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MI PAPÁ ESTÁ EN EL PATIO
Fue
el hermano de nuestro gran sonero quien me habló de la
hija mayor, Hilda, que vive en la ciudad de Cienfuegos.
Poco tiempo después la conocí. Una tarde veraniega de
1999, ella me regaló un poco de su memoria, mientras nos
cobijábamos bajo el frondoso mango del mismo patio donde
el Bárbaro del Ritmo sembró viandas y canciones.
Bladimir
Zamora Céspedes|
La
Habana
Fotos:
Archivo
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Todavía cuando visité las primeras veces la casa de
Benny Moré en el Reparto La Cumbre, de San Miguel del
Padrón, ignoraba que además de sus dos hijas menores
–Bárbara y Lázara – había otra hija de él viviendo en
Cuba. Fue Pedro Moré, hermano de nuestro gran sonero,
quien me habló de la hija mayor, Hilda, que vive en la
ciudad de Cienfuegos. Poco tiempo después la conocí allí
en la misma casa, en la cual vivió varios años al
cuidado de su padre. Es una mujer a la par humilde y
dulce. Seduce a su interlocutor con la sobrecogedora
sencillez de su relato. Una tarde veraniega de 1999,
ella me regaló un poco de su memoria, mientras nos
cobijábamos bajo el frondoso mango del mismo patio donde
el Bárbaro del Ritmo sembró viandas y canciones.
Yo soy Hilda, la hija
mayor de Benny Moré. Mi mamá se llamaba Celia Ponce.
Nací el 23 de junio de 1943. Cuando mi papá se fue a
México yo tenía dos años. Lo conocí personalmente cuando
iba ya a cumplir nueve años. Hasta entonces solo lo
conocía por fotos, que mi abuela Virginia me entregaba
según él las enviaba de México y yo las ponía en una
pared de mi casa.
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La ausencia física de
mi padre me causó una verdadera obsesión, que era
alimentada por los continuos comentarios de mi abuela.
Aunque nací en casa de mi bisabuela paterna, al
separarse mis padres, mi madre vuelve para la casa de
sus familiares y yo con ella, claro. Allí estaba yo un
día y llegó muy apurada abuela Virginia. Corre Hildita,
dijo. Llegó tu papá. Fuimos lo más rápido que pudimos a
su encuentro. Llegamos a la casa y había una rueda en la
sala: hombres, mujeres, familia, amigos...Mi abuela con
picardía me miró: Mira ver si tú sabes entre toda la
gente que está aquí, cuál es tu padre. Yo corrí y me
eché en los brazos de él. Me besó mucho y me apretó
fuerte.
Y después, aunque
estaba en Cuba, no lo podía ver con frecuencia. Yo
seguía viviendo en Lajas y él andaba lo mismo en
Santiago, que en La Habana, cumpliendo sus contratos.
Después de su regreso tuvo un primer matrimonio, del
cual nacieron dos varones, que hace muchos años viven en
Venezuela. Se divorció y se volvió a casar con Eraida
Castillo cuando yo tenía once años. Entonces fue y
habló con mi madre para traerme a vivir con él. Ella,
madre al fin, no quería. Pero a mí me dio un ataque de
llanto tan grande, que no se terminó hasta no escuchar a
mi madre diciendo: llévatela. El primer lugar donde viví
aquí con mi papá y su esposa fue Centro Habana. En
Oquendo 1051. Esto ocurrió en junio del cincuenta y
cuatro, unos días antes de nacer Cuty, que es el hijo
varón del último matrimonio de papi.
En ese momento hacía
muy poco que él había creado la Banda Gigante. Recuerdo
a Cabrerita, el pianista; Chocolate, el trompeta;
Musiquito, el Saxofón, y también Generoso, Corbacho y
otros más que venían por la casa. Así conocí el ambiente
que rodeaba a mi papá. Siempre la casa llena de gente.
Amanecía y ya estaban tocando. También vivimos en la
Calle Tercera del Reparto Dolores, aquí al lado del
Reparto La Cumbre, que es donde está esta casa. Después
vinimos para aquí. En esta cumplí los quince años.
Aquí en La Cumbre
había mucho público a diario. A partir de las diez de la
mañana comenzaba el desfile de músicos y compositores. Y
eso que aquí no había teléfono. Creo que él nunca lo
quiso poner para evitar más molestias todavía.
Hay quienes piensan
que mi padre por razones de trabajo, se ocupó poco de
los suyos, en particular de los hijos. Y fue todo lo
contrario. Fíjate que nos llegó a tener, menos a la hija
que tuvo en México, a todos los demás en esta casa.
Sería allá por el sesenta o el sesenta y uno.
Trajo a los dos
varones más grandes de Marianao, Cuty que estaba muy
chiquito y yo. Como era la mayor, cuidaba de ellos.
Todavía no habían nacido ni Barbarita ni Lazarita.
No creas que porque
mi padre era hombre de música, de clubes, de la
farándula, me permitía muchas cosas. Me llevaba bastante
tenso. No me dejaba relacionarme fácilmente con otros
muchachos de mi edad. Del portal para afuera no podía
ir. Le pedía permiso para visitar a una amiga que vivía
en la otra cuadra y otra en Dolores. Si era mi día de
suerte me lo concedía. Entonces ya yo me embullaba y al
otro día le volvía a pedir permiso. No. Todos los días
no puede ser y no puedes estar visitando casas ajenas.
Por esto y por lo otro. Me sentaba en sus piernas y me
daba unas charlas, que me convencía. Él era muy celoso
con la familia.
Sí, también se
preocupaba por nuestros estudios. Yo, incluso, estuve
estudiando música. Por no escribir la dejé. Me gustaba
ir a la práctica, no la teoría. Cuty y yo íbamos a una
escuelita que estaba en el Reparto Dolores y la maestra
apenas escribía en la pizarra. Casi todo lo dictaba.
Muy frecuentemente me
quedaba atrás. Cuando iba a mi libreta casi no tenía
nada, mientras los demás tenían hojas y hojas. Ahí vino
mi desencanto. No quiero volver, papi –le dije. Él era
un padre muy complaciente. Es que siempre me quedo
atrás. Bueno mijita, si tú no quieres, no sigas. Hoy me
pesa mucho, porque de verdad me encantaba el piano. A
mis cuatro hijos, según han llegado a la edad, los he
puesto a estudiarlo, pero tampoco he tenido suerte.
Yo que estuve
compartiendo con él como hija, bajo el mismo techo sus
últimos diez años, te digo que es verdad, aunque algunos
lo duden, en sus últimos dos años no bebió alcohol.
Cuando se le produjo un gran ataque al hígado, el médico
advirtió que para vivir un poco más tenía que dejar el
trago. Y lo dejó. A partir de ese momento, cuando estaba
en la casa, se concentró en su conuco, sembrando y
recogiendo. Sin embargo, la casa siguió llena de gente.
Titi, cocina bastante, le decía a Eraida, que todo el
que llegue tiene que almorzar. Esta mesa de hormigón
revestido de mármol, se hizo aquí en el patio con el
propósito de tener más amplitud para los invitados. En
cuanto llegaban las visitas sacaba las bebidas o las
mandaba a buscar. Sacaba la guitarra como siempre, pero
ni un trago. Imagínate, aquí venía mucha gente, pero yo
recuerdo muy especialmente a Siro y Cueto, los del Trío
Matamoros.
Casi siempre que
ellos venían, Siro y mi papá cantaban a dúo “Los
Mirlos”. Era como para iniciar la reunión. Eso no
fallaba.
Si tú supieras, no
pude ver a mi papá cantando tanto como me hubiera
gustado. Antes que viniera de México mi abuela me
hablaba de sus éxitos allá y me daba recorticos de
periódicos donde él salía, que también ponía en aquella
pared junto a las fotos... Pero no lo había oído nunca
antes de su regreso. La primera vez fue en un programa
de televisión. Como no todos teníamos televisor,
acostumbrábamos ir a la Sociedad de Color, que es como
la gente le decía a la sociedad de recreo donde iban los
negros. Tal vez tendría otro nombre, pero yo no lo
recuerdo. Era un programa que patrocinaba el Refresco
Jupiña. Ay, yo sentí una emoción tan grande. Y un enorme
orgullo de ser hija de él.
Cantando ahí, que yo
lo estuviera disfrutando en persona. La primera vez fue
allá en nuestro pueblo, en las fiestas del Lajero
Ausente. Lo habían hecho hijo Predilecto de Lajas y él
estuvo allí con la Banda, fue por los días de mi
cumpleaños y en la oportunidad que le pidió permiso a mi
mamá, para traerme con él. Y ya estando en La Habana, no
fueron muchas veces que lo vi cantar en fiestas, porque
a él no le gustaba llevarnos.
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Aunque no
desconocíamos que estaba enfermo, los más cercanos a él
no pensábamos que se nos moriría tan rápido. O para qué
te voy a decir otra cosa, no pensábamos que se iba a
morir. Eraida y yo nunca pensamos que papi estaba al
borde de la muerte. El doctor Luis Ruiz, que era quien
lo atendía, además de dejar el trago, le había
recomendado no pasar malas noches. Pero él después de
tantos años de fiesta en fiesta, tenía el día cambiado
con la noche. Dormía hasta el mediodía y después era
corrido hasta el amanecer del otro día. En estos
últimos tiempos de su enfermedad veíamos que a diario el
doctor Ruiz y Dominguito, el enfermero, llegaban como a
las ocho y pico de la noche a la casa. Allí ya estaban
Israel castellanos el chofer y mi tío Pedro – Papo como
le llamábamos – que también vivía con nosotros. Y al
ratico se ponían a jugar dominó hasta muy tarde en la
noche.
Eraida y yo sentíamos
odio, porque no dejaban dormir a papi, sabiendo que
estaba enfermo, ya muy delgado, y no lo dejaban
descansar.
Aunque no le
hacíamos ningún feo a esta gente, nos poníamos muy
molestas con este asunto diario del dominó. Después que
muere el médico nos explicó. Ustedes sabían que él tenía
el horario trocado. Para que él no sintiera el rigor de
aquella enfermedad que le había apartado de sus gustos y
de su profesión. “Ya no trabajaba cabarets, sino un
baile o algo así, porque se lo prohibí, nos recordó lo
del dominó fue el único entretenimiento que se me
ocurrió. Yo sé que ustedes estaban molestas conmigo”,
concluyó con una sonrisa comprensiva.
Hubiera querido darme
cuenta bien claro de la situación, para haber hecho, no
sé, todo lo posible por él. Siempre me decía que lo
único que le faltaba para morirse tranquilo, era tener
un nieto. Si yo llego a saber que estaba tan cerca de la
muerte, se lo hubiera dado, pero era demasiado joven.
Incluso por poco me caso antes de su muerte. Me iba a
casar el cuatro de diciembre de 1962. El anuncio salió
por periódico y todo. Pero mi novio y yo nos peleamos
por un mal entendido. Él estaba allá en Cienfuegos y yo
aquí. Venía cada quince días a visitarme.
Entonces alguien me
mandó a decir que tenía otra novia. Y ya, cogí la
primera y me peleé, pero con ese mismo hombre me casé un
año y pico después. Era el hombre de mi vida, como dicen
en las novelas o en las películas.
Sí, por los
comentarios de aquellos días o por lo que después se ha
escrito, se conoce ampliamente que mi papá estaba en
Palmira, un pueblo muy cerca de Lajas, amenizando un
baile y tuvo que interrumpir la actuación, porque se
puso muy malo. Pero mucha gente piensa que al llegar a
La Habana, inmediatamente lo internan en el Hospital de
Emergencia. Y no fue así. Salieron de Palmira esa noche
y él pidió que lo trajeran para aquí, para la casa, a
donde llegó al amanecer del 16 de febrero, si mal no
recuerdo.
Te voy a contar algo
que me sucedió unos quince días antes de esa fecha. Esto
nadie me lo va a creer, pero la difunta Eraida Castillo
fue testigo. Yo había soñado la muerte de mi padre, tal
y como sucedió. En el sueño sentí que en la puerta de la
casa, el chofer tocaba con una llave. Es un sonido muy
característico, porque la puerta es de cristal. Y yo
decía, eh y por qué papi no abre la puerta. Pensé que le
pasaba algo y bajé corriendo las escaleras. Abrí la
puerta y vi que a mi papá lo sacaban del carro medio
desmadejado y lo sentaban en su sillón preferido al lado
de la puerta. Se le veía muy mal y muere. Despierto
sobresaltada y voy a la carrera a contarle el sueño a mi
madrastra. No Hilda, no llores, me trata de consolar
ella. Eso es salud para él. Eso es lo que decían
antiguamente los viejos, cuando uno soñaba semejantes
cosas. Entonces dejé de llorar y me olvidé de aquello. A
los quince días del sueño, cuando sentí que tocaban en
la puerta con la llave, como lo había soñado, ya no
había que decirme nada más. Volé por las escaleras ahora
en realidad. Abrí la puerta y traían a mi padre medio
desmadejado.
A partir de entonces
no pudimos más con la angustia. Llegó muy decaído. Lo
tuvieron que ayudar a subir las escaleras, para subir a
su cuarto. No obstante, estuvo todo el tiempo, hasta que
perdió el conocimiento, haciendo chistes y cuentos. Todo
el mundo riéndose, inclusive los que sabían lo que
pasaba, sin querer reírse, se reían. Mi papá tenía mucha
gracia para los cuentos. Si imitaba a una persona que tú
conocías, cuando lo veías reproducir los gestos, la
manera de caminar...tú estabas viendo a esa persona.
Como para quitarnos la preocupación, ahí ya en la cama,
se mantuvo haciendo chistes y cuentos, hasta que se
durmió. A pesar de mi inexperiencia me extrañó el
ronquido. Del sueño pasó a la inconciencia y fue cuando
se lo llevaron al hospital de Emergencia, donde murió
el 19 de febrero de 1963.
Nos enteramos de su
muerte por la gente. Enseguida se empezó a llenar la
casa. Allí estábamos tía Esther, una hermana de Eraida,
otros familiares que habían llegado de Lajas cuando se
enteraron del ingreso...Al ver a tanta gente, enseguida
pensamos lo malo. Yo no te sé decir cómo llegué a
Emergencia. Salí por esa puerta... Mucho después recordé
que una amiga consiguió un carro y me llevó hasta allá.
Entré a una habitación donde lo tenían acostado sobre
una mesa. Fue para mí terrible. La primera persona muy
querida por mí, a quien veía hecha un cadáver.
Fue muy difícil
adaptarse a la idea de su muerte. No podía oír su
música. Aquí en la casa no poníamos nada de eso. Si de
pronto desde la casa de un vecino salía sonando su voz,
eran horas y horas de llanto.
Me costó mucho
trabajo admitir que mi papá estaba muerto. Ya después,
al paso del tiempo uno se resigna, pero todavía y la
mayoría de las veces, si hablo de él, termino llorando.
Pero ahora en cambio, me gusta mucho oírlo, en la radio,
en las casas, en las plazas abiertas como si él
estuviera tocando allí... saber que no lo olvidan. Que
nunca pasa por alto la fecha de su nacimiento o de su
muerte. Eso me llena de orgullo y estoy muy agradecida.
Cuando escucho a alguien –que no sabe quién soy
yo—hablar de él, enseguida pongo asunto, a ver qué dicen
de mi papá. Si es a favor o en contra. Siempre, por lo
general, es a favor.
Yo me sonrío cuando
escucho esos comentarios y la gente no sabe la razón.
Los menores de mi familia tampoco se cansan de
escucharlo.
Tengo, por suerte un
nieto a quien desde que se empezó a parar, le he dicho
cada vez que se oye por la radio o sale en la pantalla,
ese es tu abuelo y ya él solo lo sabe identificar.
Cuando lo escucha o lo ve, sale diciendo: abuelo,
abuelo. Creo que después de poner a todos mis hijos a
aprender música, quien va a salir con una profesión como
su abuelo es ese. Ya se sabe muchas de las canciones de
mi padre y creo que tiene una voz potente.
Cada vez que regreso
a esta casa me pongo a recordar las andanzas de mi papá
por aquí. En el patio tenía unas cuantas jaulas de
pájaros.
Tenía negritos,
tenía... te mentiría si te diría ahora qué clase eran,
pero había uno que silbaba un danzón. Cuando se
levantaba, bajaba las escaleras, pasaba al baño y
después cogía sus pajaritos. Los sacaba, los limpiaba,
les ponía comida.
Ya más tarde, aquí
también en el patio, se ponía a entonar canciones,
algunas que nunca salieron en discos, pero en los
últimos tiempos se puso a grabar en un aparato que él
tenía aquí, todos sus números.
Decía que era para
cuando él se muriera, sus hijos las oyeran.
¿De verdad, te
interesa saber cuáles eran las comidas preferidas por mi
padre? Como a todos, a él le gustaban muchas cosas. Pero
así, normalmente, en la comida de a diario, le gustaba
mucho la sopa. Que Eraida le hiciera sopa y comérsela en
una fuentecita honda. Una fuente llena de sopa. También
le gustaba mucho la jutía, el conejo y las ancas de
rana...el cerdo no lo comía mucho. Más bien lo hacía
para los demás.
Cuando esta casa
estaba llena, plantaba allí dos bloques y encima un
caldero inmenso, donde empezaba a freír chicharrones y
masas de cerdo. El plátano burro lo freía entero dentro
de la carne de puerco. Y de eso él no probaba ni
bocado.
Él tampoco almorzaba
a la hora normal. Cuando se levantaba no comía nada. Ya
después, estando enfermo, sí hacía una cosa que a él le
gustaba o lo hacía por cuestión de salud. Dos huevos
pasados por agua, con un poquito de aceite, sal y unos
dientes de ajo. Se los comía y ya.
Hasta por la tarde,
ya casi anocheciendo, almorzaba. Y muy tarde en la noche
comía.
No, lo del conuco no
es fantasía. Él tenía un hombre que le chapeaba, pero
personalmente le gustaba sembrar el tomate, el ají.
Tenía cañas sembradas y cuando estaban más lindas las
cortaba, las pelaba y venía y me decía, mira Hildita,
come. El plátano, si ya estaba a punto, él mismo cortaba
el racimo.
Cuando Hilda, la hija
mayor de Benny me estaba acabando de regalar esos
valiosos trozos de su memoria en 1999, era el tránsito
dramático de la tarde que no quiere despedirse, a la
noche, segura de que podrá en unos cuantos minutos
hacerse dueña de todo. Allí vivían todavía sus hermanas,
que nos miraban a media distancia con interrogación.
Dos años después de
la muerte de mi padre me fui de esta casa, a donde en
realidad siempre querría vivir. Me casé y me fui.
Regresar y no encontrarlo me costó mucha tristeza.
Todavía es terrible. Yo llego a la casa, saludo a los
que encuentro y vengo directo para el patio. El patio es
lo que más me recuerda a mi papá. Mientras estoy en el
patio es como si lo viera. Puedo encontrarlo dentro de
la casa, pero sobre todo en el patio. Aquí mismo,
atendiendo a las visitas, alrededor de esta misma mesa.
Cantaba, cogía la guitarra, siempre en el patio. Aquí, o
más allá, pero siempre en el patio. Las muchachitas,
Barbarita y Lazarita, me dicen: El patio te hala.
Siempre te vemos en el patio. Sí el patio de esta casa
me hala. Mi papá está en el patio. A veces me parece que
lo voy a ver, pero todavía no he tenido la suerte. |