|
OTRO CACHORRO DE AMADO DEL PINO
El zapato sucio,
una pieza con evidentes referencias autobiográficas,
pero que bien pudiera ser, al mismo tiempo, la biografía
de una generación o de un país.
Palabras de presentación del libro publicado por Ediciones Alarcos.
Osvaldo
Cano|
La
Habana
Conozco a
Amado del Pino desde 1977. Desde entonces fui iluminado
por dos certezas. La primera fue que entre nosotros
existiría una gran amistad; y la segunda que él sería un
excelente dramaturgo. En ese entonces éramos parte de
unos pocos elegidos que estudiaban la, a un tiempo,
flamante y desconocida carrera de Teatrología y
Dramaturgia, especialidad que hasta ese entonces nadie
había estudiado en nuestro país y que nosotros mismos no
sabíamos a derechas en qué consistía. Sin embargo, a
todos nos animaba el interés por escribir y, por
supuesto, escribir bien. Solo uno de nosotros, los de
entonces, era ya un escritor, un poeta. Más de uno de
aquellos nosotros se solazó al conjuro de los versos de
Amado y no pocos creímos que ese era su camino. Sin
embargo, un fundador, Rine Leal, advirtió que al joven
poeta había que ganarlo para el teatro.
De ese entonces datan
sus dos primeras y ya anunciadoras piezas. Me refiero a
Noveno inning y El fósforo sobre la paja seca.
Poco después de graduado escribe Tren hacia la dicha
(Letras Cubanas, Colección Pinos Nuevos, 1994),
texto que mereciera muchos elogios y en el que el
interés por el hombre, sus conflictos íntimos, la
ternura, la poesía, las ilusiones y muchas otras cosas,
hacen que aquel que se le acerque sea invadido por
sentimientos tan contradictorios como la nostalgia, la
melancolía, la euforia o la esperanza.
Por quince años
guardó el dramaturgo un obstinado silencio. Hasta que,
volviendo a la carga, escribe El zapato sucio,
una pieza con evidentes referencias autobiográficas,
pero que bien pudiera ser, al mismo tiempo, la biografía
de una generación o de un país. En El zapato...,
Amado vuelve por sus fueros y de nuevo nos dice “Cuidado
con el hombre”, pero no porque “muerda calla´o”, sino
porque es una criatura vulnerable a la que hay que
cuidar encarecidamente.
Siguiendo los rumbos
de La vitrina, de Albio Paz, y Los hijos,
de Lázaro Rodríguez, ubica la acción en el campo, sitio
conocido y amado por el autor, quien usa certeramente
toda esa proverbial sabiduría e imaginación de nuestros
guajiros. Es por ello que junto a cuartetas jocosas,
dicharachos, refranes y supersticiones, los personajes
van también inventariando sus dolores, sus pérdidas, sus
deslices. No voy a evaluar el texto. Mi ya confesada y
longeva amistad con el autor pudieran hacer sospechosa
la lista de elogios que estoy tentado a enumerar. Sin
embargo, no puedo ni debo resistirme al impulso de
advertirles que es un texto diáfano, inteligente, tierno
y áspero al mismo tiempo, que habla de nosotros, los
cubanos de a pie, los cotidianos usuarios del almendrón
o el agromercado. Pero lo hace sin baraturas, sin
concesiones, sin tapujos ni paños tibios, sin obviedades.
Ante la magra cifra
de piezas de mi amigo, el dramaturgo y previniendo
posibles y malintencionados pensamientos, emerge en mi
mente una sabrosa fábula de Esopo. Una zorra le echa en
cara su fertilidad a una leona, a lo que ella responde:
“Sí, son pocos mis cachorros, pero son cachorros de
león”. Dos son los cachorros de Amado del Pino. Sí, son
pocos, pero son cachorros de león. A quien lo dude le
invito a leer este texto que mereciera el Premio
Virgilio Piñera y que ahora el Sello Editorial Alarcos
nos ofrece. Les aseguro que su lectura no los
defraudará, como estoy convencido tampoco defraudaría a
Rine Leal, a quien un día Amado del Pino confesó haber
leído todos sus libros y el maestro le replicó: “Ojalá
usted pierda la costumbre de leer mis libros y yo
adquiera la de leer los suyos”. Si Rine Leal estuviera
aquí, entre nosotros, sería esta una buena ocasión para
que adquiriese la gratificante costumbre de leer los
libros de Amado del Pino. No pierdan ustedes esta
oportunidad. |