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LA TRIBU DE LOS LAURELES
En
medio de esta tarde sabatina, colmada de incalculables
trasiegos y emociones, en el remanso del Patio de los
Laureles, y por virtud de feliz recurrencia, leyeron
algunos de sus mejores poemas los cubanos Mariana
Torres, Gerardo Soler y Edel Morales.
Joel del
Río
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La
Habana
La
explanada que se consagró a las tertulias poéticas
aparece de súbito, a un lado del camino obligado para
quien llega o sale de la Feria. Allí surge de improviso,
robando la atención de todo aquel que se atreva a
prestar su oído, y brota de pronto el espacio rodeado,
quizás hasta custodiado, por los añosos laureles. Y
cuando uno pasa, entre desaprensivo o ansioso, le llegan
las voces trémulas, auxiliadas por el micrófono, e
inspiradas por el impulso de compartir ideas, repartir
exaltaciones, brindar calidez, intimidad, sosiego.
Una Feria con tales
magnitudes, vocingleras y eruditas, no ha olvidado el
ofrecimiento de un oasis poético, resquicio ocupado en
la tarde de este ocho de febrero por el raudal
metafórico que desplegaron Mariana Torres, Gerardo Soler
y Edel Morales, tres amigos, colegas de generación,
cómplices, “hijos de la noche, del instante en que las
estrellas sacan a pasear sus memorias”. Pero, a
diferencia de otros recitales —donde la altura del
creador no permite a veces entrar en contacto con la
persona— todo el tiempo flotó, en la frescura de la
tarde, la sinceridad y la retribución absolutas. Los
tres entregaron en versos, con rima o sin ella,
auténticas porciones de ese muy suyo peregrinar, al
mismo tiempo común e intransferible, porque, como dijo
Gerardo en Sabinez in memoriam, “los poetas, no
hay que olvidarlo, son seres normales”. Por eso, sus
hijos, es decir, sus poemas, contienen frases tan
sencillas y enormes como: “Estás adentro, El papel es lo
menos importante o Preguntas para mirarse por dentro”.
La Habana con sus
inenarrables arcos de luces y sombras obseden a Edel
Morales. La suya es poesía surgida luego de que la
ciudad lo encandila y sobrecoje con sus apagones,
almendras, sus muros enhiestos y derruidos. Al menos los
poemas que aquí leyó (todos incluidos en el volumen
Lejos de la corriente, de 2001) trasuntan el
insólito sabor elegiaco que confieren los
desplazamientos, las gastadas imágenes de antaño, el
reposo (aparente) del poeta, cubierto por la voz amada
que lo convida, y hasta lo desafía, a una introspección
nada claustrofóbica.
Mariana comenzó casi
de golpe su lectura, sin dejar espacio a florilegios
introductorios. Desde su “yo acosado y magro”, al cual
el mundo le cuaja las gráciles heridas, brotaron los
sonetos, epigramas, versos libres y también hirsutos, de
una mujer cuyos poemas atestiguan su incapacidad para
dormir decentemente anclada. Mariana Torres (actual
directora del Centro Internacional de Guionismo de Cine
y Televisión, con sede en Ciudad de México) pulsa con
igual destreza la cuerda humorística, —son una
verdadera gozada el conjunto de versos titulados
Antipedagógicos—, que mística, la erótica o la
angustiosa, exacerbada versión del paisaje que su
memoria cuenta, sumida en la batida espiral que libramos
todos, ayer y mañana.
Para que un fragmento
de estos frescores vespertinos se cuelen en la red de
redes, decidí compartir con el lector distante, y con
permiso de Mariana, Desde el alba del pez, una de las
obras que hoy mismo nos regalara:
DESDE EL ALBA DEL PEZ
Desde el alba del pez hasta la noche
roja,
Desde el filo y la red hasta el ciclón
que viene,
desde la pared gris hasta el muro y sus hojas
puedo bien despedir lo que el mundo retiene.
Desde mí, más de un mal sus silencios
remoja,
desde el cielo la sal que a los cantos refrene,
desde todo llamado —soledad que nos afloja—
Puedo bien dialogar con la nada y sus
trenes.
Desde que nunca estás se ha hecho el
apogeo
de ser yo por azar una inquietud que mira,
pero no sé entender dónde está lo que veo.
Desde este día o mes el calendario gira
y acerca del amor y los milagros leo
como un náufrago más, que asir la tierra aspira. |