|
EL PLACER DE TRADUCIR A
WILLIAM KENNEDY
La
experiencia de la lectura de
Roscoe, es la fascinación por
la obra se suma la fruición que sentí al saberme, de
antemano, dueño del privilegio de servir de puente
comunicante entre William Kennedy y el lector cubano.
Germán
Piniella
|
La
Habana
El traductor
es un lector privilegiado. Tiene la oportunidad de leer
en su idioma original la obra literaria sin
intermediarios odiosos, disfrutar de la sutileza que el
autor puso en cada palabra sin pasar por el tamiz
necesariamente desvirtuante –a su pesar– de otro
traductor, porque no hay exactos equivalentes entre dos
idiomas. Pero el traductor es también un lector culpable
a quien traiciona su oficio, un Sísifo literario
condenado a rodar cuesta arriba la roca de todo texto
que cae en sus manos. Desde las primeras palabras, aún
de aquel libro al que se acerca por el solo placer de
leer, comienza a trasladar la obra un poco a vuela ojo,
a impregnarse del estilo y del vocabulario, a
desaparecer en la lectura, a fundirse con el autor.
Mas si, como en este
caso, la experiencia es la lectura de Roscoe, a
la fascinación por la obra se suma la fruición que sentí
al saberme, de antemano, dueño del privilegio de servir
de puente comunicante entre William Kennedy y el lector
cubano. Es como estar invitado al banquete del que ya se
sienten los aromas de las especias que conspiran para
envolvernos en promesas de disfrute. Un banquete pedido
por Verónica para Roscoe.
Ignoro qué les sucede
a otros traductores, pero para mí esa lectura se
equipara a lo que experimenta el músico al escuchar la
música. A medida que lo envuelven los sonidos comprende
cómo se desarrolla un tema, descubre que la imaginación
del compositor se desborda en el tratamiento de la
variación, escucha cómo retoman los metales el tema
original, mientras en segundo plano las cuerdas ejecutan
un contracanto –primero sutil, luego creciente–, hasta
que se convierte en el propio tema principal y arrastra
como un vendaval a toda la orquesta. Es el disfrute de
la comunicación consciente con el creador.
Y comprendo entonces
que esa experiencia debe marcar al traductor para
ejercer su oficio, que debo desaparecer, hundirme en el
universo de palabras del autor, en la íntima intención
que hay en cada coma, en cada recurso de estilo, y
seguir las indicaciones secretas que existen entre
líneas, igual que el intérprete se enfrenta al
compositor, con una lealtad total hacia la obra.
Es lo que experimento
al traducir a Roscoe, como si interpretara a
Mozart: una mezcla de humor llano y maestría, de grandes
sentimientos y sonrisas socarronas, de alto vuelo
punteado de sabiduría amarga que tiene su solución en un
brillante tutti orquestal que incluye ecos de
Wagner, como un anacronismo histórico, pero
perfectamente comprensible desde el punto de visto
emotivo. Y está bien que sea así, porque Roscoe Conway
es una mezcla de Falstaff y de personaje de ópera
wagneriana, pero con un guiño mozartiano que casi lo
despoja de grandilocuencia.
Ahora me sumerjo en
el océano de palabras de William Kennedy, trato de ser
su alter ego y de prestarle mi idioma, para que sea el
autor más que yo quien traduzca. Es así como en ese
intercambio me veo dueño de su vocabulario, de su
visión, de sus virtudes: las palabras fluyen de mis
manos como si yo las pensara, la satisfacción del
creador me llena como si fuera verdaderamente mía. Pero
no soy yo realmente quien escribo, solo transcribo.
Desaparezco. Si acaso soy una pequeña figura sobre la
cresta de la ola del lenguaje del autor, esa enorme, esa
novena ola que esperan algunos toda su vida y que pocos
encuentran, para cabalgar sobre ella hacia la orilla.
Voy sobre las palabras del autor, sobre sus intenciones
y no las mías. Montado sobre ellas voy hasta la playa,
pero no soy yo el impulso, es la ola, y el traductor es
solo un pasajero. Sin ola no hay orilla. El intérprete
no está por encima de Mozart.
El traductor ha
cumplido. Ha hecho su labor sin cometer, creo yo, el más
horrible de los pecados de lesa traducción, dar la razón
a los que con una sonrisa burlona lo describen con el
antiguo adagio italiano: traduttore, tradittore.
En vez de traicionar
ha sido fiel, en vez de traducir ha transcrito, en vez
de brillar quiere esfumarse. Y ahora quizás, después de
todo, pueda sentarme con calma a leer nuevamente el
original sin que me asalte la angustia de que pude haber
puesto otro término, otra palabra más precisa, más fiel
al autor. Pero lo dudo. La condena de Sísifo es eterna. |