su interior, y me entregó este libro. Lo leí de una vez, de un tirón, y rápido, como no se deben leer los libros de poesía. Al menos, no cuadernos breves como este, y porque estos Escritos invernales de curiosa y amable música, –como de Telemann– exigen detención y atención para que se nos revelen. Una lectura vertiginosa cancela los relieves suaves, las líneas del dibujo minucioso y el sonido sutil, como una mirada sobre paisaje o persona, dirigida al pasar, solo ve rasgos primeros y bulto, si acaso. Por eso fue necesario que, en casa, volviera sobre los escritos de George Riverón con delicadeza, -con la delicadeza de la que soy capaz, quiero decir-, poniéndome no solo “de su parte”, sino también “en su lugar”.

Un verso de Auden, la alusión solitaria al corazón argonauta, ese afortunado viajero que arriba a una Cólquide donde se va a encontrar en soledad, es decir, consigo, tremenda compañía, es la cifra que Riverón coloca ante su puerta. Pasamos advertidos bajo el arco y su divisa. Serán visiones las que se nos presenten y representen dentro, no anécdotas vivas, sino figuras y fondos serenados. Si Lezama sostuvo que el nihil admirat —no admirar— era el escudo de las más decadentes dinastías, la admiración y la alabanza serán armas de comprensión y compañía para el poeta. Eso lo emparienta con el Cernuda deslumbrado por el cuerpo hermoso, de antigua salud magnífica, como el joven dios que atraviesa el primero de los poemas de este libro, mientras se escucha a Billie Holiday, quedamente, en minúsculas, cantando una balada más bien tonta pidiendo al amante que regrese con un hilo de voz.

Entre evanescencias, George Riverón nos hace escuchar partes de diálogos, canciones, nombres que dio al objeto de su amor —objeto de su deseo— que hicieron de aquel cuerpo una sombra ajena y muda. Los territorios de la dicha se han alejado de esta actualidad; en su sitio ha quedado un invierno sobre el cual se ha sentado a reconstruir y memorizar el poeta los tiempos de fortuna.

El mismo joven dios que admiró Cernuda, es el mismo bañista del Ballagas que escribió la Elegía sin nombre, y es la extensa e irresponsable juventud que amenizó pasajeramente los duros días de la Alejandría de Constantinos. Un siempre victorioso objeto interlocutor mudo es quien aparece y desaparece de testimonios como estos:

He vuelto a leer
los versos que kavafis
escribió pensando en ti
cuando apenas eras un silencio
una imagen apoyada en el pomo de la puerta
el límite de la ausencia y tú.

Y la voluntad de disipar la sombra que separa al amante del amor que acecha, derribar esa muralla por fin y de una vez, es de la misma naturaleza de aquellos otros poetas, de aquellos amadores del eterno hermoso. Poco sirven las palabras para derruir los muros que separan a las personas o mejor, al amor de la ausencia. Por eso:

Yo intento decir su nombre
pero sus ojos detienen la palabra que no digo
yo solo estoy mirándolo
con mi soledad de siempre o casi nunca
porque a veces no se está solo con uno mismo
 sino que se está muerto de amor y de palabras.

Estos escritos invernales de George Riverón están visitados por noches de poemas y poetas, están acompañados en su difícil equilibrio por diálogos imposibles con brumas de seres con nombre y apellido y por memorias de quienes no vamos a conocer nunca, sino a través de trazos rápidos, al carboncillo o pastel, que testimonian la existencia de un brazo, unos ojos, una estación sucesiva que dura en el secreto. Al final del cuaderno quiso entablar una conversación con Dulce María Loynaz quien por una vez —solo esta vez— va a tener paciencia para oír que un joven poeta ha amado a un joven dios, como ella en su día al faraón famoso. Solo en su calidad de fantasma Loynaz lo escucharía. Él la obliga.
Con algo parecido al orgullo George Riverón muestra sus pérdidas, sus caídas y pesares. Nos los describe sin trámites demasiado dramáticos, sino con amabilidad y todo quedo, gentil. Su voluntad por nombrar sus heridas tiene que ver con la valentía y con la fidelidad a sí mismo, al viajero y solitario corazón del que habla Auden. Se describe como un equilibrista y lo es en cierto modo. A sus treinta años, vividos, dice, con los pies puestos sobre una cuerda nos confiesa:

Quiero cerrar los ojos
pero la cuerda es el único camino
y debo cuidar de ella
tensarla

Pero no creo que sea cierta de manera absoluta su intención de cerrar los ojos, salvo para no contemplar el abismo de agua circulante que se extiende bajo sus pies. George Riverón está atento a sus aconteceres, lo ha demostrado aquí a través de interpretaciones, de interrogantes y aseveraciones. Su vigilia es profunda.

el mundo siempre estuvo dando golpes delante de los ojos
 solo que la vida a veces se equivoca
y nos muestra la cara equivocada de la moneda.

Ya sabrá contarnos lectura y vida, sustancias con las cuales hace su poesía, en otros escritos invernales o estivales que saldrán del interior de su mochila una tarde cualquiera, seguramente próxima. Ojalá que para festejar el nuevo libro cuente con nosotros en este u otro patio del planeta, y que para su mirada y regocijo detenga su camino entonces el joven dios que vieron y amaron Constantinos Kavafis, Emilio Ballagas y Luis Cernuda. U otro joven dios, no importa.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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