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NOSTALGIA DE LO IMPOSIBLE
Vicios de la nostalgia, de Alexis Castañeda, rehuye
lo conclusivo y sentencioso y se desemboca en un
collage poético cuya principal efectividad
comunicativa se alcanza cuando desentrañamos, en la
acumulación de signos paradójicos, una poética que
tiende a dejar testimonio de irrealización dentro de un
paisaje por momentos pleno de posibilidades.
Ricardo
Riverón Rojas|
Santa Clara
Chocando con dos engañosos pórticos iniciamos la lectura
de Vicios de la nostalgia, decimario de Alexis
Castañeda Pérez de Alejo publicado en el año 2001 por la
colección Página breve de Ediciones Capiro.
La primera falacia es el título —que podría
predisponernos a esperar un conjunto signado por el
recuerdo y la añoranza de buenos tiempos idos— puesto
que el más ligero análisis textual nos permitiría
comprobar que en todo el libro los verbos están
conjugados en presente, o enunciados en infinitivo,
logrando transmitir –eficazmente, eso sí– un estado
anímico cercano a cierta plenitud inconclusa e
insistentemente perseguida, pero de difícil aprehensión,
entre otras cosas por el enrarecimiento metafórico que
se acoge a figuras típicas de la moderna imaginería
visionaria.
La segunda trampa para el lector es la dedicatoria: “A
mi abuela Luisa, que conversaba con las flores. A mi tía
Nena, que tocaba el laúd”, pues la misma, por las
connotaciones de la actitud floral dialogante y la
presencia del laúd, podría generar expectativas con una
décima deudora de la transparencia metafórica y
estructural propias de la espinela tradicional que se
cultiva en nuestros campos. Pero lo que en realidad
ocurre en Vicios de la nostalgia es que
constantemente se violenta la estructura de la estrofa
con rarezas tales como el uso —casi “vicioso”— de un
punto y seguido que genera pausas inusuales, palabras de
clara extracción erudita y encabalgamientos, además de
frecuentes, por momentos bastante abruptos, como en el
poema “Claro de sueños”.
También la arquitectura constructiva de las estrofas se
halla bien lejos de la ortodoxia espineliana, pues el
autor usufructúa el método de acumular imágenes a través
de la yuxtaposición, a la manera de una crónica visual y
sonora que incursiona por momentos en las resonancias de
cierta subjetividad marcada por un vaporoso espíritu de
irrealización. Con ello se acerca, tangencial y por
momentos raigalmente, a ciertas creaciones propias del
surrealismo o, cuando menos, de cierto realismo mágico
más frecuente en la narrativa que en la poesía.
Es el lente fotográfico, sobre todo, quien retrata las
quietas impresiones que, más que deslumbrar, parecen
anclar como visiones estáticas a la manera de acuarelas,
en la sensibilidad del poeta, lo que hace de las
creaciones de Vicios de la nostalgia, un producto
intelectualizado, de tesis estética. Se rehúye aquí lo
conclusivo y sentencioso y se desemboca en un collage
poético cuya principal efectividad comunicativa se
alcanza cuando —lectores interactivos— desentrañamos, en
la acumulación de signos paradójicos, una poética que
tiende a dejar testimonio de irrealización dentro de un
paisaje por momentos pleno de posibilidades.
Claro que la primera falacia se desvanece cuando, al
concluir la lectura, quedamos mascullando cierta
desolación, y solo después de una segunda pesquisa nos
percatamos de la ausencia de figuras humanas en el
cuerpo de estos poemas, pues en el plano denotativo solo
podemos percibir las siguientes: “yo”, “tú”, “un
arlequín”, “los prisioneros del bien”, “los guardianes
de los sueños” y “las vecinas”. La humanidad de este
conjunto, sin embargo, se muestra raigal en la actitud
contemplativo-evaluativa que permite la infiltración del
paisaje natural en un utópico fresco social pleno de
códigos que hacen viable la realización humana a través
del consumo estético.
También la cita martiana que preside el volumen: “Tal
vez la poesía no es más que la distancia” comienza a
avisarnos desde la página tres que la propuesta de
distanciamiento y el espíritu de experimentación
presidirán la filosofía del volumen, pues propone,
cuando menos, una palpable distancia con los códigos
tradicionales y con la lisura comunicativa a que nos ha
acostumbrado el cultivo decimístico en nuestro país,
emparentándose entonces, de tal modo, con la línea
expresiva que suscribieran los poetas de la generación
de los ochenta.
Un equilibrado número de inquietantes y bellas imágenes
nos van llevando de la mano para adentrarnos en
las sutilezas del florilegio verbal donde el estilo se
erige en cota existencial y la vitalidad de las visiones
nos llega como fe de deslumbramientos. Así vemos en “La
tarde y los colores” (Se apura el cielo en la fiesta
/ de las estrellas fugaces. / El baile de los disfraces
/ en la luna es sin orquesta) cómo se construye la
paradójica atmósfera de un paisaje muy visible e
irracional.
Lo mismo ocurre en “El tiempo” (Queda un cisne aquí
en lo triste / junto al lago del recuerdo. / Pasa el
mundo en un acuerdo / donde el tiempo se desviste)
solo que aquí el autor, además, demuestra su
desprejuicio a la hora de echar mano a la vituperada
simbología ornitológica, pues ahí está ese cisne
rubendariano —como en el anterior ejemplo— y en otros
poemas está la luna para marcar, también, la necesaria
distancia con la promoción de los ochenta, cuya
filiación le habíamos acotado ya.
Vicios de la nostalgia,
por otra parte, no puede escapar a la realidad de ser un
poemario escrito en tiempos de postmodernismo. Si
aceptamos la propuesta de los párrafos anteriores y se
reconoce la mixtura renovadora-experimental y
recicladora-metafórica y se le añade cierta voluntad
intertextual, la afirmación que acabamos de suscribir se
torna indiscutible. Queden como buen ejemplo de
intertextualidad las glosas “Mi altura” y “Claro de
sueños” y los poemas “Los dos de blanco”, “Equilibrio” y
“Danza de otoño” construidos en actitud dialógica con
poemas de Yamila Rodríguez, Heriberto Hernández y Carlos
Galindo Lena, respectivamente.
Por último, no me caben dudas de que Vicios de la
nostalgia hace su buen aporte al movimiento
decimístico cubano sumándole un nuevo y singular
“producto terminado”. A expensas suyas y de El sitio
de la soledad —su anterior poemario— se nos
hace posible también considerar a Alexis Castañeda como
una voz poética que, pese a su tardía aparición —o
quizás por ello— debuta en el complejo panorama
literario de la Isla con indudable oficio y un buen
inventario de experiencias que comunicar. Con las
premisas que acabamos de exponer —no me lo negarán—
cualquier autor podría disponer de un seguro pasaporte,
de ida sin regreso, hacia el alma de los lectores. Buen
viaje entonces, con toda tu nostalgia, Alexis.
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