LA JIRIBILLA

El Benny es un personaje trágico
 
Una perspectiva renovadora, o por lo menos bastante inédita, sobre el mito Benny Moré, asume el cineasta Jorge Luis Sánchez, pariente cercano del gran artista, y actualmente enfrascado en conseguir financiamiento para filmar su singular, y medular, acercamiento a un personaje teñido por lo legendario.


Joel del Río|
La Habana


Sorprendí a Jorge Luis Sánchez en medio del fragor que implica poner a punto, para la semana que viene, la Segunda Muestra de Jóvenes Realizadores, cuyo comité organizador preside este celebrado autor de tantos importantes documentales. Cuando le conté el motivo de la entrevista, accedió de inmediato, como ocurre siempre con las personas prestas a conversar sobre sus obsesiones mayores. Sobre la muestra dialogaremos en otro momento —le prometo y me propongo— porque ahora me interesaba más hablar sobre el lugar que ocupa en su vida afectiva y en su obra fílmica, Benny Moré, sujeto de su muy añorado, y primer, largometraje de ficción, luego de sus reconocidos acercamientos a los universos creativos de Julián del Casal, Fidelio Ponce o Elena Burke. 

—¿Cómo llegaste al Benny? ¿Cuáles son las primeras imágenes del artista que te fascinaron?

—Llegué a él de una manera privilegiada. La abuela del Benny y mi abuela eran hermanas, así que en mi familia, desde que nací estoy oyendo hablar no del Benny, sino de Bartolo. No lo conocí personalmente porque él murió cuando yo tenía tres años. Mi abuela se mudó de casa y él prometió hacerle una visita que nunca se dio. Si él hubiera ido adonde yo vivía, quizás me acordaría, pero no llegó a ir. Benny bautizó a mi hermana y mi mamá iba a la playa con él y con su esposa. Es decir, que yo crecí en un ambiente donde Bartolo estaba, no se había ido nunca de entre nosotros.

—Supongo que su música sería el pan de cada día.

—Increíblemente, en mi casa nunca se oía música de Benny. Recuerdo, siendo niño, que mi mamá tenía todos los discos de Bebo Valdés, el padre de Chucho, pero de Benny no había nada. Yo siempre me pregunté por qué, y solo encontré alguna explicación a través de ciertas características particulares de mi familia. Para ellos, y para mí también por supuesto, Benny no murió, no se fue a ninguna parte. Benny estaba ahí, al lado nuestro, y por tanto no había que recordarlo. Esa mentalidad a veces me parece un poco primitiva, pero así funcionaba y funciona.

Una experiencia muy curiosa la tuve en el año 95, cuando fui a (Santa Isabel de las) Lajas. Había ido de chiquito, pero volví, llevando a mi mamá y a dos primos hermanos del Benny. Llevé conmigo también una tonga de casetes con su música, para ponerlos durante el viaje. Yo iba erizado de la emoción mientras escuchaba, y cuando miré para atrás, para ver si a ellos les pasaba lo mismo, iban todos durmiendo. Para mi familia, escuchar al Benny no es una novedad, ni significa el sacudimiento que puede significar para mí o para ti; para ellos, es algo normal, natural, que tienen incorporado. Quiere decir, que no llegué a conocerlo de verdad por la vía familiar, si no después de adulto, y fuera de mi familia. Ese primer acercamiento se dio en mí más o menos con veinte años, cuando yo empiezo a buscarlo pero por una vía intelectual, racional, y me empiezo a preguntar qué significa este hombre, cómo pudo surgir algo así. Fue entonces que comencé a escucharlo masivamente. De ahí para acá, ha sido una verdadera renta la que he gastado comprando discos, casetes, libros, artículos de la época y todo lo relacionado con él.

“Después, logré reconectarme con los hijos de Benny, y ya con más capacidad de pensamiento y experiencia de vida, fui profundizando. Ese proceso lo aceleró la idea de hacer una película sobre Benny. Mejor dicho: no es una película sobre Benny, no será un filme biográfico, pero tocar el sujeto Benny me obligó de algún modo a escuchar, y a tratar de entender, mucho más que hasta ese momento”.

—¿Y cuándo fue que surgió en ti la idea de hacer esa película sobre el Benny, aunque dices tú que no es esa la manera de nombrarla?

—La idea surgió en 1994. Siempre pensé que era imposible hacer una película sobre el Benny. Ya se había hecho una Hoy como ayer, a mediados de los años ochenta, y obviamente la idea había que dormirla porque había precedentes, y ya se sabe cuáles. Postergué el proyecto. Además, el mito es cada vez mayor, y también grande es el miedo a quedar mal, porque sabemos que en este país todo el mundo conoció a Benny, todo el mundo lo vio, todos tienen su Benny particular, y yo me acoquiné. En el 94 ya había pasado casi una década de que se hiciera Hoy como ayer, y fue entonces que me animé a escribir de un tirón una primera versión del guión. Desde esa época para acá, todo ha sido luchar, luchar y luchar por tratar de hacer mi película. Ahora creo estar más cerca que nunca de lograrlo...

—¿Y qué cuenta tu guión, cuál es tu versión de la historia?

—Es la vida de un hombre, con un talento excepcional para la música, que no puede vivir sin hacerla, y todo eso lo lleva a ser esclavo del público, a ser esclavo de la bohemia, del trago, del desenfreno, de la sexualidad, de la vida. Esa abrumadora manera de existir lo lleva a la muerte. Claro está, se ubica en aquella Habana de los años cincuenta.

—Pero ese hombre de tu película es el Benny, ¿por qué afirmas que no será una biografía?

—Porque no se trata del filme biográfico y cronológico tradicional, hecho sobre la vida de alguien que nació en Lajas, y en tal año se fue a La Habana, y luego a México, y después regresó, etc. Benny será el protagonista absoluto, pero hay tres o cuatro personajes que le disputan la primacía. Estos personajes establecen con él un contrapunto de amor, dolor, lealtad, deslealtad, y mi Benny se mueve en ese mundo lleno de errores, de aciertos y de mil matices más.

Si yo le quitara el nombre de Benny a la película y le pusiera otro al personaje tal vez cambiaría por completo la historia, pero tal vez no. Lo que quiero decir es que me concentro en características humanas que el Benny tiene exacerbadas por su peculiaridad, su genialidad, pero no es exactamente una biografía. Te digo más: será una tragedia, nunca una comedia. Gentes que se han leído el guión me dicen que contiene muchas cosas que van en contra de, que enriquecen, o que más bien complejizan el mito de Benny Moré.

No será la vida de un triunfador, me concentro en su lado triste, solitario, oscuro. Y mucha gente piensa que nada de eso tiene que ver con él, pero yo creo conocer su sicología —te lo digo sin jactancia— y ese conocimiento me permite entender cosas que sus amigos encubren, no dicen y le pasan un velo. De él, nadie te habla mal en este país, por lo que hemos visto y leído parece un hombre sin defectos. Me lo explico sobre todo a partir de que Benny encarnaba las esperanzas, el anhelo de triunfo de mucha gente humilde: era un negro pobre que triunfó, un hombre que se quitaba la dentadura postiza en público, porque le molestaba, y se la echaba en el bolsillo. Entonces, él se convirtió en un paradigma, y la mayoría suele perdonarle todo, hasta lo imperdonable.

 Era mujeriego, desenfrenado, de una sexualidad incontenible. Pero la gente le cubre las espaldas, y todavía hoy lo protegen y lo quieren convertir en santo. Para mí era un diablo, en el mejor sentido, un diablo genial, creativo, colmado de virtudes también... y son esas otras facetas las que quiero mostrar.

Me imagino que habrás escuchado cuarenta millones de anécdotas, tomadas de primera mano, que te permitieron formar esa otra opinión.

—Por ejemplo, una entre mil: cuando Benny regresa de México, a principios de los años cincuenta, vino con una argolla, un arete, algo que brilla y que aparece muy de paso en uno de los muchos fragmentos de filme que he visto. Me cuenta mi mamá que la argolla era el resultado de una promesa que había hecho, porque le tenía miedo a los aviones, y ya había tenido varios percances. La familia lo criticó muchísimo, porque él era macho, varón, la imagen de la masculinidad, y en los años cincuenta no era fácil de asimilar el aretico. Tal era su miedo a los aviones que no solo hizo aquella promesa, sino que casi al final de su vida, vinieron unos franceses a invitarlo para actuar en el Olimpia, de París, y él les contestó que iba, pero en barco, porque no pensaba montarse nunca más en un avión. ¿Te imaginas el tiempo que tomaba, en los años sesenta, ir en barco a París? Claro que no fue posible.

—¿Debo inferir entonces que era muy religioso?

—Mira, en mi película quiero también recrear al Benny que pudo haber sido, mi imaginación, mis especulaciones, mis ideas. Después, quiero hacer una serie de televisión más testimonial, documental tal vez, con el Benny que fue, el de la vida real, pública. Una de las cosas que menos se conocen es su espacio familiar. Para entenderlo es necesario conocer la familia que lo engendró, la religiosidad que animaba esa familia. El tatarabuelo de nosotros, mío y del Benny, era un congo de Angola que fundó un cabildo en Lajas. Benny respiró esa atmósfera, pero yo tengo la convicción de que era un descreído. Mi abuela era santera, y razonaba que no hubiese muerto tan joven de haber sido más crédulo. De niño yo escuchaba todo eso. Había un tío abuelo, llamado Genaro, que fue uno de los primeros babalaos cubanos y lo atendía religiosamente, no obstante ser Beny inconsistente e indisciplinado, religiosamente hablando. Este hombre se muere en el sesenta, casi con cien años, y Benny en el 63. Hay muchas historias vinculadas a la religión, y a la familia, que me parecen fascinantes para entenderlo a él y a su mundo.

Tengo la sensación de que sobre Benny no se habla como hay que hablar. Me he sentado con músicos y musicólogos, quienes me han explicado los aportes de él, de cosas que hizo cuando nadie antes las había hecho. De todas esas genialidades, explicadas por especialistas, se habla y se escribe muy poco. Todo el mundo se queda en Benny, el bárbaro, y sería bueno sedimentar académicamente esos aportes. Todos son loas y apologías, merecidísimas por supuesto, pero va siendo hora de racionalizar el mito, y ponerlo en blanco y negro.

—Y a ti, en lo personal, ¿qué parte del músico te interesa más: el sonero, el bolerista, el mambosero...?

—Lo único que yo le hubiera pedido, en determinadas canciones, serían textos de mayor hondura y belleza, en algunas canciones. Es obvio que se trata de la estética epocal, pero cuando canta “Rezo en la noche”, o “Tú me sabes comprender”, es otra cosa. A mí me fascina todo. Cantando boleros, sones, en fin, todo. Me reconozco admirador total de Silvio Rodríguez, incluso antes que del Benny, pero hay un par de canciones de Silvio que no puedo escuchar porque me parecen inaguantables. A Benny no puedo pasarle la cuenta en nada. Hace poco se publicó aquí un libro, con un disco incluido, en el cual había unas canciones latinoamericanas cantadas por él, con una propiedad, una gracia y una entereza admirables. Yo creo que no hay en la historia de este país otro artista con una intuición tan poderosa.

—¿Tampoco puedes mencionar tus piezas preferidas?

—Es que todo me gusta. Aparte de las que ya te mencioné, me emocionan muchísimo “Corazón rebelde”, “Trátame como soy”, “Anabacoa”, “Cienfuegos”, y muchas, muchas más. Y ahora, con esto de la película, tengo que estudiarlo, analizar cómo mueve los brazos, los hombros, cómo mira, para poder dirigir al actor que lo interprete. Tengo que descomponer al Benny en pedazos, y ese proceso es increíble, porque uno se pregunta quién lo enseñó a moverse así, a componer, a dirigir la orquesta...

—Toda esa recreación en que estás sumergido habrá conllevado una investigación cuyos principios básicos fueron...

—Me he guiado mucho por la tradición oral. Mi primer paso, enorme, fue tratar de entender su sicología, que no tiene nada que ver conmigo. Lo ubico con un temperamento sanguíneo-colérico. Yo me muevo entre esos dos, pero hay facetas suyas en las que yo no consigo reconocerme. Por ejemplo, era de una bondad extrema. Conocí al mecánico que lo ayudaba, y él me cuenta que en su casa se hacían hasta 25 libras de arroz diarias, en épocas difíciles, y todo el que llegaba comía. Daniel Santos le pidió dinero alguna vez, y Benny nunca lo cobraba, ni a él ni a nadie.

Después de entender, en general, su sicología, y su modo de vivir, conversé mucho con los hermanos, con los cuales tengo muy buenas relaciones. Pero la familia me podía servir solo hasta un punto, porque en la etapa mexicana de su carrera, él estuvo entre otras personas. Me sirvió muchísimo El Conde Negro, que era su compadre y pasó muchísimo tiempo con él.

—Por cierto, hablando de peculiaridades y matices, en tu filmografía se observa una intención recurrente de acercarte a ciertos malditismos, a personajes al borde, en los márgenes. ¿Es consciente la elección?

—Eso no te lo puedo explicar. Tendrá que ver con algún demonio interno. Estoy tratando de racionalizarlo ahora, cuando algunos como tú me han dicho que yo soy adicto a las zonas, y a los personajes marginales de la sociedad. Son cosas que están dentro de uno. No sé explicarme cuál es el la atracción que ejercieron sobre mí El Fanguito, Fidelio, Casal y Elena Burke. Eso está en mi naturaleza. Tal es así que ahora también estoy trabajando, con Abrahan Rodríguez, en la adaptación de Andoba.

—Aunque lo niegues, en todas esas obras se percibe un regusto por el sino trágico que nadie adivinaría en ti, luego de conocerte un poco.

Tengo que concederte la razón. Soy alegre y jodedor, apenas conozco la depresión total ni la tragedia, pero en el fondo tal vez soy un tipo triste. Puedo sentirme solo rodeado de mil personas, hasta en una fiesta. Donde mejor me muevo es en las realidades cuyos costados son dolorosos. Si mañana hiciera una comedia, de seguro la risa será una mueca. Y tú te preguntarás: ¿entonces Jorge Luis va a hacer una tragedia del Benny, que es todo lo contrario? Y yo te contestaría, absolutamente convencido, que Benny Moré era un personaje trágico.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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